<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<?xml-stylesheet type="text/xsl" href="../Teinte/tei2html.xsl"?>
<?xml-model href="http://oeuvres.github.io/Teinte/teinte.rng" type="application/xml" schematypens="http://relaxng.org/ns/structure/1.0"?>
<!--Odette: 2023-08-01-->
<TEI xml:lang="es" xmlns="http://www.tei-c.org/ns/1.0" n="1613_silva-ponce">
  <teiHeader>
    <fileDesc>
      <titleStmt>
        <title>Censura a las “Lecciones solemnes” de Pellicer</title>
        <author key="Cuesta, Andrés">Andrés Cuesta</author>
        <editor>José María Micó Juan (édition)</editor>
        <editor>Begoña Capllonch (transcription y adaptation)</editor>
        <editor>Mercedes Blanco (révision et mise à jour)</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Jesús Ponce Cárdenas</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Adrián Izquierdo</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Bartolomé Pozuelo Calero</name>
          <resp>relectura</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Pedro Conde Parrado</name>
          <resp>relectura</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>relecture, stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Université Paris-Sorbonne, LABEX OBVIL</publisher>
        <date when="2023"/>
        <availability status="restricted">
          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl>BNE, ms. 3.906, ff. 409r-435v.</bibl>
      </sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décima
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
    <profileDesc>
      <creation>
        <date notBefore="1630" notAfter="1635"/>
      </creation>
      <langUsage>
        <language ident="es"/>
      </langUsage>
    </profileDesc>
  </teiHeader>
  <text>
    <!--
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table rend="left">
          <spanGrp type="colgroup">
            <span type="col" style="width: 50%" rend="col1"/>
            <span type="col" style="width: 50%" rend="col2"/>
          </spanGrp>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Edición de José María <hi rend="sc">Micó</hi> (1985)</p>
              <p rend="noindent">Transcripción y adaptación:</p>
              <p rend="noindent">Begoña <hi rend="sc">Capllonch</hi></p>
              <p rend="noindent">Revisión y puesta al día:</p>
              <p rend="noindent">Mercedes <hi rend="sc">Blanco</hi> (2023)</p>
              <p rend="noindent">Corrección:</p>
              <p rend="noindent">Jesús <hi rend="sc">Ponce Cárdenas</hi>, Adrián <hi rend="sc">Izquierdo</hi>, Bartolomé <hi rend="sc">Pozuelo Calero</hi>, Pedro <hi rend="sc">Conde Parrado</hi></p>
              <p rend="noindent">Codificación en TEI:</p>
              <p rend="noindent">Aude <hi rend="sc">Plagnard</hi></p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Andrés <hi rend="sc">Cuesta</hi></cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Destinatario / dedicatario</cell>
            <cell>Tal vez Álvaro de Oca</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>
              <emph>Censura a las «Lecciones solemnes» de Pellicer, Notas al «Polifemo»</emph>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>No consta, pero se habría redactado entre 1630 y 1635</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>BNE, ms. 3.906, f. 409r-435v (<emph xml:lang="fr">Censura</emph>)</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>«Góngora en las guerras de sus comentaristas. Andrés Cuesta contra Pellicer», <emph>El Crotalón. Anuario de Filología Española</emph>, 2, 1985, p. 401-472.</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Responde a otro texto</cell>
            <cell rend="left">1630_lecciones</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Referencias a la polémica</cell>
            <cell rend="left">1614_antidoto ; 1629_polifemo</cell>
          </row>
          <row>
            <cell/>
            <cell rend="left"/>
          </row>
        </table>
      </div>
         -->
    <body>
      <div subtype="level1">
        <head>Preámbulo</head>
        <p>El trabajo que presenta hoy el equipo ∏ólemos se compone, casi arqueológicamente, de tres
          estratos. El primero es la edición anotada y estudio de la <emph>Censura</emph> de Andrés
          Cuesta a las <emph>Lecciones solemnes</emph> de Pellicer, que realizó José María Micó en
          1985, para una revista filológica de exigentes criterios y de efímera vida. Treinta años
          más tarde, fue lanzado en OBVIL (laboratorio de estudios literarios digitales de la
          Sorbona) el proyecto Góngora que tuve el honor de dirigir. Lógicamente, me puse en
          contacto con este distinguido gongorista, además de brillante traductor y poeta, para que
          reeditara los escritos de Cuesta en nuestro corpus de ediciones digitales de la recepción
          polémica de Góngora. Él no deseaba volver sobre ese antiguo trabajo suyo, pero, con gran
          generosidad, declaró no tener inconveniente en dejarnos su texto para que lo publicásemos,
          si ese era nuestro deseo. Begoña Capllonch, profesora e investigadora de la Pompeu Fabra,
          tuvo el espléndido gesto de prestarse a convertir el artículo impreso (del que no se
          conservaba, si es que lo había habido, archivo electrónico) en un texto electrónico en el
          formato Word preparado para nuestro proyecto, transcribiendo el texto de Cuesta,
          introduciendo un marcado para la codificación TEI, y adaptando las notas y la bibliografía
          según nuestras normas. Revisó también el estudio introductorio para adaptarlo al lecho de
          Procusto de nuestras directivas, reorganizándolo en los preceptivos epígrafes. El
          resultado de sus esfuerzos, o segundo estrato del trabajo que hoy presentamos y que nos
          entregó en diciembre de 2015, cumplía con el pacto establecido con Micó y con ella y era
          escrupulosamente fiel al contenido del trabajo original y a los criterios formales del
          proyecto. Sin embargo, al leerlo, estimé que no podía publicarse sin una revisión que
          afectara también al contenido; en realidad, me di cuenta de que, aunque excelso en su
          momento, el trabajo podía y debía mejorarse teniendo en cuenta la bibliografía aparecida
          desde entonces sobre los distintos campos que tocaba. Además, tomé conciencia de que la
          enorme agilización de la investigación filológica que ha traído internet –facilitando la
          búsqueda de información y especialmente la minería de datos en los textos antiguos,
          gracias a la disposición de bibliotecas digitales–, permitía mejorar en muchos puntos y
          con moderado esfuerzo, las notas aclaratorias y el estudio mismo. Ni Begoña Capllonch ni
          José María Micó quisieron o pudieron encargarse de ello y la cosa quedó tristemente
          parada. Recientemente, decidí acometer personalmente ese trabajo de necesario
            <emph>aggiornamento</emph>, con lo que ya tenemos el tercer y último estrato, presente
          en esta edición. La revisión es bastante profunda, como podrá verlo cualquiera que haga el
          cotejo (serán muy pocos los lectores tan curiosos o tan pacientes). Afecta a las dos
          terceras partes de las notas, y en proporciones variables a todos los epígrafes de la
          introducción. Hay evidentes cambios en la bibliografía, algunos invisibles y otros que
          cualquiera puede notar, viendo las entradas posteriores a 1985. No pretendo, sin embargo,
          haber actualizado todo: algunos textos se citan por ediciones que no son las más
          recientes, pero que me han parecido suficientemente fiables y eficaces para el papel que
          cumplen. Deploro no haber tenido tiempo para investigaciones en los archivos de Olmedo,
          Salamanca y Granada que hubieran permitido, posiblemente, perfilar mejor la trayectoria de
          Andrés Cuesta. Ya bastante se ha demorado la publicación del trabajo.</p>
        <p>El cambio macroscópico de mayor bulto es el objeto mismo de la edición. En su artículo
          pionero «Góngora en las guerras de los comentaristas. Andrés Cuesta contra Pellicer», José
          María Micó incluía la edición de dos escritos distintos –aunque conectados– contenidos en
          el ms.3906 de la BNE y que ya Dámaso Alonso atribuyó al helenista Andrés Cuesta<note
            place="bottom">Alonso 1970.</note>. Se trata de autógrafos de trabajos inacabados que
          quedaron en manos ajenas al morir precozmente el autor. Uno de ellos, la <emph>Censura a
            las “Lecciones solemnes” de Pellicer</emph>, pasó íntegramente a su edición. El otro, un
          comentario al <emph>Polifemo</emph>, fue objeto de una selección drástica, puesto que solo
          se beneficiaron de la edición de 1985 aproximadamente el 20% de las observaciones de
          Cuesta. Además, se presentan en forma de notas numeradas, que no coinciden con las notas
          del autor, y que son en realidad <emph>excerpta</emph> o citas más o menos extensas. Ahora
          bien, esa operación de poda, hecha con criterios no explícitos, aparte del exquisito gusto
          del editor, cambiaba la naturaleza del texto, no daba una idea cabal de la labor de
          Cuesta, y era contraria a nuestra política de publicar (en la medida de lo posible) textos
          íntegros y sin selección previa. Como no estoy en condiciones de editar de acuerdo con esa
          política el comentario al <emph>Polifemo</emph> (sería muy de desear que alguien lo
          hiciera), me limito a la <emph>Censura</emph>, que he modificado en todo lo que me ha
          parecido oportuno, contando con la benévola liberalidad de su primer autor. Agradezco a
          Jesús Ponce Cárdenas, Adrián Izquierdo, Bartolomé Pozuelo Calero y Pedro Conde Parrado la
          atentísima y generosa relectura y sus valiosas sugerencias y correcciones.</p>
        <p>Espero que este trabajo a seis manos reúna las virtudes de las tres cabezas que lo
          forjaron y no sea percibido como la suma de sus defectos. Andrés Cuesta, verdadero sabio,
          hombre de gran agudeza y finura, pero al que no parece que haya sonreído la Fortuna,
          merece sin duda que así sea.</p>
        <p rend="right noindent">Mercedes Blanco</p>
      </div>
      <div subtype="level1">
        <head>Introducción</head>
        <div subtype="level2">
          <head>1. [Título]</head>
          <p>Andrés Cuesta compuso su Censura desde uno de los más importantes focos del gongorismo:
            Granada. En esa ciudad, ya en el verano de 1630, los eruditos Francisco de Amaya y Pedro
            de Quiñones acusan recibo del copioso comentario de la poesía de Góngora publicado bajo
            el título de <emph>Lecciones solemnes</emph> (que vio la luz ese año, aunque con
            censuras y privilegios que remontan a 1628)<note place="bottom">El estudio más completo
              de la historia de esa publicación, singular y novedosa en su contenido como en su
              forma, es el de Galbarro García 2021.</note>. También tempranamente recibió su autor,
            José Pellicer de Salas, algunas cartas con objeciones puntuales a su erudición<note
              place="bottom">Nos referimos a las de Faría y Sousa y Alderete, citadas por Iglesias
              Feijoo 1983: 157-161.</note>. Este joven literato nacido en Zaragoza en 1602, que
            había cursado estudios en el Colegio Imperial de Madrid –donde fue alumno de Juan Luis
            de la Cerda–, en la universidad de Alcalá y en la de Salamanca, era ya famoso gracias a
            una actividad frenética como escritor, erudito y cortesano que le había valido el cargo
            de cronista del reino de Castilla<note place="bottom">En el catálogo de sus obras de
              1641, Pellicer señala, acerca de su acceso a este cargo, que «a tres de diciembre [de
              1629] los reinos juntos en cortes, sin faltar voto, le nombraron» (Oliver 1995:89).
              Cfr. Ponce Cárdenas, «José de Pellicer de Ossau y Salas y Tovar», <emph>Diccionario
                biográfico español</emph>, Madrid, Real Academia de la Historia, 2012, p. 532-535;
              Núñez Ribera 2019 y 2023. El recuento más detallado de los datos que tenemos de la
              vida, estudios y publicaciones juveniles del escritor se encuentra en el estudio
              introductorio a la edición del panfleto, <emph>Defensa de España frente a las
                calumnias de Francia</emph> (López Ruiz y López Cruces 2006).</note>. Había impreso
            en la corte varios libros de mucho boato y relumbrón, correspondía con medio mundo<note
              place="bottom">Cfr. Iglesias Feijóo, 1983.</note>, y ahora sacaba estas
              <emph>Lecciones solemnes</emph> que tanto hicieron por su fama, buena y mala, en vida
            y en muerte. En estos libros se preocupaba de darse importancia, y su difusión se
            acompañaba de un rumor de escándalo, en virtud de la temeraria guerra que sostenía
            contra el venerado Lope de Vega, que le llevaba cuarenta años. La guerra, todo hay que
            decirlo, había sido iniciada por el viejo poeta, que soportó muy mal que aquel
            jovenzuelo presuntuoso y gongorino fuera nombrado cronista del reino en vez de serlo él,
            aspirante al puesto desde hacía años<note place="bottom">Todo esto fue insuperablemente
              contado por Juan Manuel Rozas (Rozas 1984, luego reeditado en Rozas 1990).</note>.</p>
          <p>En Granada emprendió Cuesta, –a petición de Martín Vázquez Siruela, como se verá más
            adelante– su comentario del <emph>Polifemo</emph> y tentó una traducción latina del
            poema que se quedaría en un fragmento, puesto que no pasó de tres estancias y parte de
            una cuarta<note place="bottom">La excelente factura y perfecto acabado de esta
              traducción parcial en hexámetros latinos ha sido demostrada por Bartolomé Pozuelo
              Calero en su reciente edición (Cuesta 2023).</note>. Conforme avanzaba la redacción de
            su comentario, el docto humanista iría acumulando cruces y apostillas en los márgenes de
            su ejemplar de las <emph>Lecciones solemnes</emph>. En una ocasión asegura que le sería
            fácil «mostrar infinitos delirios de los intérpretes» de don Luis, y confiesa que «solo
            en uno tengo notados más de trecientos»<note place="bottom">Cuesta, <emph>Notas al
                «Polifemo»</emph>, f. 385v-386r.</note>. No es muy aventurado suponer que este «uno»
            está señalando a Pellicer. Veladamente unas veces, abiertamente otras, Cuesta se yergue
            en sus notas contra las interpretaciones o la erudición espuria del joven «comentador».
            También Salcedo recibe su correspondiente vapuleo, pero las burlas más mordaces apuntan
            siempre al aragonés. Los disgustos eran tantos y de tal calibre, que Cuesta no tardó en
            creer oportuna una nueva empresa: la refutación sistemática de los gazapos de su colega.
            Así nació lo que una mano ajena al olmedano quiso bautizar, atinadamente, <emph>Censura
              a las «Lecciones solemnes» de Pellicer</emph>, el texto que publicamos.</p>
          <p>Aunque, como se ha dicho, no publicamos el comentario al <emph>Polifemo</emph>, nos
            parece necesario, dada su estrecha conexión con la <emph>Censura</emph>, describirlo a
            grandes rasgos. Se encuentra, como la <emph>Censura</emph>, en el ms. 3906 de la BNE,
            donde ocupa ciento veintiún folios (282 a 402) por ambas caras. El autor no dio título a
            su escrito. Una inscripción de otra mano<note place="bottom">La inscripción es
              probablemente de quien reunió en el códice los papeles dejados por Vázquez Siruela al
              morir en 1664, siendo canónigo en Sevilla. Se supone que se trata de otro canónigo de
              Sevilla, Ambrosio de la Cuesta y Saavedra. Pedro Conde nos comunica que le suena la
              letra como la misma que copió el manuscrito de la Biblioteca Menéndez Pelayo donde
              están los poemas de Quevedo contra Góngora y que también perteneció a don Ambrosio.
              Cfr. Conde 2019b y Solís de los Santos 2017.</note> y en tinta muy pálida, en el
            ángulo superior derecha de la página 282r, dice: «Notas al Polifemo del Lic.do Andres
            Cuesta. Murió muy mozo y dejó la obra imperfecta. Fue muy docto en las lenguas latina y
            griega». Y en tinta menos diluida<note place="bottom">Interpretamos este cambio de color
              por el hecho de que quien apuntó estas líneas de catalogación del documento escribió
              primero la primera parte; fue a buscar datos sobre Andrés Cuesta en la
                <emph>Bibliotheca Hispana Nova</emph> de Nicolas Antonio, y encontró en la primera
              edición de 1672, efectivamente en el volumen I, p. 57, unas breves líneas sobre Cuesta
              donde se lee que fue natural de Olmedo y profesor de lengua griega en Salamanca.
              Volvió sobre su nota bibliográfica después de esta búsqueda, y completó entonces la
              información con una pluma más cargada de tinta o una tinta más oscura, añadiendo: «fue
              natural de Olmedo, etc». Se da la circunstancia de que Ambrosio de la Cuesta fue, por
              otra parte, autor de un primer suplemento a la <emph>Bibliotheca Hispana</emph> de
              Antonio, que quedó inédito. Cfr. Solís de los Santos 2017:57-58.</note> continúa: «Fue
            natural de Olmedo. Y en Salamanca profesor de la lengua griega. V<hi rend="sup">e</hi>.
            Bibl. Hispana Nova tom. I, p. 57». Citamos en lo sucesivo el texto como <emph>Notas al
              «Polifemo».</emph></p>
          <figure>
            <graphic
              url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig1.jpg"/>
            <head>Fig. 1. Primera página del comentario del <emph>Polifemo</emph> por
            Andrés Cuesta. BNE, ms. 3906.</head></figure>
          <p>Comienza el comentario con la primera estancia de la fábula y se interrumpe en el verso
            5 de la estancia 54, al final del folio 402. Es seguro que algo, unas líneas o unas
            páginas, debieron de traspapelarse porque Cuesta, por fulminante que fuese el accidente
            que pudo afectarlo, no hubiera interrumpido su labor en medio de una frase (o de una
            palabra, en el caso de la <emph>Censura</emph>). Por lo demás, parece casi seguro que
            murió por entonces o cayó gravemente enfermo<note place="bottom">En la <emph>Lista de
                autores ilustres y célebres que han elogiado a don Luis de Góngora</emph>, BNE, ms.
              3893, como veremos i<emph>nfra</emph>, se dice que lo cogió «la muerte en medio de
              esta obra».</note>, y parece que no terminó lo poco que quedaba por hacer del
            comentario, ocho estancias de un total de sesenta y tres. El texto es de fácil lectura,
            la claridad y firmeza de la letra son tan notables como las del pensamiento. Hay unas
            pocas tachaduras, y se observa una premura creciente: al principio, las estancias son
            copiadas íntegramente y más tarde el comentarista se contenta con dar el número de la
            estancia, en caracteres romanos, y el primer verso, o la primera mitad del primer verso.
            Es probable que su intención fuera pasar su comentario a limpio y que en ese paso al
            texto definitivo hubiera copiado o hecho copiar íntegramente las estancias, pulido el
            estilo, y tal vez amplificado algunas notas y argumentos. Por eso, Vázquez Siruela,
            cuando se refiere al documento en sus propias notas, habla de «borradores de Cuesta». El
            comentario tiene una estructura muy sencilla y clásica en este tipo de labores
            humanistas, similar, por ejemplo, a la del comentario de Virgilio por el padre La Cerda
            o al mismo comentario del <emph>Polifemo</emph> en las tan denostadas <emph>Lecciones
              solemnes</emph> de Pellicer<note place="bottom">Cfr. Béhar 2021.</note>. Cada octava,
            copiada por separado según el orden del poema, va seguida de un <hi rend="sc"
              >Argumento</hi>, luego de unas <hi rend="sc">Notas</hi>. El argumento es una
            declaración concisa de lo que hace y dice ahí el poeta: por ejemplo, para la primera
            estancia: «Dedica la obra al señor Conde de Niebla». Pequeña diferencia significativa:
            Pellicer, después de copiar la estancia y antes de las notas, coloca una <hi rend="sc"
              >Explicación</hi>, o sea: una paráfrasis con incisos explicativos. Al elegir el
            término «argumento», tal vez pensaba Cuesta que el texto, suficientemente claro, no
            estaba necesitado de explicaciones, sino a lo sumo de hacer más explícitas ciertas
            alusiones, como lo hace el argumento de la primera estancia descifrando la alusión al
            dedicatario, el conde de Niebla, contenida en el verso 5, «ahora que de tu luz tu Niebla
            doras». Nunca hace alusión a la supuesta oscuridad de Góngora y todo parece indicar que,
            para sus ojos acostumbrados a Homero y a Píndaro, el texto de la fábula no oponía
            mayores dificultades. Después, al igual que en las <emph>Lecciones solemnes</emph>,
            empiezan las notas a ciertos lugares de la estancia, que no llevan número ni letra que
            remitan al texto, sino que transcriben el lugar al que se refiere la nota, subrayado
            (como corresponde a la cursiva impresa). Estas notas se ocupan de aclarar el
            significado, cuando este presenta alguna ambigüedad o dificultad, indican tradiciones o
            autores clásicos a los que hace eco Góngora y a veces relacionan este lugar en concreto
            con un hábito estilístico o una preferencia del poeta, ilustrada por otros textos suyos.
            Otras funciones de esas notas consisten en llevar la contraria a Pellicer y a veces a
            Salcedo Coronel (cuyo comentario al poema se había publicado unos meses antes que el de
            Pellicer) y en defender al poeta de sus detractores.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>2. [Autor] Un humanista de vocación y formación sin obra visible</head>
          <p>En un curioso impreso granadino, titulado <emph>Alegación sobre el desacato de un
              clérigo a ciertos ministros</emph>, andan juntos dos nombres que se habían hermanado
            ya, con la intervención de la fortuna, en los folios del ms. 3906 de la Biblioteca
            Nacional de Madrid: Andrés Cuesta y Álvaro de Oca<note place="bottom">ALEGACIÓN / SOBRE
              EL DESACATO DE / UN CLÉRIGO / A / CIERTOS MINISTROS. / Sacado de entre las obras
              particulares del señor / D. ÁLVARO DE OCA, / A LUZ. / EN GRANADA. / POR ANDRÉS CUESTA
              OLMEDANO, / Catedrático de Griego en la Reina de las Universidades / SALAMANCA. (Sin
              impresor, sin año). En 1985, cuando José María Micó publicó la <emph>Censura</emph> de
              Cuesta, el único ejemplar del que se tenía noticia era el BNE, Ms. 3/24654. Hoy ha
              aparecido otro en la Biblioteca Provincial de Córdoba, signatura 8/127, reproducido en
              la Biblioteca Virtual de Andalucía: <ref
                target="https://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/catalogo/es/consulta/registro.cmd?id=1000159"
                >https://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/catalogo/es/consulta/registro.cmd?id=1000159</ref>. Además
              de carecer de nombre de impresor y año, el impreso tiene otras marcas de
              clandestinidad; no hay fecha alguna, ni aprobaciones, ni tasa, ni elogios liminares de
              nadie, salvo un epigrama latino de A.K. Olmetanus, o sea del mismo Andrés Cuesta.
            </note>, mucho mejor documentado el segundo que el primero. Don Álvaro<note
              place="bottom">Sobre Álvaro de Oca, véase Martínez Arce, 2020.</note> es un exponente
            de la brillante carrera que esperaba a los letrados más conspicuos<note place="bottom">Y
              no faltaban estudiantes de leyes en los círculos de defensores de Góngora. Francisco
              de Amaya es otro ejemplo de una trayectoria que ayuda a comprender Kagan 1981: 124-129
              y 210. Para Amaya, <emph>cfr</emph>. solo lo que trae Iglesias Feijoo 1983:
              173.</note>. Venía, como tantos miembros de su familia, de las tierras orensanas de
            Celme; fue deán de Zamora y distinguido catedrático en la Universidad de Salamanca,
            primero de Sexto y Clementinas (1622-1624) y después de Vísperas en Cánones
              (1624-1629)<note place="bottom"><emph>Cfr</emph>. Esperabé Arteaga 1917, II: 436·437 y
              492.</note>. Tras la etapa salmantina fue oidor en las Chancillerías de Granada y
            Valladolid. En 1635 obtuvo el hábito de Santiago y con el tiempo llegaría a ser Regente
            del Consejo Real de Navarra, oidor del Consejo de Órdenes y miembro del Consejo de
            Castilla, en cuyo seno ejerció la superintendencia de la justicia militar en
              Flandes<note place="bottom"><p><emph>Vid</emph>. Fernández Duro 1891: 470b; García
                Carrafa 1948, LX: 238 (don Álvaro de Oca Sarmiento y Zúñiga), o Vignau y Uhagón
                1901: 248b; en fechas más recientes, María Dolores Martínez Arce le ha dedicado una
                biografía en el <emph>Diccionario biográfico español</emph> de la
            RAH.</p></note>.</p>
          <p>Aunque su nombre no haya sonado nunca en los estudios gongorinos, será de gran ayuda
            para poner contextos cronológicos y culturales a la labor de Andrés Cuesta. Este dice
            haber rescatado la <emph>Alegación</emph> entre los papeles desechados por Álvaro de
            Oca, de quien era secretario. En su calidad de catedrático de Vísperas en Cánones y de
            oidor (juez en lo civil), don Álvaro quiere poner coto a los privilegios excesivos a que
            se aferran algunos religiosos; desea que su obra sea «desengaño del que piensa que la
            inmunidad preserva de todo» (f. 10r), insistiendo en que la Iglesia no da exención a los
            clérigos en sus deberes de deferencia y veneración hacia la institución jurídica civil y
            real. Este curioso tratadillo, como parecía temer el propio Cuesta («aunque se llevará
            mal salga de repente...») y, mintiendo a medias, testificaría algún copista dieciochesco
            (pues prólogo y texto de la <emph>Alegación</emph> se conservan también en sendos tomos
            de «Varios papeles», mss. 11045 y 11028 de la BNE), «no se llegó a imprimir por algunos
            respetos» (ms. 11028, f. 202). El libro, claro –ya lo hemos visto–, sí se imprimió, pero
            debió de topar con dificultades inquisitoriales que impidieron su difusión. Según su
            biógrafa María Dolores Martínez Arce, don Álvaro fue depuesto de su cargo de oidor de
            Granada el 21 de abril de 1631 a consecuencia de un conflicto con la Inquisición, lo que
            sin duda tuvo algo que ver con la airada defensa de las prerrogativas reales y civiles
            llevada a cabo en la <emph>Alegación</emph>. Siguió fiel a sus principios en años
            sucesivos, puesto que, durante su período de virrey interino de Navarra, «fue uno de los
            implicados en las censuras y excomunión dictada en 1636 por el obispo, que condenaron al
            virrey, al regente, y a varios consejeros y alcaldes de Corte por protestar cuando el
            obispo fue incensado antes que las autoridades civiles en las vísperas del Corpus»<note
              place="bottom">Martínez Arce, «Alvaro de Oca y Zúñiga» (en línea). Se han investigado,
              a juzgar por la bibliografía que cita esta historiadora, especializada en la Navarra
              de época moderna, los asuntos en los que estuvo implicado Álvaro de Oca en Navarra.
              Pero, que hayamos podido ver, se ha desatendido su etapa granadina y nadie ha
              estudiado el conflicto de la Audiencia de Granada con la jurisdicción eclesiástica y
              con la Inquisición que motivó la deposición de nuestro magistrado. Para nosotros,
              sería muy deseable saber más acerca de este asunto.</note>. Esta actitud de resuelta
            oposición a la prepotencia del clero, valiente, puesto que le había costado la pérdida
            de su cargo de oidor, no fue óbice para que se le nombrara miembro del principal consejo
            de la monarquía, el de Castilla. Todo parece indicar la solidaridad de Andrés Cuesta con
            esta postura rotunda a favor de la precedencia de lo civil sobre lo eclesiástico.</p>
          <p>Dámaso Alonso fue el primero en reunir unas breves noticias acerca de nuestro
              autor<note place="bottom">Alonso 1970: 475-476.</note>. Cita las palabras de la «Lista
            de los autores ilustres...» y remite en nota a las noticias de Nicolás Antonio. Veamos
            primero el testimonio del gran bibliógrafo, que da como casi única información la
            implicación de Cuesta en la publicación del libro sobre «el desacato de un clérigo»,
            que, según él, fue «pronto condenado» por su inicuo ataque a la clericatura y a las
            exenciones de los hombres de Iglesia:</p>
          <quote>
            <p rend="i">ANDREAS DE LA CUESTA, Ulmetanus, Graecae linguae professor Salmantinus,
              inscripsit se eius libelli auctorem, quem sua in clericalem statum et in sacrorum
              hominum exemptionem iniquitas statim damnavit. Is est:</p>
            <p rend="lmarg2"><emph>Alegación sobre un desacato de un clérigo a ciertos Ministros de
                D. Álvaro de Oca. Granatae editus</emph><note place="bottom">Nicolás Antonio
                1783-1788, I: 72-73: ‘Nacido en Olmedo, catedrático de griego en Salamanca, se dio
                por autor de un libro, pronto condenado por su inicuo ataque contra el estatuto y
                exenciones de los clérigos’. Quizá citó la <emph>Alegación</emph>, contra la cual se
                pronuncia sin ambigüedad, por referencias indirectas. </note>.</p>
          </quote>
          <p>El azar ha dejado que, en el transcurso de las <emph>Notas al «Polifemo»</emph>, y
            comenzando pliego, la mano del <emph>ulmetanus</emph> trazase una misteriosa dedicatoria
            a don Álvaro de Oca, llamada a encabezar quizá el prólogo de la <emph>Alegación</emph>.
            En la <emph>Censura a las «Lecciones solemnes»</emph>, se refiere efectivamente a la
            existencia (quizá tan solo al proyecto) de una «dedicatoria», pero hay que decir que
            esta iba enderezada al propio Pellicer<note place="bottom">Dedicar la obra al censurado
              solo puede hacerse si la dedicatoria es una parodia, como las que tenemos en algunas
              obras de Quevedo. Andrés Cuesta no pensaba probablemente imprimir la
                <emph>Censura</emph> sino dejarla correr en manuscrito. Por eso no tenía sentido
              dedicarla, <emph>stricto sensu</emph>, a nadie, y menos a don Álvaro de Oca, que se
              hubiera visto implicado en una guerra que no era la suya.</note> y no puede ser, pues,
            la que tenemos en el manuscrito.</p>
          <p>Cuesta trazó después una línea y acabó aprovechando el papel para seguir con las
              <emph>Notas al «Polifemo»</emph>. Compárese la dedicatoria manuscrita con la que
            encabeza el prólogo de la <emph>Alegación</emph>, que damos por entera por su evidente y
            delicioso interés:</p>
          <quote>
            <p rend="center">AL SEÑOR D. ÁLVARO / DE OCA / DEL CONSEJO DE SU MAJESTAD Y / SU OIDOR /
              EN LA REAL CANCILLERÍA / DE GRANADA / DEÁN EN LA S. IGLESIA DE ZA / MORA. COLEGIAL QUE
              FUE DEL CO / LEGIO VIEJO: Y CATEDRÁTICO DE / VÍSPERAS EN CÁNONES DE LA U- /
                NIVERSIDAD<note place="bottom">Ms. 3906, f. 400r.</note></p>
            <p rend="center">* * *</p>
            <p rend="center">AL SEÑOR D. ÁLVARO DE OCA</p>
            <p rend="center">del Consejo de su Majestad, y su Oidor en la Real</p>
            <p rend="center">Cancillería de Granada, Deán en la Santa Igle-</p>
            <p rend="center">sia de Zamora, Colegial que fue del Colegio viejo, y</p>
            <p rend="center">Catedrático de Vísperas en Cánones de la</p>
            <p rend="center">Universidad de Sala-</p>
            <p rend="center">manca.</p>
            <p rend="lmarg2">Restituyo a vuestra merced impreso lo que saqué en borrón de entre sus
              papeles. Que si bien al principio me pareció desecho de ellos, reconocido, le estimé
              por cosa tan grande que, si no era con la misma obra, no tenía satisfacción. Y por
              quedar sin escrúpulo, añadí por lo retardado el interés de mejor letra. Criéme en
              Olmedo con padre maestro de buenas letras, y casi supe formar primero las griegas y
              latinas que las españolas. Sucedíle en enseñar, cuando la edad era de aprender. Pasé a
              Salamanca deseoso de luz pura: que solo allí se goza el Sol sin nieblas. Primero
              recibí en ella beneficios que tuviese tiempo para merecerlos. Pues con el aliento de
              vuestra merced y el crédito de aquellos grandes maestros en lenguas, alcancé luego un
              partido de griego. Vine con buena ocasión a este reino de Granada: y a su casa de
              vuestra merced con la de reducir sus papeles a disposición. Dejé en orden muchos: y de
              los que sobraban llevéme algunos y, entre otros, este, cuyo asunto fue el que dice su
              título. Somos los gramáticos, y en particular los de gramática heredada, fiscales de
              períodos, persecución de toda impropiedad, expulsores de acentos y espulgadores de
              ápices. Pierde con nosotros un libro por una letra, y, si tocamos algo en filósofos,
              hacemos sueño los conceptos de Platón, y sin valor las sentencias de Séneca. Que, a la
              verdad, cuanto nos falta de comida nos sobra de boca. Pero, con todos estos achaques,
              aseguro que cuanto leí en griego, y en latín fue admiración de aquella edad, no iguala
              a estos trece pliegos. Porque la precisión y propiedad del lenguaje, el valor de la
              sentencia, la viveza en la reprehensión, la eficacia en la persuasión, lo docto en las
              ciencias, la erudición en letras divinas y humanas, la atención en la proporción sin
              sobra ni falta, no ha tenido hasta hoy ejemplo, y será mucho si tuviera desde hoy
              imitación. Cosa que ha empeñado mi inclinación de suerte que, olvidando mis libros,
              solo vivo con esta Alegación, y casi la tengo toda de memoria, estimando más ser su
              padrino que autor de muchos libros. Perdone vuestra merced el haberle impreso sin su
              licencia; que, aunque se llevará mal salga de repente a ojos de muchos lo que estaba
              olvidado en un rincón, el amor a esta obra no sufrió dilaciones. Y si esta disculpa no
              bastara, baste en mi instituto, que Diógenes por cínico no repara en perder a
              Alejandro.</p>
            <p rend="right">Humilde criado de vuestra merced<lb/>y que sus pies besa.</p>
            <p rend="right">Andrés Cuesta Olmedano<note place="bottom"><emph>Alegación</emph>, f.
                A3r-[A4]r. Como en el resto de textos, hemos modernizado también aquí la ortografía
                y, ligeramente, la puntuación. <emph>cfr</emph>. el documento que trae Esperabé
                Arteaga 1914, I: 742-744, donde aparece don Álvaro (y fechado en Madrid, 23 de
                octubre de 1627).</note>.</p>
          </quote>
          <p>No cabe duda de que los elogios que prodiga nuestro helenista al tratadillo son algo
            exagerados, pero ―a pesar del contenido doctrinal y la densa erudición― es seguro que
            muchas obras jurídicas fueron escritas con menos gracia, voluntad estilística y
            oportunos recuerdos de la tradición sabia o de los cuentecillos folclóricos. El libro se
            lee con interés por una mezcla de energía y habilidad muy en la tradición de la oratoria
            forense a la romana. Su ocasión fue el desacato de un individuo concreto, estudiante y
            sacerdote, contra los magistrados de la chancillería de Granada, delito y delincuente de
            los que no dice prácticamente nada; en cambio, se eleva de este pleito particular a una
              <emph>quaestio infinita</emph>, pasando a recomendar la mayor severidad con la
            prepotencia de los clérigos y especialmente con su actitud insolente ante la justicia
            del rey, tanto más grave por cuanto se ampara en la opinión popular y en la
            irresponsable lenidad de los jueces eclesiásticos. De modo que la justicia civil, que
            Álvaro de Oca pinta largamente, en el caso de la Real Audiencia de Granada, como un
            organismo admirable de celo e integridad, pierde autoridad por culpa de esos desacatos
            del clero, causando escándalo y amenazando abrir una brecha de incomprensión entre
            gobernantes y gobernados. Pese a su finalidad de poner coto a los abusos amparados en la
            condición eclesiástica, la <emph>Alegación</emph>, en su primer «artículo», de cinco que
            contiene la obra, se explaya majestuosamente sobre cuán inmensa, imponente y sagrada es
            la dignidad del sacerdocio, con un exordio por rodeo o insinuación, como el que
            recomiendan los rétores al defender una tesis paradójica o arriesgada (por ser sacerdote
            el impugnado), lo que llaman <emph>genus paradoxicum</emph> o incluso <emph>genus
              turpe</emph>. Lo cual no impide a don Álvaro llegar pronto a reflexiones que
            convierten esta tan decantada dignidad del sacerdocio en circunstancia agravante para
            cualquier acto de soberbia e ira en quienes deberían ser dechado de humildad y
            mansedumbre:</p>
          <quote> Pues la gloria mayor del eclesiástico es la paciencia; el vencer, es el sufrir; y
            entonces se ponen sobre las coronas de los reyes, cuando sin replicar andan entre los
            pies de los hombres. Sal se nombran de la tierra, luz del mundo, ciudad edificada sobre
            monte, antorcha puesta en candelero, linaje escogido, gente santa, pueblo señalado,
            reyes y ángeles en el mundo, estrellas de la Iglesia militante. Esta grandeza de títulos
            no ha de servir de asilo para maldades, sino de atención para virtudes. Quien llamó al
            sacerdote sal, también añadió que la sal dañada para nada es buena, sino para arrojarla
            por las ventanas; y la luz ofende antes que alumbra si es de heces; ciudad a donde se
            amparan forajidos, mejor es para derribada que para conservada; ángeles atrevidos a sus
            superiores, de ángeles se truecan en demonios. Y cuanto es más excelso el orden
            sacerdotal, deben ser los ministros más puros, y sus excesos más severamente
              castigados<note place="bottom">Alegación, f. 5v.</note>. </quote>
          <p>Estas reflexiones desembocan en una enérgica invectiva contra una Iglesia que se ha
            apartado de las costumbres del cristianismo primitivo. Queda así definida una postura no
            especialmente original y que no carece de respaldo en la patrística, entre los teólogos
            escolásticos, y sobre todo en el humanismo jurídico. Sin embargo, Álvaro de Oca, aunque
            siempre con habilidad y prudencia, se desliza en ocasiones hacia la sátira anticlerical
            al retratar con viveza a ciertos eclesiásticos muy pagados de su hidalguía y asidos a
            unos puntos de honra que confunden con la soberbia mundana del linaje, con un ánimo
            vengativo y con una jactancia de matachines. El castigo para los eclesiásticos que
            «pierden el respeto a los jueces seglares» (después de un estudio pormenorizado de la
            denominación del delito como <emph>crimen lesae Maiestatis</emph>), sentencia don Álvaro
            de Oca, es la «expulsión» (f. 50v). «De aquí tome lo que supiere quien quisiere» (f.
            51v). De manera que el opúsculo prolonga en ciertos aspectos el discurso del humanismo
            de inspiración evangélica que, a estas alturas del siglo <num>xvii</num>, y en España,
            podríamos creer del todo desterrado. Nos hemos detenido sobre ello, porque no nos queda
            ningún otro documento (fuera de los borradores inacabados acerca de asuntos gongorinos)
            de la personalidad y las ideas de Cuesta, y de ahí el valor que posee para nosotros el
            testimonio indirecto que aporta este opúsculo.</p>
          <p>En Salamanca, Andrés Cuesta asistió a las clases de Gonzalo Correas, a cuya <emph>Arte
              griega</emph> (Valladolid, 1627) contribuyó con un poema griego acompañado de su
            versión latina en prosa. El poema nos interesa porque elogia los principios de
            racionalización y optimización del esfuerzo que rigen la labor del autor del
              <emph>Arte</emph>. Correas refuta, gracias a su enseñanza, el melancólico adagio
            hipocrático <emph>Ars longa, vita brevis</emph><note place="bottom">Texto en De Andrés
              1988: 306-307. </note>. Al abreviar el arte gracias a una inteligente simplificación,
            Correas alarga la vida de sus discípulos. Entendemos que un hombre con tales principios
            y salido de tal escuela sintiera náusea ante el fárrago indigesto de Pellicer.</p>
          <p>Con el apoyo de don Álvaro de Oca (según dice el mismo Cuesta en la dedicatoria que
            hemos visto), llegó a ganar con precocidad una cátedra de menores de griego<note
              place="bottom">El correspondiente acuerdo del claustro es reproducido en De Andrés
              1988: 370.</note>, que desempeñó entre 1627 y 1630, coincidiendo con la de su maestro
            Gonzalo Correas (1615-1631)<note place="bottom">«Don Andrés fue, en efecto, catedrático
              de griego en la Universidad de Salamanca entre los años 1627 y 1630, coincidiendo con
              otra cátedra de su maestro Gonzalo Correas (1615-1631), quien ya había llevado la
              misma que su discípulo entre 1599 y 1615» (Micó 1985: 412, remitiendo a Esperabé
              Arteaga 1917: 455). El propio Correas, en el título de la <emph>Alegación</emph>, se
              refiere a sí mismo como «catedrático de griego en la Reina de las Universidades».
              Nicolás Antonio (1783: 72-73) simplemente se refiere a Cuesta como profesor de griego
              en Salamanca (<emph>«Graecae linguae professor Salmantinus</emph>»).</note>. De este
            magisterio queda huella en la curiosa ortografía del apellido Cuesta como «Kuesta» en la
            portada de la <emph>Alegación</emph> (como también en otros documentos en los que firma,
            muy kafkianamente, A.K.).</p>
          <figure>
            <graphic
              url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig2.png"/>
            <head>Fig. 2: Biblioteca Provincial de Córdoba, signatura 8/127</head></figure>
          <p>Esta /K/ es señal de profunda deferencia hacia Gonzalo Correas. El sabio y excéntrico
            maestro salmantino defendió, como es sabido, una reforma ortográfica radical con
            criterios fonológicos, en la cual destaca, por pintoresca e inhabitual en el mundo
            latino, la grafía /k/ para la oclusiva velar sorda. Aunque ni en el cuerpo del impreso,
            ni en los papeles de su mano que nos quedan, adopta Cuesta los preceptos del Autor de la
              <emph>Ortografia kastellana nueva i perfeta</emph>, sí modifica su apellido en la
            portada, lo que solo puede interpretarse como marca de lealtad y casi de simbólico
            vasallaje.</p>
          <p>Como puntualiza Bartolomé Pozuelo: « Enriqueta de Andrés, en una breve semblanza de
            nuestro autor, aporta detalles sobre su paso por Salamanca<note place="bottom">De Andrés
              1988: 64.</note>: su nombramiento como catedrático tuvo fecha del 15 de enero de 1627;
            era opositor único; el examen incluyó sendos capítulos de Luciano y Homero; 'el
            examinador fue Gonzalo Correas, que dijo que Andrés de la Cuesta era 'muy hábil y
            suficiente en la lengua griega y que merecía que se proveyera en él dicha cátedra'<note
              place="bottom">De Andrés 1988: 64. </note>; su ausencia se verifica poco antes del 18
            de marzo de 1630, fecha en que tiene lugar el examen de quien lo sustituiría, Lorenzo
            Velasco. Efectivamente, en 1630 Cuesta</p>
          <p rend="noindent">abandonaba Salamanca, al partir para Granada donde sería secretario de
            su patrocinador, Oca, que había sido nombrado oidor en la Chancillería el año
              anterior»<note place="bottom">«Introducción» en Pozuelo 2023.</note>.</p>
          <p>Además, sabemos que el olmedano estaba casado con una señora llamada doña Juana de Paz
            y que en su Olmedo les nació un hijo que se haría agustino. Fray José de la Cuesta
            profesó en el convento de Salamanca el día 15 de agosto de 1629, siendo su padre
            catedrático de griego en la universidad de esa ciudad; como también era «muy docto en la
            lengua griega», suplió alguna vez las ocasionales ausencias paternas de la cátedra. En
            1635 (o 1634, según otras fuentes) se fue a Filipinas, donde permaneció ―con nuevos
            nombramientos y traslados― hasta su muerte, en 1662<note place="bottom"
              ><emph>Cfr</emph>. López Bardón 1903, II: 374a y Santiago Vela 1915, II: 196. Fray
              José fue «buen predicador» y dejó manuscritos varios <emph>Sermones místicos</emph> y
              unos <emph>Apuntes para estudiar griego</emph>.</note>.</p>
          <p>Ya tenemos unas guías, por tanto, para el trayecto cronológico de Cuesta. Pero cabría
            trazar simultáneamente sus andanzas vitales y los avances de su labor gongorina. Para
            ello conviene citar el primer testimonio citado por Dámaso Alonso, la «Lista de autores
            ilustres y célebres que han elogiado a don Luis de Góngora»<note place="bottom">La
                <emph>lista</emph> fue editada y comentada por Ryan 1953. Forma parte de un pequeño
              grupo de textos semejantes producidos en fechas cercanas; las «listas de defensores y
              admiradores de Góngora que elaboraron sucesivamente Andrés de Uztarroz, Vázquez
              Siruela y Vaca de Alfaro», y que definen una etapa de la recepción de Góngora, la
              «época de las listas». Véase Elvira y Plagnard 2021: 58-62.</note>:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">Andrés Cuesta, gran M[aestr]o de la lengua latina y griega y
              eruditísimo en las letras de humanidad, y comentó doctamente el <emph>Polifemo</emph>
              a persuasión mía. Téngole original. Y comenzó a traducir el mismo poema en verso
              latino elegantísimo. Cogióle la muerte en medio de esta obra; los fragmentos que dejó
              están en mi poder<note place="bottom">BNE ms. 3893, f. 55r.</note>.</p>
          </quote>
          <p>En este testimonio, como en el anterior, deploramos la ausencia de toda fecha. Da la
            impresión que para el autor de la lista (Vázquez Siruela, con casi total seguridad) no
            se trataba de una muerte demasiado reciente.</p>
          <p>El manuscrito 3906 de la Biblioteca Nacional de Madrid, riquísimo en materiales
            gongorinos, conserva los desvelos de Cuesta citados por el autor de la lista, quien dice
            guardar en su poder «los fragmentos que dejó». Hoy podemos afirmar con un altísimo grado
            de probabilidad que tanto el ms. 3906, donde están estos fragmentos, como el ms. 3893
            –ambos en la BNE–, se componen de papeles dejados por el difunto canónigo del Sacromonte
            y luego de Sevilla, infatigable lector e investigador de asuntos filológicos e
            históricos, Martín Vázquez Siruela<note place="bottom">Cfr. Salas 2009 y Elvira
              2019.</note>. Fue él quien estableció la «Lista de autores», escribió el brillante
              <emph>Discurso sobre el estilo de don Luis de Góngora</emph> que encabeza el ms.3893 y
            compuso una larga serie de notas a Góngora cuyo borrador también se conserva en dicho
            códice (f. 55-231): poco menos de doscientos folios cubiertos por ambos lados de apuntes
            numerados (con muchas irregularidades) en una letra pequeñísima, con tachaduras,
            renglones interlineales y marginales. Interpretamos estas notas como unos materiales en
            bruto, pero muy cuidados en ciertos aspectos, con vistas a un comentario que este
            cultísimo y apasionado lector de Góngora no llegó nunca a redactar<note place="bottom"
              >Pedro Conde Parrado y Mercedes Blanco preparan la edición de estas notas.</note>. En
            un lugar recóndito de este documento apenas explorado por razones comprensibles, Vázquez
            Siruela cita los «borradores» de Cuesta y los utiliza para su propio trabajo<note
              place="bottom">«Galatea tuvo templos, no el que deducen de Luciano, que impugna muy
              bien Cuesta en sus borradores, sino el que se colige de Ovidio, lib. 11, f. 151, p. 2»
              (Vázquez Siruela, <emph>Anotaciones a la poesía de Luis de Góngora</emph>, h. 1635,
              BNE ms. 3906, f. 111v). Citamos por la edición en ciernes de Mercedes Blanco y Pedro
              Conde Parrado. Esta impugnación de Cuesta a Pellicer, alegada por Vázquez Siruela, se
              encuentra efectivamente en una de las <emph>Notas al Polifemo</emph> de nuestro autor,
              conservadas en el códice BNE ms. 3906, f. 425v-426v, también propiedad de Vázquez
              Siruela, o para decirlo con más exactitud, constituido, después de su muerte, con
              papeles legados por él.</note>. No cabe duda de que ya en ese momento de la confección
            de las notas para el futuro comentario, tenía en su poder los papeles manuscritos
            dejados por el fallecido helenista, probablemente buen amigo suyo y compinche en los
            amores y odios gongorinos (amor por el poeta, aversión por sus ignorantes detractores y
            por la mediocridad de Pellicer y otros comentaristas).</p>
          <p>Una misma letra nos transmite las <emph>Notas al «Polifemo»</emph> (ms. 3906, f.
            282r-403v) y la fragmentaria traducción latina del poema de Góngora<note place="bottom"
              >Véase la edición de Bartolomé Pozuelo Calero en Cuesta 2023.</note> (f. 406v-408, con
            espacios en blanco y después de una hojita que es ajena a nuestro catedrático). Viene
            luego la <emph>Censura a las «Lecciones solemnes» de Pellicer</emph> (f. 409r-435v),
            seguramente bautizada, como las <emph>Notas</emph>, por el antiguo colector. Como
            demuestran las tachaduras, correcciones y cambios de redacción, toda esa labor es
            autógrafa, y, aunque en el manuscrito solo se le atribuye el primero de los trabajos, se
            confirma lo que pensaba Dámaso Alonso: que la <emph>Censura</emph> es, sin duda, del
            mismo Cuesta.</p>
          <p>Por la dedicatoria-prólogo que hemos citado sabemos algo de lo que fue la vida de
            Cuesta (él no imaginaba que ya no le quedaba mucha), desde sus primeros años en Olmedo
            con un padre maestro de buenas letras hasta sus últimos años en Granada como secretario
            y amigo de don Álvaro (una amistad que se desprende del tono de la dedicatoria y de que
            ambos fueron colegas en el claustro de Salamanca, lo que los igualaba, pese a la
            probable diferencia de fortuna).</p>
          <p>Recapitulando los pocos datos que hemos reunido, Andrés Cuesta debió de nacer no mucho
            antes de 1600<note place="bottom">No se conocen documentos que permitan precisar la
              fecha de nacimiento, ni la de su muerte, aunque muy bien podrían encontrarse, puesto
              que no parece que se hayan buscado. Nos basamos en el razonamiento siguiente. Si
              cuando Andrés Cuesta era catedrático en Salamanca, o sea antes de 1630, su hijo podía
              ya sustituirlo ocasionalmente en la cátedra, es que este hijo tendría al menos 15 o 16
              años, dato confirmado por su profesión en la orden de san Agustín en 1629; en 1630,
              Cuesta debía, pues, tener un mínimo de 32 o 33, suponiendo una paternidad
              extraordinariamente juvenil. Pero si Vázquez Siruela dice que murió mozo, o incluso
              «muy mozo» no podía tener, cuando lo sorprendió la muerte en medio de su obra
              gongorina, mucho más de treinta y cinco. Por ello conjeturamos que nació en la última
              década del XVI y más bien en su segunda mitad. Con base a los mismos indicios, creemos
              que murió, dejando su labor interrumpida, a finales de 1632 o en 1633. Sin embargo,
              todo esto es muy frágil: bastaría que, para Vázquez Siruela, entrado en años, un
              hombre de cuarenta fuese «mozo», para que nuestras suposiciones se
            debilitaran.</note>, en Olmedo, de un padre maestro de buenas letras, pasó la primera
            juventud en esta ciudad, y allí se casó y tuvo al menos un hijo, fue catedrático de
            menores de griego en la Universidad de Salamanca entre los años 1627 y 1631,
            coincidiendo con otra cátedra de su maestro Gonzalo Correas (1615-1631), quien ya había
            llevado la misma que su discípulo entre 1599 y 1615<note place="bottom"
              ><emph>Cfr</emph>. Esperabé Arteaga 1917, II: 455.</note>. En 1630 o 1631 dejó
            Salamanca ‑–la coincidencia con la muerte de su maestro tal vez no fue casual–, y se fue
            a Granada, seguramente con el nuevo empleo de secretario de don Álvaro de Oca. Con un
            talento indudable y prometedor, falleció joven en circunstancias que desconocemos,
            probablemente muy pocos años (dos o tres) después de mudarse a la antigua capital del
            reino nazarí.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>3. [Cronología] Los problemas de datación de la labor de Cuesta</head>
          <p>En cuanto a la datación de la <emph>Censura</emph>, estamos por una redacción temprana,
            que no pudo empezar antes de 1630 (año en que aparecen las <emph>Lecciones
              solemnes</emph> y en que debió de encontrarse con Vázquez Siruela en Granada), en
            paralelo a sus <emph>Notas al Polifemo</emph>.</p>
          <p>Los textos de Cuesta no facilitan ninguna evidencia interna que resulte definitiva. A
            la luz de una alusión a Lope de Vega en la <emph>Censura</emph>, uno podría verse
            tentado de llevar su redacción a 1637 o a los años siguientes. En una consideración
            sobre la evolución de los imperios y las culturas, Cuesta vaticina que los eruditos del
            futuro «estudiarán nuestras comedias» y que la posteridad se admirará de que «un hombre
            haya escrito mil y quinientas»<note place="bottom"><emph>Cfr. Censura a las «Lecciones
                solemnes» de Pellicer</emph>, f. 433v.</note>. La frase supone un conocimiento de la
            afirmación lopesca en la <emph>Égloga a Claudio</emph>, de 1632, pero publicada en la
            colección póstuma de L<emph>a Vega del Parnaso</emph> (1637); ahí ostenta el Fénix ese
            mismo número de «fábulas cómicas»<note place="bottom"><emph>Cfr</emph>. Conde Parrado y
              Pedraza 2015:70-71: «Mil y quinientas fábulas admira/ que la mayor el número parece: /
              verdad que desmerece/ por parecer mentira, / pues más de ciento, en horas
              veinticuatro/ pasaron de las musas al teatro» (v. 415-420).</note>. Pero es el caso
            que hubo una edición suelta (una conservamos, al menos, sin lugar, sin impresor y sin
            año), en torno a cuya fecha no coinciden los lopistas. Pese a que Entrambasaguas la
            creyese posterior a <emph>La Vega del Parnaso</emph>, Rozas arguyó y lo confirma de la
            égloga Felipe Pedraza en su reciente edición, que debe ser anterior al volumen póstumo y
            aparecida en vida de Lope (y, seguramente, con su intervención)<note place="bottom"
                ><emph>Cfr</emph>. Rozas 1983 y Conde Parrado y Pedraza (2015, II :10): «La fecha de
              composición de la primera versión de A Claudio viene determinada por una referencia
              interna: la alusión a <emph>La Dorotea</emph> (vv. 403-406) ya acabada, pero aún no
              impresa […] el poema debió de escribirse “muy a principios de 1632” [Rozas 1990: 172]
              Creo que ese es, efectivamente, el momento de su creación. Las ampliaciones insertas
              en la segunda versión no deben ser muy posteriores. Cabe imaginar que, poco después de
              ver impresa la versión corta, Lope […] añadió los 150 versos que dieron forma
              definitiva al poema».</note>. La <emph>Égloga</emph>, suponía Rozas, «interesó
            notablemente entre 1632 y 1637», y debió de conocerse bastante en los círculos eruditos
            y literarios del momento. Además, si Cuesta escribía después de 1637 ―y, por tanto,
            muerto ya Lope―, ¿por qué no prefirió la cifra más espectacular que Montalbán difunde en
              <emph>La fama póstuma</emph>, de 1636, donde el discípulo de Lope habla de mil
            ochocientas comedias y más de cuatrocientos autos?</p>
          <p>De las varias alusiones al monstruo de la naturaleza que se hallan en la
              <emph>Censura</emph>, una de ellas parece referirse, en presente, a un hombre vivo:
            «Puede vuestra merced acerca de esto ver el <emph>Laurel de Apolo</emph>, adonde el
            Fénix de España, aunque habla con claridad en otras cosas, está dudoso en esta»<note
              place="bottom"><emph>Cfr. Censura</emph>, f. 417v.</note>. De haber escrito Cuesta su
              <emph>Censura</emph> pasada la muerte de Lope, cualquier referencia al dramaturgo nos
            hubiese hecho notar su pesadumbre, puesto que la gran admiración que le inspiraba se
            deja ver en la familiaridad con sus libros y sus comedias y en los elogios que le
            tributa, significativos en un hombre poco propenso a la lisonja o a exagerar su
            devoción.</p>
          <p>Por otra parte, si recordamos la dedicatoria (o las dedicatorias) de Andrés Cuesta a
            don Álvaro de Oca, es significativo que no se mencione en el currículum de don Álvaro el
            hábito de Santiago obtenido en 1635.</p>
          <p>Parece, por tanto, que ninguna de las obras que le conocemos a Cuesta puede ser
            posterior al año de la muerte de Lope<note place="bottom">El Fénix murió el 27 de
              agosto; don Álvaro obtuvo su hábito el día 3 de noviembre. Ese mismo año –quizá
              significativamente–, el hijo de Andrés Cuesta, fray José, parte hacia las misiones de
              Filipinas (aunque no todas las fuentes coinciden).</note>. Muy probablemente nuestro
            gongorista había cumplido ya con su obligación de confirmar lo que dijo de él la famosa
              <emph>lista</emph>: «Murió mozo».</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>4. [Estructura] Labores truncadas</head>
          <p>La <emph>Censura a las «Lecciones solemnes»</emph> supone, en efecto, una censura
            reprobatoria al comento pelliceriano, pero los juicios no tienen la acritud ni la
            violencia propia de la invectiva, porque el tono es desdeñoso y condescendiente. El
            objeto de las críticas, sin embargo, no es en absoluto banal, pues Cuesta, en
            definitiva, apela a la ignorancia de Pellicer, a su falta de rigor, a su poca honestidad
            intelectual y a su tendencia a la charlatanería: evidencia su desconocimiento de lenguas
            (incluso del romance castellano), lo corrige en la precisión de fuentes y autoridades,
            lo acusa de no revelar el origen de informaciones que da como propias y de no contrastar
            suficientemente las ajenas.</p>
          <p>No es posible describir adecuadamente la estructura de un escrito que se quedó en
            borrador inacabado o amputado de su final. Si nos atenemos a lo que se ha conservado, la
              <emph>Censura</emph> se divide en dos partes. En la primera, desde el comienzo en el
            folio 409r hasta el folio 415, Cuesta critica el paratexto de las <emph>Lecciones
              solemnes</emph> o una parte de este: el título, en el cual censura la impropiedad
            ridícula del sustantivo y sobre todo del adjetivo «solemne»; el lema de la portada,
              <emph>Summa infelicitas invideri a nemine</emph>, donde delata el solecismo que afea
            la expresión; el enorme índice de autores, desacreditado por la inverosímil acumulación
            y la pretenciosa y caótica división en clases; el grabado con el retrato de Góngora por
            Juan de Courbes; y principalmente, el «Túmulo honorario». Con esta expresión designa el
            autor de las <emph>Lecciones solemnes</emph> la aparatosa inscripción funeral o epitafio
            del poeta que ocupa un folio entero de los preliminares, haciendo pareja con el
            mencionado retrato. Cuesta lee línea a línea la inscripción y, con objeto de hacer
            patente la pésima calidad del latín de Pellicer, va señalando los solecismos e
            impropiedades; así como ciertos equívocos involuntarios y atentados contra la lógica,
            con ánimo de poner en evidencia los fallos de su juicio. En conjunto, trata de
            ridiculizar al aragonés, lo que indudablemente consigue, como celebró Dámaso Alonso<note
              place="bottom">Alonso (1970: 475): «Un mozo moreno y agrio, de gran ingenio y chispa,
              conocedor directo tanto de la literatura latina como de la griega, profesor de esta
              última lengua en Salamanca, fino gramático, había leído también las <emph>Lecciones
                solemnes</emph> y ante tanta pedantería, tanta verborrea, aquel alarde pueril de
              erudición, se había cargado de razones».</note>.</p>
          <p>Puede parecer algo mezquino y poco sensato dedicar tanta atención a lo que no es, al
            fin y al cabo, más que una página de un libro que tiene casi cuatrocientas, un detalle
            casi ornamental de los preliminares. Pero es fácil entender por qué a Cuesta le importó
            detenerse en este detalle. En primer lugar, como única muestra extensa de la expresión
            latina de Pellicer, le permitía señalar sus deficiencias en este campo, profundamente
            descalificadoras. Si Pellicer no era buen latino, menos todavía podía ser un pozo de
            ciencia y un experto en todas las lenguas de cultura (griego, ante todo, y también
            hebreo y francés), como se desprendía de sus propias jactanciosas declaraciones. El
            túmulo era, además un texto muy elaborado y verdaderamente, «solemne», y el aragonés
            pretendía con él, por un lado, ofrecer un retrato verbal de Góngora, y, por otro,
            retratar sus propias cualidades de humanista y de literato. Y es que la destreza tanto
            en descifrar como en componer inscripciones a la manera antigua (o sus variantes,
            epigramas, empresas, jeroglíficos y emblemas), era una de las más útiles y reveladoras
            maneras de demostrar pericia en letras humanas, y lo que viene a ser lo mismo, un
            conocimiento amplio y refinado de la Antigüedad. A fin de cuentas, la erudición no era
            otra cosa que el conocimiento a la vez teórico y práctico, científico y artístico,
            crítico y vivo, del mundo clásico, griego y latino, en todos sus monumentos materiales,
            pero sobre todo lingüísticos y literarios. Esta erudición, como ha comentado
            magistralmente Muriel Elvira<note place="bottom">Elvira 2021.</note>, era lo que daba
            tanto valor a las obras de Góngora, lo que justificaba el comentario y permitía lucirse
            a los comentaristas. En esto estaban de acuerdo Andrés Cuesta, que celebra la honda
            «erudición» del poeta<note place="bottom"><emph>Notas al «Polifemo»</emph>: «la mayor
              gala y erudición del poeta se descubre en usar a tiempo de las licencias» (f.292r);
              «este pleonasmo puede antes atribuirse a erudición y elegancia de don Luis que a
              descuido, pues vemos que de semejantes figuras de decir usaron los antiguos» (f.
              293r); «el gran cuidado de don Luis en encajar todo género de erudición en sus
              escritos» (f. 348r). Esa erudición se manifiesta en la sutileza y precisión de algunas
              imitaciones, en virtud de un concepto humanístico de la poesía que indudablemente hay
              que atribuir a Góngora (Ponce Cárdenas 2021).</note> y el propio Pellicer, que escribe
            en su prólogo:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">La primera [razón para el comentario] es ser don Luis de Góngora el
              mayor poeta de su tiempo en nuestra nación, competidor, sin duda, de los más eminentes
              en Grecia, Roma, Italia y Francia; y parecerme a mí, y a todos, que en sus obras
              hallaría bastante campo para descoger mucha erudición, por estar sembradas sus frases
              de imitaciones griegas y latinas, llenas de fórmulas y ritos de la Antigüedad, que es
              lo que da materia para que pueda lucir el que comenta<note place="bottom">Pellicer,
                  <emph>Lecciones solemnes</emph>, 1630: ¶¶¶2.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Entre esas «fórmulas y ritos de la Antigüedad» los de la epigrafía, especialmente
            funeraria, ocupan un puesto eminente para el humanismo desde sus orígenes. Tanto es así
            que puede medirse el avance de la cultura renacentista por el manejo no solo de las
            letras humanas, entendidas como asimilación de un vasto caudal de textos clásicos y de
            conocimientos sobre la historia y la cultura de las que emanaron, sino de las letras en
            el sentido material de incisiones en la piedra, de formas y disposición de los
            caracteres en las lápidas y en las páginas. Sobre ello, remitimos a una monografía
            inédita de Roland Béhar, que empieza así:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">Les <emph xml:lang="fr">studia humanitatis</emph> – ce terme évite,
              contrairement à celui d’humanisme, la projection rétrospective de connotations bien
              postérieures – reposaient sur la foi dans la valeur et les vertus régénératrices de
              l’étude et de l’enseignement des lettres latines et tout spécialement des lettres
              grecques. Cette foi se traduisit dans une aspiration à la maîtrise de la langue non
              seulement dans ses aspects grammaticaux et lexicographiques – l’«humaniste» est <emph
                xml:lang="fr">grammaticus</emph>, selon Ange Politien, selon Antonio de Nebrija –,
              mais même dans sa matérialité, même dans la forme extérieure imposée aux lettres, aux
              mots, aux textes<note place="bottom">Béhar 2022 (comienzo del prólogo). </note>.</p>
          </quote>
          <p>De ahí que el <emph>Túmulo honorario</emph> que exhibe Pellicer sea una carta de
            presentación de sus cualidades de humanista, base de sus méritos también en otros
            ámbitos, los de la genealogía y la historia –actividades mejor remuneradas que la del
            gramático–, méritos que él mismo se encarga de alabar y en virtud de los cuales aspiró
            desde muy joven a una carrera brillante. De hecho, disfrutó por largos años de fama y
            honores, pese a su reputación algo empañada en los círculos más doctos, y a ciertas
            polémicas en las que estuvo profundamente implicado, como la que tocaba a los falsos
              cronicones<note place="bottom">Pellicer es personaje importante de la famosa
                <emph>Historia crítica de los falsos cronicones</emph> de Godoy y Alcántara (1868).
              Se lee ahí una semblanza del cronista, con la famosa frase: «Pellicer fue el siglo
              XVII hecho hombre». Véase Cruz Casado 2004 :108.</note>. Por eso no debe extrañar que
            Cuesta dedicase al dichoso túmulo casi toda la primera parte de su
            <emph>Censura</emph>.</p>
          <p>En la segunda parte, pasa Andrés Cuesta al texto del comentario que forma el cuerpo de
            las <emph>Lecciones solemnes</emph>, criticando lugares concretos, localizados por
            columnas numeradas, al modo en que Pellicer lo escribió y en el orden en que se
            presentan en el libro. Así, el olmedano va saltando de una a otra columna deteniéndose
            allí donde ve algún punto especialmente censurable, e interrumpe su labor en la 302, a
            la altura del comentario de la estancia 49 del <emph>Polifemo</emph> (recuérdese que el
            poema se compone de 62 estancias). Por lo demás, como hace notar Jesús Ponce
              Cárdenas<note place="bottom">Ponce Cárdenas, 2012:73.</note>, el comentario del
              <emph>Polifemo</emph> cobra en las <emph>Lecciones solemnes</emph> una importancia
            desproporcionada puesto que consta de 351 columnas frente a menos de 485 columnas para
            el conjunto de las dos <emph>Soledades</emph>, el <emph>Panegírico</emph> y la
              <emph>Fábula de Píramo y Tisbe</emph>: la ratio entre la extensión del comentario y el
            número de versos queda dividida, pues, por seis o siete, en promedio, entre el
            comentario al <emph>Polifemo</emph> y el resto de la obra y va disminuyendo a medida que
            avanzamos en el volumen. Por esta razón, entre otras de bastante peso, Jaime Galbarro
            sostiene que durante mucho tiempo (hasta la publicación del <emph>Polifemo
              comentado</emph> de Salcedo en 1629), Pellicer tenía planeado limitarse a unas
              <emph>Lecciones solemnes sobre el «Polifemo</emph>» (Galbarro García 2021). Esta
            fisionomía de los comentarios previos impresos (los de Salcedo y Pellicer) en las fechas
            en que Andrés Cuesta y Martín Vázquez Siruela empezaron a anotar a Góngora desde Granada
            (en 1630 o 31, con toda probabilidad), contribuyó a que ambos se fijaran antes que todo
            en la <emph>Fábula</emph>. Vázquez Siruela empieza anotando algunos lugares de este
            poema, ya en completo desorden, pero muy pronto salta al <emph>Panegírico</emph> y a
            otros textos y empieza a aplicar su extraordinario método consistente en ir, no del
            texto a las fuentes, sino de las fuentes al texto. Esto es: va recorriendo numerosos
            autores antiguos, medievales o modernos (o partes de ellos, por ejemplo, un canto entero
            de la <emph>Tebaida</emph> de Estacio o un panegírico de Claudiano) en busca de lo que
            le puede servir para ilustrar a Góngora, cuyos versos atesora en su memoria; al hilo de
            esta exploración a priori infinita, asocia con ciertos lugares de lo que va leyendo un
            pasaje determinado del poeta<note place="bottom">Vid. Blanco 2019 y Conde Parrado
              2019.</note>. No sabemos lo que pensaba hacer, por su parte, Andrés Cuesta, pero en lo
            que hizo, tanto en las <emph>Notas</emph> como en la <emph>Censura</emph>, el Góngora
            que retiene su atención es el autor del <emph>Polifemo</emph>, aunque cita
            ocasionalmente lugares de la <emph>Fábula de Píramo y Tisbe</emph> o de otras poesías
            para ilustrar un argumento. En la parte de su <emph>Censura</emph> que consiste en
            reparos al comentario de Pellicer, utiliza los materiales de sus propias <emph>Notas al
              «Polifemo»</emph>. Muchas críticas corresponden casi literalmente a lo que se lee en
            este comentario, que se interrumpe con una nota al verso «dio ya a mi cueva, de piedad
            desnuda» (v. 430). Cuesta, cuyos ideales, como veremos, son la claridad y la concisión,
            va directamente a los lugares sobre los cuales tiene algo que decir que no han dicho los
            «intérpretes», Salcedo y Pellicer, y, sobre todo, algo que pueda rectificar los errores
            que han cometido. Parece claro que las <emph>Notas al «Polifemo»</emph> y la
              <emph>Censura</emph> fueron textos redactados paralelamente en dos fajos de folios,
            con cierto retraso lógico del segundo, de ahí la distancia que va de la estancia 49 a la
            54 del texto gongorino comentado, lugares en que se detienen respectivamente la censura
            y las notas. A medida que comentaba el poema, Cuesta iba apuntando los que eran para él
            no tanto errores como dislates de Pellicer. Ambos textos quedaron interrumpidos de modo
            igualmente brusco y quizá brutal: las <emph>Notas al «Polifemo»</emph>, en medio de una
            frase, pero al final de un pliego, la <emph>Censura</emph> en medio de la palabra
            «Eurí[pides]» al final del reverso del último folio. Con la misma brusquedad quedó
            truncada en mitad de una estancia su traducción del Polifemo. Una enfermedad o un
            accidente fulminantes son las únicas causas imaginables de esta interrupción, que nada
            permite presagiar en lo que precede. Ni el estilo, ni la firmeza del pulso presentan
            hasta el final el mínimo descaecimiento. El contraste entre el tranquilo disfrute por el
            autor de sus grandes conocimientos, buena pluma, destreza polémica y talento cómico y,
            por otro lado, la violencia del corte (golpe de la dura tijera de la Parca, que diría
            Góngora) parece la huella de un pequeño cataclismo privado. Claro que, más
            prosaicamente, pudieron perderse uno o varios folios al cambiar de manos el fajo con la
            muerte de su propietario. Una pérdida de unas líneas como mínimo parece segura, porque
            no es verosímil que Cuesta dejara su mesa, por grave que fuera el motivo, con una frase
            o palabra a medio escribir, y coincidiendo además con el final de un folio.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>5. [Fuentes] Gramáticas, autores griegos y crípticas alusiones</head>
          <p>Tanto por su jerarquía académica como por lo que delatan empíricamente las certeras
            correcciones que le nota a Pellicer, la erudición de Cuesta se asienta en un sólido
            conocimiento de los clásicos grecolatinos, de la tradición bíblica y también de la
            literatura moderna (neolatina, italiana y, por supuesto, española); fuentes que maneja
            en original. Lo que quizás lo distingue de otros comentaristas es su marcada condición
            de lingüista y gramático, pues sobresalen ciertas reflexiones que prueban su
            conocimiento del griego, sus nociones no muy superficiales de hebreo, y su trato
            habitual de cuantos glosarios, vocabularios y gramáticas podían estar a su alcance.
            También demuestran esta calificación suya sus observaciones gramaticales y
            léxico-semánticas y su particular uso de la ortografía tal y como detallamos más abajo
            (en el apartado «Otras cuestiones»).</p>
          <p>Más todavía resalta su condición de helenista. Alega pocos autores latinos y siempre
            cuando su argumentación lo requiere, a menudo de manera familiar y jocosa o como réplica
            a algún gazapo de Pellicer (por ejemplo, el de atribuir a Propercio uno de los versos
            más famosos de Catulo). La lista de los autores latinos cuyos nombres aparecen con
            menciones fugaces (si nos circunscribimos a la <emph>Censura</emph>) se limita a
            Horacio, Cicerón, Claudiano, Marcial, Ovidio, Catulo, Tibulo y Propercio. Las fuentes
            sobre las cuales tiene más que decir son griegas: Homero, Hesíodo, Píndaro, Apolonio de
            Rodas, Luciano y Constantino Porfirogéneta. Los cinco primeros no sorprenden
            particularmente, el sexto un poco más, al menos a los que no somos especialistas de
            literatura griega y menos de la de Bizancio. Constantino Porfirogéneta es el nombre de
            un docto emperador bizantino del siglo X, autor de varias obras importantes, de índole
            histórica y política, que, por los años en que Cuesta redactaba su <emph>Censura</emph>,
            poco después de 1630, llevaban relativamente poco tiempo difundiéndose entre los
            eruditos gracias a humanistas alemanes, holandeses y franceses. Entre ellos destaca
            Johannes van Meurs (Leiden, Elzevir, 1611 y 1617), al que llama Cuesta Meursio y que es
            también autor de ese <emph>Glosario graeco-bárbaro</emph><note place="bottom"><emph
                xml:lang="it">Ioannis Meursi Glossarium graecobarbarum in quo praeter vocabula
                quinque millia quadrigentia, officia atque dignitates Imperii Constantinop[olitani],
                tam in Palatio quam Ecclesia aut Militia explicantur &amp; illustrantur. Editio
                altera emendata &amp; aucta</emph>. Lugduni Batavorum [Leiden], apud Ludovicum
              Elzevirum, 1614. Como lo indica el título, se trata en realidad de un diccionario de
              términos bizantinos usados en la literatura oficial, áulica, eclesiástica y militar y
              para denominar a magistrados y dignidades, obra que el autor construyó apoyándose en
              gran medida en los textos de Constantino VII Porfirogéneta que editó y tradujo por los
              mismos años en que preparaba dicho glosario.</note> que le sirve de argumento polémico
            hacia el final de la <emph>Censura</emph>. Sorprende sobre todo la misteriosa frase en
            la que el olmedano introduce el nombre del emperador:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">Y Constantino Porfirogéneta, libro que vuestra merced sabe
              bastantemente que yo he visto, en cuyo códice se halla escrito este nombre de varias
              maneras…</p>
          </quote>
          <p>La frase es alusiva de un modo inhabitual; en primer lugar, porque la expresión
            «Constantino Porfirogéneta, libro que» es formalmente incorrecta y de significado
            oscuro. Se atribuyen a Constantino VII múltiples escritos, varios de los cuales habían
            sido impresos, a finales del <num>xvi</num> y en las dos primeras décadas del
              <num>xvii</num>. Por la disertación que sigue a esta frase en el texto de la
              <emph>Censura</emph>, y que versa acerca de las varias grafías del antropónimo griego
            que corresponde a Luis o <emph>Ludovicus</emph>, pudo tratarse de la obra del emperador
            más difundida en aquel momento, el <emph>De administrando imperio</emph>, texto editado
            por primera vez por Meursius en 1611 y donde se habla repetidamente de varios Luises,
            emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico en los siglos IX y X (Luis I, Luis II y
            Luis III). Lo del «códice», si hay que entender manuscrito, no está demasiado claro,
            porque no hay manuscritos de esta obra en España<note place="bottom">El manuscrito
              principal, del siglo XI, está en la Bibliothèque Nationale de France (<emph>codex
                parisinus gr</emph>. 2009). Los demás son apógrafos del siglo XVI, y se encuentran
              hoy respectivamente en el Vaticano, en París y en Módena.</note>, y no parece haberlos
            tampoco de los demás escritos de Constantino VII (en todo caso, no hemos dado con
            ellos). Por las razones que veremos en seguida, creemos probable que esté hablando
            Cuesta de la segunda de las ediciones que sacó a luz Meursius del emperador bizantino:
              <emph>Constantini Porphyrogennetae Imperatoris opera in quibus Tactica nunc primum
              prodeunt. Ioannes Meursius collegit, coniunxit, edidit</emph> (Leiden, Elzevir, 1617).
            En este volumen de 230 páginas, impresas en dos columnas respectivamente dedicadas al
            original griego y a la traducción latina, se contienen todas las obras hasta entonces
            conocidas del emperador: <emph>De administrando imperio. Tactica. Thematum Lib I.
              Thematum Lib II. Novellae Constitutiones XIII. Novellae IV</emph>. Para las dos
            primeras, la edición es debida a Meursius; las cuatro últimas son reediciones de otros
            autores. La única que se imprime por primera vez es <emph>Tactica</emph>, como anuncia
            la portada. Pensamos que de lo que habla Cuesta es de este volumen que, por reunir los
            principales escritos del emperador, pudo identificar con la obra por excelencia del
            autor: «Constantino Porfirógeneta, libro cuyo códice»: libro está aquí por autor y obra
            a la vez, y códice por testimonio material de la obra, testimonio de cierto bulto, ya
            sea manuscrito o impreso. Mucha metonimia es esa, ciertamente, pero nos parece difícil
            imaginar otra explicación. Lo más curioso es la expresión «que vuestra merced sabe
            bastantemente que yo he visto». Es curiosa, sobre todo, la coincidencia con un detalle
            de la aprobación de Juan Luis de la Cerda que va al frente del libro de Pellicer,
              <emph>El Fénix y su historia natural</emph> (1630), en medio de una especie de
              <emph>curriculum vitae</emph> encomiástico del que hoy sabemos que fue escrito por el
              interesado<note place="bottom">Vid. Bouza 2014 y Tovar Quintanar 2015.</note>:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">Ha hecho versión latina de griego a Constantino Porfirogeneto emperador
              liber Tacticus<note place="bottom">Notemos que, al igual que en la expresión de
                Cuesta, se confunde aquí el autor y la obra.</note> y le ha ilustrado con notas
              latinas.</p>
          </quote>
          <p>De modo que, en 1630, Pellicer presumía en los preliminares de <emph>El Fénix</emph>,
            bajo el indulgente manto del sabio jesuita Juan Luis de la Cerda, de haber vertido del
            griego al latín la obra de arte militar del monarca bizantino, <emph>Táctica</emph>, y
            de haberla ilustrado con notas latinas; y eso en medio de una lista de obras no
            apócrifas, como las traducciones castellanas de la <emph>Argenis</emph> de Barclay y del
              <emph>De Palio</emph> de Tertuliano, y las <emph>Lecciones solemnes</emph>. No hemos
            podido encontrar ninguna otra huella de la existencia de dicha labor erudita, que
            hubiera situado a Pellicer entre los helenistas europeos notables. No aparece desde
            luego en la <emph>Bibliotheca de don Ioseph Pellicer de Ossau, i Tovar</emph> […]
            (1671-1676) donde el viejo e incansable polígrafo publica y dedica a la reina Mariana de
            Austria un exhaustivo y ceremonioso catálogo de sus obras publicadas y de muchas «que no
            están impresas».</p>
          <p>Volviendo a la frase de Cuesta, lo más extraño es la expresión «Constantino
            Porfirogéneta, libro <emph>que vuestra merced sabe bastantemente que yo he
            visto</emph>». Esta frase es el único detalle de todo el escrito que indica un contacto
            personal entre Pellicer y su censor, que, de producirse realmente, como parece probable,
            pudo tener lugar en Salamanca cuando Cuesta enseñaba allí y Pellicer era estudiante de
              Leyes<note place="bottom">Es difícil precisar más porque no sabemos cuándo llegó
              Cuesta a Salamanca sino solo la fecha de su nombramiento como catedrático, y tampoco
              cuándo y cuánto tiempo estuvo Pellicer en la ciudad. Si es cierto algo de lo que
              cuenta de sí mismo, estaba allí en 1622: «Publicole [El libro intitulado
                <emph>Apophasis de protectoribus &amp; praepositis</emph>, en lengua latina], siendo
              oyente en Salamanca, donde fue Consiliario de la Universidad por el reino de Toledo y
              la Mancha y ejerció el oficio de Vice-Rector» (Pellicer 1671-1676: f. 13v). Las obras
              señaladas en 1624 y 1625, <emph>El rapto de Ganimedes, Los cuatro libros primeros de
                la Eneida de Virgilio en cuatro romances</emph>, el panegírico de Felipe IV con
              asonante de «luz», se relacionan en cambio con la «Academia de Madrid» (f. 14r).
              Pensamos que el asunto de la pretendida traducción latina de <emph>Táctica</emph> debe
              situarse más tarde, no mucho antes de la publicación de <emph>El Fénix y su historia
                natural</emph>, donde aparece la noticia, para luego desaparecer como por
              ensalmo.</note>. Suena como un recuerdo de algo desagradable para el segundo y tiene
            algo de sordamente conminatorio. Teniendo en cuenta que uno de los puntos focales de la
              <emph>Censura</emph> es demostrar, sin dejar lugar a la mínima duda, que Pellicer
            ignora el griego o no ha pasado de los primeros rudimentos, se nos ofrece la conjetura
            siguiente: Cuesta supo que Pellicer pretendía haber traducido al latín la
              <emph>Táctica</emph> de Constantino Porfirogéneta, vio algo de esta traducción y
            entendió que era un plagio de la contenida en el libro de Meursius (o hipótesis
            alternativa que nos parece menos probable: que la tal traducción carecía de todo valor).
            Tal vez le hizo ver que lo había entendido y le advirtió secretamente que no debía
            publicarla, lo que explicaría hasta cierto punto la desaparición del libro en los
            jactanciosos catálogos de obras propias que diseña Pellicer. También es posible que
            Pellicer quisiera imprimirla y que el editor, u otra persona, la sometiera a la
            aprobación de Cuesta. Confesamos que todo esto no es más que suposición, pero no vemos
            muchas alternativas para entender la frase. De ser cierto algo de lo que sospechamos,
            Cuesta ya había tenido un encontronazo con el autor de las <emph>Lecciones
              solemnes</emph> antes de leer este libro y tenía mal concepto de su saber y de su
            integridad. Sin embargo, salvo esta única línea, no escribió absolutamente nada en su
              <emph>Censura</emph> que no se refiriera a las <emph>Lecciones</emph> publicadas por
            el aragonés, de modo que cualquier lector pudiera palpar y juzgar por sí mismo los
            argumentos de la crítica. Dio, en ese caso, muestra de virtudes de prudencia y de
            templanza, y no se mostró agrio, como quiere Dámaso Alonso, sino moderado y lleno de
            humor.</p>
          <p>Dicho esto, más quizá que el número relativamente exiguo de las fuentes que maneja
            resalta en este texto el uso que Andrés Cuesta hace de ellas y que es, casi siempre,
            conforme a los principios enunciados por él mismo al hilo de sus <emph>Notas al
              Polifemo</emph>. El primero, que justifica su arremetida contra Pellicer, es el de la
            sobriedad y economía:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2"><emph>El coturno besar dorado intenta</emph>. «Coturno» era un género
              de calzado que, siendo como chapín, juntamente vestía la pierna como bota. Con este
              salían a representar las tragedias. Varia era la erudición que a este propósito podía
              traspalarse; mas ya repito muchas veces que no compongo entremés de hablador. Solo
              añado que los poetas también llamaban coturno un borceguí con suela de corcho que las
              aldeanas de Sayago llaman botín [...], y cualquier calzado se puede llamar
              poéticamente coturno.</p>
            <p rend="lmarg2">Para la inteligencia basta, y a mi juicio sobra, que algunas veces me
              alargo en alegar lugares y traer erudición a contemplación de muchos que piensan que
              la desnuda explicación, sin doctrina y ostentación de haber leído los antiguos poetas,
              es más de lego que de quien se tiene alguna opinión. Así que, forzado, me alargo, y
              todas las veces que puedo procuro ahorrar de papel y tinta, y tiempo, que es lo que
              menos me sobra. Por esto, aunque en mil partes podía calumniar ―digo mal calumniar,
              pues sin calumnia no me era dificultoso mostrar infinitos delirios de los intérpretes
              de este poeta, pues solo en uno tengo notados más de trecientos―, solo lo hago cuando
              es menester que este poeta sea defendido de las calumnias de los ignorantes<note
                place="bottom">Cuesta, <emph>Notas al Polifemo</emph>, f.379r.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Estos párrafos declaran la aversión de su autor por la ostentación farragosa de
            lecturas, a la que solo concede lo estrictamente necesario para no descontentar a muchos
            que piensan que la «desnuda explicación es más de lego que de quien tiene alguna
            opinión». En consonancia con lo que escribía en su poema griego en honor al maestro
            Correas (1627), opina que hay que ahorrar papel y tinta, y lo más precioso, que es el
            tiempo. El arte es larga y la vida corta, y hay que procurar abreviar en lo posible el
            arte, sin perderse en rodeos, sino buscando el camino más breve para llegar a lo de
            veras importante. Esto que importa, tratándose del comentario de un poema, se limita a
            la inteligencia del texto y la defensa del poeta. Por ello para explicar el coturno,
            basta definirlo, recordar su uso más ilustre, el que hacían los actores en la escena
            trágica, y el más común: el de los poetas que llaman así un «borceguí con suela de
            corcho». Si podemos explicar de qué clase de calzado se trata señalando con el dedo el
            que llevan las aldeanas de Sayago y que llaman botín, no hace falta ir a buscar el
              <emph>De pallio</emph> de Tertuliano. Cuanto más común, más sencillo, más directo y
            más claro, mejor; y todavía mejor si explicamos una expresión culta con un uso popular.
            Principios diametralmente opuestos a los que aplica Pellicer. Así se explica el número
            relativamente corto de las citas y de las referencias, y la concisión con que se
            exponen.</p>
          <p>Un segundo principio queda gráficamente expresado en la observación siguiente, que se
            refiere a la filiación establecida por Salcedo (en realidad, antes que él la había
            propuesto el cordobés Pedro Díaz de Rivas<note place="bottom">Lo observa Micó 1985 en su
              edición de las <emph>Notas</emph>. Cuesta nunca se refiere a las anotaciones al
                <emph>Polifemo</emph> de Díaz de Ribas. Sin duda lo hubiera hecho de haberlas
              conocido y este pasaje en concreto prueba, a nuestro entender, que no las había visto
              y probablemente ignoraba su existencia. Tenemos tendencia a pensar que los autores del
              XVII tenían noticia de lo que ha llegado hasta nosotros, principio que no tiene
              validez más que para los impresos más difundidos.</note>) entre un verso del
              <emph>Polifemo</emph> de Góngora y un pasaje del <emph>Polifemo. Stanze
              pastorali</emph> de Tommaso Stigliani:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2"><emph xml:lang="it">O al cielo humano o al cíclope celeste</emph>. O a
              Polifemo a quien llama cielo humano, por tener sol en su frente; o al cielo que llama
              cíclope celeste por haber llamado ojo al sol. Este lugar alude a uno de Stilano, poeta
              italiano que compara al cielo con el cíclope: «<emph xml:lang="it">E pur a un occhio
                in faccia, io dico, / il sole, con cui mira dai mori ai liti Eoi. / Ei sotto il
                mare, io nel mio scoglio il celo. / Ei Polifemo grande, io picciol cielo</emph>».
              Este lugar es muy ajustado al propósito, y raro, y por eso no quiero negar que se le
              debemos a don García Coronel en su comento; que soy tan ingenuo, que todo cuanto veo
              en otros que no sea fácil de hallar, siempre digo cuyo es. Mas lugares tan triviales
              que no, porque los vean los lectores en otros primero, deben pensar que los tomó de
              allí quien tan versado está en los poetas latinos<note place="bottom">Cuesta,
                  <emph>Notas al «Polifemo</emph>», f.402v. La frase final presenta un anacoluto que
                tal vez Cuesta hubiera corregido al poner a limpio. El sentido parece: ‘Mas hay
                lugares tan triviales que no… etc.’ La idea es que, tratándose de conceptos muy
                frecuentados por los poetas, con carácter tópico, no tiene sentido buscar un
                paralelo en textos modernos de autores de fama mediocre, puesto que la coincidencia
                tiene probabilidades de ser casual. Góngora, que está tan versado en poetas latinos,
                no necesitaba recordarlos. Basta citar la expresión canónica del concepto en
                Virgilio, Horacio u otro de los que todo el mundo conoce.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Se deduce de este lugar que alegar una fuente tiene sentido cuando el lugar «es muy
            ajustado al propósito y raro». Los versos de Stigliani expresan un concepto idéntico al
            de Góngora, que sería más o menos: el cíclope es un cielo y el cielo un cíclope, porque
            el cielo tiene un ojo único, el sol, y el ojo único de Polifemo merece por tamaño,
            potencia visiva y brillo llamarse sol. Lo hacen con expresión similar, en una octava que
            se cierra con un verso de estructura binaria donde se recogen dos metáforas en quiasmo,
            de signo opuesto. No es, pues, exagerado decir que el lugar es ajustado al propósito;
            pero esta gran semejanza no sería probatoria si el concepto fuese trivial (o sea:
            trillado), y se hallara en otros muchos textos. Como solo se halla en estos, y además en
            el mismo contexto narrativo-discursivo, la canción amorosa del cíclope a Galatea, y
            teniendo en cuenta que la consulta de Stigliani por Góngora es muy verosímil puesto que
            el poeta cordobés escribía una narración en octavas sobre Polifemo como la que había
            publicado el italiano una década antes, la probabilidad de la filiación es casi del
            100%. Solo cuando la probabilidad es tan alta, merece la pena comparar los textos y
            entender por qué el poeta comentado incluyó el concepto de su antecesor y cómo lo
            reelaboró para mejorar su expresión y ajustarla a su propia estética y al contexto de su
            obra. Las condiciones, pues, para dar por buena una fuente o una «imitación», como se
            decía, incluyen que el autor imitado haya hecho algo «raro», diríamos hoy original, cuya
            conexión con el que lo imita sea ajustada y específica. No solo es el comentarista quien
            debe regir su labor por este principio, sino que el poeta solo merece llamarse erudito
            si sus imitaciones son selectas y hechas a su propósito de un modo ingenioso y único,
            porque solo así se combinan de modo admirable erudición y agudeza:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">Ni puedo tampoco dejar de advertir el gran cuidado de don Luis en
              encajar todo género de erudición en sus escritos, que esto es lo que se ha de
              advertir, y no llenar de cosas comunes los libros, juntando puerilmente lo que puede
              venir a todos los propósitos, con que no viene a ninguno. Y es tanta la que nuestro
              poeta tiene que, si no se mira con ojos de lince, se le pasa por alto al más
                advertido<note place="bottom">Cuesta, <emph>Notas al «Polifemo</emph>», f.
                348r.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Aunque Cuesta en algún caso (el de la palabra «faro, por ejemplo, que fue señalado por
            Micó, 1985), no observe sus propios principios y se deje llevar por la locuacidad del
            erudito, por lo general cumple con sus ideales de precisión y economía. En sus notas al
              <emph>Polifemo</emph> suele limitarse a señalar una o dos fuentes que suele encontrar
            en autores clásicos de primera magnitud.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>6. [Conceptos debatidos] Libertad de los poetas, erudición ingeniosa, autonomía de
            los idiomas</head>
          <p>Dado que Cuesta enfoca su labor a la luz del comento de Pellicer, la figura de Góngora
            queda algo desleída, especialmente en la <emph>Censura</emph>, donde apenas se trata de
            él. Sin embargo, en las <emph>Notas al Polifemo</emph>, siempre lo defiende cuando
            Pellicer emite algún juicio negativo y sobre todo si se trata de una consideración
            estilística, pues Cuesta es partidario de que los grandes autores hagan uso de las
            licencias poéticas (la diéresis, por ejemplo, como lo muestra en alguna de las notas),
            al comprender que conocer las reglas del arte no significa someterse a ellas, sino saber
            prescindir de ellas cuando el talento lo requiere. En consecuencia, se mostrará
            partidario, apelando al ingenio de un creador como Góngora, de la osadía de sus
            metáforas; juzgará adecuado que el cordobés emplee términos humildes junto con otros de
            tono elevado o pertenecientes a idiolectos sociales o profesionales; defenderá las
            soluciones menos previsibles y por ello más audaces que aunque parezcan complicar el
            sentido no merman la inteligibilidad (de hecho, Cuesta omite cualquier referencia a la
            supuesta oscuridad gongorina), y responde a quienes reprueban la falta de verosimilitud
            de algunos episodios del relato polifémico (como la circunstancia de que aparezcan
            tigres en Sicilia, identificando con el tigre la fiera de la estancia IX) apelando a la
            autoridad de los clásicos:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">Al escrúpulo de los críticos que acusan de poco advertido a don Luis
              por haber puesto tigres en Sicilia, no habiéndolos, bastantemente responden los
              comentadores de Virgilio, que, en el primero de su <title>Eneida</title>, puso ciervos
              en África, no criándolos aquella tierra. Aquí no hay para qué cansarnos, y para
              inteligencia basta decir que es licencia poética. Solo añado, más por mostrar que he
              visto alguna cosa más que otros que por ser para la inteligencia del lugar o defensa
              de nuestro poeta necesario, que don Luis fingió tigres en Sicilia imitando a <name
                type="authority">Teócrito</name>, que en el primer <title>Idilio</title>, contando
              los animales que lloraron la muerte de Daphnis, pone entre ellos al león de la silva,
              careciendo la isla de Sicilia no menos de leones que de tigres. [...]. La verdad es
              que los poetas no están atados a las leyes que los historiadores en semejantes cosas,
              y pueden atribuir a las provincias cosas que no haya en ellas, como contar por
              presente lo que no ha pasado en el tiempo de que se va hablando […]<note
                place="bottom"><emph>Notas al «Polifemo»</emph>, f. 308v-309r.</note>.</p>
          </quote>
          <p>Lo cierto es que antes de defender a los tigres sicilianos<note place="bottom">Tanto
              Salcedo como Pellicer piensan que la fiera que caza Polifemo y cuya piel lleva es un
              tigre. La descripción « piel manchada de colores ciento» tal vez es más adecuada para
              el lince pero las rayas osucras del tigre pueden verse como manchas, y además su
              pelaje tiene partes blancas, doradas y rojizas.«</note> con la excusa de la licencia
            poética, Cuesta había considerado la posibilidad de que el pellico del animal cazado con
            el que se reviste Polifemo en esta estancia fuera una piel de lince, «manchada de
            colores ciento». Pero descarta esta posibilidad porque el poeta describe al animal como
            una fiera formidable y sanguinaria, lo que no puede aplicarse al lince que es tímido y
            propenso a la fuga, como atestiguan Horacio y Estacio. En su ya clásica edición del
            poema, Jesús Ponce Cárdenas sostiene que el pellico es el de un lince y observa: «Por su
            parte, Andrés Cuesta dio con la solución al enigma en sus comentarios “pudiera por este
            verso entenderse del lince”, CU, fols. 307 v.-309 r.), pero por algunas imprecisiones
            zoológicas decidió descartarla, en favor de la hipótesis del tigre» (Góngora 2010:
            210-211). Este brillante filólogo desarrolló este punto en uno de sus <emph>Cinco
              ensayos polifémicos</emph>, «El enigma de la fiera: sobre la zamarra del cíclope»<note
              place="bottom">Ponce Cárdenas 2009: 171-240.</note>, donde queda fuertemente
            consolidada, mediante la comparación con un pasaje de Claudiano, la hipótesis del lince
            y donde se rastrea el origen del motivo en un refinado poema neolatino del Quattrocento,
            el <emph>Carmen XIII</emph> de la Lyra de Giovanni Gioviano Pontano. Después de dar
            cuenta de lo que dicen los comentarios impresos, cita todo el pasaje de Cuesta añadiendo
            que su «razonamiento es el más erudito y proporcionado»<note place="bottom">Ponce
              Cárdenas 2009: 177.</note>. Sin embargo, lo que el helenista objeta a la
            identificación de la fiera con el lince pierde validez por estar basado esta vez en
            conocimientos zoológicos deficientes, puesto que cree que el lince es una especie de
              ciervo<note place="bottom"><emph>Notas al Polifemo</emph>, f. 308r: «mas por ser los
              linces especie de ciervos y por ser tímidos (Horac. 2, Carm. Od. 3 <emph>timidos
                agitare lynces</emph> )… y no para mostrar ferocidad sino muy fugaces (Horac 4 Carm:
                <emph>fugaces lynces cohibere arcu</emph>) entenderemos esta octava del tigre, en
              quien fuera de su ferocidad y ligereza concurre también tener la piel
            manchada»</note>. Su ciencia de las cosas no estaba, pues, a la altura de su perfecto
            dominio de las lenguas y de las palabras.</p>
          <p>De ahí la importancia de los argumentos de autoridad bajo los cuales esgrime
            generalmente Cuesta su defensa de Góngora, aunque, por encima de todo, es el propio
            genio gongorino el que le proporciona al olmedano suficientes justificaciones; genio al
            que se añadiría, no obstante, el meticuloso y demorado quehacer del poeta, y de nuevo
            aquí no deja Cuesta de acudir a los tópicos (en este caso, al del virgiliano pulir un
            verso como la osa ―<emph>loba</emph>, dice él― lame a sus crías<note place="bottom"
                ><emph>Notas al «Polifemo»</emph>, f. 31</note>).</p>
          <p>Si nos atenemos a la <emph>Censura</emph>, y pese a que en apariencia se trata solo de
            zarandear a Pellicer allí donde muestra vanidad, ignorancia o falta de perspicacia, se
            abordan, con todo, cuestiones de fondo, que podrían calificarse de metodológicas o
            filosóficas, puesto que la oposición al autor de las <emph>Lecciones solemnes</emph> no
            tiene motivos personales, y, si los tiene, estos están cuidadosamente disimulados, como
            hemos visto.</p>
          <p>Uno de los principios, en donde se ve la mejor tradición salmantina de los maestros de
            lenguas, de la que son exponentes personajes como el Brocense o Correas, es la
            intolerancia a la falta de lógica, la idea de que ningún discurso es aceptable si
            prescinde de ella. De este principio emanan críticas a ciertas enumeraciones que ignoran
            el desnivel entre el género y las especies, como se ve en este ejemplo:</p>
          <quote>
            <p rend="lmarg2">Dice vuestra merced: «no solo se extiende la jurisdicción del
                <emph>Sirius</emph> a campos, criaturas y plantas, sino a los brutos y animales». A
              fuer de buen retórico divide vuestra merced, como si los brutos no fueran animales y
              todos no fueran criaturas.</p>
          </quote>
          <p>O bien este otro, donde se censura el mal uso de una conjunción causal para dos hechos
            independientes:</p>
          <quote> Mas dice vuestra merced que don Luis se fue al cielo ‘porque murió el año de
            1627’. Si esta razón basta, ¡oh quién se hubiera muerto aquel año! </quote>
          <p>O este, donde se reprueba que se haga de algo singular y excepcional una descripción
            que puede convenir a toda una categoría que le está subordinada:</p>
          <quote> y dice que el dictador era «oficio considerable en el P. R. [Principado romano]».
              <emph>Dispeream</emph> [Que me maten] si vuestra merced sabe qué es dictador más que
            la mula de <name type="authority">Papiniano</name><emph>;</emph> porque la mayor
            dignidad que podía imaginarse no se puede llamar «oficio considerable», que de cualquier
            otro se dice. </quote>
          <p>O el siguiente ejemplo, donde se critica la idea de que la métrica latina puede
            trasladarse al castellano, idioma que solo toma en cuenta el número de sílabas y
            colocación de los acentos. No puede reducirse a estos parámetros la distribución regular
            de largas y breves, propia de la métrica latina, puesto que versos latinos isosilábicos
            y con los mismos acentos son dispares desde el punto de vista métrico. La métrica de las
            lenguas clásicas se basa, pues, en un parámetro independiente de los que las lenguas
            romances son capaces de contemplar:</p>
          <quote> Los latinos siguen la cantidad de las sílabas; nosotros, el número de acentos. Los
            latinos, con unas mismas sílabas y acentos, hacen diversos géneros de versos, solo
            mudándole la cantidad, como se podrá ver en estos ejemplos. </quote>
          <p>Otros motivos generales que subyacen a la censura son principios de epistemología en
            materia filológica, de los cuales hemos visto algunos en el apartado anterior, como el
            de economía de esfuerzo y el de desechar conexiones intertextuales pleonásticas,
            innecesarias o indemostrables. Un tercer principio metodológico que cabría situar en
            este apartado es la denuncia del mal uso de los índices, cuando se encuentra en ellos un
            dato que uno no va a verificar en el texto del que procede, arriesgándose a confundir
            referentes homónimos, o ignorando el registro al que pertenece la cita:</p>
          <quote> Confiésole a vuestra merced que no pude tener la risa, viendo –aunque de otros
            muchos, particularmente de este lugar– que vuestra merced se va por los índices de los
            libros y pone lo que ellos le dicen sin reparar de quién hablan. Hace allí <name
              type="authority">Apolonio</name> mención de uno de los Argonautas, compañeros de
            Jasón, que ni era cíclope ni tenía que ver con él con mil leguas; y viendo vuestra
            merced en el índice de los poetas griegos «<emph>Polyphemi velocitas</emph>», pensó que
            había hallado una cosa muy buena y a propósito. </quote>
          <p>El mismo percance conoce Pellicer cuando critica a Góngora porque escribió «deidad,
            aunque sin templo, es Galatea», rebosando vanidosa satisfacción de mostrar mayor
            erudición que el poeta. Él sostiene que sí había templos a Galatea. Cuesta lo ataca no
            tanto por lo que afirma como por el modo en que cree probarlo con un texto de Luciano
            donde se habla de un templo dedicado a la nereida. Este <emph>Galateae templum</emph> lo
            ha encontrado en el índice de una edición latina o bilingüe de las obras del
            Samosatense, y no se percata que la expresión figura en un pasaje de la <emph>Historia
              verdadera</emph> que describe un país imaginario donde todo es absurdo y a contrapelo
            de la realidad, como si sostuviéramos que a veces se encuentran niñas vivas y enteras en
            el cuerpo de los lobos que las han devorado, basándonos en el cuento de <emph>Caperucita
              roja</emph>.</p>
          <p>Además de la lógica y el buen método filológico, lo que defiende particularmente Cuesta
            frente a Pellicer es cierto concepto del idioma o de los idiomas del que se aparta por
            completo el aragonés. Por eso se esfuerza en demostrar que este ignora del todo, punto
            al que volveremos, el latín e incluso el castellano. De ser cierto, se trataría de un
            pecado capital, puesto que su conocimiento de las lenguas es piedra angular de las
            pretensiones de omnisciencia del cronista, como lo sugiere la socarrona burla de Lope en
            el <emph>Laurel de Apolo</emph>:</p>
          <quote>
            <lg>
              <l>Ya don Jusepe Pellicer de Salas</l>
              <l>con cinco lustros solos sube al monte;</l>
              <l>Ya nuevo Anacreonte,</l>
              <l>Fénix extiende las doradas alas,</l>
              <l>que el sol inmortalice,</l>
              <l>y pues él mismo dice,</l>
              <l>que tantas lenguas sabe,</l>
              <l>busque entre tantas una que le alabe.</l>
            </lg>
            <p>(Silva VIII, 248-255)<note place="bottom">Lope de Vega 2007: 401.</note>.</p>
          </quote>
          <p>No es calumnia lo de «él mismo dice que tantas lenguas sabe» puesto que Pellicer
            escribía en <emph>El Fénix y su historia natural</emph>:</p>
          <quote> Escribo las noticias del Fénix y escríbolas en el idioma de mi patria, si bien
            salpicadas de frases de la lengua griega, latina, francesa e italiana<note
              place="bottom">Pellicer 1630b: f. 3v-4r.</note>. </quote>
          <p>Todavía en la <emph>Biblioteca</emph> redactada al final de su vida, vuelve sobre el
            asunto y se defiende del <emph>Laurel de Apolo</emph> que ponía en solfa sus méritos
            como políglota o le acusa de vanidad por estos méritos<note place="bottom">Pellicer
              1671: f. 159r: «Sin estos se pudieran añadir otros escritores que hablaron de la
              noticia que tenia de las lenguas peregrinas don José Pellicer, sin que se pueda dar
              texto suyo, hasta que se publicó el Laurel de apolo, donde le intentó notarle de esta
              vanidad Lope de Vega. Todos lo reconocieron entonces, y que escribió apasionado,
              ocasionando a que otros grandes hombres hiciesen a don José diversos elogios».</note>.
            Y es que descalificar el conocimiento de las lenguas del petulante cronista significaba
            destruir el más sólido fundamento de su reputación. No es casual en absoluto que Cuesta
            inicie su censura con estas demoledoras frases:</p>
          <quote> Primero, cuánto se paga vuestra merced del ruido que en sus oídos hacen las
            palabras más que del sentido que en su juicio y mente deben hacer los conceptos, lo
            muestra bastantemente el título de la misma obra, <emph>Lecciones solemnes</emph>. Y
            cuando de mil partes, como adelante veremos, no se pudiera colegir que vuestra merced ni
            sabe latín ni romance, de este solo punto lo creyera. </quote>
          <p>La argumentación que sigue y que nos parece irrebatible, se basa en que el adjetivo
            «solemnes», que puede ser tanto latino como castellano, es impropio aplicado al
            comentario de Pellicer, si lo interpretamos en su significado y uso latino; es, en
            cambio, muy propio en el romance castellano coloquial que gasta expresiones como
            «solemne pícaro», «solemne disparate o desatino». Las connotaciones burlescas de tan
            pomposo vocablo, muy propias de la sorna castellana, el cronista no fue capaz de
            percibirlas ni de temerlas, lo que demuestra que no era menos insensible a los matices
            expresivos de su propia lengua que incapaz de respetar el sentido auténticamente latino
            de un término. Esta crítica particular confluye con otras muchas, que señalan que
            Pellicer carece de discernimiento en materia lingüística, que no se abstiene de usar a
            autores griegos para documentar una expresión latina, que no distingue el texto de su
            traducción, y que, en términos generales, reina en su mente un completo desorden acerca
            de lo que se debe atribuir a cada idioma. Su conocimiento de las lenguas, desordenado y
            desprovisto de vigilancia crítica, tiende a una mezcolanza y a una confusión que es a
            ojos de Cuesta lo risible por excelencia. El mismo Pellicer lo confiesa cuando dice que
            «salpica» el idioma de su patria con frase griegas, latinas o francesas. Claro que
            colegir de ello que no sabe ningún idioma es un abuso y una exageración polémica. Por
            supuesto, sabe bastantes lenguas o mucho o poco de muchas lenguas, pero porque no
            respeta sus límites, tiende a destruirlas con su desenfrenada verborrea.</p>
          <p>La crítica, no solo personal, estriba en el conflicto de dos concepciones de la lengua.
            Según la que está implícita en Pellicer, existen lenguas más o menos nobles y
            distinguidas, y en la cúspide de esta jerarquía se sitúan, en este orden, el griego y el
            latín. La mejor estrategia para quien usa el castellano es dejar transparentarse en él
            retazos de griego y de latín, sin preocuparse mucho de las diferencias que separan a
            estos idiomas, ni tampoco de la corrección, exactitud y propiedad de cada uno de ellos,
            puesto que de lo que se trata es de impresionar al lector, presumiblemente ignorante o
            mediocremente docto. No importa lo que dicen las palabras tocadas o salpicadas de griego
            o de latín sino cómo suenan, del mismo modo que, en las interminables ristras de nombres
            de autores y obras, dados en abreviatura, lo de menos es que el lector aprenda o
            entienda algo, puesto que solo cuenta la impresión de aplastante sabiduría que
            recibe.</p>
          <p>La opinión de Andrés Cuesta, aprendida en Correas o compartida con él, es
            diametralmente contraria. Para él, cada idioma es un mundo, y todos estos mundos tienen
            la misma legitimidad. Lo importante, para quien maneja un idioma, es hacerlo, en la
            medida de lo posible, con fidelidad a sus normas explícitas o implícitas, respaldadas
            por el uso de quienes lo manejan o manejaban con la naturalidad y sinceridad de quienes
            no conocen otro. Cuantas más lenguas sepa un individuo, más debe preocuparse de no
            mezclarlas y de ser fiel a la propiedad de cada una, a sus usos y a su espíritu. El
            auténtico conocimiento del griego, del latín y del castellano debe tener por
            consecuencia el abstenerse de toda confusión entre ellas. De ahí la convicción de que la
            etimología, basada en el parentesco de las lenguas, no debe suponer una subordinación
            del derivado a su supuesto étimo. La ortografía debe acercarse lo más posible a la
            pronunciación. Y en cuanto a la forma misma de la palabra, la etimología carece de toda
            legitimidad para imponerla y la norma debe estar rigurosamente basada en el uso, sobre
            todo en el de aquellos que conocen íntimamente las cosas del mundo al que las palabras
            se refieren. Este principio tiene mayor validez cuanto más vivo y observable sea el uso
            en nuestra realidad. Y mayor también, claro está, cuando quien pretende legislar en
            nombre de la etimología lo hace atropellada y ridículamente, sin conocimientos y
            precauciones metodológicas suficientes:</p>
          <quote> Esta voz <emph>alcándara</emph> dice vuestra merced que es griega, y da una
            ridícula etimología. No disputo de ella, porque quisiera notar solo lo que todos, y
            vuestra merced también, pueda entender. Mas reparo en que dice vuestra merced que no se
            ha de leer <emph>alcándara</emph>, sino <emph>alcandora</emph>. Semejante es vuestra
            merced a Herrera, que en el comento a Garcilaso dijo que no se había de leer
              <emph>ruiseñor</emph> sino <emph>ruiseñol</emph>, y da una razón tan ridícula como
            otras que suele. Yo solo digo que en los vocablos que ya no se usan, como son todos los
            griegos y latinos, y muchos de las <title>Partidas</title>, puede haber disputa si se
            han de leer de esta o de aquella manera y lo más cierto es, aunque no lo afirmo,
            acomodarnos a las etimologías, como Poliziano escribía <emph>adulescens</emph> y muchos
              <emph>Vergilius</emph>, de que hay sobrados ejemplos. Mas en los vocablos que usamos
            no se ha de mirar sino cómo pronuncia un vulgo, y de aquella manera se ha de escribir y
            hablar. En los vocablos raros –así llamo los que solo usan los de algún oficio–, ver
            cómo los pronuncian los tales, y aquella es su verdadera pronunciación. Todos los
            cazadores dicen <emph>alcándara</emph>; los libros escritos no tienen otra cosa. En
            todas las impresiones de <title>Celestina</title> está: «Abatióse el girifalte y fuile a
            enderezar en la <emph>alcándara</emph>» y en los demás libros también. Y quien latín no
            sabe, no ha de procurar ir, a título de griego, contra el corriente de lo que se
            pronuncia en toda España. </quote>
          <p>Esto no significa que haya que abstenerse de enriquecer un idioma con palabras nuevas,
            cuando estas son significativas y forjadas de modo transparente, con la base de un
            conocimiento de primera mano del idioma extranjero del que son préstamos. Hay al menos
            dos ejemplos, que hayamos visto, de neologismos griegos usados por Cuesta, y que deben
            de tener pocos o ningún antecedente, a juzgar por los diccionarios y por el <emph>Corpus
              diacrónico del español</emph>: «antagonista», para definir la relación entre Pellicer
            y su rival Salcedo, y «grafomanía», para diagnosticar la enfermedad que afecta a la
            escritura del aragonés. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que los usa con intención
            satírica y que, por ello, la pedantería que implica su uso cobra un matiz de humor o de
            burla. También es indicio de su buena conformación que se trate de términos aclimatados
            en el castellano de hoy.</p>
          <p>Por otro lado, parece que su planteamiento de una norma fundada en el uso común de los
            hablantes debería llevar a Cuesta, como a Correas, a desaprobar una poesía erudita como
            la de Góngora. Nos encontramos con todo lo contrario: Correas califica a Góngora de
            sublime y lo coloca, junto con Lope de Vega, en la nómina de sus contemporáneos cuya
            excelencia prueba que el castellano ha llegado a su edad de oro. Cuesta admira a
            Góngora, también por la calidad de su erudición, y lo respeta tanto que en ningún caso
            se atreve a enmendarle la plana en virtud de su mayor conocimiento de las lenguas y los
            autores ni en virtud de ningún precepto decretado por los doctos. Y es que el purismo de
            estos grandes gramáticos no consiste en aferrarse a un casticismo que rechazaría
            cualquier influencia griega o latina como contaminación. Quieren más bien que la
            incorporación de elementos alógenos se haga desde un completo dominio del castellano y
            un profundo conocimiento de los clásicos y que se inserte el giro extranjero con un
            genial discernimiento de sus posibilidades de producir sentido y de ensanchar el
            castellano sin traicionar su espíritu. De ahí su incondicional deferencia ante los
            grandes poetas. Son grandes los poetas cuando no tiranizan el uso sino que lo crean, e
            imponen su idiolecto a los que hablan el idioma, sin que estos lo sientan. De este
            dialecto o lengua extranjera de los poetas, que pronto se hace propia, hablaría más
            tarde Vázquez Siruela, de quien Cuesta fue amigo, en su <emph>Discurso sobre el estilo
              de don Luis de Góngora</emph>.</p>
          <p>Hay, en definitiva, discrepancia entre Cuesta y Pellicer en cuanto al concepto mismo de
            español o castellano. Para Pellicer las palabras castellanas son todas bárbaras, puesto
            que descienden de palabras latinas o griegas, pero a costa de una viciosa alteración:
            son bárbaras porque esta deformación es fruto de la ignorancia, o porque todo lo que no
            sea griego o latino es bárbaro. Tal vez por ello pretende estar haciendo un glosario
            hispano-bárbaro, lo que desencadena las iras de Cuesta. Para este, que recicla un tópico
            humanista, las lenguas son mortales: van creciendo hasta una edad adulta en la que
            conocen su esplendor o lo que es lo mismo, en la que coinciden con su verdadera
            identidad. Con respecto a este momento de apogeo, puede medirse la barbarie de dicciones
            o construcciones anteriores o posteriores, bárbaras o por arcaísmo y rudeza infantil o
            por degeneración senil. Para Cuesta, lo que supone otro humanismo más racionalista que
            el de los idólatras de las lenguas clásicas, el castellano (que no distingue del
            español) es una lengua que ha llegado política y literariamente a su madurez y cuyas
            palabras, independientemente de su origen, tienen una forma autorizada por un uso
            presente y vivo, y son clásicas porque las utilizan grandes escritores. Sólo en el
            futuro momento de declinación de la lengua, inevitable, habrá palabras hispano-bárbaras,
            porque estas palabras clásicas sufrirán alteraciones en su forma o porque aparecerán
            otras nuevas, que el idioma propio no tendrá ya la fuerza de hacer verdaderamente
            suyas.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>7. [Otras cuestiones]</head>
          <div subtype="level3">
            <head>7.1 La ortografía de Cuesta</head>
            <p>La presente edición retoma la ya publicada en 1985<note place="bottom"
                  ><emph>Cfr</emph>. Micó 1985.</note>, aunque en este caso se han modernizado los
              textos. Pese a ello, cabe señalar las características ortográficas de Cuesta
              (desaparecidas con esa modernización), dado que, como gramático, seguía unos criterios
              bastante fijos y de una manera muy consciente. Como hemos apuntado ya, nuestro autor
              fue discípulo de Gonzalo Correas. Conoció las doctrinas de su <emph>Arte de la lengua
                española</emph> y compartió muchas de las normas de la <emph>Ortografía
                kastellana</emph>, pero sin llevar demasiado lejos la tendencia de los paladines del
              fonetismo. Aunque no atendiésemos escrupulosamente a los hábitos ortográficos de
              Cuesta, pronto le veríamos en contra de la corriente etimologista y latinizante,
              participando con sus opiniones y con sus hechos del principio quintilianista que
              fomentaron, con más o menos innovaciones, Nebrija, Juan de Valdés, Mateo Alemán o el
              maestro Correas.</p>
            <p>Los dos presupuestos ortográficos más firmes de Cuesta son los del uso de la
                <emph>i</emph> latina y de la <emph>n</emph> ante bilabial. La conjunción copulativa
              se escribe siempre <emph>i</emph>, y el uso de tal grafía se extiende a todos los
              casos y en todas las posiciones: <emph>creiere, cuias, aia</emph> (‘haya’),
                <emph>constituien, mui, io, ia</emph>, etc. Es también general el uso de la
                <emph>n</emph> ante <emph>b</emph> y <emph>p</emph>; las pocas excepciones son
              curiosas y significativas, porque se producen siempre en contextos especiales (citas o
              recuerdos clásicos, términos eruditos o latinismos, bromas lingüísticas...).</p>
            <p>Por otro lado, nuestro licenciado quiere evitar –y lo consigue– todo uso de la
                <emph>u</emph> con valor consonántico; bastará recordar, en esa línea, la afinidad
              con la rigurosa distinción de Correas, quien se empeñó en que la imprenta fundiera una
                <emph>u</emph> mayúscula inexistente hasta entonces<note place="bottom"
                  ><emph>Cfr</emph>. Rosenblat 1951.</note>. Piénsese solo que Cuesta llegaba a
              incorporar esa <emph>U</emph> incluso a los textos latinos que escribía o copiaba (aun
              cuando el original, en nuestro caso Pellicer, trajese siempre <emph>V</emph>), y que,
              en cuanto pudo, echó mano de tal tipo de imprenta en la portada y los preliminares de
              la <emph>Alegación</emph><note place="bottom">Ahí la <emph>u</emph> mayúscula redonda
                se cuela incluso en pasajes impresos en bastardilla, para la que no se disponía del
                tipo correspondiente (las mayúsculas, redondas o no, eran siempre uves). Los
                criterios ortográficos se imponen sobre las normas y hábitos
              tipográficos.</note>.</p>
            <p>En el sistema implícito de Cuesta, contrario a la tendencia etimologista, se evitan
              los grupos cultos y las consonantes dobles o duplicadas (<emph>cc, mn, ct, pt, gn,
                sc</emph>), como también la <emph>x</emph>, en posición implosiva (<emph>leción,
                solene, esagerar, esplicar, dicípulos, conceto, sinifica</emph>… aunque algunas
              veces leamos, excepcionalmente, <emph>lecciones</emph> y <emph>significar</emph>).
              Tampoco faltan las vacilaciones, que afectan primordialmente a la oposición
                <emph>b</emph> / <emph>v</emph> (las formas dominantes <emph>volver, volvedor,
                bervos, bocablos, bocabulario</emph> alternan con las menos frecuentes <emph>bolver,
                bovedor, verbos, vocablo</emph> o <emph>vocabulario</emph>). La <emph>v</emph>
              domina en el interior de la palabra, con soluciones nada excepcionales en la costumbre
              ortográfica de los Siglos de Oro.</p>
            <p>Más llamativa es la vacilación entre <emph>c</emph> y <emph>z</emph>
                (<emph>romance</emph> frente a <emph>romanze</emph>; <emph>hacen, hacían</emph>
              frente a <emph>hazer</emph>; <emph>contradecir, decimos</emph> frente a <emph>dezir,
                dizen</emph>, etc.). En cuanto a la <emph>h</emph> inicial, aparece en ejemplos
              consagrados por el uso o la aspiración (<emph>hacer, hallar</emph> y derivados), pero
              la norma es la ausencia en los demás casos: <emph>aver, avría, uviera, onbre, istoria,
                Omero, Oracio</emph> (aun cuando se le escape algún <emph>Homero</emph> si tiene
              cerca el texto de Pellicer), en connivencia con un presupuesto de Correas. En la
              ortografía de Cuesta conviven, con pareja función, los grafemas <emph>x, g</emph> y
                <emph>j</emph>, si bien el primero nunca aparece en posición inicial: <emph>dexo,
                dixo, exenplo, dexando, esagerar, corregir, tragedias, etimología, juicio, juntarse,
                hijo</emph>, junto a <emph>colige, debaxo</emph> y un largo etcétera.</p>
            <p>Asimismo, otras vacilaciones o grafías aisladas extrañas al hábito de Cuesta que cabe
              destacar son: <emph>filósophos, raçones, enrriquezido</emph> junto a
                <emph>enriquezen</emph> (con la doble grafía que defendía Correas en estos casos y
              que abunda en los manuscritos de la época), y latinizaciones como <emph>stadios</emph>
              o <emph>inteligentia</emph>. Y para terminar, vacilaciones aisladas en el vocalismo
              como <emph>quiriendo</emph> o <emph>difinitiva.</emph> Como se observará en esta
              edición, no pocas veces Cuesta amonesta a Pellicer por cuestiones gramaticales y
              ortográficas, lo que rubrica, sin duda, el prurito lingüístico de nuestro autor.</p>
          </div>
          <div subtype="level3">
            <head>7.2. Ser o no ser griego: ‘that is the question’</head>
            <quote>
              <p rend="right noindent">Mas ya que vuestra merced se puso a describir a Europa,
                <lb/>¿por qué, preciándose tan de griego, se olvidó vuestra merced de Grecia?</p>
            </quote>
            <p>Llama la atención en la <emph>Censura</emph> de Cuesta el gran espacio concedido a un
              objetivo que puede parecer secundario, demostrar que Pellicer se pone en ridículo
              siempre que quiere ostentar su dominio del griego. Veamos, entre muchos pasajes
              significativos, el siguiente:</p>
            <quote>
              <p rend="lmarg2">Dice vuestra merced que <emph>redil</emph> vino «de
                  <emph>reptile</emph>, lugar donde se recogen las ovejas», y que «es voz de que usó
                  <name type="authority">Píndaro</name>, <title>Pyth</title>. <emph>od</emph>. 1».
                Lo primero, <emph>reptile</emph> no sé que sea en aquella significación voz latina,
                y, cuando lo sea, no entiendo cómo diablos <name type="authority">Píndaro</name>
                pudo usar de ella, supuesto que escribió en griego y no supo más latín que yo
                arábigo, o vuestra merced, griego.</p>
            </quote>
            <p>Como se verá en las notas, la palabra <emph>reptile</emph> aparece, efectivamente, en
              la traducción latina de la oda por Henri Estienne, para describir metafóricamente los
              torrentes serpentinos de lava que vomita el Etna. Pero Pellicer comete dos dislates de
              bulto: primero, confundiendo la traducción con el original y diciendo que «de esta voz
              usó Píndaro», y segundo, dando a <emph>reptile</emph> un significado espurio, que no
              tiene ni en el texto de Estienne ni en otro, el de «lugar en que se recogen las
              ovejas». Autoriza así una extravagante ocurrencia de su propio caletre con desfachatez
              asombrosa, sobre una simple paronimia entre dos términos, uno castellano y otro
              latino, y sobre el imposible uso de una palabra latina por un poeta griego arcaico,
              cuya antigüedad y fama de grandeza lo hace venerable. Todo ello porque todas las
              lenguas son una sola en su concepto, la lengua poliédrica y polícroma del ventrílocuo
              don Josef Pellicer de Ossau y de Salas y Tovar.</p>
            <p>Veamos un segundo ejemplo, no menos interesante. Comenta Cuesta con sarcasmo la frase
              de Pellicer, «Véase el soldado veinticuatro de los cincuenta de don Lorenzo
              Ramírez»<note place="bottom">Se refiere a la obra titulada <emph>Πεντηκόνταρχος sive
                  quinquaginta militum ductor D. Laurentii Ramirez de Prado stipendiis
                  conductus</emph> (Amberes: Juan Keerberg, 1612), publicada fuera de España por las
                razones tristes que comenta Gil (1981: 623-624). El propio título del libro nos deja
                entrever lo que podemos encontrar en sus trescientas cincuenta y siete páginas.
                Ramírez de Prado usó en el título un sustantivo griego,
                <emph>pentecontarchos</emph>, seguido de una disyuntiva en la que se añade su
                correspondiente traducción latina: <emph>sive quinquaginta militum ductor</emph>, es
                decir, <emph>Pentecontarchos o general de cincuenta soldados</emph>. Se trata, en
                efecto, de un término militar griego que sirve para designar tanto al comandante de
                cincuenta hombres, como al segundo comandante de una galera o al oficial que
                sustituía al «trierarca» (comandante de un trirreme) en lo concerniente a la
                administración. […] Ramírez, en efecto, se erige en el auténtico
                  <emph>pentecontarchos</emph> o “jefe de cincuenta capítulos” en los que nos guiará
                con diestra autoridad a través de una cincuentena de cuestiones peregrinas,
                relacionadas en su mayoría con los textos griegos sagrados… (Mañas 2007; 382-383).
              </note>. El autor de las <emph>Lecciones solemnes</emph> llama soldado a un capítulo
              de la obra de Ramírez de Prado porque esta se titula <emph>Πεντηκόνταρχος sive
                quinquaginta militum ductor, ‘Pentecontarco o capitán de cincuenta</emph> soldados’
              y está dividida en cincuenta capítulos, metafóricamente soldados<note place="bottom">A
                decir verdad, la pedantería que Cuesta achaca a Pellicer pudo reprocharse ya al
                mismo Ramírez de Prado. Hay un pasaje del <emph>Fray Gerundio de Campazas</emph>,
                que nos señala Pedro Conde, donde el padre Isla se burla del título
                <emph>Πεντηκόνταρχος</emph> y del libro en estos términos: «Para él, no había cosa
                como un libro que tuviese título sonoro, pomposo y altisonante, y más si era
                alegórico y estaba en él bien seguida la alegoría. Por eso hacía una suprema
                estimación de aquella famosa obra intitulada <emph>Pentacortarchos, sive
                  quinquaginta militum ductor</emph> […]. Porque si bien es verdad que el título no
                puede ser más ridículo, y más cuando nos hallamos con que todo el negocio del señor
                Pentacortarco se reduce a impugnar cincuenta errores que al bueno de Ramírez de
                Prado le pareció haber encontrado en varias facultades, y no embargante de que a la
                tercera paletada se le cansó la alegoría; pues no sabemos que hasta ahora se hayan
                levantado regimientos ni compañías de soldados para salir a caza de monstruos ni de
                fieras, y mucho menos que sea incumbencia de la soldadesca examinar escondrijos ni
                quitar le oficio a los candiles...» (Isla 1758:132-133)</note>. Al manejar la
              metáfora como si la tomara al pie de la letra, Pellicer hace un chiste para iniciados,
              y se muestra sin duda, en su opinión, ingenioso y faceto. Para Cuesta, no solo da
              prueba de muy mal gusto, sino que induce a error al lector, lo que es imperdonable.
              Por lo cual concluye:</p>
            <quote>
              <p rend="lmarg2">Así, suplico a vuestra merced que, cuando más claramente pueda
                vuestra merced hablar en griego que en romance, hable en griego, y procure no ser
                singular en cosas que, quien lo es, es figura.</p>
            </quote>
            <p>En otro lugar, y será nuestro último ejemplo, Cuesta se detiene en una enrevesada
              digresión de Pellicer acerca de la estrella Sirius y las enfermedades que provoca
              (entre otras cosas, hastío o falta de apetito y dificultad respiratoria), donde razona
              que <emph>kauma</emph> (calor) en griego y <emph>nasma</emph> en hebreo son lo mismo
              que asma, «porque quitada la n del hebreo y la k del griego, dice en español asma»
              (col. 178). Sobre esta olla podrida de varias lenguas, comenta Cuesta:</p>
            <quote>
              <p rend="lmarg2">Fuera de esto, que vuestra merced no sabe leer griego, sino que lo
                pinta cuando lo escribe, se colige de que dice que quitando la k de
                  <emph>kauma</emph> queda <emph>asma</emph>, y no queda sino <emph>auma</emph>. Lo
                mismo le sucedió a vuestra merced en la palabra hebrea נאסמ,<emph> nasma</emph>, de
                la cual si quitamos la <emph>n</emph> queda, según vuestra merced piensa,
                  <emph>asma</emph>; mas engáñase vuestra merced, que los hebreos no tienen vocales,
                y si quitamos la <emph>n</emph> es fuerza que se quite juntamente con ella la
                  <emph>a</emph>, y así quedará en hebreo שֶׁ֫מַע, <emph>sema</emph>. En esto se ve
                qué grande hebreo es vuestra merced.</p>
            </quote>
            <p>Pese a su astuto disimulo y descarada exhibición, Pellicer comete a veces un tipo de
              error que de repente lo pone al desnudo como el rey Midas al quitarse la mitra. En
              estos casos, da pie a la sospecha que ni siquiera conoce las letras griegas, y que
              cuando las escribe, lo que hace es pintarlas, reproducir su aspecto exterior como lo
              haría un analfabeto. El gigantesco erudito ignora, pues, el principio mismo de las
              letras, no tiene las primeras letras. Cuesta tiene ojo de lince para desmontar la
              mistificación, y sin embargo corre el riesgo de parecer quisquilloso y de montar
              «tragedias» a propósito de menudencias (de lo que acusa al mismo Pellicer cuando este,
              con su acostumbrado engreimiento, reprende al gran Casaubon sobre la ortografía de la
              palabra «Fénix»)</p>
            <p>Cabe sospechar que, si el olmedano le da tal importancia a un asunto baladí, es
              porque, en su condición de helenista, velaba celosamente sobre el territorio de su
              especialidad y mordía los tobillos de los osados que penetraran en ese exquisito
              reducto sin las credenciales de largos y serios estudios. Algo de ello hay,
              indudablemente, pero sus motivos no son solo los de un espíritu corporativo o de
              parroquia. Es más importante ver que, al velar sobre la autenticidad del griego, viene
              a coincidir con una preocupación que sobrepasa a su persona e incluso a su grupo
              profesional. Quizá la hallamos en su forma más enérgica en Góngora, quien, obviamente,
              no era helenista profesional, y que tuvo buen cuidado de que nadie pudiera saber a
              ciencia cierta si sabía el griego o lo ignoraba. Sin embargo, en algunos de sus versos
              satíricos contra Quevedo, a vueltas de acusaciones más serias, como la de ser
              intrigante y traicionero, y denuestos más groseros, como el que lo moteja de cojo y de
              borracho, no se priva de tacharlo de ignorancia del griego y de la pedantería de
              pretender saberlo:</p>
            <quote>
              <l>Con cuidado especial vuestros antojos</l>
              <l>dicen que quieren traducir al griego,</l>
              <l>no habiéndolo mirado vuestros ojos<note place="bottom">OC 442, 9-11. Es el soneto
                  que comienza: «Anacreonte español, no hay quien os tope».</note>.</l>
            </quote>
            <p>El asunto del griego mal sabido también se entromete en la polémica entre Pellicer y
              Lope de Vega, cuya enemistad tuvo motivos profundos y expresiones violentas, por
              alusiones dispersas y, de modo patente, en uno de los sonetos satíricos de las
                <emph>Rimas de Tomé de Burguillos</emph>, que Lope dirige a su amigo, Francisco
              López de Aguilar:</p>
            <quote>
              <p rend="i">Que en este tiempo muchos saben griego sin haberlo estudiado</p>
              <lg>
                <l>Das en decir, Francisco, y yo lo niego,</l>
                <l>que nadie sabe griego en toda España,</l>
                <l>pues cuantos Helicón poetas baña,</l>
                <l>todos escriben en España en griego.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Para entender el Venusino ciego,</l>
                <l>querrás decir, por imposible hazaña,</l>
                <l>si a las lenguas la ciencia no acompaña,</l>
                <l>lo mismo es saber griego que gallego.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Cierto poeta de mayor esfera,</l>
                <l>cuyo discipulado dificulto,</l>
                <l>de los libros de Italia fama espera.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Mas porque no conozcan por insulto</l>
                <l>los hurtos de Estillani y del Cabrera,</l>
                <l>escribe en griego, disfrazado en culto.</l>
              </lg>
            </quote>
            <p>El soneto, muy conocido y citado, tiene dificultades no del todo resueltas, pero se
              entiende suficientemente que es un ataque contra los cultos, como llaman Lope y otros
              a los seguidores de Góngora. Estos gongorinos (ahora, todos los poetas de España
              tocados de la misma enfermedad) posiblemente sepan lenguas, pero como la ciencia no
              las acompaña, su conocimiento del griego no es superior en quilates al del gallego
              (donde se ve, de paso, que la consideración por esta última lengua no era demasiado
              grande). Por lo demás, sepan o no la lengua de Platón, lo cierto es que escriben todos
              en griego, es decir, en una jerga incomprensible. En el fondo, lo que saben, en el
              mejor de los casos, es italiano, y por eso imitan, o más bien plagian, a Stigliani y a
              Chiabrera. Pretenden tapar a la vez sus hurtos y su ignorancia, escribiendo en griego
              (o lo que es lo mismo, escribiendo cosas sin sentido), pero griego disfrazado en
              culto, disfrazado de auténtica erudición, nunca mejor demostrada que cuando uno prueba
              que conoce la lengua de Píndaro y de Aristóteles. Fuera quien fuera la persona o
              personas a quien apuntaba Lope, lo cierto es que Pellicer se dio por aludido, a juzgar
              por un furibundo soneto escrito en respuesta a este, que encontró en un manuscrito y
              publicó Juan Manuel Oliver:</p>
            <quote>
              <p rend="i">A un poeta que decía que en España no había quien supiese la lengua
                griega</p>
              <lg>
                <l>Que ninguno en España entiende el griego,</l>
                <l>afirma un maldiciente encanecido,</l>
                <l>cuando él en el idioma que ha nacido</l>
                <l>y habló ochenta años, se nos muestra lego.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Sus escritos dirán, pliego por pliego,</l>
                <l>la ignorancia abundante que ha tenido,</l>
                <l>pues siendo tantos, todos han salido</l>
                <l>dignos de la pimienta y aun del fuego.</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>¡Oh caduca insolencia! ¡Oh pluma loca,</l>
                <l>que, a tu patria, satírica, disfamas,</l>
                <l>con negarla aquella ática noticia!</l>
              </lg>
              <lg>
                <l>Selle plomo legal tu infame boca,</l>
                <l>para que ardiendo en tus mentales llamas,</l>
                <l>tu envidia te castigue tu malicia<note place="bottom">Fol. 122 del manuscrito
                    Campomanes que contiene poesías de Pellicer. Según Oliver 1995: 96.</note>.</l>
              </lg>
            </quote>
            <p>Se reconocen aquí los temas de la sátira de Pellicer contra Lope, el motejarlo de
              viejo caduco, de charlatán que llena papeles con bazofia solo buena para envolver
              especias o para encender el fuego, y finalmente de envidioso. Pero dejando aparte los
              odios personales que impregnan esta y las demás invectivas que hemos visto, interesa
              lo que revelan sobre los valores vinculados al griego entre los literatos españoles de
              esta primera mitad del <num>xvii</num>. Por un lado, es lengua de inmenso prestigio,
              cuyo conocimiento se percibe como suprema distinción de un hombre de letras. Sin
              embargo, esta alta consideración es ambivalente. Desde sus inicios y de modo
              creciente, el helenismo se topa en España con dificultades mayores que las que conoce
              en otros países, algo en que coinciden cuantos se han interesado por el tema<note
                place="bottom">Véase una síntesis en «El helenismo frustrado. El exilio interior de
                los helenistas españoles» (Pérez Martín 2002).</note>. De estas dificultades parecen
              ser los principales responsables, por un lado, la pobreza de la imprenta y la
              mezquindad del mecenazgo; por otro, una censura que considera como sospechoso el
              humanismo cuando no se limita al latín. Esto, a su vez, se explica porque el griego es
              una de las lenguas bíblicas y que, por lo tanto, desde el griego, se puede poner en
              entredicho la interpretación canónica de la Escritura por la Iglesia romana; por otra
              parte, los mayores helenistas de los siglos <num>xvi</num> y <num>xvii</num> gravitan
              en la órbita protestante y son hugonotes franceses o suizos, calvinistas o arminianos
              holandeses, o luteranos alemanes y reformados ingleses. Todo lo cual no impide que el
              griego se siga estudiando en varias universidades españolas y principalmente en la de
              Salamanca, y que se dispensen clases de este idioma en ciertos colegios jesuitas como
              el Colegio Imperial de Madrid. No significa tampoco negar que haya aportes españoles
              al helenismo, especialmente en lo que se refiere a la gramática, a la edición de
              textos (escasísima, hay que reconocerlo, en comparación con otras partes de Europa) y
              algunas traducciones al castellano de autores griegos, que pocas veces, sin embargo,
              consiguen salir de la tutela del omnipresente latín. El fenómeno es complejo y no deja
              de ser objeto, hoy mismo, de asedios que completan, y a veces matizan, este
              panorama.</p>
            <p>Lo que se percibe con certeza, en cuanto uno se asoma a la cuestión, aunque sea desde
              lejos, es una cierta marginalidad del griego, que pudo tener incidencia en la
              trayectoria poco afortunada de Andrés Cuesta, quien abandona su cátedra salmantina
              para acabar en Granada y que solo imprime la <emph>Alegación</emph>, un texto ajeno
              que no pudo circular. Es indudable el carácter minoritario de esta lengua, su fama de
              dificultad insuperable (fama que, por supuesto, no se limita a España), que explica
              los fáciles equívocos y chistes del soneto de Lope que hemos visto. Saber griego es
              algo admirable y envidiable, porque el idioma tiene muchísimo a su favor: ser lengua
              bíblica y patrística; lengua de los mayores filósofos, matemáticos y científicos;
              lengua de grandes historiadores y geógrafos; lengua de Homero y de Píndaro,
              respectivamente príncipes, como se decía, de la poesía heroica y de la poesía lírica;
              idioma que, durante varios siglos, tenían que manejar con soltura los romanos que
              querían destacar en cualquier ámbito del gobierno, las armas o las letras;
              especialidad de los humanistas y gramáticos más admirados como Guillaume Budé, Henri
              Estienne e Isaac Casaubon. Y, sin embargo, la dificultad y rareza de su aprendizaje,
              sobre todo en España, hacen que muy pocos puedan cerciorarse de la competencia de
              quienes pretenden saberlo. Es fácil simular que uno lo sabe puesto que la masa de los
              lectores, incluso relativamente cultos, es incapaz de desenmascarar al impostor. De
              ahí que los que lo saben de verdad se arriesguen a ser confundidos con estos
              impostores, estos pedantes que fingen o exageran su competencia en lo que llama
              Góngora «ático estilo» y Pellicer «ática noticia». Es un factor más que explica que
              muchos jóvenes curiosos y amantes de las letras no se animen a aprender griego: ese
              vínculo difícil de soltar que lo une a la pedantería y figurería, para usar un
              concepto de Gracián que queda apuntado en el texto de Cuesta.</p>
            <p>Con semejante panorama al fondo, el texto y el autor que editamos permiten discernir
              que toda esta problemática interfiere, de modo curioso, con la polémica gongorina.
              Creemos que es una de las vetas que la recorren y que aflora con mucha fuerza en
              nuestro texto. Lo cierto es que los helenistas del siglo XVII, flor y nata de los
              hombres de cultura, por lo general admiran a Góngora, como si reconocieran en él algo
              de la estética griega de lo sublime. Naturalmente hay excepciones, como Quevedo, que
              sabe algo de griego y traduce a autores griegos, aunque tampoco puede llamársele
              propiamente helenista. Parece haber una afinidad electiva entre dos grupos igualmente
              minoritarios, a un tiempo sospechosos y admiradísimos, que viven en dos mundos
              cerrados para el profano, donde se celebran grandiosas y misteriosas ceremonias y
              donde, al amparo de la opacidad del idioma, se abre un espacio para la libertad de
              palabra, para el erotismo y para la crítica. También se cuentan en las filas de los
              defensores de Góngora algunos que se hacen pasar por helenistas, en virtud de una
              especie de esnobismo de la sabiduría y a quienes los auténticos sabios miran con
              desprecio, como a impudentes impostores. Sin embargo, hay que reconocer que, si
              Pellicer fue uno de ellos, también hizo mucho más por la fama de Góngora, para darlo a
              leer y a entender en su tiempo y en el nuestro, que personajes como Cuesta o Vázquez
              Siruela, de mayor talla intelectual pero mucho más cohibidos por su propia honestidad
              y por negarse al compromiso, a la facilidad y a la adulación.</p>
          </div>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>8. [Conclusión]</head>
          <p rend="noindent">Ya Dámaso Alonso comentó magistralmente las relaciones entre la obra de
            Andrés Cuesta y las <emph>Lecciones solemnes</emph> de Pellicer, mostrando las burlas y
            desacuerdos del sagaz licenciado y dejando ver alguna vez su crítica algo quisquillosa y
            despectiva de la erudición ajena<note place="bottom"><emph>Cfr</emph>. Alonso 1970:
              479.</note>.</p>
          <p>Cada comentarista esperaba de sus colegas un desliz o un despiste. Si advertía el
            primero, estaba asegurada la crítica mordaz –más o menos risible, según la habilidad de
            cada cual–; si el segundo, el lector se podía preparar para una ‘inédita’ ristra de
            erudición amazacotada. Y es que «en esto del garlar todos los comentaristas tenían el
            tejado de vidrio»<note place="bottom"><emph>Cfr</emph>. Alonso,
              <emph>ibid</emph>.</note>. No obstante, en este caso cabría destacar la familiaridad
            con que Cuesta se vale de la guerra particular que mantuvieron Lope de Vega y
              Pellicer<note place="bottom"><emph>Cfr</emph>. Rozas 1984.</note>. Buen conocedor de
            esa disputa, el olmedano se divierte recordándole al comentarista las referencias
            bibliográficas que más podían dolerle. A la vista del combativo prólogo de las
              <emph>Lecciones solemnes</emph> (ahí Pellicer ostenta su juventud y critica
            ofensivamente a Lope), Cuesta contradice filológicamente el presuntuoso lema del mozo
            que trabucaba otro del Fénix<note place="bottom"><emph>Cfr. Censura</emph>, f.
              410v.</note>. O acude al dramaturgo (aunque «está dudoso») para ilustrar algún ‘error
            significativo’ de Pellicer<note place="bottom"><emph>Cfr. Censura</emph>, f.
              417v.</note>.</p>
          <p>Como en Cascales (<emph>Cartas filológicas</emph>, II, iii), en Cuesta se siente la
              alte<hi rend="color_232323">r</hi>nancia entre la alabanza de la g<hi
              rend="color_232323 note">r<note><emph>Vid</emph>. Gil 1981:
            289-295.</note></hi>amática y la conciencia de su mala reputación. Los gramáticos («de
            que Dios nos libre», añadiría Lope de Vega) y su oficio son un tema fundamental en
            Cuesta y en la época, y, par<hi rend="color_232323">a </hi>comprenderlo, nada mejor que
            leer el delicio<hi rend="color_232323">s</hi>o pasaj<hi rend="color_232323">e </hi>de la
            dedicatoria de la <emph>Alegación</emph>, donde habla, con humorística
            auto-depreciación, de los «fiscales de períodos, persecución de toda impropiedad,
            expulsores de acentos y espulgadores de ápices». Mucho de su profesión acarrea Cuesta
            gozosamente al encargarse de las <emph>Lecciones solemnes.</emph> Y, a ratos, parece que
            con él no cuadra aquello de que <emph>felix Grammat</emph><hi rend="color_232323"
                ><emph>i</emph></hi><emph>cus non est</emph><hi rend="color_232323">.</hi></p>
          <p>Un estudio estilístico comparativo de la producción del
              licenciado debería hacernos hablar, además, de los muchos
              opúsculos satíricos de tema literario y las muchas censuras que comparten con la suya
              toda una tradición de modismos, latinismos y agudezas burlonas que los humanistas aplican a sus opúsculos
              polémicos. En las notas damos cuenta, en lo posible, de tales paralelos, atendiendo
              preferentemente a las demás obras de la batalla gongorina y a las que mantienen con
              ella una afinidad más o menos destacada. Y tampoco desatendemos la relación de algunas
              tonalidades festivas de la <emph>Censura</emph> de Cuesta con el lenguaje particular
              de las pullas universitarias y las disputas docentes de la época<note>Ayuda a
                comprenderlo el trabajo de Egido 1984.</note>.</p>
          <p>Casi todos los humanistas españoles de aquella época verían en Pellicer un retrato
            exasperado de su propia condición. Como aquella sabiduría paciente y azorada, como la
            desmesura que ocultaba a veces la joya de la burla o de la brillante interpretación. Y
            los textos de Cuesta, en definitiva, no son sino la prueba de todo ello.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>9. [Establecimiento del texto]</head>
          <p>Los folios 282r-435v del ms. 3906 encierran, como habíamos apuntado ya, toda la labor
            gongorina de Cuesta. No se conocen más copias, y los testimonios que poseemos, sin duda
            de ninguna clase, son autógrafos. Basta repasar las tachaduras que motean el manuscrito:
            esconden cambios de redacción que no pueden sino deberse al autor. Lógicamente, pueden
            existir ciertos tipos de error de copista, porque no en vano al autor también pueden
            írsele los ojos a una palabra escrita ya, pero nunca se darán, por caso, errores del
            tipo de la <emph>omissio ex homoioteleuto</emph> (por anticipación de una palabra
            posterior o salto de igual a igual). Los puntos textualmente significativos de la
              <emph>Censura</emph> y las <emph>Notas al «Polifemo»</emph> están implicados en fallos
            típicos del dictado interior (palabras o frases sin terminar, por ejemplo) o en
            variantes de redacción.</p>
          <p>Todas las labores gongorinas de Cuesta quedaron sin terminar. Quizá emprendió también
            otras, porque alguna vez dice estar haciendo «tratado aparte» de algún aspecto
            particular, pero hasta el momento no se tiene noticia de nada más. Como hemos señalado
            más arriba, el texto de la <emph>Censura</emph> de la presente edición retoma el de la
            edición de 1985 (que daba la <emph>Censura</emph> completa, o mejor dicho daba completo
            el testimonio que nos queda de ella, testimonio de un escrito que quedó truncado)<note
              place="bottom"><emph>Cfr</emph>. Micó 1985.</note>, aunque adaptando el texto a los
            criterios del proyecto <emph>∏</emph>ólemos). En cambio, en el caso de las <emph>Notas
              al Polifemo</emph>, José María Micó no editó el testimonio completo, que consta, como
            hemos dicho, de una serie continua de notas al hilo de las octavas del Polifemo que se
            interrumpe poco antes del final del poema, sino unos cuantos fragmentos que le
            interesaron (y que no son notas completas sino trozos de ellas). Si hemos renunciado a
            editar esos fragmentos, que el lector interesado podrá ver en la publicación de 1985, es
            porque los criterios de la publicación en ∏ólemos implican que se editen los testimonios
            completos, y no seleccionando lo que nos parece más interesante, con criterios que solo
            son válidos de modo circunstancial y variable.</p>
          <p>La anotación de los textos pretende aclarar los problemas literarios, bibliográficos,
            históricos y culturales que plantea la labor de Cuesta. Era imprescindible trabajar con
            los libros que, presumiblemente, manejaron los humanistas españoles de los siglos
              <num>xvi</num> y <num>xvii</num>, y aunque esto no ha dejado de acarrear dificultades
            insolubles, la necesidad de tal proceder debería ser común a toda edición de textos
            antiguos; el trabajo de Cuesta, en definitiva, no solo refleja el interés que suscitó el
            comento pelliceriano de la obra de Góngora o la justificada envergadura que esta
            alcanzó, sino el de una actitud intelectual exigente que nunca volvería a repetirse, con
            la misma intensidad, en toda la historia de la poesía hispánica.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>10. [Bibliografía]</head>
          <div subtype="level3">
            <head>10.1 Obras citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ariosto</hi>, Ludovico:</p>
            <bibl>—, <title>Orlando furioso</title>.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Apolonio de Rodas</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Apollonii Rhodii Argonauticorum libri quatuor, nunc primum
                latinitate donati atque in lucem editi Ioanne Hartungo interprete</title>, Basilea,
              Johannes Oporin, 1550.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Botero Benés</hi>, Juan (Giovanni
              Botero):</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Relaciones universales del mundo</title>, trad. Diego de
              Aguiar, Valladolid, Herederos de Diego Fernández de Córdoba, 1603.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Calepino</hi>, Ambrosio:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Ambrosii Calepini Dictionarium</title>..., Lyon, [s. n.],
              1581.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Catulo</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Carmina</title>.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cervantes</hi>, Miguel de:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>L’ingegnoso cittadino don Chisciotte della Mancia</title>,
              trad. Lorenzo Franciosini, Venecia, Andrea Baba, 1622 (primera parte); 1625
              (segunda).</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Constantino VII Porfirogéneta</hi>
              (emperador):</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Constantini Porphyrogennetae Imperatoris opera in quibus
                Tactica nunc primum prodeunt. Ioannes Meursius collegit, coniunxit, edidit</title>,
              Lugduni Batavorum, officina Elzeviriana, 1617.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Covarrubias</hi>, Sebastián de:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Tesoro de la lengua castellana, o española</title>,
              Madrid, por Luis Sánchez, 1611. </bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Erasmo</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Adagiorum chiliades</title>.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Estienne</hi>, Henri:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Thesaurus graecae linguae ab Henrico Stephano
                Constructus</title>, [Ginebra] excudebat Henricus Stephanus, 1572-1573.</bibl>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Glossaria duo, e situ vetustatis eruta: ad utriusque
                linguae cognitionem et locupletationem perutilia. Item De atticae linguae seu
                dialecto idiomatis</title>, [Ginebra] excudebat Henricus Stephanus. 1573.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Eustacio</hi> (arzobispo de
              Tesalónica):</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Eustathii archiepiscopi Tessalonicae, in Homeri Iliadis et
                Odysseae Παρεκβολαι, indice adiuncto perutili et copioso</title>, Basilea, Froben
              1560.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Fernández de Córdoba</hi>, Francisco:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Didascalia multiplex</title>, Lyon, Horace Cardon,
              1615.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Galeno de Pérgamo</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Opera</title>, Lyon, Ioannes Frellonius, 1550.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Herrera</hi>, Fernando de:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones de Fernando
                de Herrera</title>, Sevilla, Alonso de la Barrera, 1580.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Horacio Flaco</hi>, Quinto:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Q. Horatii Flaci Venusini Opera…</title>, Basilea,
              Henrichum Petrum, 1545.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Lectius</hi>, Jacobus (Jacques Lect):</p>
            <bibl xml:lang="it">––, <title>Poetae graeci veteres carminis heroici scriptores qui
                extant, omnes</title> […,. Aureliae Allobrogum [Ginebra], Petrus de la Roviere,
              1606.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Luciano de Samosata</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Luciani Samosatensis Opera, quae quidem extant, omnia, e
                graeco sermone in latinum, partim iam olim diversis autoribus, partim nunc demum per
                Iacobum Micyllum, quaecunque reliqua fuere, translata. Cum Argumentis &amp;
                annotationibus eiusdem, passim adiectis</title>, Francfort, Christian Egenolf,
              1538.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Meursio</hi>, Juan:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Ioannis Meursi Glossarium graecobarbarum in quo praeter
                vocabula quinque millia quadrigentia, officia atque dignitates Imperii
                Constantinop[olitani], tam in Palatio quam Ecclesia aut Militia explicantur &amp;
                illustrantur. Editio altera emendata &amp; aucta</title>, Lugduni Batavorum
              [Leiden], apud Ludovicum Elzevirum, 1614.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Nebrija</hi>, Elio Antonio:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Aelii Antonii Nebrissensis de Institutione Grammaticae
                libri quinque</title>, Madrid: Typographia Regia, 1609.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Nizolio</hi>, Mario:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Nizolius sive Thesaurus ciceronianus omnia M.T. C. verba,
                omnemque loquendi atque eloquendi varietatem complexus, nunc Iterum, Caelij Secundi
                Curionis Herculeo labore atque industria, quarta parte auctum […]</title>, Basilea,
              Ioannem Hervagium, 1559. </bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Ovidio</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Ars amatoria</title>.</bibl>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Metamorphoses</title>.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Persio Flaco</hi>, Aulio:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Auli Persii Flacci Saturae sex: cvm ecphrasi et scholiis
                Franc. Sanctij Brocen</title>, Salmanticae, apud Didacum à Cussio, 1599.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pellicer</hi>, José:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Lecciones solemnes a las obras de Don Luis de Góngora y
                Argote…</title>, Madrid, en la Imprenta del Reino: a costa de Pedro Coello,
              1630a.</bibl>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>El Fénix y su historia natural</title>, Madrid, en la
              Imprenta del Reino, a costa de Pedro Coello, 1630b.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Píndaro</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Pindari Olympia, Pythia, Nemea, Istthmia. Caeterorum octo
                Lyricorum carmina Alcaei, Sapphus, Stesichori, Ibyci, Anacreonits, Bacchylidis,
                Simonidis, Alcmanis. Nonnulla etiam aliorum. Editio II Graecolatina H. Steph
                recognitione […]</title>, Excudebat Hern. Stephanus, illustris viri Huldrichi
              Fuggeri typographus, Anno MDLXVI (1566).</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Plinio</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Naturalis Historia</title>.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Poliziano</hi>, Angelo:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Angeli Politiani: Sylvae, nutricia, manto, rusticus, ambra
                illustratum per Franciscum Sanctium Brocensem</title>, Salmanticae, excudebat
              Andreas a Portonariis, 1554.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>M. Fabii Quintiliani […] institutionum oratoriarum libri
                XII […] Addita sunt Petri Gallandii argumenta</title>, París, apud Geruasium
              Cheuallonium, 1538.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Raderus</hi>, Matthaeus (Mateo
              Rader):</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Matthaei Raderi de Societat Iesu ad M. Valerii Martialis
                epigrammaton libros omnes, plenis commentariis novo studio confectis, explicatos,
                emendatos, illustratos […]</title>, Ingolstadii, ex Typographeio Adami Sartorii,
              1611.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rojas</hi>, Fernando de:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>La Celestina</title>.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Ramírez de Prado</hi>, Lorenzo:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Πεντηκόνταρχος sive quinquaginta militum ductor D.
                Laurentii Ramirez de Prado stipendiis conductus</title>, Amberes, Juan Keerberg,
              1612.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Teócrito</hi>:</p>
            <p rend="hanging">—, <emph xml:lang="it">Idilios</emph>.</p>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Tralliano</hi>, Alexandro:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Alexandri Tralliani Medici libri duodecim, graeci et
                latini… Ioanne Guinterio Andernaco interprete et emendatore</title>, Basilea,
              Henricus Petrus, 1556.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Valerio Máximo</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Factorum et dictorum memorabilium</title>, Liber I.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Laurel de Apolo</title>, Madrid, Juan González,
              1630.</bibl>
            <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Virgilio</hi>:</p>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Eneida</title>.</bibl>
            <bibl xml:lang="it">—, <title>Bucólicas</title>.</bibl>
          </div>
          <div subtype="level3">
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div subtype="level4">
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cuesta</hi>, Andrés:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Notas al Polifemo del lic.<hi rend="sup">do</hi> Andrés
                Cuesta», BNE ms. 3906, f.282r-406v.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Vázquez Siruela</hi>, Martín:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, Documento sin título que contiene notas a las poesías de
                Góngora, BNE ms. 3893, f.55-192.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Discurso sobre el estilo de don Luis de Góngora y
                  carácter legítimo de su poética</title>. BNE ms. 3893, f.1r-17v.</bibl>
            </div>
            <div subtype="level4">
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Arbolanche</hi>, Jerónimo de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Los nueve libros de las Habidas</title>, Zaragoza, Juan
                Millán, 1566.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cicerón</hi>, Marco Tulio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>M. Tullii Ciceronis Epistolae Familiares. Dictae Paulli.
                  Manutii studio, atque industria emendatae. Addita Epistolorum genera, ad epístolas
                  conscribendas mirum in modum conducentia</title>, Venetia, Aldus Iunior,
                1576.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Constantino VII Porfirogeneta</hi>
                (emperador):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Constantini Imperatoris Porphyrogeniti de Administrando
                  Imperio ad romanum F.. Liber nuncquam antehac editus. Ioannes meursius primus
                  vulgavit, Latinam interpretationem ac Notas adjecit</title>. Lugduni Batavorum, ex
                officina typographica Ioannis Balduini impensis vero Ludovici Elzeviri, 1611.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Constantini Porphyrogennetae Imperatoris opera in quibus
                  Tactica nunc primum prodeunt. Ioannes Meursius collegit, coniunxit,
                edidit</title>, Lugduni Batavorum, officina Elzeviriana, 1617.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Correas</hi>, Gonzalo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Arte griega</title>, Salamanca, excudebat Ioannes
                Baptista Varesius, 1627.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Ortografia kastellana</title>, Salamanca, Xazinto
                Tabernier, 1630.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Díaz Rengifo</hi>, Juan:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Arte poética española</title>, Madrid, Juan de la
                Cuesta, 1606.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Erasmo</hi>, Desiderio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Des. Erasmi Rot. Adagiorum chiliades quatuor et
                  sesquicenturia. Ex postrema auctoris recognitione [...] Ad haec Henrici Stephani
                  Animadversiones in Erasmicas quorundam Adagiorum expositiones</title>, Lugduni,
                apud Haered. Sebast. Gryphii, 1559.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Estienne</hi>, Henri:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Epigrammata Graeca, selecta ex Anthologia</title>,
                Ginebra, ed. Henricus Stephanus, 1570.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Pindari Olympia… caetorum octo Lyricorum
                carmina</title>, ed. Henricus Stephanus, Ginebra:,Paulus Stephanus, 1626.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Estienne</hi>, Robert (Roberti
                Stephani):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Thesaurus linguae latinae</title>, Basilea, Emanuel
                &amp; Johann R. Thurneysen, 1740-1743.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Forcellini</hi>, Egidio (Aegidio
                Forcellini):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Totius Latinitatis Lexicon</title>, Padua, apud Ioannem
                Manfré, 1771.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Homero</hi>:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Homeri omnium poetarum principis Ilias, Andrea Divo
                  Iustinopolitano interprete ad verbum translata, Herodoti Halicarnassei libellus,
                  Homeri vitam fidelissime continens, Conrado Heresbachio interprete</title>, Lyon,
                Vincentius de Portonariis, 1538.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Homeri Iliados. De rebus ad troiam gestis libri XXIIII,
                  nuper latino carmine elegenitssime redditi</title>, Helio Robano Hesso Interprete,
                Basilea, Juan Oporino, 1549.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Homeri opera graecolatina, quae quidem nunc extant
                  omnia</title>, ed. Henrico Stephano, Basilea, Nicolaum Brylingerum, 1582.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Homeri quae extant omnia</title>, ed. Jean de Sponde,
                Basilea, Sebastianum Henricpetri, 1606.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Isla</hi>, José Francisco de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas,
                Madrid, Imprenta de D. Gabriel Ramírez, 1758.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Lorini</hi>, Giovanni:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Ioannis Lorini avenionensis societatis Iesu in Acta
                  apostolorum commentaria</title> […], Lyon, Horace Cardon, 1605.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Luciano de Samosata</hi>:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>ΛΟΥΚΙΑΝΟΥ ΣΑΜΟΣΑΤΕΟΣ ἈΠΑΝΤΑ Hapanta. Luciani Samosateni
                  operum tomus II, cum Gilberti Cognati et Ioannis Sambuci annotationibus</title>,
                Basilea, Heinrich Petri, 1602, 4 vols..</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>ΛΟΥΚΙΑΝΟΥ ΣΑΜΟΣΑΤΕΟΣ ἈΠΑΝΤΑ. Luciani Samosatensis opera
                  omnia in duos tomos divisa. Iohannes Benedictus, Medicinae Doctor, in Salmuriensi
                  Academia Regia linguae graecae professor […]</title>, Saumur, Pierre Pie-de-Dieu,
                1619, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Marcial</hi>, Marco Valerio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>M. Valerii Martialis Epigrammatum libri XV […]</title>,
                ed. Lorenzo Ramírez de Prado, París, Michaelem Sonnium, 1607.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Nani Mirabelli</hi>, Domenico:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Polyanthea</title>, Colonia, Martinus Cholinus,
                1585.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pantoja de Ayala</hi>, Pedro:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Petri Pantoja de Aiala Toletani Commentaria in Tit. De
                  aleatoribus, D et C</title>, Madrid, Pedro Tazo, 1625.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pellicer y Tovar</hi>, José:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Bibliotheca de don Ioseph Pellicer de Ossau i Tovar,
                  cavallero del orden de Sant-Iago…] La cronología de todas sus obras maiores y
                  menores, publicadas i distinguidas en el espacio de cinquenta años continuos, i
                  con observaciones i escolios. El apéndice de muchas que no están impresas, y el
                  catálogo de los escritores que hablan dellas, o contra ellas, dentro i fuera de
                  España</title>, Valencia, Jerónimo Villagrasa, 1671.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pollux</hi>, Julius:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Julii Pollucis Onomasticon decem libris constans.
                  Adiecta interpretatio Latina Rodolphi Gualtheri</title> […], Francofurti, apud
                Claudium Marnium, &amp; heredes Iohan Aubrii, 1608.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Quevedo</hi>, Francisco de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio</title>,
                Madrid, viuda de Alonso Martín, 1631.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Salcedo Coronel</hi>, José García
                de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Soledades de D. Luis de Góngora comentadas por D. García
                  de Salcedo Coronel… El Polifemo de Don Luis de Góngora comentado por Don García de
                  Salcedo Coronel…</title>, en Madrid, en la Imprenta Real, a costa de Domingo
                González, 1636.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Segundo Tomo de las obras de don Luis de Góngora
                  comentadas por Salcedo Coronel. Primera parte</title>, Madrid, Diego Díaz de la
                Carrera, 1644.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Segunda parte del Tomo segundo de las obras de don Luis
                  de Góngora comentadas por Salcedo Coronel</title>, Madrid, Diego Díaz de la
                Carrera, 1648.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Stigliani</hi>, Tommaso:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Il Polifemo. Stanze Pastorali</title>, Milán, Pacifico
                Ponzio, 1600.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Stobeo</hi>, Giovanni:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Gnomologia graecolatina</title>, Basilea, 1557.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Suetonio</hi> (Gaius Suetonius
                Tranquillus):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>De vita Caesarum</title>, ed. Isaac Casaubon, s. l.:
                Stephanus Gamonetus, 1605.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Doce comedias de Lope de Vega, sacadas de sus originales
                  por el mismo […] novena parte</title>, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, a
                costa de Alonso Pérez, 1617.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Laurel de Apolo</title>, Madrid, Juan González,
                1630.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La Vega del Parnaso</title>, Madrid, Imprenta del Reino,
                1637.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Colección de las obras sueltas, así en prosa, como en
                  verso</title>, Madrid, Imprenta de don Antonio de Sancha, 1777.</bibl>
            </div>
            <div subtype="level4">
              <head>10.2.3 Impresos y ediciones digitales posteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Alemán</hi>, Mateo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Guzmán de Alfarache</title>, ed. Francisco Rico,
                Barcelona, Planeta, 1983.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Alonso</hi>, Dámaso:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Poesía española</title>, Madrid, Gredos, 1966.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Estudios y ensayos gongorinos</title>, Madrid, Gredos,
                1970.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Góngora y el «Polifemo»</title>, Madrid, Gredos, 1974, 3
                vols.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Cómo contestó Pellicer a la befa de Lope», en <title>Obras
                  completas, V: Góngora y el gongorismo</title>, Madrid, Gredos, 1978, p.
                676-696.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Angulo y Pulgar</hi>, Martín de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Epístolas satisfactorias</title>, edición de Juan Manuel
                Daza, París, Sorbonne-Université, LABEX OBVIL, 2018.
                https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1635_epistolas</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Antonio</hi>, Nicolás:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Bibliotheca Hispana Nova</title>, Madrid, Joaquín
                Ibarra, 1783-1788, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Arbolanche</hi>, Jerónimo de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Las Habidas</title>, ed. Fernando González Ollé, Madrid,
                CSIC, 1969, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Arco y Garay</hi>, Ricardo del:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La erudición española en el siglo XVII y el cronista de
                  Aragón Andrés de Uztarroz</title>, Madrid, CSIC, 1950, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Arellano</hi>, Ignacio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «El entremés de <title>Los habladores</title> atribuido a
                Cervantes», <title>Anales Cervantinos</title>, vol. L, 2018, p. 299-323.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Aristóteles</hi>:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Poética</title>, ed. Valentín García Yebra, Madrid,
                Gredos, 1974.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Artigas</hi>, Miguel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Don Luis de Góngora y Argote. Biografía y estudio
                  crítico</title>, Madrid, Real Academia Española, 1925.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Asensio</hi>, Eugenio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «La lengua compañera del Imperio. Historia de una idea de
                Nebrija en España y Portugal», <title>Revista de Filología Española</title>, XLIII,
                1960, p. 399-413.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Barreda y Leirado</hi>, Cayetano
                Alberto de la:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Nueva biografía de Lope de Vega</title> (1890), Madrid,
                Atlas, 1970.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Béhar</hi>, Roland:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «¿Quiere luz el poeta? Sobre formas y funciones del comentario
                en la polémica gongorina», <title>El universo de una polémica. Góngora y la cultura
                  española del siglo XVII</title>, ed. Mercedes Blanco y Aude Plagnard, Madrid,
                Iberoamericana-Vervuert, 2021, p. 107-146.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title xml:lang="fr">Le texte et l’inscription. Les lettres
                  espagnoles au miroir de l’épigraphie de la Renaissance (1520-1560).
                «</title>Inédito» presentado para la obtención de la «Habilitation à diriger des
                recherches», Paris, Sorbonne Université, 19 de febrero 2022.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Blanco</hi>, Mercedes:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Góngora visto por un intelectual del siglo XVII: Martín
                Vázquez Siruela y el manuscrito BNE 3894». [Presentación de un monográfico de cinco
                artículos], <title>e-Spania</title> [en línea], 32 , 2019.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Bouza</hi>, Fernando:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Una aprobación inédita de Quevedo a <title>El Fénix</title> de
                Pellicer y otros cinco expedientes de imprenta del Consejo de Castilla (1628-1658),
                  <title>La Perinola</title> 18, 2014, p. 63-76.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Carilla</hi>, Emilio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «La estrofa XI del <title>Polifemo</title>», <title>Revista de
                  Filología Española</title>, XLVII, 1964, p. 369-377.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Caro</hi>, Rodrigo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Días geniales o lúdricos</title>, ed. Jean-Pierre
                Étienvre, Madrid, Espasa Calpe, 1978, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cascales</hi>, Francisco:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Cartas filológicas</title>, ed. Justo García Soriano,
                Madrid, Espasa Calpe, 1961.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Tablas poéticas</title>, ed. Benito Brancaforte, Madrid,
                Espasa Calpe, 1975.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Castillejo</hi>, Cristóbal de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Obras</title>, ed. Jesús Domínguez Bordona, Madrid,
                Ediciones de la Lectura, 1926-1928.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cervantes</hi>, Miguel de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Don Quijote</title>, ed. Martín de Riquer, Barcelona,
                Planeta, 1982.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Novelas ejemplares</title>,ed. Juan Bautista
                Avalle-Arce, Madrid, Castalia, 1982, 3 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Céspedes</hi>, Valentín de (alias Juan
                de la Encina):</p>
              <bibl xml:lang="it">––, <title>Trece por docena</title>, ed. Francis Cerdan y José
                Enrique Laplana Gil, Toulouse, Presses universitaires du Mirail, 1997.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cicerón</hi>, Marco Tulio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Epistulae ad Familiares</title>, ed. David Roy
                Shackleton Bailey, Cambridge, Cambridge University Press, 1977, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Colón Calderón</hi>, Isabel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Deidades sin templo: Tácito y los versos 151-152 de la
                  <title>Fábula de Polifemo y Galatea</title> de Góngora», <title>Espacios y tiempos
                  en diálogo : lecturas y reescrituras mitológicas en el Siglo de Oro
                  español</title>, ed. Raquel Barragán Arroche, México, UNAM, 2018, p. 75-84.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Conde Parrado</hi>, Pedro:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «La “biblioteca” de don Martín Vázquez Siruela a partir de sus
                anotaciones gongorinas», <title>e-Spania. Revue interdisciplinaire d’études
                  hispaniques médiévales et modernes</title>, n°32, 2019a.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «La poesía antigongorina atribuida a Quevedo: algunas
                consideraciones previas a su edición electrónica en ∏ólemos», <title>Controversias y
                  poesía (de Garcilaso a Góngora)</title>, ed. Juan Montero y Mercedes Blanco,
                Sevilla, EUS, 2019b, pp. 269-286.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pezzini</hi>, Sara y <hi rend="sc"
                  >Conde Parrado</hi>, Pedro:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Ilustrando la <title>Ilustración</title>: Salazar Mardones
                ante la <title>Fábula de Píramo y Tisbe</title> de Luis de Góngora»,
                  <title>Controversias y poesía (de Garcilaso a Góngora)</title>, ed. Juan Montero y
                Mercedes Blanco, Sevilla, EUS, 2019c, pp.317-342.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Constantino VII Porfirogéneta</hi>
                (emperador):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Sapientissimi imperatoris Constantini Porphyrogeniti
                  scripta quae reperiri potuerunt omnia. Tomus Posterior</title> [ed. Anselmo
                Banduri, arqueólogo benedictino de Ragusa], París, J. P. Migne, 1864.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>De Administrando Imperio</title>, vol. I, Greek Text and
                English Translation, ed. R.G.H. Jenkins, G. Moravcsik, Washington 1967.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Contreras</hi>, Alonso de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Discurso de mi vida</title>, ed. Henry Ettinghausen,
                Barcelona, Bruguera, 1983.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Correa Calderón</hi>, Evaristo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Baltasar Gracián. Su vida y su obra</title>, Madrid,
                Gredos, 1970.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Correas</hi>, Gonzalo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Arte de la lengua española castellana</title>, ed.
                Emilio Alarcos Madrid, CSIC, 1954.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Vocabulario de refranes y frases proverbiales</title>,
                ed. Louis Combet, Burdeos, Institut d’Études Ibériques et Ibéro-Américanes de
                l’Université, 1967.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it">Cotarelo y Mori, Emilio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Colección de Entremeses, Loas, Bailes, Jácaras y
                  Mojigangas, desde fines del siglo XVI a mediados del XVIII.</title> Tomo
                I.-Volumen 1°, Madrid, Bailly/ Baillère, 1911.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Covarrubias</hi>, Sebastián de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Tesoro de la lengua castellana o española</title>, ed.
                Martín de Riquer, Barcelona, Horta, 1943. </bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cuesta</hi>, Andrés:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Traducción latina de algunos versos del
                Polifemo</title>, edición de Bartolomé Pozuelo Calero, Université Paris-Sorbonne,
                Labex OBVIL, 2023, </bibl>
              <bibl xml:lang="it"
                >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_cuesta-polifemo.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Cruz Casado</hi>, Antonio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Las <title>Lecciones solemnes a las obras de don Luis de
                  Góngora y Argote</title> (1630), de José Pellicer», <title>Boletín de la Real
                  Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba</title>, 146, 2004,
                p. 107-123.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">De Andrés</hi>, Enriqueta:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Helenistas españoles del siglo XVII</title>, Madrid,
                FUE, 1988.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Díez Echarri</hi>, Emiliano:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Teorías métricas del Siglo de Oro. Apuntes para la
                  historia del verso español</title>, Madrid, CSIC, 1949.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Egido</hi>, Aurora:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «<title>De ludo vitando</title>. Gallos áulicos en la
                Universidad de Salamanca», <title>El Crotalón. Anuario de Filología
                española</title>, I, 1984, p. 609-648.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Elvira</hi>, Muriel y <hi rend="sc"
                  >Plagnard</hi>, Aude:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Analizar y cartografiar la polémica gongorina: base de datos,
                catálogo y análisis de redes», <title>El universo de una polémica. Góngora y la
                  cultura española del siglo XVII</title>, ed. Mercedes Blanco y Aude Plagnard,
                Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2021, p. 29-64.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Elvira</hi>, Muriel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Semblanza de Vázquez Siruela a través de su correspondencia.
                Las reliquias y los falsos cronicones», <title>E-Spania: Revue électronique d’études
                  hispaniques médiévales</title>, 32, 2019.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Góngora, los anticuarios y la cultura arqueológica de su
                tiempo», <title>El universo de una polémica Góngora y la cultura española del siglo
                  XVII</title>, ed. Mercedes Blanco y Aude Plagnard, Madrid,
                Iberoamericana-Vervuert, 2021, p. 435-480.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Entrambasaguas</hi>, Joaquín de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La biblioteca de Ramírez de Prado</title>, Madrid, CSIC,
                1943a, 2 vols.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Una familia de ingenios. Los Ramírez de Prado</title>,
                Madrid, CSIC, 1943b.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Esperabé Arteaga</hi>, Enrique:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Historia pragmática e interna de la Universidad de
                  Salamanca, I: La Universidad de Salamanca y los Reyes</title>, Salamanca,
                Francisco Núñez Izquierdo, 1914.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Historia pragmática e interna de la Universidad de
                  Salamanca, II: Maestros y alumnos más distinguidos</title>, Salamanca, Francisco
                Núñez Izquierdo, 1917.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Espinel</hi>, Vicente:</p>
              <p rend="hanging">—, <emph>Vida de Marcos de Obregón</emph>, ed. Samuel Gili Gaya,
                Madrid, Espasa Calpe, 1969-1970, 2 vols.</p>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Fernández de Córdoba</hi>, Francisco:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Examen del “Antídoto” o Apología por las “Soledades” de
                  don Luis de Góngora contra el autor del “Antídoto”</title>, ed. Matteo Mancinelli,
                París, Sorbonne_Université LABEX OBVIL, 2019.</bibl>
              <bibl xml:lang="it"
                >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1617_examen</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Fernández de Navarrete</hi>,
                Eustaquio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Bosquejo histórico sobre la novela española», en
                  <title>Novelistas Posteriores a Cervantes</title>, II (<title>Biblioteca de
                  Autores españoles</title>, vol. 33), Madrid, Librería y casa editorial Hernando,
                1924 [1854].</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Fernández Duro</hi>, Cesáreo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Colección bibliográfico-biográfica de noticias
                  referentes a la provincia de Zamora o materiales para su historia</title>, Madrid,
                Manuel Tello, 1891.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Ford</hi>, Philip:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>De Troie à Ithaque. Réception des épopées homériques à
                  la Renaissance</title>, Paris, Droz, 2015.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Gallego Morell</hi>, Antonio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Algunas noticias sobre don Martín Vázquez Siruela»,
                  <title>Estudios dedicados a Menéndez Pidal</title>, IV, Madrid, 1953, p.
                405-424.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Garcilaso de la Vega y sus comentaristas</title>,
                Madrid, Gredos, 197</bibl>
              <bibl xml:lang="it">— (ed.), <title>Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones de
                  Fernando de Herrera</title>, ed. facs., Madrid, CSIC, 1973.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Galbarro García</hi>, Jaime:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «José de Pellicer y Tovar o el riesgo de comentar a don Luis»,
                  <title>El universo de una polémica. Góngora y la cultura española del siglo
                  XVII</title>, Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2021, p. 239-262.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Gates</hi>, Eunice Joiner:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Documentos gongorinos. Los «Discursos apologéticos» de
                  Pedro Díaz de Rivas. El «Antídoto» de Juan de Jáuregui</title>, El Colegio de
                México, México, 1960a.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Sidelights on contemporary criticism of Góngora's
                  <title>Polifemo</title>», <title>Publications of the Modern Language
                  Association</title>, LXXV, 1960b, p. 503-508.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Los Comentarios de Salcedo Coronel a la luz de una crítica de
                Uztarroz», <title>Nueva Revista de Filología Española</title>, XV, 1961, p.
                217-228.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">García Carrafa</hi>, Alberto y
                Arturo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Enciclopedia heráldica y genealógica de apellidos
                  españoles y americanos</title>, Salamanca: Imprenta Comercial Salmantina; Madrid:
                Artes Gráficas Roberto López, 1948.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Gil</hi>, Luis:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Panorama social del humanismo español
                  (1500-1800)</title>, Madrid, Alhambra, 1981.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Godoy Alcántara</hi>, José:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Historia crítica de los falsos cronicones</title>
                [1867], Madrid, Tres catorce diecisiete, 1981.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">González Palencia</hi>, Ángel:</p>
              <bibl xml:lang="it">— (ed.), <title>Romancero General (1600, 1604, 1605)</title>,
                Madrid, CSIC, 1947, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Gracián</hi>, Baltasar:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Obras completas, II. El Héroe. El Político. El discreto.
                  Oráculo Manual y Arte de prudencia. Agudeza y arte de ingenio. El Comulgatorio.
                  Escritos menores</title>, Madrid, Biblioteca Castro, Turner, 1993.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Herrero García</hi>, Miguel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Ideas de los españoles del siglo XVII</title>, Madrid,
                Gredos, 1966.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Herrero Salgado</hi>, Félix:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La oratoria sagrada en los siglos XVI y XVII</title>.
                Madrid, Fundación Universitaria Española, 1996.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Homero</hi>:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>L’Iliade d’Homère: texte grec revu et corrigé d’après
                  les documents autentiques</title>, ed. Alexis Pierron, París, Hachette,
                1883.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Iglesias Feijoo</hi>, Luis:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Una carta inédita de Quevedo y algunas noticias sobre los
                comentaristas de Góngora, con Pellicer al fondo», <title>Boletín de la Biblioteca
                  Menéndez Pelayo</title>, LIX, 1983, p. 141-203.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Sobre la fecha de una comedia de Lope y su guerra con
                Pellicer», <title>Prosa y poesía. Homenaje a Gonzalo Sobejano</title>, coord.
                Christopher Maurer (<title>et alii</title>), Madrid, Gredos, 2001, p.
                171-187.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Izquierdo</hi>, Adrián (ed.):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Introducción» a José Pellicer y Tovar, <title>Vida de don Luis
                  de Góngora</title>, Paris, Sorbonne Université, LABEX OBVIL, 2018.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">
                https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_vida-mayor.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Introducción a Hortensio Félix Paravicino, Vida y escritos de
                don Luis de Góngora», Paris, Sorbonne Université, LABEX OBVIL, 2018,
                https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1628_vida-chacon.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Jauralde Pou</hi>, Pablo:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Manuscritos literarios castellanos de los siglos XVI y XVII en
                la Biblioteca de la Universidad de Granada», <title>Cuadernos
                bibliográficos</title>, XXXI, 1974, p. 31-40.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Antídoto contra la pestilente poesía de las
                  «Soledades»</title>, ed. Juan Manuel Rico, Sevilla, Universidad de Sevilla,
                2002.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Discurso poético</title>, ed. Mercedes Blanco, París,
                Sorbonne-Université, LABEX OBVIL, 2016,
                https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_discurso-poetico.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Jenkins</hi>, Romilly J. H. (ed):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>De Administrando Imperio</title>, vol. II,
                  <title>Commentary</title>, Londres, The Athlone Press, 1962.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Jordán de Urríes y Azara</hi>,
                José:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Biografía y estudio critico de Jáuregui</title>, Madrid,
                Real Academia Española, 1899.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Kagan</hi>, Richard L.:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Universidad y sociedad en la España Moderna</title>,
                Madrid, Tecnos, 1981.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Kripke</hi>, Saul:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Naming and Necessity</title>, Cambridge Mss., Harvard
                University Press, 1980.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">López Bardón</hi>, Tirso:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Monastici augustiniani</title>, II, Valladolid,
                1903.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">López Pinciano</hi>, Alonso:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Philosophia Antigua Poética</title>, ed. Alfredo
                Carballo Picazo, Madrid, CSIC, 1973, 3 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">López Ruiz</hi>, Antonio y <hi
                  rend="sc">López Cruces</hi>, Antonio José (ed.):</p>
              <bibl xml:lang="it"><title>—</title>, Edición digital de José Pellicer y Tovar,
                  <title>Defensa de España contra las calumnias de Francia</title> (1635). Alicante,
                Instituto Cervantes, 2006.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Mar</hi>í<hi rend="sc">as</hi>,
                Fernando:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «El retrato de don Luis de Góngora y Argote», <title>Góngora,
                  la estrella inextinguible</title>, Católogo de la Biblioteca Nacional de España,
                ed. Joaquín Roses, Madrid, 2012, p.47-59.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Mañas Nuñez</hi>, Manuel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Aproximación al <title>Pentecontarchos</title> de Lorenzo
                Ramírez de Prado: entre retórica y filosofía»<title> Studia Philologica
                  Valentina</title>, vol. 10 / 7 (2007), p. 379-409.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Martínez Arce</hi>, María Dolores:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Álvaro de Oca y Zúñiga», en <title>Diccionario biográfico
                  español</title>, Real Academia de la Historia, en línea &lt;<ref
                  target="http://dbe.rah.es/biografias/34210/alvaro-de-oca-y-zuniga"
                  >http://dbe.rah.es/biografias/34210/alvaro-de-oca-y-zuniga</ref>&gt;
                [25-05-2020]</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Menéndez Pelayo</hi>, Marcelino:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Antología de poetas líricos castellanos</title>, Madrid,
                Editora Nacional, 1944-1945.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Menéndez Pidal</hi>, Ramón:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Romancero hispánico</title>, Madrid, Espasa Calpe,
                1968.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Micó</hi>, José María:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Góngora en las guerras de sus comentaristas. Andrés Cuesta
                contra Pellicer», <title>El Crotalón. Anuario de Filología Española</title>, 2,
                1985, p. 401-472.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Un verso de Góngora y las razones de la filología»,
                  <title>Criticón</title>, 75, 1999, p. 49-68.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Montero</hi>, Juan:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La controversia sobre las «Anotaciones»
                  herrerianas</title>, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 1987.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Muñoz Sánchez</hi>, Juan Ramón
                (ed.):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La «Ulixea» de Homero, traducida de griego en lengua
                  castellana por el secretario Gonzalo Pérez</title>. Edición, introducción y notas
                de J.R. Muñoz Sánchez, Málaga, Universidad de Málaga, Analecta Malacitana,
                2015.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Núñez Rivera</hi>,Valentín:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Pellicer</title> in progress<title>. Segundas lecciones
                  solemnes a la</title> Soledad primera<title> de D. Luis de Góngora y
                  Argote</title>, Madrid-Francfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2022.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Oliver</hi>, Juan Manuel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «<title>Poesías de D. José Pellicer</title>: un manuscrito
                poético reencontrado», <title>Criticón</title>, 65, 1995, p. 87-100.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Orozco Díaz</hi>, Emilio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>En torno a las «Soledades» de Góngora. Ensayos, estudios
                  y edición de textos críticos de la época referentes al poema</title>, Granada,
                Publicaciones de la Universidad de Granada, 1969.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Lope y Góngora frente a frente</title>, Madrid, Gredos,
                1973.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Introducción a Góngora</title>, Barcelona, Crítica,
                1984.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Ortega Mentxaca</hi>, Eneko:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «El martirio y el triunfo de los mártires jesuitas de Nagasaki:
                la iconografía y sus fuentes en los colegios jesuíticos del País Vasco y de
                Navarra», <title>Norba. Revista de Arte</title>, vol. XXXVI, 2016, p.
                121-141.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pellicer de Salas</hi>, José de</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Lecciones solemnes a las obras de don Luis de Góngora y
                  Argote</title> [Facsímil del ejemplar de la BNE, 2-14877], Hildesheim-New York,
                Georg Olms Verlag, 1971.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Vida de don Luis de Góngora</title>, ed. Adrián
                Izquierdo, Paris, Sorbonne-Université, LABEX </bibl>
              <p rend="hanging">OBVIL, 2018.</p>
              <p rend="hanging">—, <emph>Segundas lecciones solemnes</emph>, ed. Valentín Núñez,
                Paris, Sorbonne-Université, LABEX OBVIL, 2019,
                https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1638_segunda-lecciones</p>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Omata Rappo</hi>, Hitomi:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Des Indes lointaines aux scènes des collèges. Les
                  reflets des martyrs de la misión japonaise en Europe (XVIe-XVIIIe siècle)</title>.
                Avec une préface de Pierre-Antoine Fabre, Münster, Aschendorff, 2020.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pérez Martín</hi>, Irene:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «El helenismo frustrado. El exilio interior de los helenistas
                españoles del siglo XVI», <title>Humanismo y tradición clásica en España y
                  América</title>, |ed. J. María Nieto Ibáñez, León, Universidad, 2002, p.
                295-310.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pfeiffer</hi>, Rudolf:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Historia de la filología clásica</title>, Madrid,
                Gredos, 1981, 2 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Ponce Cárdenas</hi>, Jesús:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Cinco ensayos polifémicos</title>, Málaga, Universidad
                de Málaga, 2009.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">— (ed.), Luis de Góngora, <title>Fábula de Polifemo y
                  Galatea</title>, Madrid, Cátedra, 2010.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">— «José Pellicer de Ossau y Salas y Tovar», <title>Diccionario
                  biográfico español</title>, Madrid, Real Academia de la Historia, 2012, tomo XL,
                p. 532-535.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Émula de las trompas su armonía: aspectos de la imitación en
                Góngora», <title>El universo de una polémica</title> […] 2021, p.409-434.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «Marino, Quevedo y la sátira contra sodomitas: sobre una fuente
                desconocida del Epitafio a Julio el italiano», <title>Quevedo en su contexto
                  poético: la silva</title>, ed. María José Alonso Veloso, Santiago de Compostela,
                Universidad, 2022, p. 239-292.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Portús</hi>, Javier:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Envidia y conciencia creativa en el Siglo de Oro»,
                  <title>Anales de historia del arte</title>, 2008, Volumen extraordinario, p.
                135-149.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Pozuelo Calero</hi>, Bartolomé
                (ed.):</p>
              <bibl xml:lang="it">—, Andrés Cuesta, <title>Traducción latina de algunos versos del
                  Polifemo.</title> Edición de Bartolomé Pozuelo Calero, Université Paris-Sorbonne,
                Labex OBVIL, 2023. </bibl>
              <bibl xml:lang="it"
                >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1630_cuesta-polifemo</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Prete Jacopín</hi>:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Observaciones</title>, en Fernando de Herrera,
                  <title>Controversia sobre sus «Anotaciones» a las obras de Garcilaso de la Vega.
                  Poesías inéditas</title>, José María Asensio (ed.), Sevilla, Sociedad de
                Bibliófilos Andaluces, 1870.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Quevedo</hi>, Francisco de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>España defendida</title>, ed. Robert Selden Rose,
                  <title>Boletín de la Real Academia de la Historia</title>, LXVIII, 1916, p.
                515-543/ LXIX, 1917, p. 140-182.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Política de Dios</title>, ed. James O. Crosby, Madrid,
                Castalia, 1966.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La hora de todos</title>, ed. Luisa López Grigera;
                Madrid, Castalia, 1975.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Obra poética</title>, ed. José Manuel Blecua, Madrid,
                Castalia, 1969-1981, 4 vols.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Obras festivas</title>, ed. Pablo Jauralde Pou, Madrid,
                Castalia, 1981.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Prosa festiva completa</title>, ed. Celsa Carmen
                García-Valdés, Madrid, Cátedra, 1993.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Reyes</hi>, Alfonso:</p>
              <bibl xml:lang="it">— <title>Cuestiones gongorinas</title>, Madrid, Espasa Calpe,
                1927.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>El Polifemo sin lágrimas</title>, Madrid, Aguilar,
                1961.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Reynolds</hi>, Leighton Durham y <hi
                  rend="sc">Wilson</hi>, Nigel Guy:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Scribes and Scholars: A Guide to the Transmission of
                  Greek and Latin Literature</title>, Oxford, Clarendon Press, 1974.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rico Verdú</hi>, José:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La Retórica española en los siglos XVI y XVII</title>,
                Madrid, CSIC, 1973.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rodríguez Conde</hi>, Raquel y <hi
                  rend="sc">Valiente Romero</hi>, Antonio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Entre la crítica poética y el anticuarismo. Análisis material
                del códice ms. 3893 de la BNE en el contexto de los trabajos eruditos de Martín
                Vázquez Siruela», <title>e-Spania. Revue interdisciplinaire d’études hispaniques
                  médiévales et modernes</title> 32, 2019.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rodríguez Marín</hi>, Francisco:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Una sátira sevillana del licenciado Francisco Pacheco»,
                  <title>Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos</title>, 17 (1907), 1-25 y
                433-454.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rojas</hi>, Fernando de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La Celestina</title>, intr. Juan Alcina, ed. Humberto
                López Morales, Barcelona, Planeta, 1980.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rosenblat</hi>, Ángel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Las ideas ortográficas de Bello», en Andrés Bello,
                  <title>Obras completas, V: Estudios gramaticales</title>, Caracas, Ministerio de
                Educación, 1951, p. IX-CXXXVIII.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rozas</hi>, Juan Manuel:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Lope contra Pellicer (historia de una guerra literaria)», en:
                  <title>La literatura en Aragón</title>, Zaragoza, Caja de Ahorros de Zaragoza,
                1984, p. 67-99; y en <title>Estudios sobre Lope de Vega</title>, Madrid, Cátedra,
                1990, p. 462-387.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, «El género y el significado de la Égloga a Claudio de Lope de
                Vega», <title>Serta philologica F. Lázaro Carreter, II: Estudios de literatura y
                  crítica textual</title>, Madrid, Cátedra, 1983, p. 465-484</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Estudios sobre Lope de Vega</title>, Madrid, Cátedra,
                1990.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Rufo</hi>, Juan:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Las seiscientas apotegmas y otras obras en
                verso</title>, Alberto Blecua (ed.), Madrid, Espasa Calpe, 1972. </bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Ryan</hi>, Hewson A.:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Una bibliografía gongorina del siglo XVII», <title>Boletín de
                  la Real Academia Española</title> 33, 1953, p. 427-467.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Saavedra Fajardo</hi>, Diego:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>República literaria</title>, ed. Vicente García de
                Diego, Madrid, Espasa Calpe, 1973.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Sánchez Prieto</hi>, Ana-Belén:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Las abreviaturas como indicadores de hábitos de
                lecto-escritura», Norba 15. Revista de Historia, Cáceres, 2001, p. 159-168.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Salas Álvarez</hi>, Jesús:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Vázquez Siruela, Martín», en: M. Díaz-Andreu, G. Mora
                Rodríguez y J. Cortadella y Morral (dirs.), <title>Diccionario histórico de la
                  arqueología en España</title>, Madrid, Marcial Pons, 2009, p. 679-681.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Santiago Vela</hi>, Gregorio de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Ensayo de una biblioteca Ibero-Americana de la Orden de
                  San Agustín</title>, II, Madrid, 1915.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Shchavelev</hi>, Aleksei S.:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Treatise <title>De administrando imperio</title> by Emperor
                Constantin Porphyrogenetus: Date of the Paris Gr. 2009 Copy, Years of Compiling of
                the Original Codex and Hypothesis about the Number of Authors», <title>Studia
                  Ceranea</title>, 9, 2019, p. 608-704.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it">Solís de los Santos, José:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «La biblioteca del canónigo hispalense Ambrosio José de la
                Cuesta y Saavedra (1653-1707) (Nueva York, The Hispanic Society of America, ms.
                B2681)», <title>JANUS</title> 6 (2017) &lt;URL:
                http://www.janusdigital.es/articulo.htm?id=80&gt;.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Stefan</hi>, Silvia -Alexandra:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «<title>Mirad enhoramala lo que decís</title>. Crítica, censura
                y deslegitimación en las <title>Observaciones del licenciado Jacopín</title>»,
                  <title>Hipógrifo</title> 9. 2 (2021), p. 999-1021.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Tobar Quintanar</hi>, María José:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Las “censuras fingidas” de Quevedo y Juan Luis de la Cerda en
                  <title>El Fénix y su historia natural</title> de Pellicer (con una hipótesis de su
                primera edición exenta)», <title>La Perinola</title> 19, 2015, p. 257-270.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Usunáriz Iribertegui</hi>, Miren:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, «Burlas en las polémicas literarias del Siglo de Oro. El caso
                del comentarista gongorino José Pellicer», <title>Hipógrifo</title> 7.2, 2019, p.
                147-160.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Jerusalén conquistada</title>, José de Entrambasaguas
                (ed.), Madrid, CSIC, 1951, 3 vols.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La Dorotea</title>, Edwin Seth Morby (ed.), Madrid,
                Castalia, 1968.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Laurel de Apolo</title>, ed. Antonio Carreño, Madrid,
                Cátedra, 2007.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de
                  Burguillos</title>, ed. Juan Manuel Rozas y Jesús Cañas Murillo, Madrid, Castalia,
                2004.</bibl>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>La Vega del Parnaso</title>, ed. Pedro Conde Parrado y
                Felipe Pedraza, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 3 vols.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Vignau</hi>, Vicente y <hi rend="sc"
                  >Uhagón</hi>, Francisco R.:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, Índice de pruebas de los caballeros que han vestido el hábito
                de Santiago desde el año 1501 hasta la fecha, Madrid, Manuel Tello, 1901.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Villar</hi>, Francisco de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Fragmentos del Compendio poético</title>, edición de
                Jesús Ponce Cárdenas, Paris, Sorbonne-Université, LABEX OBVIL, 2016. </bibl>
              <bibl xml:lang="it"
                >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1636_compendio-poetico</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Villalón</hi>, Cristóbal de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>El Crotalón</title>, Asunción Rallo (ed.), Madrid,
                Cátedra, 1982.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Viñas</hi>, Antonio:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Instituciones políticas y sociales en Roma: Monarquía y
                  República</title>, Madrid, Dykinson, 1990.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Walther</hi>, Hans:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Proverbia sententiaeque Latinitatis Medii Aevi (Carmina
                  Medii Aevi posterioris latina, II)</title>, Göttingen, Vandenhoeck &amp; Ruprecht,
                1964.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Zabaleta</hi>, Juan de:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>El día de fiesta por la mañana</title>, Cristóbal Cuevas
                (ed.), Madrid, Castalia, 1983.</bibl>
              <p rend="noindent" xml:lang="it"><hi rend="sc">Zappala</hi>, Michael O.:</p>
              <bibl xml:lang="it">—, <title>Lucian of Samosata in the two Hesperias: An Essay in
                  Literary and Cultural Translation</title>, Potomac (Maryland), Scripta
                Humanistica, 1990.</bibl>
            </div>
          </div>
        </div>
      </div>
      <div subtype="level1">
        <head>Texto de la edición</head>
        <div subtype="level2">
        <head>Censura a las <title>Lecciones solemnes</title> de
          Pellicer<pb n="f. 409r"/></head>
        <p>Primero, cuánto se paga vuestra merced del ruido que en sus oídos hacen las palabras más
          que del sentido que en su juicio y mente deben hacer los conceptos, lo muestra
          bastantemente el título de la misma obra<note place="bottom">Comienza aquí la primera
            parte del escrito, dedicada a criticar partes de lo que hoy llamamos el «paratexto» de
            las <emph>Lecciones solemnes</emph>; el título y algunas de las piezas liminares,
            especialmente el «túmulo» o epitafio latino de Góngora que acompaña su retrato. Contamos
            sobre estos preliminares con los recientes estudios de Izquierdo 2018, Núñez Ribera 2019
            y 2022, y especialmente Galbarro García, 2021, cuyo autor es el mejor conocedor de los
            impresos de Pellicer. Tal vez resulte sorprendente que Cuesta, que se mofa del retrato
            de Góngora, no diga nada sobre el retrato de Pellicer y su correspondiente epigrama, ni
            sobre el muy polémico discurso prologal «A los ingenios doctísimos de España», presentes
            en la mayoría de los ejemplares conservados. Además de que ambas piezas daban pie
            ampliamente a la sorna de lectores maliciosos, nos esperaríamos que el prólogo, por
            atacar con violencia a Lope de Vega, indignara a Andrés Cuesta, quien admiraba a Lope no
            sabemos si tanto o más que a Góngora. Se limita, sin embargo, a comentar que el lema que
            aparece en la portada rodeado por una orla, <emph>Summa infelicitas invideri a
              nemine</emph>, responde, en mal latín, al adagio con el que Lope expresó su modestia
            en <emph>El laurel de Apolo: Summa felicitas invideri nemini</emph>. Por esta razón,
            creemos probable que el ejemplar en su posesión careciera del pliego donde se
            encontraban estas piezas.<emph> Vid</emph>. Galbarro García (2021: 255).</note>: <emph>Lecciones solemnes</emph>. Y cuando de mil partes, como
          adelante veremos, no se pudiera colegir que vuestra merced ni sabe latín ni romance, de
          este solo punto lo creyera. Si miramos qué significa <emph>solemnis</emph> en latín, es
          aquello que en señalado día se hace cada un año. De aquí <emph>Valerio Máximo</emph> llamó a las ceremonias <emph>statas
            solemnesque</emph><note place="bottom">statas solemnesque: ‘celebradas en fecha fija y
            solemnes’.</note>, porque en cierto tiempo se hacían<note place="bottom">Coincide con la
            definición de Calepino y el <emph>Thesaurus</emph> de R. Estienne: «<emph>Solemnis,
              solemne, quod quotannis fieri solet</emph>», autorizadas también con Valerio Máximo
            (I, <num>i</num>, 1). Para lo que dice Cuesta tras la cita clásica, <emph>cfr.</emph> la
            entrada siguiente de ambos diccionarios: «<emph>Festa quae singulis annis certo tempore
              fiunt</emph>» (‘fiestas que se hacen una vez cada año en fecha señalada’).</note>.
          Dejo infinitos lugares. De aquí, las lecciones que los maestros leen en las escuelas:
          porque se leen en público y a hora determinada, y porque se suelen leer cada año, se
          llaman <emph>lectiones solemnes</emph>, y aunque estas se impriman después obtienen el
          mismo título. Así, podemos llamar <emph>solemnes lectiones</emph> gran parte de las obras
          de <emph>Cujas</emph><note>Jacques Cujas, célebre
              jurisconsulto francés del siglo XVI (1522-1590), de abundante e influyente producción.
              Siempre junto a Bártulos, Baldos y Alciatos, aparece numerosas veces en la literatura
              española del Barroco. <emph>Cfr.</emph> solo <emph>La hora de todos</emph> (Quevedo,
              1975: 105), o la primera versión de la enigmática <emph>República literaria</emph>
              (Saavedra Fajardo 1973<hi rend="sup">8</hi>: 29, n.). <emph>Vid</emph>. el agobiante
              «Índice de autores» citados en las <emph>Lecciones solemnes</emph>, «clase XXII» (f.
              [†4]r).</note>y otros que, <pb n="f. 409v"/>
          después de haberlos leído públicamente a sus discípulos, imprimieron sus escritos o, como
          dicen vulgarmente, sus materias. Mas aquello que vuestra merced no leyó en hora
          determinada –si no es que fuese en su aposento– ni comunicó con nadie –porque ninguno
          habría, por idiota que fuese, que, siendo verdadero amigo, no le advirtiese a vuestra
          merced de tantos disparates–<note place="bottom">Comp. Prete Jacopín: «Pocos amigos debéis
            tener, Sr. Herrera, pues de tan claras boberías no os advirtieron» (observación
              <num>xxiv</num>; en Herrera 1870: 36).</note>, no sé, por Dios, qué se pensaba vuestra
          merced cuando se le ofreció que lo podía llamar <hi rend="color_0000FF"><emph>Lecciones
              solemnes</emph></hi>. Esto es si tomamos el <emph>solemnes</emph> en significación
          latina. Vamos a la nuestra. En romance, <emph>solene</emph> (que así debe escribirse, y
          no, como vuestra merced, <emph>solemnes</emph><note place="bottom">Sobre este punto, las
            normas ortográficas del castellano, desde los primeros diccionarios, dieron la razón a
            Pellicer contra Cuesta. </note>) llamamos casi lo mismo que los latinos, bien que se ha
          coartado a significar alguna fiesta o procesión que con mucho concurso se celebra; y más
          ordinario decimos que se hace ‘con mucha solemnidad’ para exagerar la grandeza con que se
            celebra<note place="bottom"><emph>Cfr.</emph> la definición de Covarrubias:
              «<emph>Solemne</emph>. Lo que se hace de año en año, teniendo atención al movimiento
            del sol. Comúnmente llamamos <emph>solemnes</emph> las fiestas que se celebran con mucha
            autoridad, y esto se llama <emph>solemnidad</emph>». Y en <emph>Autoridades</emph> se
            confirma esto mismo: 1. «Lo que se hace de año a año, atendiendo al movimiento del sol»,
            como primera acepción, que parece tomada de Covarrubias. Sin embargo, el diccionario
            académico da también otras acepciones: 2. «Vale lo mismo que célebre, famoso y
            aplaudido, y que se hace en público con gastos y ceremonias»; 3. «Por extensión vale lo
            mismo que grande, y excesivo en alguna línea»; el ejemplo que dan los académicos,
            «necedad solemne de siete capas, como fiesta doble», sugiere que este empleo suele ir
            unido a la intención irónica. La conexión con la burla se confirma por la última
            acepción: 4. «Se toma también por alegre, festivo y chistoso». De modo que Cuesta tuvo
            una intuición acertada al considerar ridícula la aplicación del adjetivo a las
              <emph>Lecciones</emph> de Pellicer, tanto porque no cuadraba con el sentido latino,
            originario, del lexema –puesto que no estaban destinadas estas lecciones a «fiestas
            celebradas con mucha autoridad» en fechas determinadas, ni a nada parecido–, como por la
            nota burlona que llegó a caracterizar sus usos lexicalizados en el idioma
            moderno.</note>. Y no sé que pueda juntarse bien con otro sustantivo <pb n="f. 410r"/>,
          si no es que a lo burlesco digamos de uno que es ‘solemne persona’ o ‘solemne pícaro’, y
          ‘solemne disparate o desatino’. Así, si vuestra merced hubiera intitulado su comento
            <emph>Disparates solemnes</emph><note place="bottom">«Disparates solemnes» fueron para
            Jáuregui muchos versos de las <emph>Soledades</emph> (<emph>cfr.</emph> Jáuregui 2002:
            116).</note> se hubiera ajustado más a la significación y uso del vocablo, y no se
          pudiera hallar otro título que con tanta comprehensión dijera lo que en el libro se
          contiene.</p>
        <figure>
          <graphic
            url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig3.jpg" rend="left"/>
          <graphic
            url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig3bis.jpg" rend="right"/>
          <head>Fig. 3: Portadas del <emph>Laurel de Apolo</emph> y de las <emph>Lecciones
            solemnes</emph> donde se aprecia la identidad de presentación de las máximas sobre la
          envidia de los dos autores.</head></figure>
        <p>Fuera de esto, en la misma página pone vuestra merced una sentencia latina cuyas palabras
          son</p>
        <quote> Summa infelicitas invideri a nemine<note place="bottom">La envidia fue un tema
            fundamental en la conciencia literaria y artística de esta época, especialmente obsesivo
            en Lope de Vega, para lo que remitimos al esclarecedor estudio de Portús, 2008. En lo
            que toca a este intercambio de máximas latinas, la clave está en el contexto de la
            guerra entre Pellicer y Lope (<emph>cfr</emph>. Rozas 1984: 67-99). La reversión
            pelliceriana de la modesta sentencia de Lope (compitiendo ambas en la portada de cada
            una de las obras) fue aplaudida solidariamente por Tamayo Salazar (<emph>cfr</emph>.
            Reyes 1927: 237, n.). Una carta de Fernando de Vera a Pellicer puede servir de glosa:
            «No se congoje vuestra merced de verse envidiado…» (<emph>apud</emph> Iglesias Feijoo
            1983: 141-203 [155]). Ambos inciden en las obsesiones expuestas por Pellicer en el
            prólogo «A los ingenios doctísimos de España»: ahí autoriza su presunción con un lugar
            de Plauto que las polianteas habían hecho común y «que tiene por mayor felicidad ser
            envidiado de los Enemigos, que envidiarlos»; y sigue: «La mayor hazaña y la mayor
            erudición de la vida es saber negociar Envidias, y la mayor dicha de todas es no
            envidiar a nadie; pero hay muchos que blasonan de no envidiar, y si le tomasen su dicho
            al Pensamiento y juramento al Alma, confesaría como el otro Necio: <emph>Summa felicitas
              invidere nemini</emph>, que era mucha felicidad no envidiar a nadie, pero que no se
            ajustaba lo interior con las apariencias, ni decía el entendimiento lo que el labio, que
            hay palabras que salen en público sin que sepa el corazón de ellas, y no conviene todas
            veces lo cándido del pecho con lo oscuro de la intención» (<emph>Lecciones
              solemnes</emph>, f. ¶¶¶2v-[¶¶¶3]r). <emph>Cfr</emph>. también Alonso 1978: 676-696
            (esp. 686-687). </note>.</quote>
        <p rend="noindent">Vuestra merced suele en esta obra decir que es mal coronista (o, si
          vuestra merced quiere, aunque mal, cronista)<note place="bottom">Como en el caso de
            «solemne», Cuesta reprocha aquí a Pellicer una forma culta, basada en el latín o en el
            griego, y prefiere la forma castiza «coronista», que no solo renuncia a recordar la
            presencia de la letra griega χ por el medio convencional de la /ch/ (un partido que
            retuvieron, por ejemplo, el francés y el inglés, pero no el español) sino que lleva a
            sus últimas consecuencias la tendencia hispánica a simplificar los grupos consonánticos
            intercalando una vocal entre /k/ y /r/ ; adoptando una posición afín a la de Gonzalo
            Correas, como comentamos en la introducción. Quizá no esté de más ver bajo la burla
            ortográfica un repiqueteo sarcástico del cargo de cronista cacareado por Pellicer en la
            portada de sus <emph>Lecciones</emph>, origen de tantas discusiones y lamentos entre
            eruditos rivales del tiempo (<emph>cfr.</emph> Reyes 1927: 217-225). </note> de las
          fábulas. Y cierto tiene razón, pues siendo una de las principales obligaciones del
          comentador explicar las historias y fábulas del poeta que interpreta, siempre nos remite
          vuestra merced a los libros que ha oído decir que trataron de ellas. Mas aquí yo, como
          gramático, digo que vuestra merced es muy mal volvedor <pb n="f. 410v"/> de activa en
          pasiva, porque habiendo, con la modestia acostumbrada, el insigne <name type="polemista"
            >Lope Félix de Vega</name> en su <title>Laurel de Apolo</title></p>
        <quote>Summa felicitas invidere nemini,</quote>
        <p rend="noindent">vuestra merced, queriendo contradecir en alguna manera esto, dijo
              <quote><emph>Summa infelicitas invideri a nemine</emph><note place="bottom">Cuesta
              percibe perfectamente la activa hostilidad entre Lope y Pellicer, muy bien conocida
              desde los trabajos de Juan Manuel Rozas (agrupados en Rozas, 1990), que se airea en
              las <emph>Lecciones solemnes</emph> y en <emph>El Fénix y su historia natural</emph>
              de Pellicer; y paralelamente, en <emph>El laurel de Apolo</emph> de Lope, tres libros
              que ven la luz en 1630. Está claro que los libros y los rumores de la corte llegaban
              de inmediato a Granada o a Salamanca. </note>,</quote> en que quiso vuestra merced
          decir que era suma infelicidad no ser envidiado de ninguno. No disputo de la sentencia,
          que muy conforme es con una que vulgar anda de <name type="authority">Píndaro</name> y
          celebrada con un epigrama griego que, traducido, puede vuestra merced haber visto<note
            place="bottom">Parece que la sentencia «que vulgar anda de Píndaro» es la de
              <emph>Píticas</emph>, I, 85 (<emph>latine</emph>: «<emph>veruntamen melior est
              commiseratione invidentia</emph>» (‘pero con todo la envidia es preferible a la
            compasión’), recogida, por caso, en la <emph>Polyanthea</emph> de Nani Mirabelli, 1585:
            509a, <emph>s. v.</emph> 1557: 121. El epigrama es de Páladas, y en su primer verso
            menciona a Píndaro; lo recogió Erasmo, en su adagio <emph>Praestat inuidiosum
              esse</emph>, muy probable fuente de Cuesta aquí. Claro que podría haber alegado la
            versión griega y latina, puesto que ambas las pone seguidas Erasmo. En la versión
            latina, el epigrama empieza: «Peior livore est miseratio, Pindarus inquit / Nam sum
            felices, quos petit invidia» (Erasmo 1559 : 1059). Después de citar el epigrama,
            prosigue citando el primer himno de las <emph>Píticas</emph> de Píndaro, con cita en
            griego y traducción latina. La fuente de Cuesta es, pues, probablemente Erasmo.</note>.
          Yo, aunque pudiera alegar uno y otro en griego y latín, por no querer poner en este papel
          cosa, si es posible, que no sea castellana, no los digo. Solo, como gramático, noto un
          grave solecismo. Sepa vuestra merced, señor don <name type="polemista">José</name>, que en
          los verbos que en activa quieren dativo no se pueden sus oraciones volver por pasiva. <pb
            n="f. 411r"/> Así, no pudo vuestra merced decir <emph>Summa infelicitas invideri a
            nemine.</emph> Y no ignoro que <name type="authority">Horacio</name> puso por ejemplo de
          una voz nueva a <emph>invideor</emph><note place="bottom">Horacio usó el término
              <emph>invideor</emph> en el contexto de su discusión sobre los neologismos: «<emph>Ego
              cur, adquirere pauca / si possum, invideor, cum lingua Catonis et Enni / sermonem
              patrium ditaverit et nova rerum nomina protulerit</emph>» (<emph>Ars Poetica</emph>,
            55-57): «¿Habrá algún envidioso que me impida / aumentar ciertas voces a mi idioma, /
            después que Enio y Catón enriquecieron/ el lenguaje de Roma/ y nuevos nombres a las
            cosas dieron?» (Traducción de Tomás de Iriarte). Sin embargo, desde los escoliastas
            antiguos corría la especie, en relación con dicho pasaje horaciano, de que
              «<emph>invideor enim videtur non satis Latine dici posse</emph>» (<emph>cfr.</emph>
            Forcellini 1771, III: 607b) (‘porque parece que<emph> invideor</emph> no puede decirse
            en buen latín’), con lo que el verbo empleado por Horacio pasaba por ser ejemplo de los
            neologismos de los que estaba tratando. Hay una dificultad con la forma pasiva de
              <emph>invideo</emph> porque este verbo no se construye con acusativo sino con dativo
              (<emph>invidere alicui, alicui rei</emph> o <emph>invidere alicui in aliqua re, o
              alicujus rei</emph>). Si alguna vez aparece el acusativo, este se refiere a la cosa
            por la cual se envidia a una persona, pero nunca a la persona misma. Sin embargo, el
            texto de Horacio puede alegarse como prueba de que hasta el más puro latín usa el verbo
            en pasiva, <emph>invideor</emph>, con el sentido de «soy envidiado», aunque no por ello,
            alega Cuesta, admite, como los pasivos ordinarios, un complemento de agente introducido
            por la preposición «ab». Todo ello demostraría una vez más el mal latín de
            Pellicer.</note>; y cuando deba o pueda ser en aquella sola imitado, no podremos darle
          ablativo con preposición. Perdóneme vuestra merced, que uso de términos gramáticos; que,
          aunque vuestra merced es coronista o cronista, pienso que hablo con niño de escuela, y
          como estoy hecho a corregir en los niños yerros semejantes, no puedo abstenerme de
          enmendar los temporistas<note place="bottom">Lo de «temporista» parece un neologismo
            jocoso formado por latinización caprichosa del título de «cronista» del que Pellicer
            está tan orgulloso: aquí designa al que trata de tiempos, en el sentido gramatical de la
            palabra. Mal cronista y peor gramático, Pellicer, necesita, como un párvulo, lecciones
            de gramática.</note>, digo los que tratan de tiempos. Mas, volviendo al punto, digo que
          esta oración que vuestra merced quiso poner en latín, ‘es suma infelicidad no ser
          envidiado de nadie’, no se hace en latín como vuestra merced dijo, <emph>Summa infelicitas
            invideri a nemine</emph>, que, cuando tenga algún sentido, es ser suma infelicidad que
          no haya envidioso en el mundo, cosa muy diferente de lo que vuestra merced pensó y quiso
          decir. Pudo escribir vuestra merced <emph>Summa</emph>
          <pb n="f. 411v"/><emph> infelicitas invidiosum non esse</emph> y otros muchos modos que,
          por no oler tanto a gramático, no digo. Y así saltemos un poco.</p>
        <figure>
          <graphic
            url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig4.jpg"/>
          <head>Fig. 4. Juan de Courbes, Retrato de Luis de Góngora. <emph>Lecciones
            solemnes a las Obras de don Luis de Góngora</emph>. Madrid, Biblioteca histórica Marqués
          de Valdecilla, Universidad Complutense.</head></figure>
        <figure><graphic
          url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig5.jpg"/>
        <head>Fig. 5: Sebastián de Herrera Barnuevo. «Los mártires del Japón» en el
          retablo mayor de la Colegiata de San Isidro en Madrid, 1658 (detalle).</head></figure>
        <p>Dejando, pues, dedicatorias y prólogos y clases de autores –a quien vuestra merced como
          cónsul o censor clasifica<note place="bottom">Se refiere al «Índice de los autores, que
            don José Pellicer cita en estas Lecciones Solemnes, divididos en setenta y cuatro
            clases», lista que ocupa veinte folios enteros en los preliminares del volumen y donde
            aparecen clases tan dispares como «Sínodos», «Astrólogos modernos», «Comentadores
            latinos», «Políticos latinos y españoles», en un orden laberíntico.</note>–, y el
          retrato de don Luis<note place="bottom">Sobre el retrato de Góngora que inserta Pellicer
            en los preliminares de las <emph>Lecciones solemnes</emph>, véase Marías 2012: 56. Es un
            grabado de Juan de Courbes, cuyo modelo debió de ser una de las copias del retrato de
            Velázquez que circulaban por Madrid. En una orla ovalada, incrustada en una portada
            arquitectónica, se lee: «DON LUIS DE GONGORA Y ARGOTE CAPELLAN DE SU MAG<hi rend="sup"
              >tad</hi> RACIONERO DE LA S<hi rend="sup">ta</hi> IGLESIA DE CORDOBA Y PRINCIPE DE LOS
            POETAS LYRICOS DE ESPAÑA». Una imagen de la Fama corona al poeta mientras suena una
            trompa, desde la que una filacteria proclama: «Tu nombre oirán los términos del mundo».
            Todo ello no explica por qué se burla Cuesta de Pellicer y del retrato diciéndole que
            pintó a don Luis «como mártir del Japón». La sotana y la corona de laurel, sostenida por
            la Fama, pudieron bastar para sugerir la imagen. Tres figuras de mártires jesuitas de
            Nagasaki, vestidos con atuendo idéntico al de Góngora –sotana negra que deja asomar un
            sencillo cuello blanco–, son visibles en el ático del retablo de la Sagrada Familia en
            la Colegiata de San Isidro en Madrid, obra del pintor Sebastián de Herrera Barnuevo. Las
            sobrevuelan ángeles desnudos llevando no solo la palma, preceptiva para los mártires,
            sino también coronas, presumiblemente de laurel, que sostienen sobre las cabezas de los
            tres crucificados. El cuadro es de 1658 y, por consiguiente, posterior a la
              <emph>Censura.</emph> Se basa en una tradición iconográfica muy difundida que arranca
            de las imágenes aparecidas en 1627, a raíz de la beatificación de estos tres jesuitas y
            de los otros 23 «mártires» (franciscanos) torturados y crucificados en Japón el 5 de
            febrero de 1597 (vid. Ortega Mentxaca 2016 y Omata Rappo 2020: 247-399 ). La
            beatificación de 1627 había dado actualidad al asunto cuando escribía Cuesta (poco
            después de 1630). Lo importante es el chiste que hace de Góngora el mártir de las
            impertinencias y parloteo vano de su comentarista.</note> –que no sin providencia divina
          le pintó vuestra merced como mártir del Japón para darnos a entender que estaba
          martirizado con tales comentos–<note place="bottom">Tras la portada de las <emph>Lecciones
              solemnes</emph> (precedida por otro folio con la anteportada y el lema de la obra),
            vienen la empresa de los dos perros que tratan de morder a un erizo con el mote
              <emph>Ultrix invidiae modestia</emph> (Pellicer la adoptó como su empresa personal en
            otros libros también), la dedicatoria a don Fernando de Austria, los preliminares
            burocráticos, un retrato de Pellicer, el prólogo «A los ingenios…» (que ocupa todo el
            tercer pliego), el descomunal « Índice de los autores» al cual se refiere Cuesta (veinte
            páginas a tres columnas), el anuncio de la <emph>Vida</emph> de Góngora (que no se
            incluyó por razones, verdaderas o falsas, que explican algunos ejemplares), el retrato
            del «martirizado» don Luis y los túmulos castellano y latino. <emph>Cfr.</emph> Galbarro
            García 2021. </note>, demos con nuestro cuerpo<note place="bottom">Estas líneas de
            exordio señalan, en tono jocoso e irónico, la importancia que da Cuesta a su crítica del
            «Túmulo honorario». La mayoría de los lectores modernos de las <emph>Lecciones
              solemnes</emph> sobrevuelan este texto, que estiman por lo general no mucho más
            interesante que las orlas decorativas y demás detalles ornamentales. Para Cuesta, en
            cambio, era especialmente importante, por razones que analizamos en la
            introducción.</note> en aquel «Túmulo Honorario», no digo el del romance, que dejo para
          que de él se rían los niños, sino el que vuestra merced, por dar a entender que sabía
          latín, quiso poner en esta lengua; y veremos qué gran latino es vuestra merced. Si
          pareciera muy gran censor, perdone vuestra merced el atreverme a tan gran senador, que no
          es para excluirle del senado, como solían hacer los tales<note place="bottom">Se refiere
            al cargo del llamado censor, al que ya ha hecho alusión a propósito de la clasificación
            de los autores: magistrado romano responsable del censo de los ciudadanos y los
            senadores, el censor tenía el poder de excluir del senado, a su arbitrio, a quien
            juzgara falto de virtudes republicanas. De ahí proceden las palabras «censor» y
            «censura». <emph>Vid.</emph> Viñas 2007: 136 sq. </note>. Mas al caso.</p>
        <figure><graphic
          url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig6.jpg"/>
        <head>Fig. 6. Túmulo honorario a la memoria de don Luis de Góngora (José de
          Pellicer, <emph>Lecciones solemnes</emph>, 1630)</head></figure>
        <p>Dice así: <pb n="f. 412r"/></p>
        <quote rend="center">
          <p>D. O. M. S.</p>
          <p>PIIS AC ERUDITIS MANIBUS</p>
          <p>CL. V. D. D. LODOYCI DE GONGORA ET ARGOTE</p>
          <p>LUDOVICI ET ELEONORAE</p>
          <p>FILIUS.</p>
          <p>EX NOBILISS. EXPUGN[A]T. CORDUB. FAMIL. ORIUND.</p>
        </quote>
        <p>Paremos un poquito. Y perdonando aquel <emph>eruditis</emph>, que no le viene bien a
            <emph>manibus</emph><note place="bottom">En efecto «Manes» son las almas de los muertos,
            las sombras o espíritus de los difuntos, objeto de culto familiar, a los que el epíteto
              <emph>eruditi</emph>, doctos o cultos, no les va precisamente como anillo al dedo.
            Además, al iniciar el epitafio o túmulo, <emph>Manibus</emph> parece que debe entrar en
            la expresión formularia de los epitafios latinos, <emph>Dis manibus, generalmente
              abreviada en D.M.</emph>, «a los Manes de X» («a la memoria del difunto X»)</note>, se
          me ofrece una duda, porque, siendo padre e hijo de un mismo nombre, llamándose entrambos
          Luises, al hijo le llamó vuestra merced Lodoyco y, al padre, Ludovico. Si es por mostrar y
          ostentar copia de oración, sepa vuestra merced que en los nombres propios no debe
            hacerse<note place="bottom">Cuesta se adelanta a lo que podría alegar Pellicer en su
            defensa: usar varias veces un mismo vocablo es mostrar que uno domina pocas palabras y
            escasos conceptos, infringiendo la norma de la «copia de oración», la <emph>copia rerum
              et verborum</emph> que distingue al hombre culto y elocuente: de ahí que, por no
            repetir <emph>Ludovicus</emph>, haya usado en su lugar <emph>Lodoycus</emph>. Responde
            Cuesta que es ridícula esta afectación de «copia», cuando toca a los nombres propios,
            que tienen un estatuto lógico particular, son «designadores rígidos» (Kripke,
            1980)</note>, que es cosa ridícula. Mas ya me parece caigo en la cuenta. Vuestra merced
          siguió la regla del Poeta del entremés<note place="bottom">En el Siglo de Oro, el poeta
            fue uno de los tipos cómicos más corrientes, junto con el médico, el hidalgo, el
            ventero, el vizcaíno y otros monigotes del mismo jaez. Uno de los ejemplos más tempranos
            de esta burla es la <emph>Sátira contra la mala poesía</emph> del licenciado Francisco
            Pacheco (Rodríguez Marín 1907). Quevedo se burla a menudo de los poetas en sus obrillas
            jocosas, en <emph>Los Sueños</emph> y en el <emph>Discurso de todos los diablos</emph>
            (declinándolos en poetas cultos, poetas de los pícaros, poetas chanflones, etc.) y no es
            raro encontrarse al poeta entre los protagonistas de los entremeses. Emilio Cotarelo
            cita, entre los entremeses anónimos o mal atribuidos de la primera mitad del XVII, dos
            piezas tituladas <emph>Del poeta</emph> y otra titulada <emph>Los poetas locos</emph>
            (Cotarelo y Mori 1911: 138). No hemos podido determinar si hubo un entremés en concreto
            donde se diera este diálogo que refiere Cuesta, si se trata más bien de un apotegma o
            cuentecillo, como sugiere Micó (1985), o si se transmitió oralmente el chiste, a menos
            que fuera inventado por el mismo Cuesta.</note> que, entrando a pedir limosna a un
          conde, y preguntado por él qué orden tenía en su poesía, entre otras cosas respondió:
          «Señor, en lo que toca a los nombres, si es Juana llamámosla Juanilis; <pb n="f. 412v"/>
          si María, Amarilis; si Mariana, Marianilis». A esto el conde: «Luego a mí que soy conde
          llamaréisme Condilis»<note place="bottom">De modo similar –aunque con final distinto–
            presenta Lope, en <emph>La Dorotea</emph>, la respuesta de un poeta «a un príncipe que
            le preguntaba cómo componía» (Vega 1968: 348). En el diálogo entre Marfisa y su criada
              (<emph>La Dorotea</emph>, acto IV, escena VII), esta le dice a su señora que el nombre
            pastoril y petrarquista «Amarilis», usado como <emph>senhal</emph> de la dama en las
            poesías de don Fernando a Dorotea, sería más adecuado para ella, Marfisa, y que don
            Fernando debería llamar a su rival «Dorotilis».</note>. Así vuestra merced, pareciéndole
          que don Luis de Góngora era poeta y que a su modo debía ser nombrado con diferente nombre
          que los demás Luises, le puso vuestra merced Lodoyco, pudiendo llamarle Luisilis. Mas ya
          que vuestra merced escogió Lodoyco, ¿para qué lo escribió con <emph>y</emph> griega,
          supuesto que este vocablo es más latino que griego, si no es que sea más bárbaro que
            latino<note place="bottom">El nombre Luis deriva (al parecer indirectamente, a partir
            del francés Louis) de un nombre germánico que fue latinizado en <emph>Ludovicus</emph>
            para traducir los componentes del germánico <emph>Hluodowig</emph>, que fueron
            identificados por una buena aproximación con <emph>laudo</emph>, elogiar, y con
              <emph>vincere</emph> (vencer). Por eso lo llama Cuesta latino-bárbaro. Llegó al griego
            desde el latín cuando los griegos del imperio de Oriente entraron en contacto con
            germanos romanizados que llevaban este nombre: sin embargo, Pellicer cree preferible dar
            a Góngora ese nombre de consonancia helénica, pese a no ser en ningún sentido el origen
            del nombre español «Luis», sino una especie de primo segundo o tercero. Se trataría de
            pedantería, con la típica mezcla de ignorancia y de ostentación de cultura.</note>? Y
            <name type="authority">Constantino Porfirogeneta</name><note place="bottom">Constantino
            VII Porfirogéneta fue un emperador bizantino del siglo <num>x</num> (<emph>cfr</emph>.
            el «Índice» de Pellicer, clase XII, «Emperadores y reyes») y también se repite en la
            clase LXII , «Tácticos griegos»). Se habían encargado de editar y de traducir al latín
            los escritos de Constantino VII el helenista oficial del rey de Francia, Frédéric Morel
            (París, 1609) y el humanista holandés Johannes Meursius (Van Meurs). En un volumen de
            1610, Meursio, como lo llama Cuesta, daba a las prensas por primera vez en griego, junto
            con su traducción latina, una de las obras del emperador, con el título latino <emph>De
              administrando imperio</emph>, por la cual se la conoce desde entonces (Cf. Constantino
            VII Porfirogeneta, 1967). En un segundo volumen, sacado a luz por el mismo famoso
            impresor en 1617, aparecieron, también a cargo de Meursius, esta y otras obras del mismo
            autor, y entre ellas una de las más importantes, <emph>De thematibus</emph> en dos
            libros, editados respectivamente por Bonaventura Vulcanius y Frédéric Morel. Tamayo de
            Vargas cita como autoridad para una cuestión lexicográfica a Constantino Porfirogéneta
            en sus notas a Garcilaso (1622), <emph>apud</emph> Gallego Morell 1972: 604, n. 26.
            Parece que, en las décadas segunda y tercera del siglo <num>xvii</num>, el emperador
            bizantino, divulgado por los humanistas franceses y flamencos y la imprenta holandesa,
            tenía el viento en popa entre los eruditos.</note>, libro que vuestra merced sabe
          bastantemente que yo he visto, en cuyo códice se halla escrito este nombre de varias
            maneras<note place="bottom">Hay aquí una alusión recóndita a un «libro» y a un «códice»
            de Constantino Porfirogéneta: Cuesta lo vio, como Pellicer sabría «bastantemente» (véase
            nuestra introducción). Según Cuesta, en el tal libro se halla escrito el nombre griego
            de Luis o <emph>Ludovicus</emph> «de varias maneras», pero nunca con /y/. Y en efecto,
            en el <emph>De administrando imperio</emph>, este nombre aparece varias veces y se
            repite mucho en el capítulo XXIX dedicado a la historia de Dalmacia y de sus pueblos,
            donde un hermoso cuento, en torno a la posesión de Bari, tiene como protagonistas a un
            jefe musulmán, que el autor llama «Sultán» y a un «Luis, rey de Francia». Según las
            ediciones modernas del texto, se trata del emir de Bari Ibn Mufarit Salim y de Luis II
            (muerto en 875), un biznieto de Carlomagno que fue rey de Italia y emperador del Sacro
            Imperio Romano Germánico. Sobre lo apócrifo de la historia y su significado político,
            véase Jenkins, 1962. Por lo demás el mismo nombre germánico helenizado aparece en otros
            lugares del texto para designar a los emperadores Luis I, hijo de Carlomagno, Luis II, y
            Luis III, muerto en 928.</note>, nunca le puso con <emph>y</emph>, sino una vez Λοδοή<hi
            rend="color_330000">χ</hi>ος, otra Λοδοί<hi rend="color_330000 note">χ<note>En la
              edición actual más autorizada del <emph>De administrando imperio</emph> de Constantino
              Porfirogéneta (Jenkins y Moravcsik, 1949 y 1967), la grafía del nombre es <hi
                rend="color_330000">Λοδόϊχος. Pero no hay una forma unificada en el texto que da
                Meursius ni en los manuscritos. En la edición de Meursius 1611, se lee Λοδόϊχος</hi>
              a veces (p. 61) y otras veces Λοδοή<hi rend="color_330000">χ</hi>ος (p. 78), como dice
                Cuesta.<hi rend="color_330000"> Véase la nota de Anselmo Banduri en la edición
                decimonónica recogida en Migne: «Ceterum nomen Ludovici varie a Graecis scriptoribus
                effertur. Porphyrogenito hoc ipso capite, dicitur Λοδόηχος, et Δολόηχος et libro II
                de Them.cap. 11, Λοδοὐχος, quod quidem scribae inscitia depravatum esse non dubito…»
                (Constantino VII Porfirogeneta 1864: 256, nota 10). En resumidas cuentas, la /y/ de
                Pellicer en el extravagante nombre grecizante Lodoycus que le da a Luis de Góngora
                no carece de alguna base en la tradición textual (en el Λοδοὐχος que lee Banduri en
                un lugar de las obras de Constantino Porfirogéneta) pero base débil, puesto que se
                trata de una grafía aislada, y que el mismo Banduri la atribuye a deturpación por la
                ignorancia del copista. Sí se verifican con mayor regularidad las formas que
              </hi>afirma Cuesta haber visto en el «libro» del emperador, más consistentes
              lingüísticamente. Cuesta debió de verlas en un impreso, puesto que las ediciones del
                <emph>De administrando imperio</emph> dependen de un solo manuscrito, el Paris. Gr.
              2009, copia hecha en Constantinopla en el siglo XI a partir del prototipo que entonces
              se guardaba en la biblioteca imperial (Shchavelev, 2019). Los demás manuscritos son
              apógrafos del siglo XVI y ninguno se encuentra en España.</note></hi>ος, como debe
          escribirse, porque los griegos quitan la <emph>v</emph> consonante de nuestros vocablos.
          Así, Δάος de <emph>Davus</emph>, διός de <emph>divus</emph>, y otros muchos. Mas esto para
          vuestra merced es griego. Debió vuestra merced escribir <pb n="f. 413r"/> Lodoíco, sin
          “y”; mas vaya, sea yerro de los pinceles del ganso<note place="bottom"><emph>los pinceles
              del ganso</emph>: la pluma, seguramente como imitación o recuerdo de un pasaje de
            Góngora (OC317.43).</note> o de la impresión. Pero no sé cómo podrá vuestra merced
          defender aquel <emph>filius</emph> en nominativo, habiendo pasado <emph>Lodoyci</emph>,
          genitivo. Muy mala concordancia es; aquí llevaba vuestra merced una docenita de azotes si
          fuera al estudio<note place="bottom">Comp. Prete Jacopín: «Merecíades verdaderamente
            azotes como los niños que andan a la escuela» (observación <num>xix</num>; en Herrera,
            1870: 29). Sobre el tratamiento que infligían los maestros a sus alumnos,
              <emph>vid</emph>. Gil, 1981: 117-126. Palmireno decía recordar «los azotes que me
            dieron por la significación de <emph>limes, pes</emph>…» (<emph>apud</emph> Gil 1981:
            118), pero era también desde antiguo un tema unido estrechamente al de la enseñanza de
            la gramática: <emph>cfr</emph>. Quintiliano, I, <num>iii</num>, 14-17. El título del
            gracioso opúsculo polémico <emph>Trece por docena</emph> (h. 1649), en el que Valentín
            de Céspedes vapulea a un personaje tan pretencioso como Pellicer –José de Ormaza, autor
            del tratado de retórica sacra titulado <emph>Censura de la elocuencia</emph>–, alude a
            esta costumbre de los azotes y de darlos por docenas y se divide en trece «azotes», uno
            más que la docena reglamentaria (Céspedes 1997). </note>. Otra vez puede vuestra merced
          poner una “<emph>f…”</emph> sola para que el lector lo acomode, como hizo en caso
          semejante, bien que más dificultoso, <name type="authority">Cicerón</name><note
            place="bottom">Asociar las abreviaturas, siglas y otros procedimientos taquigráficos con
            Cicerón se explica por ser este uno de los primeros autores de quienes se sabe que
            usaban abreviaturas. Además, se refiere explícitamente a ellas con el nombre griego de
            σημεία (Cicerón, <emph>Cartas a Ático</emph>, XIII, 32, 3), o con el latino de
              <emph>notae</emph>. Ya en las <emph>Etimologías</emph> de san Isidoro se atribuye al
            liberto y bibliotecario de Cicerón, Tulio Tirón, uno de los primeros repertorios de
              «<emph>notae</emph>», de ahí el nombre de notas tironianas para un código taquigráfico
            (Sánchez Prieto, 2001). Todo ello no explica cuál sería este «caso», justificado por ser
            más «dificultoso», en el que Cicerón puso «f.» en vez de la palabra completa.
            Conjeturamos que se trata de «<emph>futuere</emph>», que seguramente Cuesta traduciría
            por fornicar, de modo que estamos ya en un registro de alusión procaz, muy velada, que
            se va a desarrollar más adelante, típica del estilo polémico de los humanistas. Por no
            ser más ridículos que Pellicer, no hemos buscado esta «f.» en las obras del gran orador
            romano.</note>; y no fue poco venturoso en poner abreviado el renglón siguiente, que
          quizá cayéramos en otros solecismos <note place="bottom">Vuelve a referirse a Pellicer,
            del que se sigue burlando. Como el autor de las <emph>Lecciones solemnes</emph> no es
            capaz de evitar un solecismo en una concordancia tan sencilla como la del nombre y la
            aposición (‘Luis de Góngora, hijo’, <emph>Lodoyci… filius</emph>), que pone
            respectivamente en genitivo y nominativo, hubiera hecho mejor, para evitar
            complicaciones, sustituyendo el segundo por una abreviatura (“f.”), como hizo Cicerón, y
            como hizo él mismo «en el renglón siguiente»: «EX NOBILISS. EXPUGN[A]T. CORDUB. FAMIL.
            ORIUND.» (‘procedente (si se refiere al padre, Luis de Argote) de una familia cordobesa
            nobilísima de conquistadores de Córdoba’) donde todas las palabras están abreviadas,
            siguiendo una práctica habitual en las inscripciones, pero que aquí crea confusión y tal
            vez delata ignorancia. Interpretamos EXPUGNAT. como alusión a las glorias de la familia
            desde la reconquista de Córdoba porque Pellicer hace hincapié en ello en su vida de
            Góngora: «Sus antecesores, según acuerdan las historias, fueron de aquellos nobilísimos
            conquistadores de Córdoba con el rey Fernando el Santo, de cuyo valor dura hoy la
            tradición en la torre que llaman de Los Argotes» (Pellicer 2018). </note>. Mas
          prosigamos el tumulico<note place="bottom">Nótese la alta frecuencia de uso del diminutivo
            con matiz despectivo o irrisorio: “tumulico” aquí, en la página siguiente “rengloncico”.
            Por otro lado, los diminutivos en –ico (que habitualmente se asocian hoy día a Aragón),
            en cambio eran habituales en la provincia de Granada desde antiguo, lo que creaba una
            marca geográfica o dialectal. Cuesta era castellano y al usar -ico, en vez de -ito o
            -illo, tal vez hablaba al modo de su ciudad de adopción, a menos que se burlara del
            aragonés Pellicer. Agradecemos estas observaciones a Jesús Ponce.</note>.</p>
        <quote rend="center i">
          <p>Qui post studia iuris in magno Salmanticensi lyceo</p>
          <p>Ad Sacerdotii munus electus,</p>
          <p>virtute ac modestia florens</p>
          <p>Primo in alma Cordubensi Eclesia Portionarius</p>
          <p>Postea potentissimi Philippi Hispaniarum Induperatori Maximi</p>
          <p><emph>Regius Capellanus fuit designatus</emph><note place="bottom">Traducción
              aproximada: ‘Quien, siendo elegido, después de sus estudios de Derecho en la gran
              universidad de Salamanca, para un cargo eclesiástico, floreciente en virtud y
              modestia, fue designado primero racionero en la iglesia catedral de Córdoba, luego
              capellán real del muy poderoso Felipe, emperador máximo de las Españas’.</note>.</p>
        </quote>
        <p rend="noindent">Aquí poco hay que notar, y lo que hay son más escrúpulos que pecados. De
          este género es haber vuestra merced puesto <emph>primo</emph>, y luego
          <emph>postea</emph>, que <pb n="f. 413v"/> no me acuerdo haber visto en autor alguno.
          Debió vuestra merced decir <emph>primum. Induperatori</emph> solamente puede usarse en
          verso, y si <name type="authority">Quintiliano</name> dice que siempre que se usa de esta
          licencia se comete barbarismo<note place="bottom"><emph xml:lang="it">Cfr</emph>.
            Quintiliano, I, v, 10. El rétor define ahí el barbarismo como una dicción alterada por
            letras o sílabas añadidas, suprimidas, permutadas o cambiadas. Juzga barbarismo
              <emph>induperator</emph> porque es un arcaísmo fuera de uso, que se tolera solo para
            llenar la medida de un verso y se entiende como alteración de <emph>imperator</emph>, la
            palabra del latín clásico que ha conservado el mismo significado.</note>, mire vuestra
          merced con cuánta elegancia se puede poner en prosa. Pasemos adelante.</p>
        <quote rend="i">
          <p>Denique ad Musarum delicias adeptus</p>
          <p>Pindarum superavit, Horatium subegit</p>
          <p>Omnium aevi nostri Poetarum facile Princeps<note place="bottom">Traducción aproximada:
              ‘Finalmente iniciado en las delicias de las musas, superó a Píndaro, venció a Cicerón
              y con facilidad fue el príncipe de todos los poetas de nuestra edad.’</note>.</p>
        </quote>
        <p rend="noindent">Primero, no sé qué significa aquel <emph>adeptus</emph>, aunque no ignoro
          lo que vuestra merced quiso que significase; ordinariamente se toma en significación
          activa, y cuando se tome en pasiva, que también lo he visto, no viene a propósito, ni
          vuestra merced supo lo que se dijo<note place="bottom"><emph>Adeptus</emph>, participio
            pasado de <emph>adipiscor</emph>, tiene un sentido activo: el de «habiendo adquirido o
            alcanzado» y se construye con un complemento en acusativo: «<emph>adeptus Musarum
              delicias</emph>», podría querer decir: «habiendo adquirido las delicias de las musas»,
            con expresión no muy propia y elegante, pero sí gramatical. En cambio, no hay manera de
            construir «<emph>adeptus ad Musarum delicias</emph>». Tampoco funciona con el valor
            pasivo que tiene el verbo en ciertas construcciones, en ablativo absoluto, por
            ejemplo.</note>. Estuviera menos malo si del rengloncico quitáramos la preposición
            <emph>ad</emph>, mas así no tiene humana escapatoria. Confieso que en el segundo renglón
          no pude tener la risa cuando vi que, queriendo vuestra merced decir que don Luis era mayor
          poeta que <name type="authority">Horacio</name>, <pb n="f. 414r"/> dijo <emph>Horacium
            subegit</emph><note place="bottom">Cuesta se queda aquí con el sentido menos limpio de
              <emph>subigo</emph>, ignorado en la mayoría de los diccionarios de la época, pero cuya
            potencialidad comparten todos los verbos utilizados para dar cuenta de sus distintas
            significaciones (<emph>cogo, impello, domo, acuo, agito, commisceo, aro, colo, exerceo,
              suffodio, su[ba]gito</emph>…: <emph>cfr</emph>. Calepino, <emph>s. v</emph>.). Pedro
            Conde Parrado nos señala que posiblemente tuviera significado obsceno
              <emph>subigo</emph> solo en los versos de Suetonio citados para ilustrarlo. Según él,
            Cuesta peca de «maldad» y es falso y retorcido lo que afirma de que, cuando va con
            acusativo de persona, significa siempre «fornicar».</note>, que, de buen latín traducido
          en buen romance<note place="bottom"><emph>En buen romance</emph> era frase hecha ‘en
            lenguaje directo y claro, sin ambages ni eufemismos’. No la desaprovecharon otros
            gongoristas, comp., por ejemplo, el <emph>Examen del «Antídoto»</emph>, donde el Abad de
            Rute tras citar unos versos de Góngora (OC264B.585-586), dice «que en buen romance
            quiere decir “bebieron”» (Fernández de Córdoba, 2018).</note>, quiere decir que ‘fornicó
          a <name type="authority">Horacio’</name>. Debió vuestra merced acordarse del dicho de los
          soldados de César que refiere <name type="authority">Suetonio</name>:</p>
        <quote rend="i">
          <l>Caesar triumphat qui Gallias subegit</l>
          <l>Nicomedes non triumphat qui subegit Caesarem</l><note place="bottom">Suetonio, <emph>De
              vita Caesarum</emph>, I, <num>xlix</num>, 4: «<emph>Gallico denique triumpho milites
              eius inter caetera carmina, qualia currum prosequentes ioculariter canunt, etiam
              vulgatissimum illud pronunciaverunt: “Gallias Caesar subegit, Nicomedes Caesarem: /
              Ecce Caesar nunc triumphat, qui subegit Gallias: / Nicomedes non triumphat, qui
              subegit Caesarem</emph>”» (Suetonio, 1605: 15): ‘Finalmente, el día en el que celebró
            su triunfo sobre las Galias, los soldados, que suelen cantar coplas en burla del
            triunfador, entonaron esta conocidísima cancioncilla: “César sometió a las Galias,
            Nicomedes sometió a César; vemos hoy triunfar a César que sometió a las Galias pero no a
            Nicomedes que sometió a César”’. Se impone el sentido sexual de <emph>subegit</emph>
            para Nicomedes como sujeto de estas frases porque, en la <emph>Vida de César</emph> de
            Suetonio, esta anécdota ilustra la reputación de César como sodomita (pasivo, lo único
            que era deshonroso entre los romanos) por haber servido de copero en la corte de
            Nicomedes IV, rey de Bitinia (más o menos como Ganimedes en la de Júpiter) cuando Roma
            lo envió a aquella corte en calidad de embajador. Se contaba el chisme de que en una de
            las lujosas orgías que allí se celebraban, César fue públicamente desvirgado por el rey,
            de lo cual alega Suetonio varios testimonios y entre ellos el de Cicerón.</note>. </quote>
        <p rend="noindent">Y no ignoro que <emph>subigo</emph> algunas veces se halla por ‘sujetar’,
          mas también sé que, las más que se le da acusativo de persona, significa ‘fornicar’. No sé
          cómo se me acordó ahora también otro dichido<note place="bottom"><emph>dichido</emph>:
            «Dicho vivo, agudo o picante. Es voz vulgar» (<emph>Aut</emph>.; falta en
              <emph>Cov.</emph>).</note> de vuestra merced que pone más adelante, adonde para decir
          que don Luis de Góngora imitó al <name type="authority">Ariosto</name>, dice vuestra
          merced que se rozó con él<note place="bottom"><emph>Lecciones solemnes</emph>, col. «279»
            (=269): en <emph>Polifemo</emph> (OC255.320: «trompas de amor alteran sus oídos»),
            «rozose D. L. con Ariosto» (<emph>Orlando furioso</emph>, XXV, 68). Cuesta se regodea en
            un chiste a costa de Ariosto, apoyándose en el prejuicio castellano según el cual los
            italianos estaban todos más o menos tocados del llamado, en términos inquisitoriales,
            pecado nefando, aquí tratado no como motivo de hoguera y condena eterna, sino de chiste
            malicioso. Un uso anterior del mismo verbo («rozóse D. L. en la <emph>Estancia</emph> 50
            [del <emph>Polifemo</emph>] y <emph>Soledad primera</emph>», col. 188) podría haber
            sugerido otras prácticas sexuales vedadas de mediar también la malicia de Cuesta, pero
            él mismo pone coto a tal suposición adelantando que «rozarse a sí mismo», dicho de un
            escritor, puede admitir, hasta cierto punto, un sentido inocente: el de repetir una
            misma idea o expresión.</note>. Para notar que un hombre repite en muchas partes unos
          mismos versos o pensamientos, decir que se roza, vaya con Dios, mas decir que se roza un
          poeta con otro, y más italiano, y que si le dieran a escoger quizá dejara a Angélica por
            <pb n="f. 414v"/> Medoro<note place="bottom">Medoro y Angélica son una famosa pareja del
              <emph>Orlando furioso</emph>, cuyos amores contó también Góngora, en uno de sus
            romances de más éxito, estupenda imitación de Ariosto: «En un pastoral albergue». El
            gusto de los italianos por los muchachos, aludido aquí graciosa y sutilmente, era idea
            común entre los españoles de la época, expuesta casi siempre con más procacidades:
              <emph>vid.</emph> delineada la idea en Herrero García 1966: 349-352; se expone esta
            conexión entre los italianos y la pederastia con un desarrollo amplio en Ponce Cárdenas
            2022, con bibliografía actualizada. Este trabajo muestra además que la fama tenía
            sólidas bases en la realidad puesto que en los numerosos procesos sumarísimos por
            sodomía en ambientes de corte que se desarrollaron entre los reinados de Felipe II y
            Felipe IV, casi siempre estuvieron implicados personajes de origen italiano o que habían
            vivido en Italia.</note>, no sé que pueda parecer bien aun al más socrático
            filósofo<note place="bottom"><emph>socrático filósofo</emph>: anda la frase en el mismo
            ámbito que las anteriores, por aquello del «amor socrático» que ha quedado como
            consagración de una de las acusaciones, pronto proverbiales, padecidas por
            Sócrates.</note>. Prosigamos.</p>
        <quote rend="i">
          <l>Hispani[ci] Idiomatis, invidia favente, maximus exaltator.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">No sé qué dijera más un sacristán; porque este vocablo
            <emph>exaltator</emph> más es de algún breviario viejo que de autor latino.
            <emph>Exaltare</emph><note place="bottom"><emph xml:lang="it">exalto</emph>: «<emph
              xml:lang="it">elevo, extollo</emph>»; «<emph xml:lang="it">per translationem
              significat magnifice laudo</emph>» (Calepino). Que el término le suene a Cuesta a
            sacristía y a latín de bajos quilates tal vez depende de su presencia en el
              <emph>Magnificat</emph> (y en la Vulgata del Evangelio de San Lucas de donde procede
            el himno): «<emph>Deposuit potentes de sede / et exaltavit humiles</emph>». Así Góngora
            exaltó o elevó la lengua humilde de España, en su propia opinión y la de muchos.</note>
          podrá significar levantar algún montón de tierra, pero la lengua... <quote><emph>purus
              putus Pellicerismus est</emph></quote><note place="bottom"><emph>purus putus</emph>
            era ya en latín clásico una fórmula enfática que intensificaba, con variaciones
            aportadas por cada contexto, una misma noción, puesto que <emph>putus</emph> quiere
            decir más o menos lo mismo que <emph>purus</emph> (<emph>cfr</emph>. Aulo Gelio, VI, v,
            1; Plauto, <emph>Pseudolus</emph>, 989, 1200…). Aquí aumenta la mofa y equivale a algo
            así como «un pellicerismo mondo y lirondo», «una pellicerada pura y dura». Sin embargo,
              <emph>putus</emph> quería decir también «muchachito»; <emph>putto</emph>, palabra
            italiana, designaba a los angelotes o amorcillos que usan como motivo ornamental los
            pintores y escultores; y en español «puto» significaba homosexual. Con lo cual nos
            quedamos, aunque de modo subrepticio, en el campo de las alusiones salaces que se abrió
            con el <emph>subegit</emph>. Algo muy del gusto de los humanistas, que parece que solo
            aprendían latín, y todavía más griego, para jugar libremente con una quintaesenciada
            obscenidad. Así Martín Siruela, amigo de Cuesta y con gustos afines a los suyos, cita en
            sus notas pasajes de Filóstrato, en griego (lengua que no maneja con tanta pericia como
            el latín) y comenta que las epístolas de este autor son tales que «La honestidad no las
            deja poner en latín ni en otra lengua menos dificultosa» (Ms. 3893, f. 106v).</note>.
          Debió vuestra merced decir –que, por no perder del todo el tiempo, quiero enseñarle–
            <emph>Eloqui hispani au[c]tor maximus</emph>, que aquel <emph>invidia favente</emph> no
          sé qué hace allí. Adelante.</p>
        <quote rend="i">
          <l>Proh dolor!</l>
          <l>Fuit viator, sed fuit;</l>
          <l>Es, sed non eris hospes,</l>
          <l>Omnes huc imus<note place="bottom">Traducción aproximada: ‘Qué gran pena! Hizo el
              camino, viajero, pero terminó de hacerlo (un perfecto terminativo, según me sugiere
              Bartolomé Pozuelo); eres, huésped, pero no serás; todos allá vamos’. Los enunciados
              paradójicos o enigmáticos pretenden ser agudos y tal vez lo sean, pero en ese caso
              parece que su agudeza se le escapó a Cuesta, y a nosotros también. Sin embargo, Pedro
              Conde propone la interpretación siguiente: «<emph>Viator</emph>, [Góngora] <emph>fuit
                primoribus gratus, vulgo venerabilis, omnibus eruditis carus</emph> etc.,… <emph>sed
                fuit</emph> ('Cam»inante, Góngora fue grato a los mejores, venerado por el pueblo,
              querido de todos los eruditos, pero ya [y pese a todo ello] no es”; en latín empleo de
                <emph>fuit</emph> con un nombre, común o propio, como sujeto, por ejemplo,
                <emph>tuus pater fuit</emph> o <emph>Caesar fuit</emph>, significa eso: “tu padre ha
              muerto” o “César ha muerto”). Lo que se le dice a continuación al caminante
                <emph>viator</emph>, después designado por otro término habitual [para quien pasa
              frente a la inscripción], el de <emph>hospes</emph>, es un mensaje igualmente típico
              en los epitafios: “ahora estás vivo, pero antes o después no lo estarás, sino que te
              verás como don Luis”: <emph>es, sed non eris, hospes</emph>. “Todos venimos aquí”
                (<emph>Omnes huc imus</emph>), a la tumba. Al fin y al cabo, <emph>purus putus
                memento mori</emph>».</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Aquí, cuando no tenga otro disparate sino el que está en <emph>Fuit
            viator, sed fuit</emph>, basta por muchos <pb n="f. 415r"/>. Porque decir ‘fue, mas fue’
          es lo mismo, y grandísimo desatino. Debió decir vuestra merced ‘no es, mas fue’: <emph>Non
            est viator, sed fuit</emph>. En esto se echa de ver cuánto piensa vuestra merced lo que
          dice.</p>
        <p>Lo que se sigue es lo mejor que tiene; con todo eso, tengo un escrupulillo. Dice,
          pues:</p>
        <quote rend="i">
          <l>Nam obijt anno M. DC. XXVII.</l>
          <l>Vera Posteritas aether est.</l>
          <l>illuc Noster migravit<note place="bottom">Traducción aproximada: ‘Porque falleció en el
              año 1627. Su verdadera posteridad es el cielo. Allá migró el Nuestro’. El texto está
              alterado puesto que el túmulo pelliceriano en el impreso de las <emph>Lecciones
                solemnes</emph> (en el ejemplar que manejamos, el de BNE, 2-14877 o en el de la
              Biblioteca Nacional de Viena) dice en realidad: «Nec Fama, nec merita prosunt: / Vera
              posteritas Aether est. / Illuc Noster migravit. /Nam obiit Anno M.DC. XXVII. /Cum
              natus esset Anno M.D.LXI.». Claro que, en ausencia de una edición crítica, no sabemos
              si la inscripción es exactamente la misma en todos los ejemplares, que presentan
              grandes diferencias, sobre todo en los preliminares (Vid. Galbarro García, 2021).
              Sigue siendo raro el <emph>Nam</emph> («porque») cuya irrelevancia censura
              Cuesta.</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">No hay aquí solecismo, confiésolo. Mas dice vuestra merced que don Luis
          se fue al cielo ‘porque murió el año de 1627’. Si esta razón basta, ¡oh quién se hubiera
          muerto aquel año!</p>
        <p>Fuera de esto, la palabrica griega  tiene dos yerros de ortografía, porque la
          primera sílaba ha de ser , y la tercera lo cual no notara si no le viera a vuestra
          merced levantar tragedias porque en Casaubon halló <title>Phoenix</title> con diptongo de
            <emph>oe</emph><note place="bottom">Cuesta tiene razón en su censura: la palabra griega
            en cuestión debe escribirse con eta (Η) e ípsilon (Υ) y no con épsilon (Ε) e iota (Ι).
            Es prueba inequívoca de ignorancia del griego. No es probable, en efecto, una errata de
            imprenta, porque supondría a la vez algún conocimiento de griego y un gran descuido por
            parte de los componedores. Alude a <emph>El Fénix</emph> (1630) de Pellicer, quien en su
            «Exercitación II» había reprendido a Casaubon a propósito «De la ortografía de esta
            dicción Phœnix o Fénix»: «¿Quién juzgara que a Crítico tanto le habían de multar en
            menudencias de Ortografía? Con el mismo engaño se roza en otra parte» (<emph>El Fénix y
              su historia natural</emph>, f. 15v). Lo que le reprocha a Casaubon, «hombre, aunque
            impío, docto», es que escribiera <emph>phaenicem, phaenicica</emph>, y de nuevo<emph>
              phaenicem</emph> en su comentario de Ateneo, poniendo /æ/ en lugar de /œ/, más
            correcto para latinizar el griego /ὸι/. El aragonés sostiene que se debe escribir
            «Phœnix», o bien, castellanizando la grafía, «Fénix». Cuesta, que no se pronuncia sobre
            el fondo de la cuestión, critica esta censura como una pedantería, un mero pretexto para
            dárselas de más listo que Casaubon, famoso en toda Europa por su acribia y su sabiduría,
            y para soltar una larga digresión sobre la ortografía (eso es «levantar tragedias»,
            poner el grito en el cielo y darle solemnidad a una menudencia). </note>.</p>
        <p><pb n="f. 415v"/> Ya llegamos al comento mismo; y para que mejor se pueda ver, iremos
          notando por columnas, pues vuestra merced escribe por ellas<note place="bottom">«Notar» se
            emplea aquí en el sentido de «reparar, advertir» con un matiz de censura o reprensión
            (Cf. Autoridades). «Columnas» da pie a una dilogía: notar por columnas puede ser apuntar
            los errores por partidas como en contabilidad, creando dos columnas para el debe y el
            haber. La razón es jocosa: se notará por columnas, puesto que Pellicer presenta su texto
            en dos columnas por página, numerándolas, lo cual juzga tal vez Cuesta especialmente
            pretencioso (solo libros de gran tamaño y ambiciones monumentales usaban este tipo de
            numeración), aunque resulta más cómodo y preciso que la numeración por folios, usual en
            esta época en los libros españoles (no en los extranjeros, en los cuales se numeraban
            las páginas).</note>. Y por ahora no le notaré a vuestra merced los vocablos que de
          otras lenguas, pensando de este modo engañar idiotas, quiere introducir en la nuestra, que
          de esto tratado aparte se va haciendo<note place="bottom">No subsiste nada de este
            «tratado», si es que existió, donde Cuesta apuntaba las palabras extranjeras usadas por
            Pellicer.</note>; ni los autores a trochi mochi<note place="bottom"><emph>a trochi
              mochi</emph> (hoy se dice más bien «a troche y moche»): según el <emph>Tesoro</emph>
            de Covarrubias el término «se usa para reñir a uno, cuando sin orden y sin concierto
            dice o hace alguna cosa desbaratada; y está tomada la metáfora del que yendo a cortar
            leña al monte, no atendiendo a las leyes de la corta, desmocha las encinas sin dejar
            guía y pendón, y lo demás que se manda, y aun no contento con esto, corta la encina por
            el pie, que aquello se llama trochar, esto es, tronchar, y el mochar, desmochar, de
            donde vino el modo de hablar a trochemoche». Quizá haya que entrevistar a un leñador
            para entender todo esto, pero entre tanto puede consultarse a Quevedo quien, en el
              <emph>Cuento de Cuentos</emph>, pone esta expresión entre los modismos absurdos de los
            que hay que purgar el habla. El mismo escribe en la dedicatoria «A ninguna persona de
            cuantas Dios crió en el mundo» de <emph>Juguetes de la niñez</emph> (1631): «me he
            determinado a escribirle a trochemoche y a dedicarle a tontas y a locas, y suceda lo que
            sucediere». En esta frase, «a tontas y a locas» y «suceda lo que sucediere» son
            variaciones sinonímicas de «a trochemoche», con pleonasmo que aumenta la provocativa
            vulgaridad que exhibe el autor, con fines de bufonada y parodia.</note> alegados, porque
          cuando leí una vez, sin intento de notar<note place="bottom">Cuesta dice haber leído parte
            de las ristras de autores que alega Pellicer, con títulos abreviados y números
            (referidos a partes de obras, no especialmente a folios); y le pareció «insuavísima
            lección», esto es: lectura árida, pesada e indigesta. Puede referirse a pasajes como el
            siguiente (que son legión) donde el aragonés embute series de referencias abreviadas,
            sin utilidad para el comentario ni para el lector: «Escribe en odio de los aduladores
            Séneca l. <emph>de benef. c. 6, epist</emph>. 45 &amp; 124, &amp; <emph xml:lang="en"
              >l.4 nat. qu</emph>. Demosthenes 3. <emph xml:lang="en">Philip</emph>. Tácito l. I.
              <emph xml:lang="en">Hist</emph>. lib.3 <emph xml:lang="en">Ann.</emph>. Cicerón <emph
              xml:lang="en">in Lel</emph> o <emph xml:lang="en">ad Q. fratr. cyr. offi</emph>.
            Platón <emph xml:lang="en">In Menexemo</emph> &amp; <emph xml:lang="en">in
            Phoedr</emph>. Dion Chrisóstomo <emph xml:lang="en">Orat</emph>; 3 Q. Curcio <emph
              xml:lang="en">lib. 9</emph>, Iosepho <emph xml:lang="en">lib. 15. ap</emph>. 15. <emph
              xml:lang="en">ntiq.</emph> De las sagradas letras Isaías <emph xml:lang="fr">cap. 5,
              vers. 20</emph>. Oseas <emph>c. 7.</emph> Job <emph>c. 27. Los proverbios</emph> cap;
            29. San Jerónimo <emph>epist. ad. Demet. epist</emph>. 14 ; <emph xml:lang="it">lib. I
              contra Pelag</emph>. San Gregorio <emph xml:lang="it">lib. 31. Moral. cap. 20</emph>
              &amp;<emph xml:lang="it"> Homil. 12 in evang.</emph>, San Agustin <emph xml:lang="it"
              >epist. 50. epist. 120</emph>. San Prospero Aquitánico <emph xml:lang="it">lib.
              sent.</emph> 137. Teofanes <emph xml:lang="it">in Miscellan. Ana</emph>. 780. 785. P.
            Blesense <emph xml:lang="it">ist</emph>. 108. Iuon Carnotense <emph xml:lang="it">lib.3
              cap. 4 c. 6. Policrat</emph>. Hormisda Pont. Max <emph>in Can. Si quis
            Diaconus</emph>. 29 [Sigue durante una columna casi entera la cáfila de autores que han
            escrito contra la adulación] (Pellicer 1630ª, col. 392-393). Tal vez no sería muy
            difícil encontrar de qué índice o poliantea sacó esto el aragonés (no excluimos que
            fuera de su cartapacio personal). Pero no tenemos respuesta a la pregunta de por qué lo
            hizo y por qué una práctica que hoy nos resulta tan chocante era entonces aprobada por
            muchos o al menos tolerada por la mayoría. Parece implicar que el comentario de un poeta
            podía funcionar como una especie de enciclopedia de erudición, cosa que sucedía con los
            comentarios en latín. Al hacerlo en español, y, por lo tanto, vulgarizar esta práctica,
            Pellicer incurre en una verborrea tal vez mayor, y en cierto modo se vuelve, en lengua
            vernácula, una caricatura del humanismo erudito en latín para lectores doctos. No se
            trata únicamente de un rasgo de carácter puesto que Salcedo incurre a veces en lo mismo
            (aunque en grado menor) y lo mismo Salazar Mardones en su comentario de la <emph>Fábula
              de Píramo y Tisbe</emph> (Pezzini y Conde Parrado 2019).</note>, parte de ellos, me
          pareció, viendo tantos títulos de libros medio quebrados<note place="bottom">Por probable
            dilogía, «quebrados» quiere decir aquí truncados por la abreviatura, y llenos de errores
            o quiebras, tal vez con alusión a la quiebra o bancarrota, como libros de contabilidad
            en columnas donde no salen las cuentas.</note> –digo en abreviatura– y tantos números de
          folios en guarismo, que harto fue que el guarismo tuviese números para tantos folios; me
          pareció su insuavísima lección<note type="app" rend="I">Podría pensarse en
            otra puntuación: «me pareció, viendo tantos títulos de libros medio quebrados –digo en
            abreviatura– y tantos números de folios en guarismo –que harto fue que el guarismo
            tuviese números para tantos folios–, me pareció su insuavísima lección…», con repetición
            del verbo por la dimensión de los incisos.</note>, como dije a vuestra merced en la
          dedicatoria, una muy cerrada celosía llena de dos mil púas, que entonces me apalearon la
          vista, sin ser Belisa<note place="bottom">Alude Cuesta a un pasaje de <emph>Los melindres
              de Belisa</emph>, comedia de Lope de Vega que el mismo poeta publicó en la
              <emph>Novena parte de sus comedias</emph> (1617). Coincide con la primera aparición de
            la protagonista, muy al principio del acto primero: «<emph>Salen Belisa, y Flora criada.
              Flo.</emph> Las celosías impiden / que no veas bien la calle / pues dices que el del
            overo/ no era galán caballero, / bizarro y de lindo talle. / <emph>Bel</emph>. Flora,
            aquellas celosías / los ojos me han afrentado. / <emph>Flo.</emph> ¿Cómo?
              <emph>Bel.</emph> Las niñas me han dado de palos/ <emph>Flo.</emph>¡Qué niñerías!
              <emph>Bel.</emph> Como los ojos llegué / a sus palos, ellos fueron/ tales, que al fin
            me los dieron, pero luego me vengué. /<emph>Flo.</emph> ¿Quién hay que tal gracia
            escuche? / ¿Mataste la celosía? / <emph>Bel.</emph> Hice a lo menos lugar / por donde
            pude mirar / quién por la calle venía. / Mas presto vino el castigo, / pues en vez de
            caballero, / pasó. <emph>Flo</emph>.¿Quién? <emph>Bel.</emph> Un aceitero.» (Lope de
            Vega 1617: f. 277r y v). Todo esto muestra la sensibilidad afectada de la doncella
            melindrosa hacia los defectos reales o imaginarios de los galanes que pasean su calle,
            un rasgo de carácter que explica el título de la comedia, <emph>Los melindres de
              Belisa</emph>. No solo verlos le causa «dolor» y «afrenta» sino que la misma celosía a
            la que se asoma para verlos le resulta tan insufrible como si sus palos o barrotes
            fueran palos (azotes) que ella recibe en sus pupilas o niñas. Lo mismo le pasa a Cuesta,
            sin ser melindroso como Belisa, con la celosía metafórica de estas listas de referencias
            librescas bajo las cuales Pellicer enmascara sus ignorancias y desaciertos: «muy cerrada
            celosía llena de dos mil púas». </note>, y ahora no quiero que segunda vez me puncen los
          ojos. Así vuestra merced perdone si en esta parte no le advirtiese de los autores que
          suele alegar unos por otros, mudándoles, sin ser ni <pb n="f. 416r"/> medio obispo<note
            place="bottom">Alude a la potestad que tienen los obispos de cambiar el nombre de la
            persona, recibido en el bautismo, imponiéndoles otro nombre (el de algún santo devoción
            del catecúmeno) en el momento de la confirmación, o al dispensar el sacramento del orden
            (sacerdotal), dos sacramentos que en la Iglesia romana son prerrogativa y deber
            exclusivo del obispo. Sin ser siquiera medio obispo, Pellicer les cambia los nombres a
            los autores, por pura ignorancia.</note>, más de la mitad de los nombres –digo las
          últimas sílabas– siempre que, habiéndolos vuestra merced visto alegados en cifra por
          otros, se atreve –siquiera por variar en esto– a llenar en su libro o traslado las letras
          que les faltan a los tales nombres<note place="bottom">Pellicer cita los nombres de
            autores y de obras abreviados, porque naturalmente no los ha consultado, sino que los ha
            visto «alegados en cifra» por otros. Prueba de ello es que cuando, para variar, se
            atreve a dar el nombre completado por las letras que faltan, casi siempre se equivoca.
            Cuesta renuncia a dar ejemplos de ello, por no punzarse los ojos con las púas de la
            celosía, pero se ofrece a resolver estas cifras o abreviaturas, en una copia o traslado
            del libro, algo que sí sería una lección seriamente administrada al autor de las
              <emph>Lecciones solemnes</emph>, y no estas «puerilidades» que pone en su
            censura.</note>; que, si vuestra merced me agradeciera esta primera parte, le haré
          segunda, y aún más, porque en esta solo van puerilidades. Mas al caso.</p>
        <p>Columna 2. Dice vuestra merced que los versos de arte mayor son los mismos que los
          sáficos latinos<note type="app" rend="I">Nota marginal, de distinta mano:
            «Versos de / Arte mayor / cuáles?».</note>. Pone vuestra merced por ejemplo de
          aquellos</p>
        <quote>Al muy prepotente don Juan el Segundo<note place="bottom">El primer verso del
              <emph>Laberinto</emph> de Mena fue muy frecuentado por los preceptistas.</note>, </quote>
        <p rend="noindent">y de estos</p>
        <quote>Sedibus gaudens variis dolisque<note place="bottom">Es el primer verso de la versión
            latina más difundida del célebre <emph>Himno a Afrodita</emph> de Safo (<emph>cfr.
              Pindari Olympia…</emph>, 1626: 411).</note>; </quote>
        <p rend="noindent">«y así (prosigue vuestra merced) el de la octava consta de once sílabas,
          como aquel de <name type="authority">Propercio</name>: <quote><emph>Passer deliciae meae
              puellae</emph></quote>». Primero, este verso no es de <name type="authority"
            >Propercio</name>, ni tal género de verso escribió este poeta en su vida, sino de <name
            type="authority">Catulo</name><note place="bottom">Catulo, <emph>Carmina</emph>, II,
            1.</note>. Así, suplico a vuestra merced que, aunque <name type="authority"
            >Catulo</name> y <name type="authority">Propercio</name> y <name type="authority"
            >Tibulo</name> hayan hecho triunvirato<note place="bottom">Suelen andar unidos estos
            tres nombres como los de los grandes poetas elegíacos de la latinidad (o puramente
            tales, porque Ovidio, aunque elegíaco también, tiene obras épicas y trágicas), de ahí
            que formen metafóricamente un triunvirato. Pero la razón principal, según nos indican
            Pedro Conde y Bartolomé Pozuelo, es que se convirtió en costumbre editorial la edición
            conjunta de los tres: así en las ediciones de Lyon, Balthazar de Gabiano, 1506; París,
            Pierre Vidoué, 1528; Venecia, apud Girolamo Scoto, 1549; París, 1577 (edición de José
            Justo Escalígero); Leiden, ex oficina plantiniana apud Franciscum Raphalengius, 1592;
            Heidelberg, Hieronymus Commelinus, 1600; Lyon, apud, Jean-Antoine Huguestan, 1607; Roma,
            typis Guglielmo Facciotti, 1623, etc. Continuó siendo algo habitual en siglos
            posteriores publicar a los tres juntos como una especie de trío o triunvirato de poetas
            latinos del amor. </note>, no atribuya vuestra merced los actos del uno al otro; porque
          ni <name type="authority">Augusto César</name> ni <name type="authority">M. Antonio</name>
          ni <name type="authority">Lépido</name><note place="bottom" resp="editor">Nombra a los
            tres miembros del segundo triunvirato (43-38 a. C.), pacto de alianza o de no agresión
            entre Marco Antonio, César Octavio y Marco Emilio Lépido, que eran «muy amigos», según
            Cuesta, pero se guardaban muy bien de que los suyos, los soldados a sus órdenes o los
            miembros de su partido, salieran a pelear o a manifestar con el nombre de otro. </note>,
          aun cuando fueron muy amigos, gustaban que los suyos saliesen con nombre de otro. Lo
          segundo, yo siempre he tenido por imposible ajustar la medida de nuestros versos a los
          números latinos; porque ¿qué cosa más dificultosa que venir a parar en una misma parte los
          que siguen diferentes nortes?<note place="bottom">Incide en una cuestión largamente
            debatida en el Siglo de Oro: las condiciones de la prosodia castellana y su equiparación
            a la latina. Frente a los que pensaban, como Díaz Rengifo (1606: 18) que es posible
            «hacer en español todo verso latino», Cuesta comparte la opinión contraria, la de su
            maestro Gonzalo Correas. <emph>Vid</emph>. el buen estudio, con los textos, de Díez
            Echarri 1949: 272-275. Vale la pena, sin embargo, tener bien presente un pasaje del
              <emph>Arte de la lengua española castellana</emph> de Correas (1954: 477-78) que
            tomamos de la edición de Alarcos: «Solo quiero y pretendo dar aquí orden y aviso a los
            curiosos, y abrir camino de cómo han de reducir la largueza de los versos Latinos a los
            menores de que se componen. […] Las artes poéticas quieren y dicen que podemos en
            castellano imitar y hacer los versos latinos, y paréceme muy duro, observando las reglas
            de sus largas y breves y sus acentos y pies, y cosa muy sin fruto: por la propiedad
            particular que cada lengua tiene. […]. Y así digo yo que hagamos lo contrario, que
            procuremos reducir los versos latinos a los nuestros en cuanto &amp; posible».</note> Y
          dijo bien un docto moderno que deseaba que algún buen espíritu redujese los versos
          castellanos a los latinos; mas pienso que aun a la potencia angélica es imposible. Los
          latinos siguen la cantidad de las sílabas; nosotros, el número de acentos. Los latinos,
          con unas mismas sílabas y acentos, hacen diversos géneros de versos, solo mudándole la
          cantidad, como se podrá ver en estos ejemplos: <pb n="f. 417r"/></p>
        <quote>
          <l>O et praesidium et dulce decus meum.</l>
          <l>Paterna rura bobus exercet suis.<note type="app" rend="I">Antes de los
              ejemplos citados aparecen dos versos tachados: «<emph>Maecenas atavis edite
                regibus</emph>» (Horacio, Carm., I, I, 1: 'Mecenas, nacido de antepasados reales’) y
                «<emph>Beatus ille qui procul negotiis</emph>» (Horacio, Epo. II,1: 'Dichoso el que
              apartado de los negocios’).</note></l>
          <l>Curas mitifican t fila lyrae dulcis.</l>
          <l>O sola fortes garrulitate senes<note place="bottom">Los dos primeros versos son de
              Horacio: <emph>Carm</emph>. I, <num>i</num>, 2 y <emph>Epo</emph>. <num>ii</num>, 3, y
              sustituyeron, respectivamente, a <emph>Carm</emph>. I, <num>i</num>, 1 y
                <emph>Epo</emph>. <num>ii</num>, 1, quizá demasiado habituales como ejemplos desde
              el manual de Nebrija. Para el tercer verso, nos señala Bartolomé Pozuelo que la
              secuencia <emph>curas mitificant</emph>’ la escribe Servio precisamente en un escrito
              sobre métrica (<emph>De centum metris ad Albinum</emph>, p. 463 Keil), como parte de
              un ejemplo de verso anacreóntico: <emph>anacreontium constat trimetro catalectico, ut
                est hoc, curas mitificant dona Lyaei</emph>; Cuesta, para construir su ejemplo de
              ‘anacreóntico dímetro’, pudo consultar la <emph>Grammatica</emph> de Niccolo Perotti,
              donde se lo cita. En cuanto al cuarto verso, corresponde a una elegía del poeta tardío
              Maximiliano Etrusco (eleg. 1, 204), editado a menudo en el siglo XVI bajo el nombre de
              Cornelio Galo, conjuntamente con Catulo, Tibulo y Propercio. </note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Velaquí<note place="bottom"><emph>Velaquí</emph>: expresión familiar (ved
            aquí sería su origen formal: ‘he aquí’, ‘aquí tenéis’).</note> cuatro versos de a doce
          sílabas, y acaban en iguales dicciones y constituyen diverso género de versos. El primero
          es asclepiadeo; el segundo, yambo; el tercero, anacreóntico dímetro; el cuarto,
          pentámetro. ¿Cómo, pues, podemos ajustar unos con otros? Mas ya que vuestra merced quiere
          parecer en esto docto, no sé cómo puede decir que los sáficos son los de arte mayor, pues
          estos constan, estando enteros, de doce sílabas, y los sáficos no tienen más de once; y
          cuando los de arte mayor no tengan sino once porque la primera sílaba no hace falta al
          acento, tampoco son sáficos, pues <pb n="f. 417v"/> más se llegan a la tonada de los
          endecasílabos. En efecto, sea lo que fuere, los de arte mayor no son sáficos. Puede
          vuestra merced acerca de esto ver el <title>Laurel de Apolo</title>, adonde <name
            type="polemista">el Fénix de España</name>, aunque habla con claridad en otras cosas,
          está dudoso en esta<note place="bottom">Era común –desde Nebrija, al menos– la
            identificación del verso sáfico latino con el nuestro de arte mayor o con el
            endecasílabo: «algo se parecen», aseveraba cautamente Fadrique en la <emph>Philosophia
              antigua poética</emph> de López Pinciano 1973, II: 259. <emph>Cfr</emph>. Díez Echarri
            1949: 279-286, y el buen resumen de Morby en una nota de su edición de <emph>La
              Dorotea</emph> (Vega 1968: 127-128). El Fénix, efectivamente, habla del tema en el
              <emph>Laurel de Apolo</emph> (Vega 1630: f. 37r-v): «Memoria se le debe a Castillejo,
            / aunque hablaba tan mal del verso largo, / porque le pareció que era extranjero, /
            haciendo entonces, sin tomar consejo, / a Garcilaso cargo, / que fue su dulce traductor
            primero, / de que a España traía / contra el arte mayor nueva Poesía, / como si Safo
            castellana fuera, / pues el arte mayor le imita y sigue. / … / Tomaron los antiguos
            castellanos / la medida del verso a los latinos. / … / De estos endecasílabos y sáficos,
            / pentámetros también y acataléticos, / los del arte mayor son imitados». Castillejo
            acusa a Garcilaso de traicionar lo propiamente castellano al pasarse al verso
            endecasílabo que, por venir de Italia, es extranjero, desechando el arte mayor, su
            patrimonio y tradición propios. Razonamiento mal fundado porque el verso de arte mayor
            no es otra cosa que el sáfico y Safo era griega (Castillejo discurre «como si Safo
            castellana fuera»; luego, no es más extranjero el endecasílabo que el verso de arte
            mayor. Todo este silogismo de Lope parte de la premisa de que el verso de arte mayor
            procede de los metros clásicos o incluso no difiere del sáfico.</note>.</p>
        <p>Columna 4. Dice vuestra merced que las octavas se ven ennoblecidas porque en ellas
          escribió su <title>Infierno</title> el <name type="authority">Dante</name><note type="app" rend="I">Nota marginal ajena a Cuesta: «octavas».</note>. Bien se
          conoce qué versado está vuestra merced en los poetas italianos o etruscos<note
            place="bottom">Con los albores del humanismo comienza una tradición florentina que
            identifica, con fines de ennoblecimiento, Toscana con Etruria. Primero documentada en la
              <emph>Genealogia deorum</emph> de Boccaccio, se desarrolla en el siglo XV, por
            ejemplo, cuando Coluccio Salutati defiende la libertad como cualidad distintiva de la
            república florentina y herencia de las libertades etruscas, lo que es una manera de
            diferenciarse de Roma y mostrar un linaje independiente y más antiguo. Todo ello será
            recuperado por los Medici cuando estos convirtieron a Toscana en un gran ducado
            hereditario. Véase Stefano Bruni, «Firenze, i Medici e gli Etruschi», Conferenza, Vasari
            Auditorium, Conferencia del 19 de Mayo 2019. <ref
              target="https://www.uffizi.it/en/video/stefano-bruni-florence-the-medici-and-the-etruscans"
              >https://www.uffizi.it/en/video/stefano-bruni-florence-the-medici-and-the-etruscans</ref>.
            Desde tan tempranas fechas y casi hasta nuestros días, los hombres cultos de Italia
            usaron ocasionalmente «etrusco» como sinónimo de toscano». En asuntos de lengua y
            literatura, después de que el toscano se impusiera como principal lengua literaria de
            Italia, podían llamarse etruscos los escritores italianos o la mayoría de ellos, puesto
            que manejaban el toscano. Según Cuesta (no hemos podido comprobarlo), Pellicer se hace
            eco esta tradición erudita cuando habla de poetas etruscos en <emph>El Fénix y su
              historia natural</emph>, pero es ridícula en él esa afectación de familiaridad con las
            letras de Italia, desde el momento en que comete un error tan craso como suponer que
            Dante, poeta florentino y «etrusco» por excelencia, escribió en octavas la <emph>Divina
              Comedia</emph>.</note>, como vuestra merced dice en su <title>Diatribas</title><note
            place="bottom">Se refiere al bloque erudito de <emph>El Fénix y su historia natural,
              escrita en veinte y dos Exercitaciones, Diatribes o Capítulos</emph>.</note>, pues
          habiendo escrito el <name type="authority">Dante</name> en tercetos, dice que escribió en
          octavas.</p>
        <p>Columna 7<note place="bottom"><emph>Polifemo</emph>, OC255.1: «Estas que me dictó rimas
            sonoras».</note>. Dice vuestra merced que <emph>dictó</emph> viene de
            <emph>dictio</emph>. Por cierto, donosa etimología. Sepa vuestra merced que una palabra
          y otra salen del supino <emph>dictum</emph>. Mas lo que me causa risa es que para
          confirmación de que <emph>dictio</emph> «es lo mismo que oráculo», use vuestra merced <pb
            n="f. 418r"/> de la autoridad de <name type="authority">Pollux</name>, autor que no supo
          latín en su vida<note place="bottom">Pellicer dice citar del libro I del <emph
              xml:lang="it">Onomasticon</emph> la frase «<emph xml:lang="it">Dictio ex Deo
              venit</emph>». Remite, pues, a un diccionario de expresiones áticas, ordenadas por
            temas, vinculado al movimiento aticista propio de la Segunda sofística. Es obra de Julio
            Pólux, retórico y lexicógrafo griego del siglo III d. C. El uso de la cita le parece un
            dislate a Cuesta, puesto que Pólux, autor griego y que escribía para lectores del
            griego, no puede ser autoridad para una palabra puramente latina como
              <emph>dictio</emph>. Se trata, pues, de un error por «muchachería», dice Cuesta y
            falta de discernimiento crítico. De todos modos, añadimos, puede que la frase se la
            inventara Pellicer. En todo caso, no hemos encontrado la tal sentencia, un tanto absurda
            por lo demás, en la versión latina del <emph>Onomasticon</emph> en circulación en esta
            época, obra de Rodolfo Gualtero Tigurino (consultada en la versión en diez libros de
            Francfort, 1608). </note>. Sepa vuestra merced, señor, que es muchachería alegar los
          autores griegos para mostrar el uso de las voces latinas, que ni ellos ni sus intérpretes
          tienen autoridad.</p>
        <p>Más abajo dos rengloncicos nos enseña vuestra merced una cosa notable, y dice que el
          dictador era «oficio considerable en el P. R.». <emph>Dispeream</emph><note place="bottom"
              ><emph>P.R</emph>. era abreviatura usual de Principado Romano, y
              <emph>dispeream</emph> una fórmula originariamente poética muy usada por los latinos
              (<emph>cfr</emph>. Catulo, <num>xcii</num>, 2; Horacio, <emph>Sat</emph>., I,
              <num>ix</num>, 47; Propercio, II, <num>xxi</num>, 9, o Marcial, I, <num>xxxix</num>,
            8) y graciosamente recordada por Cuesta, que le da el sentido de la locución coloquial
            «Que me maten si…», usada para asegurar la certeza de una conjetura. <emph>Vid</emph>.
            también la nota siguiente.</note> si vuestra merced sabe qué es dictador más que la mula
          de <name type="authority">Papiniano</name><note place="bottom">Papiniano fue un
            jurisconsulto romano del siglo <num>iii</num>, pero su mula debió de ser tan ignorante
            en materias legales como la de Tulio en cuestiones de retórica, a juzgar por un pasaje
            de las <emph>Notas al «Polifemo»</emph> (Nota 37) casi idéntico al presente: «mas
              <emph>dispeream</emph> si sabe qué es apóstrofe más que la mula de Cicerón». Esto de
            «mula de Papiniano» o «mula de Cicerón» fue probablemente manera usual de motejar a
            alguien que hace alarde de erudición citando a autores no leídos o no entendidos. No por
            rozarse con los autores, como lo hacían sus mulas o jumentos, adquiere uno su sabiduría,
            según uno de estos chistes irónicos que manejaban los humanistas.</note>; porque la
          mayor dignidad que podía imaginarse no se puede llamar «oficio considerable», que de
          cualquier otro se dice.</p>
        <p>Columna 8<note place="bottom">A propósito de <emph>rimas</emph> (por el primer verso del
              <emph>Polifemo</emph>), como nos recuerda una nota marginal ajena a Cuesta:
            «Rhitmo».</note>. Dice vuestra merced que ritmo se llama en latín
            <emph>concinnitas</emph> «y en español <emph>canto</emph> no de <emph>cino</emph> sino a
            <emph>concinendo</emph>». No sé, por Dios, qué quiere vuestra merced que sepamos con
          esta su etimología. Porque decir que <emph>canto</emph>
          <pb n="f. 418v"/> no vino de <emph>cino</emph>, yo lo confieso, que ninguna palabra puede
          venir de la que no hay ni hubo, y <emph>cino</emph> no le hay en el mundo. Si es yerro de
          imprenta y quiso decir vuestra merced <emph>cano</emph>, es yerro, porque
            <emph>canto</emph> vino de <emph>cano</emph>; mas debióle de engañar a vuestra merced la
          reglilla del <emph>Arte</emph> que a <emph>cano</emph> no le da supino<note place="bottom"
            >A los compuestos de <emph>cano</emph> «no se les da supino porque no hay Autor que le
            haya usado, aunque son argumentos de que se usó antiguamente las voces <emph>cantus,
              accentus, concentus</emph>» (Nebrija 1609: 91). Por lo demás, comp. Abad de Rute,
              <emph>Examen del «Antídoto»</emph>: «engañado quizás con aquella reglilla del
            Antonio…» (Fernández de Córdoba 2019). Cuesta no deja de mostrar su desdén hacia el
            trajinado <emph>Arte</emph> de Nebrija, impuesto en 1604 como texto único tras la
            revisión del P. Juan Luis de la Cerda, «con el disgusto consiguiente de los catedráticos
            de Salamanca». <emph>Vid</emph>. Gil 1981: 98-116.</note>. Mas sepa vuestra merced que
          si por ahí se guía dirá grandes disparates, y <emph>canto de concinendo</emph> no sé cómo
          puede venir, siendo al revés<note place="bottom"><emph>Concino</emph>, que significa
            cantar o hacer música en grupo, es un derivado del verbo <emph>cano</emph> «canto» (cuyo
            supino, mal que le pese a Nebrija, es <emph>cantum</emph>), precedido del prefijo
              <emph>cum</emph>, Con esa lógica muy suya, Pellicer plantea una retorcida derivación
            que haría descender <emph>canto</emph> de <emph>concino</emph>.</note>.</p>
        <p>Columna 12<note place="bottom">A propósito de «en las purpúreas horas»
              (<emph>Polifemo</emph>, OC255.3).</note>. Dice vuestra merced que <name
            type="authority">Persio</name>, en aquel verso</p>
        <quote>
          <l>Nec in bicipiti somniasse Parnaso / memini <note place="bottom">Persio,
                <emph>Prologus</emph>, 2-3 (Cuesta, añadiendo la última palabra a la cita de
              Pellicer, lo da como un solo verso). Esto es: ‘y no recuerdo haber soñado en el
              Parnaso de doble cumbre’.</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">aludió a los sueños de <name type="authority">Hesíodo</name> y <name
            type="authority">Ennio</name><note place="bottom"><emph>Cfr</emph>. Ennio, fr. A5ss, y
            Hesíodo, <emph>Teogonía</emph>, 22ss.</note>. De <name type="authority">Ennio</name>
          pase, pero de <name type="authority">Hesíodo</name> nunca se lee que soñase en el Parnaso,
          sino que siendo pastor se le aparecieron en Ascra las musas. A esto aludió <name
            type="authority">Ovidio</name>, 1, <title>Artes</title>:</p>
        <quote>
          <l>Nec mihi sunt visae Clio Cliusque sorores</l>
          <l>servanti pecudes vallibus, Ascra, tuis<note place="bottom">Ovidio, <emph>Ars
                amatoria</emph>, I, 27-28: ‘Ni fueron vistas por mí Clío y las hermanas de Clío
              cuando guardaba los rebaños en tus valles, Ascra’.</note>.</l>
        </quote>
        <p><pb n="f. 419r"/> En la misma columna dice vuestra merced que «los romanos no tenían
          horas, sino vigilias». Los romanos tenían doce horas de día y doce de noche mas estas las
          dividían en tres partes que llamaban <emph>vigilias</emph>. Mas esto no es carecer de
          horas.</p>
        <p>Columna 21. Esta voz <emph>alcándara</emph><note type="app" rend="I">
              <emph>Cfr. Polifemo</emph>, OC255.11: «o tan mudo en la alcándara». Una nota marginal
            ajena a Cuesta reza: «Alcandora». Comp. <emph>Notas al «Polifemo»</emph>, 3.</note> dice
          vuestra merced que es griega, y da una ridícula etimología. No disputo de ella, porque
          quisiera notar solo lo que todos, y vuestra merced también<note place="bottom">Este
            «quisiera notar solo lo que todos, y vuestra merced también, puedan entender» es un
            botón de muestra del estilo polémico de Cuesta, abundante en insinuaciones mordaces, que
            por lo general no señalamos en nota y dejamos a la apreciación del lector. Es necesario
            que todos entiendan para que hasta el mismo Pellicer entienda, con lo que se insinúa que
            es más tonto que todos. De ahí que Cuesta diga una y otra vez que no quiere meterse en
            sutilezas ni profundidades ni hablar otra cosa que castellano. La verdad es que no
            resiste a veces a la tentación de dar alguna lección de filología griega no muy
            necesaria, como a propósito de la “v” latina (de <emph>divus, Davus, Ludovicus</emph>),
            ausente, según dice, en los equivalentes griegos.</note>, pueda entender. Mas reparo en
          que dice vuestra merced que no se ha de leer <emph>alcándara</emph>, sino
            <emph>alcandora</emph><note place="bottom"><emph xml:lang="it">Cfr</emph>. solo Vilanova
            1957, I: 222-227.</note>. Semejante es vuestra merced a <name type="authority"
            >Herrera</name>, que en el comento a <name type="authority">Garcilaso</name> dijo que no
          se había de leer <emph>ruiseñor</emph> sino <emph>ruiseñol</emph>, y da una razón tan
          ridícula como otras que suele<note place="bottom">Herrera propone la forma
              <emph>russeñol</emph>, porque <emph>ruiseñor</emph> no es voz «bien compuesta, ni
            deducida como la primera de <emph>lusciniola</emph> y <emph>ruscignuolo</emph>, diciones
            latina y toscana. Quien no admitiera el uso de ella, no me ponga más culpa que la que
            merece esta osadía, que no por eso dejará de haber alguno, por ventura, que se satisfaga
            de ella y piense que es más suave y blanda y propia» (<emph>Anotaciones</emph>, en
            Gallego Morell,1973: 439, a propósito del verso 324 de la Égloga I de Garcilaso). No fue
            Andrés Cuesta el único en reprocharle a Herrera –algo desmedidamente– esos criterios;
            comp. Prete Jacopín: «mejor fuera en buena fe que mirárades en esto y no en tachar este
            nombre, <emph>ruiseñor</emph>, diciendo que se ha de escribir <emph>rusiñol</emph>
            porque es más semejante al latín e italiano. ¡Oh qué buena razón!» (observación
              <num>x</num>, en Herrera 1870: 15). También Covarrubias vería que «el vocablo
              <emph>ruiseñor</emph> está muy corrompido de la palabra italiana». </note>. Yo solo
          digo que en los vocablos que ya no se usan, como son todos los griegos y latinos, y muchos
          de las <title>Partidas</title>, puede haber disputa si se han de leer de esta o de aquella
            manera<note place="bottom">Las ediciones de las <emph>Partidas</emph> que resultaban más
            accesibles a los humanistas de la época de Cuesta eran las de Salamanca, 1555, 1565,
            1576; Valladolid, 1587-1588, y Madrid, 1597-1598.</note> y lo más cierto es, aunque no
          lo afirmo, acomodarnos a las etimologías, <pb n="f. 419v"/> como <name type="authority"
            >Poliziano</name> escribía <emph>adulescens</emph> y muchos <emph>Vergilius</emph>, de
          que hay sobrados ejemplos<note place="bottom"><emph>Vid</emph>. Poliziano,
              <emph>Epístolas</emph>, V, <num>ii</num> y <num>iii</num>, y <emph>Misceláneas</emph>,
              <num>lxxvii</num>. <emph>Cfr</emph>. también lo que dice Calepino <emph>s. v.
              Virgilius</emph>, citando a Poliziano. </note>. Mas en los vocablos que usamos no se
          ha de mirar sino cómo pronuncia un vulgo, y de aquella manera se ha de escribir y hablar.
          En los vocablos raros –así llamo los que solo usan los de algún oficio–, ver cómo los
          pronuncian los tales, y aquella es su verdadera pronunciación. Todos los cazadores dicen
            <emph>alcándara</emph>; los libros escritos no tienen otra cosa. En todas las
          impresiones de <title>Celestina</title> está: «Abatióse el girifalte y fuile a enderezar
          en la <emph>alcándara</emph>»<note place="bottom">Rojas 1980: 21. Entre finales del
              <num>xvi</num> y principios del <num>xvii</num> se publicaron ediciones de <emph>La
              Celestina</emph> en Madrid, 1601, 1619, 1632; Alcalá, 1586; Tarragona, 1595; Amberes,
            1595, 1599; Sevilla, 1596; Zaragoza, 1607, y Milán, 1622.</note>, y en los demás libros
          también. Y quien latín no sabe, no ha de procurar ir, a título de griego, contra el
            corriente<note place="bottom">«Ir contra el corriente», a contracorriente del consenso
            espontáneo de los hablantes del idioma, está reñido con los principios lingüísticos de
            Cuesta, compartidos con su maestro Correas. Estos prescriben que se respeten las
            particularidades de los idiomas, y más las del castellano, lengua noble donde las haya,
            tanto que algunos pretendían, con patriótica obcecación, que existió desde una remota
            antigüedad. Y es más censurable todavía cuestionar el uso en virtud de la más que dudosa
            ascendencia griega de un vocablo como «alcándara» y más si quien lo hace, pretendiendo
            legislar en castellano con base al griego, ignora el griego y ni siquiera sabe latín.
            Por lo demás este tipo de razonamiento presupone que quien sabe griego no puede ignorar
            el latín, y quien sabe mal el latín peor sabrá el griego. Claro que la idea es falsa en
            términos absolutos, pero resultaba una obviedad teniendo en cuenta la estructura de la
            enseñanza de entonces, que hacía del latín una base de la enseñanza a los adolescentes y
            del griego una lengua muy minoritaria, reservada a los estudiantes de mayor talento o
            vocación por las letras humanas. Para explicar la vindicación de la autonomía de la
            lengua vernácula, que Cuesta comparte con su maestro Correas, no hace falta pensar en
            los defensores a ultranza de un castellano primitivo, como López Madera o el mismo
            Correas, puesto que es esencialmente clásica la idea de que el uso, es decir, el modo en
            que se expresa la mayoría de los que comparten un idioma, sienta legítimamente la norma
            lingüística, idea ya presente en el famoso adagio horaciano: «<emph>si volet usus, quem
              penes arbitrium est et ius et norma loquendi</emph>» (<emph>Ars poetica</emph>,
            71-72). Cuesta matiza este aserto, asentando que solo es válido el principio en las
            lenguas vivas.</note> de lo que se pronuncia en toda España.</p>
        <p>Columna 25<note place="bottom">En el comentario de «gima el lebrel en el cordón de seda»
              (<emph>Polifemo</emph>, OC255.15).</note>. Dice vuestra merced que el correr toros es
          «ceremonia tan antigua» «que la toca <name type="authority">Claudiano</name>»<note
            place="bottom">Pellicer cita el poema de Claudiano <emph>De consulatu
            Stilichonis</emph>, III, 301: « magnaque taurorum fracturae colla Britanniae», ‘perras
            de Bretaña capaces de romper la gran cerviz de los toros’.</note>. Dejo aquella palabra
            <emph>ceremonia</emph> y digo que mucho más antiguo es <name type="authority"
            >Marcial</name> y se hace mención de toros en su <title>Anfiteatro</title><note
            place="bottom">Marcial, <emph>De Spectaculis</emph> (libro conocido habitualmente como
              <emph>Anfiteatro</emph> por el primero de sus poemas), <num>ix, xvi, xix</num>… y
            muchos epigramas más (<emph>vid</emph>. la edición comentada de Ramírez de Prado:
            Marcial, 1607: 16-17). <emph>Cfr</emph>. Caro, 1978, I: 61-66.</note>.</p>
        <p><pb n="f. 420r"/> Más adelante dice vuestra merced que la cópula de los lebreles «no era
          de seda, sino de cadenas». No sé que haya español ni garamanta<note place="bottom"
              ><emph>garamanta</emph>: remoto habitante del levante de Etiopía (Plinio,
              <emph>Naturalis Historia</emph>, IV, <num>viii</num>) recordado frecuentemente en la
            literatura del Siglo de Oro: cfr. <emph>El Crotalón</emph> (Villalón, 1982: 341);
              <emph>Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso</emph> (Rufo 1972: 184, ap.
            527), o <emph>Don Quijote</emph>, I, <num>xviii</num> (Cervantes 1982: 176). La
            extravagancia de Pellicer al llamar cópula al cordón o lazo de los perros es tal que
            hasta a los garamantas les sonaría raro. Ciertamente, usa <emph>copula</emph>, en latín,
            a imitación de Emilio Probo y de Ovidio, a los que cita poco antes, pero lo hace en una
            frase española, sin justificación alguna.</note> que entienda por «cópula», en los
          perros, el lazo.</p>
        <p>Columna 46<note place="bottom">A propósito de <emph>Polifemo</emph>, OC255.45: «y redil
            espacioso…».</note>. Dice vuestra merced que <emph>redil</emph> vino «de
            <emph>reptile</emph>, lugar donde se recogen las ovejas», y que «es voz de que usó <name
            type="authority">Píndaro</name>, <title>Pyth</title>. <emph>od</emph>. 1». Lo primero,
          <emph>reptile</emph> no sé que sea en aquella significación<note type="app" rend="I"> En el texto: «no sé que sea en aquella significación sea voz latina».
            Sobra uno de los dos «sea», y suprimimos el segundo. Se trata de un manifiesto error,
            muy raro en Cuesta, debido a la vacilación entre las dos colocaciones, ambas
            posibles.</note> voz latina, y, cuando lo sea, no entiendo cómo diablos <name
            type="authority">Píndaro</name> pudo usar de ella, supuesto que escribió en griego y no
          supo más latín que yo arábigo, o vuestra merced griego<note place="bottom">Una de las
            ediciones bilingües más difundidas de los poetas líricos griegos fue <emph>Pindari
              Olympia, Pythia, Nemea, Isthmia, caeterorum octo Lyricorum carmina</emph>, de Henri
            Estienne, quien, traduciendo –en efecto– un verso de Píndaro, <emph>Pythica</emph>, I,
            26, escribió, refiriéndose al Etna: «Illud autem Vulcani reptile gurgites valde
            horrendos eiectat» (Píndaro 1566: 163) (‘Aquel dragón de Vulcano arroja torrentes de
            ardiente lava’), pero eso nada tiene que ver con la palabra «redil» usada por Góngora.
            El disparate de Pellicer no tiene por donde salvarlo.</note>. Por una parte me admiro de
          que haya hombre tan atrevido que se atreva a decir lo que no ha visto, y por otra tengo
          lástima a los que se ceban en tales libros.</p>
        <p>En la misma columna, nota 5, dice vuestra merced que «<emph>cabrío</emph> se llama no
          solo el ganado de cabras, sino la punta del árbol»<note place="bottom">A propósito del
            verso «cuanto en las cumbres ásperas cabrío» (<emph>Polifemo</emph>, OC255.46).</note>.
          Debió vuestra merced advertir que se diferencia <pb n="f. 420v"/> en el acento:
            <emph>cábrio</emph> el madero y <emph>cabrío</emph> la copia de cabras<note
            place="bottom"><emph>cabrio</emph>, acentuado en la /a/, «es la punta del pino, de que
            se hace madera delgada para cubrir las casas de los labradores y desvanes de tejados»
              (<emph>Cov</emph>.). </note>.</p>
        <p>Columna 47, nota 6. Charta, dice vuestra merced, se dijo «de <emph>Charta</emph>, ciudad
          de Tiro», porque junto a ella se hallaron los juncos<note place="bottom">A esos
            andurriales se va Pellicer porque piensa que «el <emph>silbar</emph> y
              <emph>sellar</emph> [“que un silbo junta y un peñasco sella”, <emph>Polifemo</emph>,
            OC255.48] hace alusión al modo de cerrar hoy las cartas». </note>. No sé de quién
          aprendió vuestra merced esta etimología, pues <emph>charta</emph> se dijo de χαίρειν, que
          es la primera palabra que en ella se escribía<note place="bottom">La fórmula χαίρειν [y
            otras formas del mismo verbo] se usaba al principio de las cartas, con un sentido
            cercano al del latín <emph>ave</emph> o al de <emph>salve</emph>. Es el infinitivo del
            verbo χαίρω, que quiere decir alegrarse, ser dichoso, prosperar, del que derivaban
            expresiones formularias de saludo y de augurio feliz. De esta fórmula inicial se habría
            pasado por metonimia al soporte, el papiro o el papel, y de ahí <emph>charta</emph>, en
            latín, y «carta» en español. La etimología, desde luego más ingeniosa que la de
            Pellicer, no es menos falsa. Parece establecido que <emph>charta</emph> viene de χάρτης,
            palabra griega que quiere decir papiro o papel. La etimología de <emph>charta</emph>
            &lt; χαίρειν está en las <emph>Animaduersiones</emph> de José Justo Escalígero al
              <emph>Commentarium de papyro</emph> de Melchor Guilandinus y tal vez de ahí la sacara
            Cuesta. Debemos la noticia a Pedro Conde.</note>.</p>
        <p>Columna 61<note place="bottom">Hay error en la numeración de las <emph>Lecciones
              solemnes</emph>; es, en realidad, la col. 59, donde está comentando Pellicer (¡desde
            la 55!) lo de «Negro el cabello, imitador undoso / de las obscuras aguas del Leteo»
              (<emph>Polifemo</emph>, OC255.57-58).</note>. Después de haber fuera de propósito
          hablado del río Leteo, diciendo que Guadalete es el Leteo de los antiguos<note
            place="bottom">Era creencia antigua muy atendida entonces: <emph>cfr</emph>. solo
              <emph>Marcos de Obregón</emph>, III, <num>xiv</num> (Espinel, 1969-1970, II: 223) o
              <emph>La Dorotea</emph>, II, <num>ii</num> (Vega 1968: 141-142 y n. 34).</note> y que
          los árabes le añadieron <emph>guadal</emph> porque «allí se dio a olvido la monarquía de
          Rodrigo», no cuadra bien el ejemplo que vuestra merced pone de los Túrdulos, porque ellos
          pudieron llamar ‘río de olvido’ adonde perdieron su capitán, mas los árabes ‘río de
          memoria’ debieron nombrar el río adonde tanto ganaron.</p>
        <p>Columna 65, nota 3<note place="bottom"><emph>Cfr. Polifemo</emph>, OC255.65-69, donde se
            ponderan las hazañas cinegéticas del cíclope de quien no escapan ni las fieras más
            feroces, ni las más ligeras, que «la Trinacria [Sicilia] calzó de viento».</note>. Son
          palabras de vuestra merced: «De la ligereza de Polifemo, <name type="authority">Apolonio
            Rodio</name>, lib. 2 <title>Arg</title>., pondera que, corriendo por el mar, <pb
            n="f. 421r"/> apenas mojaba las plantas». Confiésole a vuestra merced que no pude tener
          la risa, viendo –aunque de otros muchos, particularmente de este lugar– que vuestra merced
          se va por los índices de los libros y pone lo que ellos le dicen sin reparar de quién
            hablan<note place="bottom">En lo mismo insiste Cuesta en sus <emph>Notas al
              «Polifemo»</emph>, f. 343v: «Pues el modo con que alega los autores más muestra que no
            ha hecho otra cosa que irse por los índices de los libros y alegar a trochi moche, a
            diestro y a siniestro, sin saber a qué propósito hablan los autores, ni en qué ocasión
            hacen mención de lo que dicen. Con que quien tuviere lugar de cotejar algunos, o sin
            cotejarlos estuviere versado en los autores de letras humanas, no podrá tener la risa de
            que haya hombre tan atrevido que también quiera aprovecharse de la ignorancia de los
            demás, en que fía más que en su sabiduría»</note>. Hace allí <name type="authority"
            >Apolonio</name> mención de uno de los Argonautas, compañeros de Jasón, que ni era
          cíclope ni tenía que ver con él con mil leguas; y viendo vuestra merced en el índice de
          los poetas griegos «Polyphemi velocitas»<note place="bottom">Puede tratarse del
              «<emph>Index rerum et verborum locupletissimus in omnes graecos poetas veteres,
              heroici carminis scriptores</emph>» de una obra bilingüe greco-latina compilada por
            Jacobo Lectio donde están recogidos los poetas épicos griegos, y entre ellos Apolonio de
            Rodas, bajo el título <emph>Poetae graeci veteres carminis heroici scriptores qui extant
              omnes</emph> (Ginebra, 1606). En este índice aparece, "<emph>Polyphemi in currendo
              velocitas</emph>", remitiendo a unas líneas de <emph>Argonáuticas</emph> I, 180, p. 5
            (La paginación vuelve a empezar con el poema de Apolonio de Rodas). Este Polifemo no es
            el cíclope del que habla la fábula de Góngora, sino otro personaje, como comentamos más
            abajo.</note>, pensó que había hallado una cosa muy buena y a propósito. Lo mismo le
          sucedió a su antagonista de vuestra merced <name type="polemista">Coronel</name><note
            place="bottom">Es harto displicente esta manera de referirse a Salcedo Coronel como
            «antagonista» de Pellicer, utilizando un cultismo helenizante y remitiendo a los dos
            rivales a una misma insuficiencia, de la que pueden consolarse mutuamente. Salcedo y
            Pellicer, como se sabe, dejaron huella de su hostilidad en sus obras impresas. El que
            abrió el fuego fue Pellicer, quien, en las <emph>Lecciones solemnes</emph>, al concluir
            los comentos del <emph>Polifemo</emph>, dice así, aludiendo al que se adelantó a
            imprimir su contrincante: «Pero en tanto que otros sudaban en esta arena, intenté
            correrla yo: no entiendo llegar primero al palio, aunque salí antes, pero en estudiosas
            tareas, el que acierta madrugó más. Al que yerra, el trasnochar no se le alaba; y el
            premio se le debe al seso, no a la prisa, sin que tenga disculpa en lo temprano» (col.
            350). Véase Izquierdo, 2018. Ha analizado los testimonios de la rivalidad de ambos
            comentaristas (y de su posterior reconciliación) Valentín Núñez Rivera en su edición de
            las <emph>Segundas lecciones solemnes</emph> (Pellicer 2019 y Núñez Rivera
          2022).</note>; consuélese vuestra merced con él<note place="bottom">Aunque en el original
            griego se habla, en realidad, de <emph>Eufemos</emph>, «el más rápido de los hombres»,
            hijo de Poseidón y de la ninfa Europe, el texto de la vulgata de Apolonio consagraba un
            error común a casi toda la tradición, leyendo ahí (I, 179) el nombre de otro de los
            argonautas, Polifemo, un lapita amigo de Hércules, hijo del mismo dios. Por ello en la
            primera y más utilizada versión latina de las <emph>Argonáuticas</emph>, la de Hartung
            (el «intérprete de Apolonio» aludido repetidamente en las <emph>Anotaciones</emph> de
            Herrera), se atribuye al tocayo del cíclope la velocidad de Eufemo. Y por la misma vía
            falsa rodaba Salcedo Coronel al aducir literalmente (Salcedo 1629: 17v) la versión
            latina: «<emph>Ille vir et ponti super cana currebat, / unda neque celeres tinxit pedes,
              sed paululum extremis / plantis madefactus, liquida ablatus est via</emph>» (Apolonio,
            1550: 8): 'Aquel varón corría hasta sobre el mar espumoso sin mojar siquiera sus ligeros
            pies, sino que humedeciendo apenas del extremo de sus plantas, iba por el líquido
            camino'. Véase el texto griego de <emph>Argonauticas</emph> I,182-184: «Κεῖνος ἀνὴρ καὶ
            πόντου ἐπὶ γλαυκοῖο θέεσκεν /οἴδματος, οὐδὲ θοοὺς βάπτεν πόδας, ἀλλ' ὅσον ἄκροιςἴχνεσι
            τεγγόμενος διερῇ πεφόρητο κελεύθῳ»
            (https://remacle.org/bloodwolf/poetes/apollonius/argo1.htm). Lo cierto es que Pellicer
            tiene alguna excusa porque la mención <emph>Polyphemi velocitas</emph> en el índice de
            esta copiosa compilación de poetas griegos se sitúa en medio de una serie de referencias
            al Polifemo homérico: <emph>Polyphemus iratus adversus Ulyssem, Polyphemo iacenti ob
              merum</emph>, etc. o al Polifemo de Teócrito (cuyos idilios recoge también el
            volumen), que es el mismo cíclope, <emph>Polyphemus Galateæ amator, Polyphemi remedium
              contra vulnera amoris</emph>. Otras referencias pueden apuntar tanto al Polifemo de la
              <emph>Odisea</emph> como al de los <emph>Idilios</emph>, así <emph>antrum
              Polyphemi</emph>, o incluso pueden referirse a un tiempo al cíclope y al argonauta
            que, además de tener el mismo nombre, compartían la condición de hijos de Poseidón,
              <emph>alias</emph> Neptuno: <emph>Polyphemus Neptuni filius</emph>. Todo esto indica
            que tal vez ni Pellicer, ni Salcedo Coronel, ni el mismo Cuesta habían visto una edición
            exenta de las <emph>Argonáuticas</emph> sino que manejaban este grueso infolio de los
            poetas griegos, que daba traducciones preexistentes, como la de Hartung para
            Apolonio.</note>.</p>
        <figure><graphic
          url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig7.png"/>
        <head>Fig. 7. <emph>Index...in omnes graecos poetas veteres, heroici carminis
          scriptores</emph> (Lectius, 1606). Detalle.</head></figure>
        <p>Columna 66. Después de haber hecho el papel del número de ciento<note place="bottom">A
            propósito del verso «su piel manchada de colores ciento», Pellicer suelta una larga
            parrafada inútil sobre las maravillas del «número de ciento, que siempre en todas las
            edades fue místico». Con «el papel del número de ciento», tal vez quiere decir Cuesta el
            informe en defensa de los derechos de este número, al modo del «que hacen los abogados
            en defensa del pleito de la parte que defienden», según la explicación que da
              <emph>Autoridades</emph> de la expresión «papel en derecho». Si es así, da en el clavo
            pues el género que con mayor fortuna y asiduidad cultivó el aragonés es el de los
            papeles en defensa de los títulos y privilegios de tal individuo o linaje (Pellicer
            1671).</note>, dice vuestra merced: «y de aquí se llaman <emph>centones</emph> los
          versos que se componen de pedazos de otros: porque constituyen cuerpo perfecto y poema
            consumado»<note place="bottom">Por lo de «su piel manchada de colores ciento»
              (<emph>Polifemo</emph>, OC255.68).</note>. <emph>Cento</emph> significa una vestidura
          hecha de muchos remiendos, <pb n="f. 421v"/> de aquí <emph>centones</emph> los versos
          hechos de muchos pedazos de otros<note place="bottom">Cuesta coincide con la explicación
            de Covarrubias, <emph>s. v. centones</emph>.</note>. Mas dame mucho gusto la razoncilla
          que vuestra merced da: «porque constituyen cuerpo perfecto y poema consumado». Luego las
          obras de <name type="authority">Homero</name> y <name type="authority">Virgilio</name>
          podrán llamarse así con mucho mejor título.</p>
        <p>Columna 68. En la explicación de la octava 10, para decir que está clara dice vuestra
          merced que no tiene necesidad de «mucho Edipo». En muchas cosas tiene vuestra merced mil
          donosuras con que no poco pasatiempo da a los doctos, mas en traducir los adagios latinos
          a nuestra lengua es graciosísimo. No acabamos de reírnos de aquel que traduciendo a
            <title>Don Quijote</title> en italiano, llegando a la fórmula española «tomó las de
          Villadiego», dijo «<quote><emph>piglio le calzette di vigla Iacobo</emph></quote>»<note
            place="bottom">Como da a pensar el macarrónico italiano, el dato no es otra cosa que una
            divertida invención del donoso licenciado al estilo de los chistecillos literarios que
            comentábamos más arriba a propósito de los nombres, porque la única traducción italiana
            que pudo ver es la de Franciosini: <emph>L’ingegnoso Cittadino Don Chisciotte della
              Mancia</emph>…. En ella se elude, sin intentar bordaduras, la siempre proverbial habla
            de Sancho, pues en el pasaje que nos interesa, citado de memoria por Cuesta (I,
              <num>xxi</num>), el par de fórmulas castellanas («según él puso pies en polvorosa y
            cogió las de Villadiego») se queda en nada: «che essendosene così fuggito» Cervantes,
            1622, I: 204). Mantenemos, en todo caso, la transcripción de Cuesta en ambas
            lenguas.</note>. Y quiere vuestra merced que en medio de Castilla nos admiremos de quien
          dice que no hay necesidad de «mucho Edipo», «no le cantaremos la palinodia», «ofrecer
          símbolo», <pb n="f. 422r"/> «dar segunda esponja» y otros semejantes delirios<note
            place="bottom"><emph>Cfr. Lecciones solemnes</emph>, cols. 73 y 76. Estos «delirios» son
            expresiones rebuscadamente eruditas, en opinión de Cuesta, mera afectación de un saber
            mostrenco. </note>.</p>
        <p>Columna 78, nota 5<note place="bottom">Es la nota a «rompe Tritón su caracol torcido»
              (<emph>Polifemo</emph>, OC255.94), donde pone Pellicer algunas autoridades que «dicen
            lo mismo» y, entre ellas, a Teognis, siendo lo de «<emph>in gryph</emph>» –según
            conjetura de Micó, 1985– una alusión a alguno de los impresores de la familia Grifo (el
            fundador fue Sebastianus Gryphius, en francés Gryphe, nombre latinizado de un alemán,
            Greiff, instalado en Lyon) de quienes no consta, sin embargo, ninguna edición del
            escritor griego.</note>. Alega vuestra merced a «<name type="authority">Teognis</name>
          <emph>in Gryph</emph>». No sé qué libro es: vuestra merced me la haga de decírmelo<note
            place="bottom">El zeugma («vuestra <emph>merced</emph> me la haga»), complicado por la
            abreviatura original (Cuesta escribe literalmente «v. m. me la haga»), era, no obstante,
            un modismo usadísimo que, entre otros muchos, mereció las mofas de Quevedo
              (<emph>Premática que este año de 1600 se ordenó…</emph>, en Quevedo, 1981: 84);
              <emph>vid</emph>. un ejemplo cervantino de su uso en <emph>La ilustre fregona
            (</emph>Cervantes 1982, III: 71).</note>.</p>
        <p>Columna 83<note place="bottom"><emph>Cfr. Polifemo</emph>, OC255.99: «Galatea es su
            nombre». Véase Cuesta, Notas al «Polifemo», BNE Ms. 3906, f. 321v.</note>. Dice vuestra
          merced que Galatea se dijo de γάλα, <emph>lac</emph>, ‘la leche’, «por la espuma láctea o
          cándida del mar». Y tiene razón, porque como dice el lugar de <name type="authority"
            >Eustacio</name> que vuestra merced alega, <emph>propter fluctuum lacteam formam sic
            vocatur</emph><note place="bottom">Del bizantino Eustacio (<hi rend="color_4D5156"
              >Εὐστάθιος)</hi>, arzobispo de Tesalónica y afamado erudito del siglo XII, se
            conservan notas a Sófocles, Píndaro, Dionisio el Geógrafo y los comentarios de la
              <emph>Ilíada</emph> y la <emph>Odisea</emph>, publicados en Roma por el tipógrafo
            Antonio Blado a partir de manuscritos de la Biblioteca Vaticana (en cuatro volúmenes,
            producidos entre 1542 y 1550); otra edición salió en Basilea, 1559-1560. En estas
            ediciones solo figura el texto griego. Véase, sobre Eustacio, Reynolds y Wilson 1974:
            61-62. Como me indica Bartolomé Pozuelo, el pasaje de Eustacio acerca de Galatea es
            citado en griego y traducido al latín en la edición comentada de los epigramas de
            Marcial por el jesuita Mateo Rader. Se encuentra el sintagma «<emph>propter fluctuum
              lacteam formam sic vocatur</emph>» en este libro muy difundido y que es muy probable
            que tuvieran en manos tanto Pellicer como Cuesta. (Raderus 1611: 68). Se confirma con
            ello que muchas referencias eruditas tenían como mediación las grandes ediciones
            comentadas de los clásicos. Por ello quiso hacer Pellicer, con el pretexto de un
            comentario de Góngora, algo parecido en español.</note>. Mas añade vuestra merced que
          «los marineros dicen por esto del sosiego del mar que está <emph>en leche</emph>». No he
          oído en mi vida cosa más ridícula, ni espero leerla en libro ninguno, si no es que vuestra
          merced piensa alguna sutileza de las que suele. Mas adelante. ¡Miren si los marineros
          habían de deducir de Galatea el estar el mar en leche! Leche me vuelva yo, que es
          imposible, porque soy negro<note place="bottom">El bromista Cuesta debió de ser, a decir
            de Alonso (1970: 475), «un mozo moreno». </note>, si vuestra merced sabe qué cosa es
          estar el mar en leche. Estar «en leche» el mar decimos lo que los latinos <emph>stratum
            aequor</emph>: vulgares son los lugares en los poetas. De aquí el italiano «<emph>stare
            in letto</emph>», <pb n="f. 422v"/> el español «estar en lecho» y, corruptamente, «estar
          en leche»<note place="bottom">«Decimos “estar la mar en lecho” cuando está quieta,
            sosegada, sin embargo de que comúnmente suelen decir “estar la mar en leche”»
            (Covarrubias, que aduce lugares de Virgilio [<emph>Bucólica</emph>, <num>ix</num>, 57] y
            Petrarca [<emph>Canzoniere</emph>, <num>clxiv</num>, 1-4]). De la fórmula corrupta
              <emph>en leche</emph> (única de que da fe <emph>Autoridades, s. vv. leche</emph> y
              <emph>mar</emph>, acudiendo a unos versos de Antonio de Mendoza) pueden hallarse
            ejemplos en el <emph>Discurso de mi vida</emph> de Contreras (1983: 92): «estaba la mar
            como una leche blanca», o en la <emph>Política de Dios</emph> (I, <num>vi</num>) de
            Quevedo (1966: 63, I: 48): traduciendo a S. Lucas, 8, 24: «et facta est tranquillitas» =
            «y quedó el mar en leche». Asimismo, <emph>vid. Notas al «Polifemo»</emph>, f.
            321v.</note>. Esta es la verdad, porque si <emph>leche</emph>, como piensa vuestra
          merced, hace alusión a la espuma, sepa vuestra merced que nunca tiene el mar menos espuma
          que cuando está en leche: rúmielo vuestra merced y lo verá.</p>
        <p>Columna 84<note place="bottom">A propósito de «el terno Venus de sus gracias suma»
              (<emph>Polifemo</emph>, OC255.100). </note>. Hace vuestra merced una pepitoria sin
          pies ni cabeza<note place="bottom" resp="editor">La expresión «pepitoria sin pies ni
            cabeza», aparece en <emph>Notas al «Polifemo»</emph>: «no soy de aquellos que retratan
            el entremés del hablador en sus comentos, y de títulos de libros y nombres de autores
            hacen una pepitoria sin pies ni cabeza» (f. 330v); «No puedo dejar de reír todas las
            veces que me acuerdo de la ensalada mal oleada y pepitoria sin pies ni cabeza que
            Pellicer hizo de esta palabra monstruo. Allá remito al lector de buen gusto, para que
            vea una turquesa del entremés del hablador a lo humanista». (f.370r). La popular
            metáfora de la «pepitoria» (que también usa Cervantes, con sentido metaliterario, en el
            prólogo de las <emph>Novelas ejemplares</emph>), tres veces repetida para definir el
            modo de discurrir de Pellicer, vez sea reminiscencia de ese «Entremés del hablador»
            donde Cuesta ve, al parecer un retrato del personaje que tanto le irrita, a quien no fue
            el primero ni el último en tachar de hablador. No sabemos si, como afirmaba un tanto
            precipitadamente Dámaso Alonso (Alonso 1970: 478, nota 43), se trata del entremés
            titulado <emph>Los habladores</emph>, que ha sido atribuido a Lope y a Cervantes, cuyo
            protagonista es más bien un charlatán, en el sentido de estafador y embaucador (Arellano
            2018).</note> del número ternario, y poniendo vuestra merced cosas de poca importancia,
          como que habló tres veces la burra de Balán, se olvidó vuestra merced de muchas muy
          importantes a la república<note place="bottom">Aquí, Cuesta, con ironía tan alegre como
            feroz, se pone a ensartar bernardinas o perogrulladas sobre el número tres, parodiando
            el estilo de su vapuleado Pellicer. Este con «precipitado amontonamiento» (Alonso 1970:
            481), había llenado quince columnas de vertiginosa erudición cerca del tres (84-98) que
            motivan la chanza del licenciado. Francisco Cascales, que podía acumular también gruesa
            pedantería sobre cualquier cosa, aunque –si era necesario– sabía reírse de ella (basta
            la nutridísima epístola «Contra los bermejos», honrados al fin y hombres de bien «como
            el que más»), dedicó una de sus <emph>Cartas filológicas</emph> (I, <num>vi</num>) al
            consabido tema del <emph>número ternario</emph>.</note>, como que las personas de la
          gramática son tres: <emph>ego</emph> y <emph>nos</emph>, de la primera; <emph>tú</emph> y
            <emph>vos</emph>, de la segunda; <emph>ille</emph>, con todo lo demás, de la tercera. Y
          de que son tres las tres Marías. Y debía vuestra merced advertir y comentar aquella copla
          que dice:</p>
        <quote>
          <l>Siete son los Sacramentos,</l>
          <l>siete los cuatro elementos</l>
          <l>y siete las tres Marías; <pb n="f. 423r"/></l>
          <l>siete son las chirimías</l>
          <l>que en mis bodas se tañeron,</l>
          <l>siete son y siete fueron.</l>
        </quote>
        <p>Y también:</p>
        <quote>
          <l>Tres en el año, y tres en el mes;</l>
          <l>tres en el día, y cada vez tres.</l>
        </quote>
        <p>Y explicar este refrán y traer sobre él a todo Galeno con razones filosóficas. Pero de
          esto basta.</p>
        <p>Columna 126. Sobre aquel verso</p>
        <quote>
          <l>Las provincias de Europa son hormigas<note place="bottom"><emph>Polifemo</emph>,
              OC255.144.</note>,</l>
        </quote>
        <p>traslada vuestra merced lo que <name type="authority">Juan Botero Benés </name>dijo de
          todas las provincias de Europa<note place="bottom"><emph>Delle relazione universali</emph>
            (Ferrara, 1593), que contaba con traducciones de Diego de Aguiar (Valladolid, 1603) y
            fray Jaime de Rebullosa (Gerona, 1622), fue una de las obras más divulgadas de Giovanni
            Botero (1540-1617, y <emph>vid</emph>. la «clase XXXI» del índice de las <emph>Lecciones
              solemnes</emph>), junto con el manual <emph>Della ragione di Stato</emph> (1589) y los
              <emph>Detti memorabili di personaggi ilustri</emph> (1608), todas ellas frecuentemente
            utilizadas y elogiadas por Gracián y otros escritores españoles del <num>xvii</num>
              (<emph>cfr</emph>. Correa Calderón 1970: 271). En la versión que hizo Diego Aguiar («a
            instancia de don Antonio López de Calatayud») de las <emph>Relaciones universales del
              mundo</emph> de Juan Botero Benés (1603), la descripción de Europa ocupa el libro
            primero de la primera parte (f. 1r-81r).</note>. Fue venturoso don Luis, o, por mejor
          decir, nosotros desgraciados, en que no dijese ‘las provincias del mundo son hormigas’,
          que aquí nos encajara vuestra merced hasta las Indias orientales y occidentales. Mas ya
          que vuestra merced se puso a describir a Europa, ¿por qué, preciándose tan de griego, se
          olvidó vuestra merced de Grecia y solo puso algunas pequeñas partes o –como vuestra merced
          dijera– <pb n="f. 423v"/> trozos de la provincia que no era la que menos participaba de la
          fertilidad de Sicilia? En fin, por su descripción de vuestra merced no sabremos que Grecia
          está en Europa.</p>
        <p>Columna 140, nota 3<note place="bottom">Es la nota sobre «copos nieva en la otra mil de
            lana» (<emph>Polifemo</emph>, OC255.148).</note>. Dice vuestra merced que <name
            type="authority">Marcial</name> llamó al agua ‘vellón’ en aquel verso</p>
        <quote>
          <l>Aspice quam densum tacitarum vellus aquarum<note place="bottom">Marcial, IV,
                <num>iii</num>, 1. Díaz de Rivas fue el primero en aducir este pasaje
                (<emph>cfr</emph>. Vilanova 1957, I: 760). Hay en el verso una metáfora
                «<emph>vellus tacitarum aquarum</emph>», ‘vellón de aguas silenciosas’ para
              describir la nieve que, cayendo sin ruido, envuelve el rostro y el pecho de una
              estatua del César al modo de una blanca piel de oveja. Existe una indudable afinidad
              con la metáfora de Góngora (aunque esta vaya en sentido inverso, como lo dice el mismo
              Pellicer), que relaciona el abundante ganado ovino que cubre las cumbres de los montes
              de Sicilia con copos de nieve. Solo se puede reprochar al autor de las <emph>Lecciones
                solemnes</emph> el haberlo expresado de modo confuso diciendo que «Marcial dijo al
              agua vellón», cuando se trata de la nieve, siendo así que los versos gongorinos
              postulan una oposición entre llover y nevar: «pues si en la una [la vega llana] granos
              de oro llueve / copos nieva en la otra [su viciosa cumbre] mil de lana» (OC255.
              147-148); más que una mera antítesis, construye el poeta un concepto complejo, que
              pondera bien Pellicer, estableciendo la hermosa correspondencia entre varias parejas
              de opuestos, la lluvia y la nieve como fenómenos meteorológicos, el oro y la nieve
              como parangones del amarillo y el blanco, el trigo y las ovejas, la agricultura y la
              ganadería, el llano y el monte.</note>,</l>
        </quote>
        <p>y allí entiende los hielos.</p>
        <p>En la misma nota, columna 141, sobre aquel lugar del Salmo 147, <quote><emph>Qui dat
              nivem sicut lanam</emph></quote><note place="bottom">Ps 147, 16: «<emph>Qui dat nivem
              sicut lanam / nebulam sicut cinerem spargit</emph>» (‘que da nieve como lana y esparce
            escarcha como ceniza’). Traducción de la Vulgata.</note>, dice vuestra merced: «Véase el
          soldado veinticuatro de los cincuenta de don Lorenzo Ramírez»<note place="bottom">Sobre el
            famoso erudito don Lorenzo Ramírez de Prado, de vasta biblioteca y variada actividad,
              <emph>vid</emph>. Entrambasaguas (1943b). Pellicer se refiere, efectivamente a la obra
            titulada <emph>∏εντηκόνταρχος sive quinquaginta militum ductor D. Laurentii Ramirez de
              Prado stipendiis conductus</emph> (Amberes: Juan Keerberg, 1612), publicada fuera de
            España por las razones tristes que comenta Gil (1981: 623-624). El propio título del
            libro nos deja entrever lo que podemos encontrar en sus trescientas cincuenta y siete
            páginas. Ramírez de Prado usó en el título un sustantivo griego,
              <emph>pentecontarchos</emph>, seguido de una disyuntiva en la que se añade su
            correspondiente traducción latina: <emph>sive quinquaginta militum ductor</emph>
              (‘<emph>Pentecontarchos o comandante de cincuenta soldados</emph>.’) Se trata, de un
            término militar griego que sirve para designar tanto al comandante de cincuenta hombres,
            como al segundo comandante de una galera o al oficial que sustituía al «trierarca»
            (comandante de un trirreme) en lo concerniente a la administración. […]. Ramírez, en
            efecto, se erige en el auténtico <emph>pentecontarchos</emph> o “jefe de cincuenta
            capítulos” en los que nos guiará con diestra autoridad a través de una cincuentena de
            cuestiones peregrinas, relacionadas en su mayoría con los textos griegos sagrados…
            (Mañas 2007; 382-383). En el capítulo <num>xxiv</num> (p. 197-200), casi en el centro de
            su aparatoso ‘ejército’, da una interpretación del pasaje del salmo 147 con argumentos
            que coinciden con la anécdota inventada por Cuesta: «[…] hoc est, qui dat per eloquium
            suum terrae immissum, nivem, quae specimen reddit lanae. Qui sensus quadrat ad litteram;
            in mistico etiam convenit intelligere Deum per Evangelii praedicationem dare nivem,
            purgationem scilicet peccatorum, ut Divus Hieronymus interpretatur. Confirmo ex Isaias
            cap. 1, n. 18. … Peccatores enim ad instar nivis et lanae candidae dealbatos reddit
            Evangelii praedicatio» (p. 200).: ‘esto es, que da, mediante su palabra sembrada en la
            tierra, nieve, que tiene el aspecto de la lana. El sentido cuadra en lo literal pero
            también conviene en el sentido místico entender que Dios da por la predicación del
            Evangelio nieve, o sea, purificación de los pecadores, como lo interpreta Jerónimo. Lo
            confirmo por Isaías, cap. 1, n. 18: «La predicación del Evangelio limpia a los
            pecadores, volviéndolos blancos como la nieve y la lana»’ (Ramírez de Prado 1612:
            200).</note>. Cuanto más claro era decir ‘en el capítulo 24 del
            <title>Pentacontarco’</title><note place="bottom">Cuesta escribe Pentacontarco y no
            Pentecontarco, que es lo que encontramos en Ramírez de Prado. Las dos formas eran
            posibles, tanto en griego como en la latinización de la palabra, pero la primera es, al
            parecer, la más usual.</note>, y no hubiera vuestra merced engañado a muchos que,
          pensando saber con solo su libro de vuestra merced lo que no han estudiado en muchos años,
          le leen sin entenderse ni entenderle.</p>
        <figure><graphic
          url="https://gongoradigital.github.io/img/1630_cuesta-censura/1630_cuesta-censura_fig8.png"/>
          <head>Fig. 8: Portada del <emph>Pentecortarcos</emph> de Lorenzo Ramírez de
          Prado</head></figure>
        <p>Uno de estos estaba en una librería, y llegando yo aquella sazón, comencé a explicar
          –viniendo a propósito– una propiedad hebrea, <pb n="f. 424r"/> y es que en esta lengua
          falta muchas veces el adjetivo. Puse algunos ejemplos que allí se me ofrecieron. Entre
          ellos fue este, que en hebreo hace sentido: <emph>qui dat nivem albam sicut lanam</emph>.
          Alegué también aquel lugar de <name type="authority">Isaías</name>, c. 1: <quote><emph>Si
              fuerint peccata vestra ut coccinum, quasi nix dealbabuntur; et si fuerint rubra quasi
              vermiculus, velut lana alba erunt</emph></quote><note place="bottom">Is. 1, 18 (en la
            versión de la Vulgata por Cuesta): ‘Si fueran vuestros pecados como la grana, se
            volverán blancos como la nieve, y si fueran rojos como la cochinilla, serán como la lana
            blanca’.</note>, diciendo cómo <emph>alba erunt</emph> faltaba en el texto hebreo. A
          esto respondió uno: «De eso trata un soldado de don Lorenzo Ramírez». Yo híceme de nuevas,
          y dije: «Espántome que un soldado sepa lo que me ha costado a mí mucho trabajo, pero debe
          de ser hombre docto». A esto respondió: «No se espante vuestra merced, que un arquero tuvo
          su majestad que era muy grande astrólogo y hacía muy buenos pronósticos». Yo no pude
          disimular la risa y descubrí el cuento, y fue muy celebrado de los circunstantes. <pb
            n="f. 424v"/> Así, suplico a vuestra merced que, cuando más claramente pueda vuestra
          merced hablar en griego que en romance, hable en griego, y procure no ser singular en
          cosas que, quien lo es, es figura<note place="bottom"><emph>figura</emph> se decía de
            «algún hombre de buen humor y extravagante» (<emph>Cov</emph>.), o, más al caso, y
            «jocosamente», del «hombre entonado, que afecta gravedad en sus acciones y palabras»,
            cuando no del «hombre ridículo» (<emph>Aut</emph>.). Comp. Quevedo 1993: 23: «Tengo por
            cierto que pocos se reservan de figuras, unos por naturaleza y otros por arte»; Zabaleta
            1983: 146 (el enamorador): «la mujer le mira como a figura». Pero lo que mejor ilustra
            el uso por Cuesta de este término son las reflexiones de Baltasar Gracián en varios
            lugares y especialmente en el capítulo 16 de <emph>El Discreto</emph> (1646), titulado
            «Contra la figurería. Satiricón»: «Son muchos los terreros de la risa y aquellos,
            afectadamente, lo quieren ser, que por diferenciarse de los demás hombres siguen una
            extravagante singularidad y la observan en todo» (Gracián 1993:150).</note>. Esto le
          digo como amigo. Vamos adelante<note place="bottom">Para mostrar o fingir que sabe griego,
            Pellicer alude a la metáfora de los cincuenta soldados, por cincuenta capítulos, en que
            se basa el título griego de la obra de Ramírez de Prado, tomándola al pie de la letra.
            El lector ignorante interpreta que Ramírez de Prado es efectivamente oficial con mando
            en soldados y que un soldado suyo ha «tratado» la interpretación del pasaje bíblico. Por
            lo que la presunción helenizante del sabihondo Pellicer induce en error a sus pobres
            lectores.</note>.</p>
        <p>En la columna misma. Del número de <emph>mil</emph> dice vuestra merced mil donaires.
          Entre ellos es que <name type="authority">Homero</name> dice que la ira de Aquiles «fue
          causa de mil dolores a los griegos». Ya le he apuntado a vuestra merced, no sé cuántas
          veces, que en autor griego ni dé ni tope su ingenio de vuestra merced, porque dirá
          desatinos. <name type="authority">Homero</name> no dijo ‘mil’, sino ‘diez mil’; mas el
          intérprete latino, como en esta lengua no hay voz particular para significar tal número,
          traduciendo al sentido, puso ‘mil’, número que los latinos suelen poner por infinito, como
          ‘diez mil’ los griegos. Y con la misma propiedad pudo traducir <emph>sexcentos
            dolores</emph>, u otro número<note place="bottom">Se trata de los dos primeros versos de
            la <emph>Ilíada: «</emph>Μῆνιν ἄειδε θεὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος / οὐλομένην, ἣ μυρί᾿ Ἀχαιοῖς
            ἄλγε᾿ ἔθηκε» <emph>Vid. Notas al «Polifemo»</emph>, f. 338v-339r. La expresión μυρί᾿
            ἄλγε᾿, literalmente diez mil dolores o una miríada, es la que aquí se discute. Ninguna
            de las dos versiones latinas más utilizadas en los siglos <num>xvi</num> y
              <num>xvii</num>, las de Jean de Sponde (Homero, 1606: f. 1r) y Henri Estienne (Homero,
            1582: 21), traduce <emph>mille</emph>: casi siempre complementarias, dan en este caso
            –salvo variantes mínimas– una solución idéntica: «<emph>Iram cane Dea Pelidae Achillis /
              perniciosam, quae infinitos Achiuis dolores imposuit</emph>». Y coinciden con Andrea
            Divo, en el que ambos se inspiran (Lyon, 1538 y antes Venecia, 1537). Vemos lo mismo en
            el libro compilado por Lectius. <emph>Poetae graeci veteres carminis heroici</emph>
            (Ginebra 1606), que contiene la <emph>Ilíada</emph> en griego con la traducción latina
            de Jean Crespin. Se ve que se copian todos, aunque no absolutamente. Por ejemplo, la
            traducción de Hesse (1549) trae «<emph>multas clades</emph>» en vez de «<emph>infinitos
              dolores</emph>» como Divo y los que de él derivan. No he encontrado, pues, una
            traducción renacentista que de «<emph>mille</emph>». Este podría provenir, me indica
            Bartolomé Pozuelo, de la versión latina en verso del comienzo de la <emph>Iliada</emph>
            por Ausonio: «<emph>Iram, diua, refer nati Peleos Achillei / pestiferam, quae mille
              dedit discrimina Achivis» (Periochae Iliadis et Odyassiae</emph>»). Sobre las
            traducciones renacentistas de Homero, «De Petrarca a Gonzalo Pérez», véase una síntesis
            en la introducción a la <emph>Ulyxea</emph> (Muñoz Sánchez 2015: I, 15-62). Y más
            ampliamente la «Bibliographie homérique» de Ford 2015: 321-389.</note>.</p>
        <p><pb n="f. 425r"/> Columna 143, nota 8. Sobre aquel verso:</p>
        <quote>Deidad, aunque sin templo, es Galatea<note place="bottom"><emph>Polifemo</emph>,
            OC255.152. Comp. <emph>Notas al «Polifemo»</emph>, f. 341r-344r.</note>.</quote>
        <p rend="noindent">Son palabras de vuestra merced: «Decir que Galatea no tuvo templo ni hubo
          memoria de que le tuviese en los poetas o historiadores es no haberlos visto a todos y
          contentarse con algunos sin haber ahondado en la erudición. (¿Quién ha de sufrir esta
          arrogancia?)<note type="app" rend="I">Los paréntesis encierran un enojado
            comentario marginal del propio Cuesta.</note>. Y así, al que lo dijere le cito al
          tribunal de <name type="authority">Luciano</name>, que, aunque griego, está traducido en
          latín, y dice en el libro 2 de la <title>Historia verdadera</title> así del templo de
          Galatea: <quote><emph>In media insula templum Galatheae Nereidi sacrum extructum erat, ut
              inscriptio declarabat</emph></quote>». Quedará vuestra merced muy contento con haber
          hallado templo de Galatea, pensando que nos ha de hacer creer que ha visto todos los
          poetas e historiadores y, no contentándose con algunos, «haber ahondado en la erudición».
          Mas qué bien los ha vuestra merced visto y entendido lo muestra, entre muchos, este solo
            <pb n="f. 425v"/> lugar, en que le sucedió a vuestra merced lo mismo que en <name
            type="authority">Apolonio</name> cuando habla de la ligereza de Polifemo. Fuese vuestra
          merced al índice de <name type="authority">Luciano</name> –que, aunque griego, como
          vuestra merced dice, está traducido en latín–, para ver si a poca costa podía hallar
          alguna cosa de Galatea que encajar en su prolijo comento, y vio <emph>Galatheae
            templum</emph>; y muy gozoso, pensando que tenía una cosa muy singular con que
          contradecir a don Luis, buscó las palabras en el citado folio y, sin mirar a qué propósito
          va hablando <name type="authority">Luciano</name>, las trasladó sin entenderlas, pues ni
          al mismo <name type="authority">Luciano</name> le pasó por el pensamiento dar templo a
            Galatea<note place="bottom">Jacobus Micyllus (apodo clásico del helenista alemán Jacob
            Moltzer), dio la primera edición completa de Luciano reuniendo traducciones latinas de
            varios (Erasmo y More, entre otros) y las suyas propias para las obras que no habían
            sido vertidas al latín (Francfort, Christian Egelnoff, 1538). El completísimo «Index
            Alphabeticus» que encabeza la obra (treinta y ocho páginas a tres columnas) trae varias
            cosas sobre Galatea, que es personaje de los diálogos lucianescos de los dioses marinos:
            «G. Polyphemi amata. Eius templum». Esa versión pasó a otras ediciones posteriores,
            entre las que destaca la bilingüe de Basilea (Henricpetri, 1602, a cargo, entre otros,
            de Gilberto Cognato). Pellicer, a juzgar por su cita, siguió otra traducción: la de
            Ioannes Benedictus (Jean Benoît), que se estimó la más correcta de las publicadas hasta
            entonces y cuya edición príncipe es de 1619. Esta última traducción es abundantemente
            citada en el <emph>Discurso poético</emph> de Jáuregui, con citas en castellano por
            intermediario del latín (cfr. Jáuregui 2016, nota 248). En la edición de 1619, nos
            encontramos también con la mención del templo de Galatea en el índice, que no parece
            haber variado desde la edición de Micyllus, remitiendo a la p. 747, donde, en la
            traducción de la <emph>Historia verdadera</emph>, se encuentra la frase citada
            (fielmente) por Pellicer. Vid. Luciano 1619: 747. Véase el artículo dedicado por Isabel
            Colón a estos versos de Góngora, en el que expone la hipótesis de que la idea de una
            deidad sin templo a la que se consagran aras proceda de Tácito (Colón Calderón
            2018).</note>. Y para que se vea cuán verdad es esto, quiero, para los que no tuvieren
          lugar de verlo, explicar el intento de <name type="authority">Luciano</name>. Compuso
            <name type="authority">Luciano</name> un libro en que da preceptos [de] cómo se debe
          escribir una historia; y después, para ejercitar estos preceptos, hizo <pb n="f. 426r"/>
          dos libros de una que él llamó <title>Historia verdadera</title>, pero tan fabulosa que no
          tiene cosa que pueda ser verdad, porque afectó mentir en todo, pues compuso más para reír
          que para otra cosa aquel libro<note place="bottom">Las dos obras (<emph>Quomodo historia
              scribenda sit</emph> y los dos libros de la <emph>Historia vera</emph>) guardan
            estrecha relación explicada en todas las ediciones clásicas (y comp. con lo que Cuesta
            acaba de decir): «<emph>Ut supra Historiae praecepta et regulas tradidit, ita in his
              duobus libris exemplum eiusdem proponit, non quidem rerum vere gestarum, sed
              fictarum</emph>» (Luciano 1602, II: 432): ‘Lo mismo que dio preceptos y reglas sobre
            cómo escribir historia, propuso un ejemplo de ello en estos dos libros, ciertamente no
            de cosas realmente sucedidas, sino de cosas inventadas’.</note>. Cuenta allí que
          encontró una isla que en lugar de moradores tenía Candiles, y que en medio estaba un
          Candilón como rey y juez a quien los demás respetaban y sentenciaba las dudas que se
          ofrecían. Allí conoció un Candil suyo y le preguntó por las cosas de su casa. Pasó también
          por un mar todo de leche. Mas, para que mejor se vea, pondré sus palabras traducidas
          fielmente del texto griego<note place="bottom">Cuesta también echaba el ojo sobre la
            traducción latina, aunque no usó la misma que Pellicer, pues se acerca más a la que
            publicó Moltzer (<emph>Historia vera</emph>, II, 3): «<emph>Post paulum in pelagus
              deuenimus, non aqueum, sed lacteum: et in eo insula apparebat alba, referta vitibus.
              Erat autem insula caseus maximus, vehementer coagulatus, quemadmodum postea comedentes
              didicimus. Eius autem circuitus stadiorum vigintiquinque: et vites uvis scatebant, ex
              quibus lac, non vinum expressimus. Templum autem erat in media insula Galateae Nereidi
              sacrum, sicut ostendebat epigramma. Quamdiu igitur in insula consedimus, escam quidem
              nobis ac cibum terra suppeditavit: lac autem ex uvis expressum potum. Regnare autem in
              regionibus illis dicebatur Tyro Salmonei filia</emph>…» (Luciano 1602, II: 481-482).
            Esta traducción, publicada anónimamente, es, en realidad, la de Poggio Bracciolini
            (Zappala 1990: 140). </note>. Dice así: «<quote>Poco después entramos en un mar no de
            agua, sino de leche. En él se descubría una isla blanca llena de vides; mas era esta
            isla un grandísimo queso muy bien cuajado, como después comiendo de él lo conocimos. Su
            grandeza sería </quote><pb n="f. 426v"/><quote> de veinticinco estadios. Las vides
            estaban llenas de racimos, de los cuales no exprimimos vino, sino leche. En medio de la
            isla estaba un templo edificado a Galatea, hija de Nereo, según decía su inscripción. Y
            todo el tiempo que allí estuvimos nos dio comida la tierra (porque era queso) y bebida
            la leche que salía de los racimos. Decíase que reinaba en estos lugares Tiro (que
            significa la quesada)<note place="bottom">Los paréntesis encierran incisos aclaratorios
              del filólogo Cuesta, ajenos al texto de Luciano.</note>, hija de Salmoneo</quote>»,
          etc. Este es el templo que tiene Galatea. Y si por verdad lo cuenta vuestra merced,
          también puede decir que tuvieron los candiles ciudad y otras cosas que allí cuenta <name
            type="authority">Luciano</name>. Suplico a vuestra merced de aquí adelante no fíe tanto
          de su ingenio que, sin mirar el propósito a que hablen los autores, dé por verdad lo que
          ellos quisieron que se tuviese por mentira, ni tan poco de nuestro cuidado que piense que
          no hemos de conocer tantos y tan grandes yerros. Y procure <pb n="f. 427v"/> de aquí
          adelante poner la opinión más en sabiduría propia que en ajena ignorancia<note
            place="bottom">«Opinión» tiene aquí el sentido, muy común en los textos áureos, de fama
            y reputación. Según <emph>Autoridades</emph>, «significa también fama y concepto que se
            hace de alguno». Cuesta le aconseja a su vapuleado Pellicer que procure lograr buena
            fama (de docto), pero más con «sabiduría propia» que fingiendo un saber que solo logra
            alabanzas gracias a la ignorancia ajena. </note>. Pero vamos a lo que se sigue, que es
          una agudeza que bien baila.</p>
        <p>Columna 148. En aquel largo y fuera de propósito discurso que vuestra merced hace de los
            diezmos<note place="bottom">Con la excusa de <emph>Polifemo</emph>, OC255.155: «al
            labrador, de sus primicias ara».</note>, hallo una primicia de la fruta que vuestra
          merced suele coger de sus huertos, y es que piensa vuestra merced que es lo mismo
            <emph>pollucere</emph> que <emph>polluere</emph>, y uno y otro explica vuestra merced
          por ‘profanar’. <emph>Pollucere</emph> es verbo particular de los sacrificios y significa
          ‘ofrecer’, y no poco entretenimiento me dio cuando leí que <emph>pollucere dapem</emph>
          era «profanar la comida»<note place="bottom"><emph>polluceo</emph>: «verbum ad sacra
            pertinens»: «dedicare, vovere»; <emph>polluo</emph>: «inquino, conspurco, foedo,
            contamino»: «ensuciar» (Calepino).</note>. Vuestra merced estudie y sepa latín, y luego
          escriba. Y cuando no pueda vuestra merced echar de sí esa grafomanía,<note place="bottom"
            >No hemos encontrado ningún caso de «grafomanía» (ni con esta grafía ni con otra) en
            CORDE hasta el siglo <num>xx</num>. Se trata, pues, de una palabra inusitada en
            castellano, un neologismo griego forjado quizá por Cuesta, que un lector de su tiempo
            podía descifrar si conocía las palabras griegas <hi rend="color_4D5156">μανία</hi>,
            locura, y γράφειν, escribir, lo que estaba al alcance de los hombres de mediana cultura,
            pero no era tan simple e inmediato como hoy, cuando a partir del vocabulario médico del
            XIX, se han popularizado palabras como dipsomanía, megalomanía o ninfomanía. Cuesta, que
            procura evitar la pedantería (no siempre lo consigue, claro), no resiste aquí a la
            tentación de soltar una despectiva broma de helenista, diagnosticándole a Pellicer la
            forma de locura que consistiría en escribir más de la cuenta, sin juicio y sin
            medida.</note> puede darla algún alivio con escribir coplas de Gaiferos<note
            place="bottom">Porque el tema romanceril de Gaiferos era de los trillados en los años de
            Cuesta, pues «la popularidad del romance fue extraordinaria» (Menéndez Pidal 1968, I:
            287; <emph>cfr</emph>. también Menéndez Pelayo 1944-1945, VII: 273-281). No puede
            excluirse un recuerdo de la asociación que establece Cervantes entre cierto romance de
            Gaiferos y la garrulería o prolijidad: «[Melisendra] habla con su esposo creyendo que es
            algún pasajero, con quien pasó todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que
            dicen: “Caballero, si a Francia ides, por Gaiferos preguntad”, las cuales no digo yo
            ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el fastidio» (Cervantes, <emph>Don
              Quijote de la Mancha</emph>, Segunda parte, XXVI).</note>.</p>
        <p>Columna 149<note type="app" rend="I">Una nota marginal ajena a Cuesta (más
            arriba de lo debido, junto a las últimas líneas de la nota anterior) reza:
            «Primicias».</note>. No sé quién le dijo a vuestra merced que <emph>primicias</emph> se
          decía de <emph>primus</emph> y <emph>cieo</emph>. Estas etimologías <pb n="f. 427v"/> ya
          están desterradas de los libros de letra nueva<note place="bottom">Ya la había desterrado,
            en efecto, Covarrubias. Por libros de letra nueva hay que entender, pensamos, los de
            letra romana y no gótica, con lo que alude Cuesta a la barbarie gótica (la de los siglos
            oscuros, en opinión de los humanistas) en la que todavía estaría sumido Pellicer. La
            expresión «imprenta de letra nueva» aparece en el «Prólogo al mal intencionado» en la
            obra de Juan de Piña, <emph>Varias fortunas</emph>, Madrid, Juan González,
          1627.</note>.</p>
        <p>Columna 157. Sobre el vulgar lugar de S. Lucas <emph>ignoto Deo</emph><note
            place="bottom">Act 17, 23, con palabras de San Pablo a los atenienses:
              «<emph>Praeteriens enim, et videns simulachra vestra, inveni et aram, in qua scriptum
              erat: Ignoto Deo. Quod ergo ignorantes colitis, hoc ego annuntio vobis</emph>».
            (‘Porque, pasando por allí y viendo vuestras estatuas, también hallé un altar dedicado
            “Al dios desconocido”. Eso a quien rendís culto sin saber lo que es, es lo mismo que yo
            os revelo’). Las <emph>Actas de los apóstoles</emph>, o <hi rend="color_202122">Πράξεις
              ἀποστόλων</hi> (libro canónico del Nuevo Testamento para los católicos) es un relato
            escrito en griego por san Lucas antes de finalizar el siglo I después de Cristo, como
            una segunda parte de su propio evangelio. Los expositores católicos daban esta autoría
            como un hecho sabido, y a veces llamaban al libro simplemente «Lucas». Vid. Lorini 1604:
            2.</note>, disputando que no estaba <emph>ignotis Diis</emph>, dice vuestra merced que,
          cuando estuviera, pudiera San Pablo «interpretar a Dios trino y uno», y que esto «era más
          fácil en el idioma griego, porque los griegos reconocen en Dios tres divinas hipóstasis,
          que los latinos interpretan tres personas, y la voz hebrea <emph>Heloim</emph>, aunque en
          plural no significa por eso tres dioses, sino tres personas». Hasta aquí vuestra merced.
          Pero, podemos decir, ¿qué tienen que ver lechugas con falsas riendas<note place="bottom"
            >En el <emph>Tesoro</emph> de Covarrubias (entrada «lechuga») se cita la frase como
            proverbio que se dice «cuando juntamos cosas disparatadas y diferentes unas de
            otras».</note>? Lo primero más toca a teólogo que a mero humanista, y por eso lo dejo,
          que me fuera dificultoso probar que decir que ‘es <pb n="f. 428r"/> más fácil en el idioma
          griego que en el latino’ tiene debajo de sí alguna impiedad.<note place="bottom">La máxima
            acusación de un erudito a otro es la de herejía o impiedad. Aquí se acusa a Pellicer,
            mero gramático y no de los más serios, de meterse en un peliagudo asunto teológico.
            Suponer que es más fácil entender la Trinidad en el idioma griego puede sonar a
            impiedad, según Cuesta, tal vez porque presupone que la interpretación latina de la fe,
            con valor dogmático para la Iglesia católica, es oscura o impropia.</note> Puesto que,
          si por <emph>hipóstasis</emph> entendemos ‘persona’, no sé que más fácil pueda ser. Cuanto
          a la palabra hebrea, digo que no por entender a Dios ‘trino y uno’ le nombraron los
          hebreos con número plural, sino porque los nombres de dominio se suelen poner en plural,
          de lo cual disputara más largo si vuestra merced me entendiera.</p>
        <p>Columna 162<note place="bottom">A propósito de «Arde la juventud» (<emph>Polifemo</emph>,
            OC255.161).</note>. Por parecer vuestra merced que ha visto libros que otros no leen,
          suele muchas veces alegar autoridades que están en libros muy vulgares y muy antiguos como
          que son de modernos. En otros lo llevo de mejor gana; mas no puedo disimular que alegue
          vuestra merced por del Concilio 4 Toledano, Canon 23, una autoridad, <quote><emph>prona
              est omnis aetas ab adolescentia in malum</emph></quote>, la cual está tres mil años
          antes en el <title>Génesis</title>, cap. 8<note place="bottom">‘Toda edad desde la
            adolescencia se inclina al mal’ es la sentencia que cita Pellicer tomándola del Concilio
            Toledano 4. Compárese Gen 8, 21: «<emph>sensus enim et cogitatio humani cordis in malum
              prona sunt ab adolescentia sua</emph>» (‘porque el sentido y el pensamiento del
            corazón humano se inclinan al mal desde su adolescencia’). Cuesta protesta porque se
            cite la primera y no la segunda, más antigua, y más vulgar, en el sentido de ampliamente
            divulgada. Desde el punto de vista humanístico, la auténtica erudición debe remontarse
            siempre a la versión más antigua, más cercana al origen, de un motivo, idea, frase o
            expresión. Puede añadirse que la auténtica erudición no debe singularizarse, o sea
            buscar autoridades recónditas o ignotas, cuando el contenido no tiene nada de nuevo y
            singular: lo cual es afectación y vanidad, «figurería» en suma, como dice
            Gracián.</note>.</p>
        <p><pb n="f. 428v"/> Columna 167<note place="bottom">Comentando «el céfiro no silba»
              (<emph>Polifemo</emph>, OC255.168). Comp. <emph>Notas al «Polifemo»</emph>, f.
            349r-v.</note>. Dice vuestra merced que «hay gran batalla» sobre si <emph>Favonio</emph>
          es lo mismo que <emph>Céfiro</emph>, y después de haber puesto algunos que dicen que sí,
          escribe vuestra merced que del contrario parecer es <name type="authority"
            >Homero</name><note place="bottom">El tema ya había sido motivo de discusión entre los
            comentaristas de Garcilaso (a raíz del verso 323 de la Égloga III). Pellicer va, en el
            fondo, contra las críticas del Brocense y Herrera para confirmar la erudita exculpación
            de Tamayo de Vargas (<emph>cfr</emph>. Gallego Morell 1972, notas B-251, H-830 y T-166),
            aunque ya el maestro Sánchez había abierto camino por «si alguno quisiera defender a
            Garcilaso».</note>. Yo no sé cómo diablos puede ser <name type="authority">Homero</name>
          letrado en este pleito<note place="bottom">La expresión «letrado en este pleito» quiere
            decir juez o consejero jurídico en este asunto, con tecnicismo jocoso (en especial,
            tratándose de Homero).</note>, supuesto que <emph>Favonio</emph> es voz latina que él
          ignoró, y quizá en su tiempo tampoco era usada en Italia. Suplico a vuestra merced me diga
          qué le movió a esto, pues ningún juez sin conocer ambas partes puede sentenciar, y <name
            type="authority">Homero</name> no conoce sino al <emph>Céfiro</emph>, si no es que, como
          metió en un cuero todos los vientos<note place="bottom">Alusión a la historia de Eolo,
            señor de los vientos (<emph>Odisea</emph>, X), quien, en efecto, tenía todos los vientos
            metidos en un odre. Lo regaló a Ulises cuyos compañeros, curiosos y codiciosos, lo
            abrieron mientras navegaban, desencadenando una tremenda tempestad. En esta pulla,
            Cuesta juega con la idea de que Homero no podía usar mejor odre para meter los vientos
            que la cabeza de Pellicer, lo que explicaría que supiese lo que pensaba Homero de un
            viento como Favonio. Que el aire y el viento son símbolo de soberbia y de jactancia
            (Autoridades) puede ilustrarse por un soneto de Góngora contra Lope: «Por mi vida,
            Lopillo, que me borres/las diecinueve torres del escudo/ porque, aunque todas son de
            viento, dudo / que tengas viento para tantas torres» (OC428.1-4). La expresión «tener
            mucho viento en la cabeza» está documentada en <emph>Diccionario nacional o Gran
              diccionario clásico de la lengua española</emph>, 1856, p. 1731 (<emph>sub voce</emph>
            “viento”): «estar lleno de presunción, de ideas quiméricas, de ilusiones o de vanidad».
            Según apunta Pedro Conde, hay ejemplos en la literatura de la época de la expresión
            «hinchar (o henchir) de viento la cabeza” de alguien. Así en Castillejo: «Y con mis
            soplos henchí / vuestra cabeza de viento, / no con falta de verdad, / con cautela o
            falsedad, / sino porque lo creía». Es lo que pudo haber hecho el propio Homero en la
            cabeza de Pellicer.</note>, los haya puesto en su cabeza de vuestra merced y de ahí sepa
          vuestra merced que de contrario parecer es <name type="authority">Homero</name>.</p>
        <p>Columna 178<note place="bottom">A propósito de <emph>Polifemo</emph>, OC255.185-186:
            «Salamandria del Sol, vestido estrellas, / latiendo el Can del cielo estaba,
            cuando…».</note>. El tiempo que sale la canícula dice vuestra merced que llaman los
          griegos <emph>siriasis</emph> y que de ahí se dijo <emph>anorexia</emph> el hastío, que
            <name type="authority">Alexandro</name> llama <emph>cauma</emph><note place="bottom">Es
            Alexandro Tralliano filósofo y médico del siglo <num>vi</num> d. C. (<emph>vid</emph>.
            la «clase XXIV. Médicos latinos» del «Índice» de Pellicer). Estaba al alcance de los
            humanistas en una edición basiliense de 1556. Por otro lado, la dimensión proverbial de
            la petición de Cuesta (<emph>concértame esas medidas</emph>) nos la enseña una letrilla
            de Quevedo, donde la frase sirve de estribillo (1969-1981, II: 142-144, núm. 642). Comp.
            también un pasaje de la <emph>Perinola</emph> (Quevedo 1981: 183): «¡Concértame esos
            azufres y esos verdes!».</note>. Concertáme esas medidas. Lo primero,
            <emph>anorexia</emph>
          <pb n="f. 429r"/> no tiene parentesco alguno con <emph>siriasis: siriasis</emph> viene de
            <emph>sirius</emph>, ‘la canícula’; <emph>anorexia</emph>, de <emph>orexis</emph>, que
          significa ‘el apetito’, que aun <name type="authority">Juvenal</name> usó
              –<quote><emph>rabidam facturus orexim</emph></quote><note place="bottom">Juvenal, VI,
            428 (aducido por Calepino, <emph>s. v. orexis</emph>).</note>–, y, con la
            <emph>an</emph>- privativa, ‘falta de apetito’. Miren qué tiene que ver con
            <emph>siriasis</emph>. Lo segundo, <emph>cauma</emph> significa <emph>æstus</emph>, y
          nunca <name type="authority">Alexandro</name> llamó así al hastío<note place="bottom"
              ><emph>siriasis, orexis, cauma</emph>: comp. Calepino, <emph>s. vv</emph>. La verdad
            es que no dice Pellicer que la palabra <emph>anorexia</emph> procede de
              <emph>siriasis</emph> (aunque se puede leer así, forzando un poco las cosas), sino que
            la canícula, bajo la estrella Sirius, causa en los niños inflamación del cerebro,
            dolores de cabeza y finalmente falta de apetito o anorexia.</note>. Fuera de esto, que
          vuestra merced no sabe leer griego, sino que lo pinta cuando lo escribe<note
            place="bottom">Comp. Prete Jacopín, <emph>Observaciones</emph> (en Herrera 1870: 61):
            «hacer letras que no se conocen, pintar es, que no escribir».</note>, se colige de que
          dice que quitando la k de <emph>kauma</emph> queda <emph>asma</emph>, y no queda sino
            <emph>auma</emph>. Lo mismo le sucedió a vuestra merced en la palabra hebrea נאסמ<emph>
            nasma</emph>, de la cual si quitamos la <emph>n</emph> queda, según vuestra merced
          piensa, <emph>asma</emph>; mas engáñase vuestra merced, que los hebreos no tienen vocales,
          y si quitamos la <emph>n</emph> es fuerza que se quite juntamente con ella la
            <emph>a</emph>, y así quedará en hebreo שֶׁ֫מַע, <emph>sema</emph>. En esto se ve qué
          grande hebreo es vuestra merced<note place="bottom">Pellicer pretendía saber no solo
            griego, sino también hebreo. Utilizó caracteres hebreos y consideraciones de filología
            hebraica con bastante frecuencia en las <emph>Lecciones solemnes y</emph> sus
            panegiristas lo felicitaron por este conocimiento. Así Quevedo en la «censura» de
              <emph>El Fénix y su historia natural</emph> (1630): «porque la erudición tan honda, la
            diversidad de las lenguas hebrea, griega, latina, francesa e italiana (que de todas
            estas se muestra docto) cuyos lugares examina, enmienda y averigua con maestría…». Y
            Juan Luis de la Cerda en la suya para el mismo libro, verdadero currículum vitae de
            Pellicer: «Después de esto se dio a la noticia de las lenguas hebrea y griega, sobre
            saber con eminencia la italiana y francesa…». Claro que, como se sabe desde que Fernando
            Bouza publicó las aprobaciones manuscritas, ambas censuras fueron en realidad
            manipuladas y en su mayor parte escritas por Pellicer que, en esto como en otras cosas,
            dio prueba de una desfachatez descomunal (Bouza 2014 y Tobar Quintanar 2015). Esta
            investigadora demuestra que esa descarada falsificación fue sabida de varios, entre
            otros Lope y Quevedo, quien no disimuló el abuso.</note>.</p>
        <p>Columna 179. Dice vuestra merced: «no solo se extiende la jurisdicción <pb n="f. 429v"/>
          del <emph>Sirius</emph> a campos, criaturas y plantas, sino a los brutos y animales». A
          fuer de buen retórico<note place="bottom">La retórica iba unida con la dialéctica y esta
            con la lógica, o las presuponía.</note> divide vuestra merced, como si los brutos no
          fueran animales y todos no fueran criaturas.</p>
        <p>Columna 181. «Con licencia del M(aestro) F(rancisco) Sánchez, D. Tomás Tamayo y D. Pedro
          Pantoja», lee vuestra merced en <name type="authority">Garcilaso</name><note
            place="bottom">Comentando los versos 2-5 de la estrofa XXIV del <emph>Polifemo</emph>,
            OC255.186-189. La columna donde aparece la cita de Garcilaso es la 180. Pellicer
            pretende enmendar a tres de los comentaristas del poeta toledano, el Brocense (1578),
            Tomás Tamayo de Vargas (1622) y Pedro Pantoja, introduciendo una preposición “a” en el
            verso que editan sin ella. El tercero de estos autores, en cuanto se nos alcanza, es
            desconocido de la crítica garcilasiana. Se trata de Pedro Pantoja de Ayala, quien, en el
            lugar citado con exactitud por Pellicer, dice: «<emph>In luctae pulvere oculos habuit
              Hispanorum Poetarum Princeps, et qui inter antiquos principes referatur dignissimus,
              concivis meus, nobilissimus Garcia Lasso de la Vega, cum palestram adpellavit
              pulverulentam</emph>: “Por ti la diestra mano / no revuelve la espada presurosa / y en
            el dudoso llano / huye la polvorosa / palestra como sierpe ponzoñosa”» (Pantoja de
            Ayala, 1625: f.56v). Aparece esta cita en un libro de jurisprudencia sobre el juego de
            dados y los juegos en general, al estilo humanista, con toda clase de materiales
            literarios, entre ellos muchas citas de poetas, casi siempre latinos o traducidos al
            latín.</note>:</p>
        <quote>
          <l>Huye la polvorosa</l>
          <l>palestra como a sierpe ponzoñosa<note place="bottom">Garcilaso, Canción V, 44-45 (con
              arbitraria corrección de Pellicer).</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Mas, con licencia de vuestra merced, le digo que no sabe romance, pues
          este verbo <emph>huir</emph>, cuando le damos acusativo de persona con <emph>a</emph>,
          significa lo mismo que ‘acogerse’: «yo huyo al rey» no significa ‘yo huyo del rey’, sino
          ‘acójome’; así, «huyo a Pedro». Así, es ridícula la enmienda. Rúmielo vuestra merced,<note
            place="bottom">No es la primera vez que le aconseja a Pellicer que «rumie» con pulla
            alusiva a su condición de animal.</note> que no puedo explicarme más.</p>
        <p>Columna 182. Sobre aquel verso</p>
        <quote>
          <l>en Simetis, hermosa ninfa, habido<note place="bottom"
                ><emph>Polifemo</emph>, OC255.195.</note>,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent"><pb n="f. 430r"/> dice vuestra merced que <emph>habido</emph> es «tenido,
          procreado, <name type="authority">Cicerón</name>, libro 10, c. 24: <quote><emph>Hunc filii
              loco et illius et vestro iudicio substitutum, non perinde habere turpe mihi
              videtur</emph></quote>». Lo primero, no sé que <name type="authority">Cicerón</name>
          escribiese libro por capítulos<note place="bottom">El censor se pasa de listo. Pellicer,
            que no dice a qué obra de Cicerón se refiere, quiso con esa <emph>c</emph> abreviar
            “carta”, porque el pasaje proviene de las <emph>Epistulae ad familiares</emph>, X,
              <num>xxiv</num>, 5. La cita es conforme a la edición de Paolo Manuzio (Venecia, Aldus
            Iunior, 1576): ‘habiéndolo él [Octaviano] asumido el papel de hijo por decisión de él y
            vuestra, no considerarlo así me parece vergonzoso’. Las ediciones modernas leen
              <emph>proinde</emph> en vez de <emph>perinde</emph>. </note>. Lo segundo,
            <emph>habere</emph> aquí no significa ‘procrear’, sino lo que suena: ‘tener en lugar de
          hijo sin serlo’.</p>
        <p>Columna 183<note place="bottom">A propósito de «el ídolo dormido» (<emph>Polifemo</emph>,
            OC255.197).</note>. Son palabras de vuestra merced: «είδος es ‘forma’ y
            <emph>forma</emph> significa ‘hermosura’; con razón, siendo tan hermosa Galatea, la
          llama <emph>ídolo</emph>». Lo mismo le sucedió a vuestra merced que a uno de los mayores
          predicadores de España, y no es cuento, que yo lo oí<note place="bottom">Sea cuento o no,
            solo por un muy improbable golpe de suerte conseguiríamos dar con este concepto digno de
            fray Gerundio, de haber existido de verdad, cosa no imposible. La pista que da al hablar
            de «uno de los mayores predicadores de España» es insuficiente: solo los predicadores
            del rey, cima de su profesión, eran doce en cada momento y había otros predicadores
            famosos, siendo además la impresión y conservación de sus sermones bastante irregular, y
            eso sin contar la ausencia de ediciones digitales de este corpus. Vid. Herrero Salgado,
            1996. Además, las expresiones de Cuesta dan a entender, que oyó y no leyó el dislate del
            famoso predicador.</note>. Tocó aquel lugar del capítulo 22 de San Juan adonde la
          Madalena pregunta a Nuestro Redentor <emph>ubi posuisti eum</emph>?, y dijo: «Lo mismo es
          decir <emph>ubi posuisti eum</emph>? que ‘adónde pusiste a Dios’; porque <emph>ubi
            posuisti eum</emph> significa ‘adónde le pusiste a él’, y <emph>él</emph> en hebreo
          significa ‘dios’, luego lo mismo es que decir «adónde pusiste a Dios»<note place="bottom"
            >El comentario del predicador es disparatado porque supone que Magdalena, hablase en el
            idioma que hablase (hebreo, griego o arameo), conocía el por entonces inexistente
            castellano y que jugaba con una conexión que del pronombre acusativo de tercera persona
            (en la lengua que fuera) le llevaba por traducción al castellano «él» y de ahí, por
            homofonía, al hebreo «El». De manera similar, Pellicer explica la palabra española
            «ídolo» empleada por Góngora remontándose al griego εἶδος, y luego pasando por su
            significado latino de «forma», que a su vez significa hermosura. </note>.</p>
        <p><pb n="f. 430v"/> Columna 210. En aquella <quote><emph>rudis indigestaque
            moles</emph></quote><note place="bottom"><emph>rudis indigestaque moles</emph>: palabras
            de Ovidio (<emph>Metamorfosis</emph>, I, 7) que califican perfectamente el caos erudito
            que, partiendo de tan corto pretexto (el gongorino «monstro de rigor» del
              <emph>Polifemo</emph>, OC255.245), cobijó en veinte densísimas columnas los esfuerzos
            de Pellicer por acaparar y vaciar los datos que le ofrecía una inmensa literatura ducha
            en casos fabulosos y criaturas extraordinarias. <emph>Vid. Notas al «Polifemo»</emph>,
            f. 370 r-v.</note> que vuestra merced hace sobre el tema de <emph>monstruo</emph>, están
          estas palabras: «De donde en español decimos a la guerra <emph>batalla</emph>, no de la
          dicción hebrea <emph>bathach</emph>, como sueña Covarrubias<note place="bottom"
            >Covarrubias da la etimología hebrea como posibilidad: «<emph>batalla</emph> díjose de
            la palabra <emph>batir</emph>, que vale ‘herir’… Y no embargante lo dicho puede ser
            nombre hebreo, del verbo <emph>batach</emph>».</note> no solo en esta, pero en muchas
          voces, como yo probaré (<emph>Deo volente</emph>) algún día en mi <title>Glosario
            Hispano-bárbaro y Castellano</title>». No puedo dejar de extender aquí la pluma algo más
          de lo que pensé, porque veo que su atrevimiento de vuestra merced llega a tanto, que no
          solo promete libros que no ha hecho y que otros trabajaron, sino que, movido de que
          piensen que hace prodigios, dice que ha de sacar un libro que es imposible que pueda
          alguno hacerle. Prométenos un vocabulario hispano-bárbaro en el tiempo que más florece
          nuestra lengua. Bárbaro me vuelva yo si vuestra merced sabe qué cosa es «bárbaro». Mas
          para que vuestra merced no piense engañarnos [f. 431] con tal parto y, si le tiene
          embrión, salga de la cabeza de tan gran Júpiter tal Minerva, quiero enseñarle a vuestra
          merced qué vocablos pueden llamarse bárbaros y cuándo podrá sacar su vocabulario. Todas
          las cosas humanas, como vuestra merced nota en su número ternario, tienen principio,
          estado y declinación, y es tan verdad esto, que ni los grandes imperios, por bien fundados
          que estén, se ven libres de esta regla<note place="bottom">Sería inútil extenderse aquí
            explicando la fortuna de una idea cuyos orígenes estudió magistralmente Asensio (1960).
            En ese ámbito –parcialmente– el siglo <num>xvii</num> español se demoró en elogios de la
            cultura propia y en su comparación con el desarrollo de la griega y la latina. Podríamos
            ceñirnos a unos pocos textos cercanos –según distintos criterios– a la presente
              <emph>Censura</emph>. Vázquez Siruela, que coincide en que «la lengua… siempre está en
            crecientes y menguantes como la luna», establece una ecuación que tendría numerosas
            formulaciones en la época, dando nombres propios (Homero, Virgilio, Góngora) a la
            «sucesión» de los tres imperios (<emph>Discurso sobre el estilo de don Luis de
              Góngora</emph>, mss. 3893, f. 15v). Prete Jacopín tenía la misma conciencia del
              <emph>estado</emph> o cenit de la lengua española al defender a Garcilaso porque
            «nuestro vulgar no estaba tan limado y copioso como ahora» (observación <num>xi</num>;
            en Herrera, 1870: 14), pero sobre todo debemos señalar las semejanzas con las doctrinas
            de Gonzalo Correas, estrechísimas en muchos de los pasajes que citamos en las notas
            siguientes. La obsesión por la evolución y el relevo de los imperios había ido tiñendo
            los nuevos impulsos del humanismo europeo de esos años y determinaba en el español un
            tono y un entusiasmo que alguna vez escondían oscuras y desengañadas
            lamentaciones.</note>. Sabidos son estos tres tiempos en los imperios romano y griego.
          La condición del imperio sigue la lengua, en la cual se hallan estas tres diferencias,
          como colegimos de los libros que en griego y latín gozamos escritos. Comenzó la cultura de
          la lengua griega antes de los tiempos de <name type="authority">Homero</name>, y fuese
          prosiguiendo hasta que llegó el imperio griego a su colmo y grandeza en tiempo de <name
            type="authority">Alejandro</name>, en que se vio en suma perfección la cultura de la
          lengua y el conocimiento de todas las [artes]. Entonces dio <pb n="f. 431v"/> tantos y tan
          insignes oradores, tan grandes filósofos, que quedó la lengua como abortada, y así después
          ninguno hubo que, por grande que fuese, así en el esplendor de la oración como en el
          conocimiento de las cosas, igualase a los de aquella era. Y poco a poco, con la entrada de
          gentes extranjeras y guerras continuas, vino la lengua griega a estar tan corrupta, que se
          diferencia aun más de la antigua que la italiana de la latina. Lo mismo podemos considerar
          en el pueblo romano. Su lengua comenzó a pulirse por los tiempos de <name type="authority"
            >Ennio</name>, cuando su imperio comenzaba a salir de mantillas. Llegó a su perfección
          en tiempo de <name type="authority">Augusto César</name>, en que florecieron no menores
          oradores y filósofos e historiadores que en Grecia en el de <name type="authority"
            >Alejandro</name>. Fue declinando, y tan aprisa que aun cayó antes que la griega. Y <pb
            n="f. 432r"/> para conocer, pues, los sucesos de estos tres tiempos y entender los
          libros que en ellos se escribieron, pusieron hombres doctos su cuidado en recoger los
          vocablos de estas tres eras. Así, <name type="authority">Henrico Estéfano</name> hizo un
          vocabulario griego de los vocablos antiguos, que llamó <title>Glosario</title><note
            place="bottom">No creemos que se refiera al <emph>Thesaurus graecae linguae</emph>
            (Ginebra, 1572-1573), la obra de mayor trascendencia de Henri Estienne (1531-1598), que
            dominó el ámbito de los estudios clásicos y nutrió generosamente las bibliotecas de
            todos los filólogos europeos. <emph>Vid</emph>. solo Pfeiffer 1981, II: 171-210 (esp.,
            187-190). Al <emph>Thesaurus</emph>, por cierto, no le faltaron problemas en España:
              <emph>cfr</emph>. Gil 1981: 522-524. No es de esta obra de la que habla Cuesta (la
            confusión sería imperdonable en un helenista y la creemos muy improbable) sino de otro
            trabajo del mismo gran filólogo, algo menos conocido y complementario: <emph>Glossaria
              duo, e situ vetustatis eruta: ad utriusque linguae cognitionem et locupletationem
              perutilia. Item; De atticae linguae seu dialecto idiomatis comment</emph>. Henr.
            Steph. … Ginebra, 1573. Los dos glosarios recogen, como explica el mismo autor en el
            prólogo, vocablos arcaicos e inusitados, en forma de dos listas, la primera de voces
            latinas con su equivalente griego, la segunda de voces griegas con la palabra latina
            correspondiente. La idea enunciada por Cuesta de que se llaman «glosas» las voces que,
            habiéndose usado, ya no se usan, procede seguramente de este prólogo.</note>, porque
            <emph>glosas</emph> se llaman las voces que, habiéndose usado, ya no se usan. Y <name
            type="authority">Galeno</name> hizo un libro que intituló <title>De glosis
            Hipocratis</title><note place="bottom">Galeno se leía en latín (muchas de sus obras solo
            se conocen por las versiones de Nicolás de Reggio, Erasmo y otros) fundamentalmente a
            través de <emph>Opera</emph> (Lyon, 1550 y sus sucesoras).</note>, en que explicó todos
          los vocablos que se hallaban en Hipócrates y en su tiempo no se conocían. Fuera de esto,
          vulgar es haber cuidado muchos doctos de sacar vocabularios de las voces que se usaban
          cuando florecía la lengua. Agora <name type="authority">Juan Meursio</name> publicó el
          vocabulario último que llamó <title>Graeco-barbaro</title>, en que solamente pone los
          vocablos que usaron los griegos en la declinación de su lengua<note place="bottom"
            >Meursio, <emph>Glossarium graecobarbarum</emph> (1610). Johannes van Meurs (1579-1639),
            con quien ya nos hemos encontrado como editor de la obra de Constantino VII
            Porfirogéneta, fue un humanista holandés que se especializó en el mundo helenístico y
            bizantino. Fue preceptor de los hijos de Gran pensionario de Holanda Oldenbarnevelt,
            luego profesor de historia y de griego en la universidad de Leiden. Acusado de ser
            arminiano, se refugió en Dinamarca, donde terminó su carrera como historiógrafo
            oficial.</note>. Lo mismo vemos en latín. Diccionarios <pb n="f. 432v"/> vemos de las
          voces antiguas; vocabularios muy copiosos de los vocablos de la mejor edad. Y <name
            type="authority">Meursio</name> va haciendo el latino-bárbaro, en que pone los que,
          cuando iba la lengua latina de caída, usaron sus autores. De modo que podrá vuestra merced
          colegir de aquí que «bárbaros» son aquellos vocablos que nacen o vienen en la declinación
          de la lengua. Mas lo mismo que hemos visto en las lenguas latina y griega verán los siglos
          venideros en la nuestra. Comenzó a pulirse en tiempo de rey don Fernando, cuando en España
          cesaron las guerras y descubrió asomos de lo que había de ser tan grande monarquía. Ha
          llegado, así lengua como imperio, a toda la grandeza que tener puede<note place="bottom"
            >Comp. para todo esto unos cuantos pasajes del <emph>Arte de la lengua española
              castellana</emph> de Correas (manuscrito fechado en 1626): «Y conclúyase que la lengua
            castellana o española desde su principio se ha ido continuando, haciendo según la
            variedad de los tiempos y gusto de los hombres algunas diferencias en lo accidental, y
            que ha recibido vocablos de muchas, y convertídolos a su usanza» (Correas 1954: 26). La
            lengua castellana cumple perfectamente la última de las condiciones para una comparación
            con la latina: «que haya durado y florecido largo tiempo, por donde haya criado y tenga
            muchos escritores y libros de todas materias en verso y prosa» (<emph>ibid</emph>.,
            482-483); además, «llegó a la cumbre con los gloriosos reyes católicos don Fernando y
            doña Isabel. Desde ellos por más de cien años ha ido creciendo y enriqueciéndose de
            muchos y elegantes libros de toda suerte, que por ser tan notorios y tantos…»
              (<emph>ibid</emph>., 493). <emph>Vid</emph>. también las notas siguientes.</note>.
          Testigos son tantos y tan grandes ingenios como cada día en esta edad con admirables
          escritos la han enriquecido y enriquecen. Está, pues, nuestra lengua <pb n="f. 433r"/> en
          el estado, como también nuestro imperio. Y si no es que Dios, por ver que en España se
          conserva la pureza de la fe, hace milagro particular, es fuerza que, así de imperio como
          de lengua, se sienta dentro de pocos años la declinación<note place="bottom">Comp.
            Correas, quien andaba más eufórico, confiando en el «gran servicio a la Santa Iglesia
            Católica Romana» que había cumplido la lengua española: «Y podemos confiar en la fe y
            constancia de los españoles, con el favor de Dios, que la extensión será mayor, y la
            duración perpetua» (Correas 1954: 494).</note>. Vendrán gentes extranjeras, como en los
          demás imperios ha sucedido. Procurarán saber nuestras cosas y gobierno de señorío tan
            grande<note place="bottom">Comp. Correas (1954: 9): «Viendo que nuestra lengua
            castellana ha ido creciendo como suelen las lenguas con el imperio, y que florece en
            estos tiempos, y que parece haber llegado a su cumbre enriquecida con muchos y
            excelentes libros, y que se va extendiendo por las naciones extranjeras de esta corona,
            y otras que la estudian y procuran saber, ora viniendo a España, ora comunicando con
            españoles, o buscando preceptos y reglas, y vocabularios, de lo cual hasta ahora hay muy
            poco…». Así describe Correas lo que podría llamarse, con un anacronismo, la filología
            hispánica de su tiempo; más curiosa la profecía del futuro hispanismo (tal como fue en
            los siglos XIX y parte del XX), que elabora aquí Cuesta.</note> –al modo que ahora
          nosotros ponemos cuidado en el conocimiento de las griegas y latinas–, qué señores hubo en
          España, qué oficios en palacio, adónde había audiencias, qué hombres florecieron en cada
          tiempo en armas y letras... Para esto les será fuerza aprender nuestra lengua, que ya
          estará del todo perdida. Daránse todos a la inteligencia de nuestros oradores y poetas,
            <pb n="f. 433v"/> para alcanzar el conocimiento de tantas cosas. Estimaránse entonces
          cualesquier coplitas de que nos reímos ahora. Estudiarán nuestras comedias. Admiraráse la
          posteridad de que un hombre haya escrito mil y quinientas<note place="bottom">La alusión a
            Lope de Vega es evidente, y supone el conocimiento de la llamada <emph>Égloga a
              Claudio</emph>, escrita en 1632 e incluida en la colección póstuma <emph>La Vega del
              Parnaso</emph> (Madrid, 1637): ahí el propio Lope dice haber escrito ese preciso
            número de «fábulas cómicas». En la introducción de esta edición (en el apartado
            «Cronología») comentamos la incidencia que tendría este hecho en lo que concierne al
            fechado de la <emph>Censura</emph>.</note>. Sobre todo, habrá gramáticos y críticos que
          pleiteen si este verso es de este o de aquel poeta, no menos que ahora procuramos
          restituir las obras griegas y latinas a los verdaderos dueños. Y ante todas cosas habrá
          quien haga vocabularios. No faltará quien recoja todas las voces que se hallaren en el
            <title>Fuero juzgo, Partidas</title> y libros antiguos<note place="bottom">También el
            inventario de Correas comienza por el «Fuero Juzgo y leyes de las Partidas», pasando por
            los dos Luises, y acaba por escoger «de los vivos, el fecundo Lope de Vega, el sublime
            don Luis de Góngora» (Correas 1954: 493-494).</note>, haciendo de estas voces un
          Glosario al modo que de los griegos <name type="authority">H. Estéfano</name>. Haránse
          muchos vocabularios de los vocablos de este tiempo, que es el más <pb n="f. 434r"/>
          florido. Y no faltarán Nizolios que, como este recogió todas las palabras de <name
            type="authority">Cicerón</name><note place="bottom">Una nota marginal («voces») parece
            escrita por el propio Cuesta, quizá con la intención de preferirla a
              <emph>palabras</emph>. Por lo demás, se refiere al <emph>Thesaurus ciceronianus</emph>
            de Mario Nizolio, editado numerosas veces en los siglos <num>xvi</num> y
            <num>xvii</num>; las impresiones más difundidas entre los españoles fueron las de
            Basilea, 1559 (que ya consagraba en el título la inevitable metonimia: <emph>Nizolius,
              sive</emph>…) y –sobre todo– las venecianas de 1576, 1591, 1601 y 1606.</note>, recoja
          las de <name type="authority">fray Luis de Granada</name>, que es quien más y mejor ha
          escrito en estos siglos<note place="bottom">Tal mención elogiosa del dominico, orgullo de
            los españoles, era frecuentísima en la época, a menudo con las mismas compañías que le
            da Cuesta. Comp. Prete Jacopín: «fray Luis de Granada, que es el Cicerón castellano»
            (observación <num>v</num>; en Herrera, 1870: 7), o Quevedo en su <emph>España
              defendida</emph>: «¿Sonó por ventura, Gerardo Mercator, la elegancia griega mejor en
            los labios [de] Demóstenes, Esquines o Isócrates, o la latina en Cicerón u Hortensio,
            que la española en las obras de fray Luis de Granada?» (Quevedo 1617: 162-163).</note>.
          Y porque habrá muchos libros escritos cuando ya la lengua se iba perdiendo, vendrán
          Meursios que hagan glosarios hispano-bárbaros de las voces que de aquellas gentes, o la
          comunicación de otras, introdujo en nuestra lengua. Entonces, si vuestra merced es vivo
            –<emph>Deo volente</emph>–, podrá tomar por su cuenta este trabajo, que será de aquí a
          mil años y quizá nunca, que ahora no hay en nuestra lengua vocablos que podamos llamar
          «hispano-bárbaros». Porque, si llama vuestra merced bárbaros los de las
            <title>Partidas</title>, engáñase, pues ningunos hay más lejos de serlo; si los de
          ahora, ninguno habrá que a vuestra merced se lo consienta, <pb n="f. 434v"/> y los
          venideros no han llegado. Mas si vuestra merced me dice que llama «hispano-bárbaros» los
          vocablos que procura introducir –<emph>colofón, cataclismo</emph> y otros desatinos que
          tiene en sus libros–, concédole que podrá hacer un vocabulario bárbaro del todo, y no solo
          hispano-bárbaro. Así, señor mío, vuestra merced mude de trabajo o de título. Y sepa que
          nunca le he sido más amigo que en esta nota, porque quizá le moverá a que no saque ese
          trabajo impertinente –aunque pienso que más debe de estar en la idea<note place="bottom"
            >«estar en la idea»: estar en proyecto, ni siquiera en vías de realización. Vid.
            Autoridades: «IDEA. Se llama así mismo la planta y disposición que se forma en la
            fantasía para la construcción de algún edificio, casa, Iglesia, estatua, o
            pintura».</note> ahora, como otros muchos que promete vuestra merced, al modo del poeta
          que tenía comenzadas quinientas obras heroicas y de cada una tenía hechos tres versos. Y
          no me parece que será fuera de propósito advertir aquí a vuestra merced cuán fuera de él
          suele vuestra merced de muchas <pb n="f. 435r"/> voces castellanas decir que son
          latino-bárbaras o greco-bárbaras. Si en algún libro griego o latino hallara vuestra merced
          estas voces, bien estaba advertir que eran latino- o greco-bárbaras; mas comentando libros
          castellanos, no sé a qué propósito hace vuestra merced tal advertencia.</p>
        <p>Columna 249<note place="bottom">Sobre <emph>Polifemo</emph>, OC255.285-286.</note>. Dice
          vuestra merced que <name type="authority">S. Dionisio Areopagita</name> y <name
            type="authority">Filóstrato</name> usan por media esta voz <emph>venenum</emph>. Ni uno
          ni otro supo latín: ¿cómo pudieron usar de esta voz por media<note place="bottom">Por voz
            media entiende Pellicer (como se debía de enseñar en lógica o en gramática) un término
            neutro en términos axiológicos, que para hacer referencia a algo bueno o malo necesita
            una especificación. Así, según él, es voz media <emph>venenum</emph>, que habría que
            usar con los adjetivos <emph>bonum</emph> o <emph>malum</emph>, porque por sí sola
            quiere decir algo como droga que puede usarse con efectos benéficos o nocivos,
            medicinales o tóxicos: sería el equivalente del griego φάρμακον. Cuesta parece admitir
            la idea pero protesta por el uso aberrante de autores griegos para documentar la palabra
              <emph>venenum.</emph> Como siempre, le sulfura que el aragonés se olvide sin cesar de
            que el griego y el latín son lenguas distintas, e incluso de que hay lenguas distintas,
            creando una confusión digna de Babel, y mostrando que no sabe ninguna lengua ni siquiera
            medio bien (en opinión de Cuesta, claro).</note>?</p>
        <p>Columna 273, o si no 261<note place="bottom">A propósito de «el coturno besar dorado
            intenta» (<emph>Polifemo</emph>, OC255.300). Hay un error en la numeración y las
            columnas 261 y 262 llevan los números 273 y 274, que se repiten unas páginas después en
            el lugar que les corresponde.</note>. Muestra vuestra merced su cuidado en la coherencia
          de la oración. Dice, pues: «Pero engáñanse los que hacen a los atenienses los inventores,
          porque antes parece que los lidios hallaron esta novedad<note place="bottom">La «novedad»
            consiste en la introducción de los coturnos, o de uno de los dos tipos de calzado así
            llamados, «alto y con los ponlevíes o los corchos semejante a los chapines que hoy usan
            las mujeres españolas hechos de alcornoque» (Pellicer, 1630, col. 273)</note>, gente la
          más dada a las delicias de toda la Asia; cuyas mujeres, para añadir su estatura y parecer
            <pb n="f. 435v"/> mayores, según escribe D. <name type="polemista">Francisco Fernández
            de Córdoba</name>
          <emph>in</emph>
          <title>Didascal</title>. 24»<note type="app" rend="I">Una nota marginal, que
            parece de Cuesta, reza: «este deseo»; se refiere sin duda al libro del gongorista y abad
            de Rute (<emph>Didascalia multiplex</emph>, 1615), cuyas afirmaciones sobre el tema
            sigue Pellicer muy de cerca, efectivamente; <emph>cfr</emph>. el capítulo
              <num>xxiv</num>: <emph>De cothurni significatione</emph> (don José no hace otra cosa
            que traducir, y quizá por eso incurre en el feo descuido).</note>. Gran retórico es
          vuestra merced, pues aun sin querer usó tan elegante anantapódoton<note place="bottom"
            >Anacoluto producido por la supresión de uno de los dos miembros de un período (RAE).
            Puede ser descuido o usarse por figura, lo que claramente no es el caso en este ejemplo
            donde la frase queda en suspenso, sin el verbo del que «mujeres» sería
          sujeto.</note>.</p>
        <p>Columna 273<note place="bottom">Comentando los versos del <emph>Polifemo</emph>,
            OC255.335-336: «llueven sobre el que Amor quiere que sea / tálamo de Acis ya y de
            Galatea».</note>. Dice vuestra merced que las palomas guiaron a Eneas «para el hallazgo
          del ramo de oro»<note place="bottom"><emph xml:lang="it">Cfr</emph>. Virgilio, <emph
              xml:lang="it">Eneida</emph>, VI, 185-211.</note>. <emph>Hallazgo</emph> en romance
          significa el premio de haber hallado alguna cosa, y no el mismo hallar<note place="bottom"
            >Tampoco Covarrubias aceptaba el uso más moderno de <emph>hallazgo</emph>, pues lo
            define como «las albricias que se dan por haber hallado la cosa perdida y restituídola a
            su dueño». Sin embargo, como en el caso de <emph>solemne vs. solene</emph>, Pellicer
            tiene ahí mejor intuición del camino por el que iba el castellano.</note>.</p>
        <p>Columna 281<note place="bottom">A propósito de <emph>Polifemo</emph>, OC255.342: «la
            cerviz oprimió a una roca brava».</note>. En la etimología [de] esta voz
            <emph>roca</emph> dice vuestra merced que erró Covarrubias en decir que venía de
            <emph>rupes</emph>, porque es voz greco-bárbara<note place="bottom"><emph>Cfr</emph>.
            Pellicer: «Esta voz <emph>roca</emph> dice Covarrubias se origina de <emph>rupes</emph>,
            o <emph>rucang</emph>, siendo voz Griega-Bárbara».</note>. Sepa vuestra merced que
          primero se usó <emph>roca</emph> en España que en Grecia; y greco-bárbaros, como atrás
          queda dicho, son los vocablos que de otras lenguas tomaron los griegos cuando iban
          perdiendo la suya. Así, bien puede ser greco-bárbara y venir de <emph>rupes</emph>.</p>
        <p>Columna 302<note place="bottom">En el comentario a <emph>Polifemo</emph>, OC255.385-386:
            «Pastor soy, mas tan rico de ganados, / que los valles impido más vacíos».</note>. Dice
          vuestra merced que don Luis imitó a <name type="authority">Eurí [pides]</name> ...</p>
      </div>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
