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      <titleStmt>
        <title>Anti-Jáuregui</title>
        <author>Lope de Vega (atribuido)</author>
        <editor>Juan Montero</editor>
        <editor>Cipriano López Lorenzo</editor>
      </titleStmt>
      <editionStmt>
        <edition>OBVIL</edition>
        <respStmt>
          <name>Mercedes Blanco</name>
          <resp>relecture</resp>
        </respStmt>
        <respStmt>
          <name>Aude Plagnard</name>
          <resp>stylage et édition TEI</resp>
        </respStmt>
      </editionStmt>
      <publicationStmt>
        <publisher>Université Paris-Sorbonne, LABEX OBVIL</publisher>
        <date when="2023"/>
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          <licence target="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/"
            >http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/fr/</licence>
        </availability>
      </publicationStmt>
      <sourceDesc>
        <bibl><title><hi rend="i">Anti-Jáuregui del licenciado don Luis de la Carrera al reformador
              de los poetas castellanosLibro de varios tratados de graciosidad y erudición, de
              diferentes autores</hi></title>, BE (Biblioteca de El Escorial), ms. L-1-15, f.
          222r-230v.</bibl>
      </sourceDesc>
    </fileDesc>
    <encodingDesc>
      <p>L’édition comporte trois niveaux de notes. note[@place="bottom"] : notes d’éditeur (décima
        par défaut) note[@place="margin"] : notes marginales de l’auteur (pas de numérotation)
        note[@type="app" rend="I"] : notes d’apparat (I = romain) </p>
    </encodingDesc>
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      <creation>
        <date notBefore="1624" notAfter="1625"/>
      </creation>
      <langUsage>
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      </langUsage>
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  <text>
    <!--
      <div subtype="level1">
        <head>Datos bibliográficos</head>
        <table rend="left">
          <spanGrp type="colgroup">
            <span type="col" style="width: 50%" rend="col1"/>
            <span type="col" style="width: 50%" rend="col2"/>
          </spanGrp>
          <row>
            <cell>Editor científico</cell>
            <cell>Juan MONTERO – Cipriano LÓPEZ LORENZO</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Autor</cell>
            <cell>Lope de Vega (atribuido)</cell>
          </row>
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              <ref target="https://docs.google.com/spreadsheet/ccc?key=0AqYaH3rcIJYhdE9OVHhMRmdMcEJQVGdETzBTUUVuMXc#gid=0">
                <seg rend="lienhypertexte">D
              estinatario / dedicatario</seg>
              </ref>
            </cell>
            <cell>Juan de Jáuregui</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Título</cell>
            <cell>Anti-Jáuregui</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fecha</cell>
            <cell>1624-1625</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Fuentes</cell>
            <cell>BE (Biblioteca de El Escorial), ms. L-1-15, f. 222r-230v, <emph>Anti-Jáuregui del licenciado don Luis de la Carrera al reformador de los poetas castellanos</emph>.</cell>
          </row>
          <row>
            <cell>Ediciones modernas</cell>
            <cell>
              <p rend="noindent">Artigas, Miguel, «Un opúsculo inédito de Lope de Vega. El <emph>Anti-Jáuregui</emph> del Liz. D. Luis de la Carrera», <emph>Boletín de la Real Academia Española</emph>, XII (1925), p. 587-605.</p>
              <p rend="noindent">Zarco Cuevas, Julián (OSA), «Las contiendas literarias en el siglo XVII.— III. Una réplica de Lope de Vega contra don Juan de Jáuregui», <emph>La ciudad de Dios</emph>, CXLIII, n. 1260 (1925), p. 272-290.</p>
              <p rend="noindent">Sliwa, Krysztof, <emph>Cartas, documentos y escrituras de Luis de Góngora y Argote (1561-1627) y de sus parientes</emph>, Córdoba, Universidad de Córdoba – Ayuntamiento de Córdoba, 2004, p. I, 322-336.</p>
              <p rend="noindent">Sliwa, Krysztof, <emph>Cartas, Documentos y Escrituras del Dr. Frey Lope Félix de Vega Carpio (1562-1635)</emph>, Newark, Delaware, Juan de la Cuesta, 2007, I, p. 112-124.</p>
            </cell>
          </row>
          <row>
            <cell>
              <ref target="https://docs.google.com/spreadsheet/ccc?key=0AjY-3NJyasEFdGFGZmY0U0paQzA3WHVId2UtUUVsQlE#gid=0">
                <seg rend="lienhypertexte">Responde
               a otro texto</seg>
              </ref>
            </cell>
            <cell rend="left">Juan de Jáuregui, <emph xml:lang="fr">Carta del licenciado Claros de la Plaza al maestro Lisarte de la Llana</emph></cell>
          </row>
          <row>
            <cell>
              <p rend="left noindent">Se deben indicar, mencionándolos por su nombre de código, los</p>
              <p rend="left noindent">textos de nuestro corpus a los que el texto editado se refiere de</p>
              <p rend="left noindent">forma explícita o por alusión inequívoca.</p>
              <p rend="left noindent">El cuadro quedará vacío si no hay ninguno. Si hay varios, hay que</p>
              <p rend="left noindent">separarlos por punto y coma.</p>
            </cell>
            <cell rend="left">25. #jauregui_antidoto ; 55. lope_justa-isidro ; 61. #lope_filomena-jardin ; 74. #lope_relacion-isidro ; 77. #jauregui_discurso-poetico ; 78. #estrada_papel ; 81. gongora_soneto-orfeo ; 84. lope_montalban-orfeo-cancion ;</cell>
          </row>
        </table>
      </div>
            -->
    <body>
      <div type="normal" subtype="level1">
        <head>Introducción</head>
        <div subtype="level2">
          <head>1. Título [A modo de escudo y espada]</head>
          <p>El prefijo de valor opositivo «Anti-» seguido de la base léxica «Jáuregui» da una clara
            idea de la principal función del texto y de contra quién se posiciona. Este papel es una
            réplica directa al poeta y pintor sevillano Juan de Jáuregui (<emph>ca</emph>.
            1583-1641), específicamente, a un discurso previo suyo que circuló sin autoría a finales
            de 1624: <emph>Al maestro Lisarte de la Llana, el licenciado Claros de la Plaza, su
              discípulo, hijo de Llanos de Castilla y Plaza</emph>, comúnmente editado como
              <emph>Carta del licenciado Claros de la Plaza</emph>, que en lo esencial es una
            denuncia de los vicios contra la pureza de la lengua castellana supuestamente cometidos
            por Lope en su epopeya <emph>Jerusalén conquistada</emph> (1609)<note place="bottom"
              >Rico García (2001: 222-234); Montero (2008). En general, sobre Jáuregui como
              polemista, veánse Rico García (2001, 2002 y 2017); Matas Caballero (2007), Blanco
              (2016).</note>.</p>
          <p>Al ocaso del siglo XV y durante todo el siglo XVI, por buscar antecedentes inmediatos,
            el prefijo <emph>Anti</emph>- era común en obras que pretendían censurar ideas heréticas
            o postulados contrarios al humanismo renacentista. El<emph> Antibarbarorum</emph> (1494)
            de Erasmo, el Anti-Lutherus, de Josse van Clicthove (1524), el <emph>Antialcorán</emph>
            de Bernardo Pérez de Chinchón (1532), el <emph>Antichristus</emph> de Michael Hager
            (1578), o <emph>L'Anti-Christ</emph> et <emph>l’Anti-Papesse</emph> de Florimond de
            Raemond (1599) son buenos ejemplos de la inclusión de la partícula en una literatura
            polémica. No obstante, y salvando las diferencias morfosintácticas, es significativa la
            frecuencia de la voz <emph>Antidotum/us</emph> en tratados que también abrían debates en
            frentes similares: el <emph>Antidotum contra diversas omnium fere saeculorum
              haereses</emph>, de Kaspar van Gennep (1528), el <emph>Antidotus contra venerem ex
              sacrarum literarum arcanis</emph>, de Alfonso López de Soto (1546), un <emph>Antidoto
              spirituale contra la peste</emph>, de Gaspar de Loarte (1577), o los <emph>Antidota
              apostolica contra nostri temporis haereses</emph>, de Thomas Stapleton (1595).</p>
          <p>No es de extrañar, pues, que cuando lleguemos al contexto de la polémica gongorina y
            sus posteriores meandros todo ese bagaje editorial haya cincelado el prefijo
              <emph>Anti</emph>- como una idónea táctica para atacar a un hereje poético. Sabemos,
            así, del recién localizado <emph>Anti-Faristarcho</emph> de Angulo y Pulgar (1644)<note
              place="bottom">En efecto, una copia manuscrita de esta obra que se daba por perdida se
              custodia desde hace poco en la Biblioteca «Rector Machado y Núñez» de la Universidad
              de Sevilla, con signatura A 331/265.</note>, redactado para rebatir los ataques contra
            Góngora que Faria e Sousa había insertado dentro de sus <emph>Lusíadas
            comentadas</emph>. Pero, más que como prefijo, y de forma análoga a lo visto en siglos
            anteriores, el arranque<emph> Anti</emph>- quedaría irremediablemente asociado al
              <emph>Antídoto</emph> de Jáuregui (<emph>ca</emph>. 1614-1615), uno de los lances más
            feroces y sonados en este fuego cruzado<note place="bottom">Jáuregui (2002).</note>. De
            hecho, su fórmula siguió resonando en subsiguientes embates, como en el Antídoto contra
            la Aguja de navegar cultos <emph>de Andrés de Uztarroz (1633)</emph> y en el resto de
            reacciones al azote del sevillano<note place="bottom">Osuna Cabezas (2014).</note>;
            véanse, por caso, el extraviado <emph>Anti-Antídoto</emph> de Francisco de Amaya (1615),
            el <emph>Examen del Antídoto</emph> del abad de Rute (1617) o la décima anónima
              «<emph>Antídoto</emph> ha intitulado» (<emph>ca</emph>. 1615-1624) que, como bien
            explican Blanco y Plagnard, propuso «rebautizar el <emph>Antídoto</emph> de Jáuregui,
            calificado de "Aristarco embozado", con el nuevo nombre de "Anti-doto" sobre el modelo
            de Antipapa y Anticristo, o sea, impostor que se hace pasar por docto»<note
              place="bottom">Blanco-Plagnard (2021: 572).</note>. En ese mismo regate satírico
            creemos que puede situarse el <emph>Anti-Jáuregui</emph>, al burlarse de aquel papel
            incendiario y desenmascarar al autor de la <emph>Carta del licenciado Claros</emph>.
            Pero no solo debemos pensar en lo que nuestro título airea a las claras, sino también en
            lo que obvia: nótese que no participa de la ficción ideada por Jáuregui, en la que este
            se hace llamar Claros de la Plaza y se presenta como discípulo del maestro Lisarte de la
            Llana. Es, en otras palabras, un ataque que se sale por la tangente, pues desarma al
            contrincante dirigiéndose a él por su apellido real, si bien escoge para su autor un
            seudónimo que le sirva de abrigo: el licenciado don Luis de la Carrera. Así pues, vemos
            que mientras el título elegido blande la espada, la autoría enmascarada funciona a modo
            de escudo. Un enunciado, por consiguiente, de doble movimiento, de ataque y defensa. Tan
            solo la coletilla «al reformador de los poetas castellanos» parece ceder a la ironía con
            que sazonaba Jáuregui su papel. En este punto es obligado recordar las tantas veces
            citadas palabras de Dámaso Alonso cuando decía de Lope de Vega aquello de que gustaba
            «tirar la piedra y esconder la mano»<note place="bottom">Alonso (1961: 50).</note>.
            Efectivamente, desde la fórmula del título hasta el vaivén argumental que veremos
            enseguida, el nombre de Lope surge como principal responsable del texto. Lo que
            propondremos a continuación retoma y desarrolla ideas claves ya expuestas en dos
            trabajos de Montero en los que trata el contenido y la estructura del escrito, amén de
            los argumentos a favor de la autoría lopesca<note place="bottom">Montero (2008 / en
              prensa).</note>. Tanto esos dos artículos como esta edición forman parte de un
            proyecto común de acercamiento al <emph>Anti-Jáuregui</emph>, de ahí la coincidencia
            inevitable en algunos análisis y valoraciones.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>2. Autor [Lope de Vega tras la máscara del licenciado de la Carrera]</head>
          <p>Desde las primeras noticias dadas por Zarco Cuevas y Artigas<note place="bottom">Zarco
              Cuevas (1925) y Artigas (1925).</note> hasta otros estudios más recientes<note
              place="bottom">Sánchez Jiménez-Sáez (2018).</note>, hay consenso entre los estudiosos
            en que Lope escribió el papel bajo un seudónimo que volvería a utilizar en otras
            ocasiones, dejando hasta cierto punto en evidencia la máscara que él mismo había
            forjado. La base para ello es que nadie salvo Lope y ciertos textos relacionados con él
            mencionan al tal <emph>licenciado Luis de la Carrera</emph>, lo que constituye un
            indicio vehemente de que se trata de un <emph>alter ego</emph> del Fénix, ensayado por
            primera vez en el <emph>Anti-Jáuregui</emph>. La práctica era bien conocida por Lope:
            baste pensar en el maestro Tomé de Burguillos, su debut en las justas isidriles allá por
            1620-1622 y su posterior eclosión en las <emph>Rimas</emph> de 1634<note place="bottom"
              >Mascia (2001).</note>. En el caso del licenciado Luis de la Carrera, su siguiente
            aparición será en el prólogo de los <emph>Triunfos divinos</emph> (1625), desde donde se
            dirige a los «desapasionados y doctos», Jáuregui entre ellos, cómo no. Un año más tarde,
            Francisco de las Cuevas —seudónimo de Francisco de Quintana, amigo íntimo de Lope—
            aprovecha la dedicatoria a Lope de su libro <emph>Experiencias de amor y fortuna</emph>
            (1626) para elogiar «el discurso que escribió don Luis de la Carrera», refiriéndose al
              <emph>Anti-Jáuregui</emph>, señal inequívoca de que Cuevas lo conocía y de que sabía
            quién fue su autor.</p>
          <p>Un segundo elemento de prueba lo encontramos en los textos liminares de la <emph>Parte
              XX de comedias</emph> —volumen que salió a luz a principios de 1625—, en los que Lope
            se desahoga con frecuencia contra los envidiosos, especialmente «los que se vengan sin
            ella [discreción], conduciendo sus sátiras de rama en rama y de flor en flor, no
            creyendo que el ordinario puede traer las respuestas, aunque sea desde Jerusalén, fiados
            en lo que dijo Cis­neros, que había dos mil leguas de aquí a Sevilla, yendo por
              Jerusalén»<note place="bottom">Case (1975: 234).</note>. Para Montero parece claro que
            las alusiones a «sátiras», «Jerusalén» y «Sevilla» de este pasaje de <emph>La discreta
              venganza</emph> ponen a Jáuregui en el centro de su mira y expresarían asimismo la
            inminencia de una réplica cuya redacción debió de coincidir con la de los textos
            liminares de esa <emph>Parte XX</emph><note place="bottom">Montero (2008:
              154-156).</note>.</p>
          <p>El mismo Montero<note place="bottom">Montero (en prensa).</note>, espoleado por la voz
            discrepante de Robert Jammes sobre este asunto<note place="bottom">Afirmaba el gran
              estudioso, a propósito de la autoría del <emph>Anti-Jáuregui</emph> (1994: 657, n.
              72): «ni es el estilo de Lope, ni se puede creer que Lope haya tenido la desvergüenza
              de escribir de su mano los elogios ditirámbicos que se le tributan; es más razonable
              pensar que, debajo del seudónimo Luis de la Carrera, se esconde (en este texto por lo
              menos) uno de sus amigos».</note>, ha querido reforzar las razones a favor de la
            autoría de Lope con argumentos originados en el proceso de anotación del texto para la
            presente edición, razones que ahora pasamos a resumir:</p>
          <p>a) Referencias autobiográficas: un par de detalles sobre la vida del autor y de su
            rival concuerdan bien con lo que sabemos de uno y otro. La primera alusión es: «Pues a
            fe que no le faltan a vuesa merced [Jáuregui] para cincuenta muchos, que en Sevilla
            conocí yo a vuesa merced buen mamantón ahora cuarenta años». El conocimiento personal de
            un Jáuregui infante hace suponer una estancia del Fénix en Sevilla en torno a 1584-1585,
            pormenor incierto aún entre sus biógrafos, pero no descartable, pues Lope pudo pasar por
            la capital hispalense antes de alistarse en la Armada en 1588<note place="bottom"
              >Sánchez Jiménez (2008).</note>. Otro apunte biográfico que nos regala el texto es:
            «Yo a lo menos no calificaría la proposición, aunque lo soy del Santo Oficio», que
            consideramos un auto-señalamiento interesante, pues, si bien Lope no fue calificador
            sino familiar del tribunal, sus pretensiones cortesanas no le impidieron presentarse en
            ocasiones con honores que no le correspondían.</p>
          <p>b) Conocimiento del mundillo literario de la corte y de la obra de Lope: el papel es
            obra de alguien que estaba bien informado de la vida literaria de la corte en ese
            momento, pues menciona unas anotaciones críticas no conservadas de María de Zayas, el
            soneto atribuido a Góngora «Es el Orfeo del señor don Juan» y papeles hoy desconocidos
            de Tamayo de Vargas, del alférez Estrada y del murciano don Juan de Quiroga<note
              place="bottom">García Jiménez (2006).</note>. Se trata, pues, de alguien cercano a las
            contiendas literarias y con fácil acceso a los textos que la nutren. En cuanto a la obra
            de Lope, el autor del <emph>Anti-Jáuregui</emph> sabe que la palabra «gormáticos» de la
              <emph>Jerusalén</emph> es una errata, por no haber estado Lope presente durante el
            proceso de impresión, y localiza, además, su <emph>lectio</emph> correcta —«cromáticos»—
            en un pasaje de <emph>La Filomena</emph> (1621). Ahora bien, ni en la fe de erratas de
            la <emph>princeps</emph> ni en las ediciones modernas de la epopeya a cargo de
              Entrambasaguas<note place="bottom">Vega (1951).</note> o Carreño<note place="bottom"
              >Vega (2003).</note> se señala el error. Es más, un apasionado de la obra de Lope como
            Diego Duque de Estrada copió el segmento «gormáticos redobles» en sus <emph>Comentarios
              del desengañado de sí mesmo</emph> (<emph>ca.</emph> 1614)<note place="bottom">Rascón
              García (2023: I, 344).</note>. Es decir, que solo alguien muy próximo a la composición
            de la <emph>Jerusalén</emph> y a la obra y estilo del Fénix podría aducir tal
            enmienda.</p>
          <p>c) Usos y rasgos expresivos paralelos a los de Lope: en el <emph>Anti-Jáuregui</emph>
            se detectan «ciertos términos o acepciones que no son de un uso generalizado pero que sí
            aparecen en Lope»<note place="bottom">Montero (en prensa).</note>. De ellos, nos
            quedamos ahora con la voz <emph>antipófora</emph>, en este pasaje: «Y así he querido
            hacer una antipófora, no defenderle [a Lope], pues no necesita de favor la opinión más
            recibida que han visto estos ni los pasados siglos». Llama la atención, por un lado, que
            Lope use el término —no recogido en <emph>Autoridades</emph>— del modo en que lo definió
            Jiménez Patón: «Sujeción (en griego antipófora) es cuando nos preguntamos y respondemos
            lo que el otro había de responder»<note place="bottom">Jiménez Patón (1993:
            393).</note>. Encontrar la obra de Patón en el horizonte léxico-semántico del
              <emph>Anti-Jáuregui</emph> es otro indicio que apunta a Lope, pues, como se sabe, la
            estima que se profesaron produjo transferencias en la producción de uno y otro<note
              place="bottom">De hecho, Rozas y Quilis advirtieron excepcionalmente tal reciprocidad
              e iniciaron su estudio con este aserto tan representativo de lo que aquí tratamos de
              exponer: «La <emph>Elocuencia española en Arte</emph> es el primer libro de teoría
              literaria que otorga el principado de la poesía española a Lope de Vega» (1962:
              35).</note>. Como también lo es, por otro lado, que el término <emph>antipófora</emph>
            reaparezca en <emph>La Dorotea</emph>, por boca de Julio: «Preguntábale Virgilio a la
            suya [musa] que por qué causa había venido Eneas de Troya a Italia. Que esta figura en
            la retórica es como apóstrofe, o antipófora»<note place="bottom">Vega (2011:
              294-295).</note>.</p>
          <p>En este mismo apartado, también cabría señalar un giro expresivo del
              <emph>Anti-Jáuregui</emph> para criticar la ignorancia del sevillano: «porque quien
            ignoró que <emph>baca</emph> era aquella fruta de los laureles por cuya insignia los
            graduados del nombre de vuesa merced se llaman bacalauros, ¿qué respuesta merece?»,
            pasaje que revela un esquema retórico-sintáctico calcado al de la «Epístola séptima» de
              <emph>La Circe</emph>: «Pero quien siente que [la poesía] no tiene fundamento en la
            retórica, ¿qué respuesta merece?».</p>
          <p>d) Lugares comunes: Montero identifica diferentes pasajes del
              <emph>Anti-Jáuregui</emph> que se reelaboran y modelan en otras tantas obras de Lope.
            Entre las concomitancias advertidas, está, por ejemplo, el idéntico esquema
            argumentativo que comparten un pasaje sobre el tópico de los tres imposibles de la
            Antigüedad («el rayo de Júpiter, los versos de Homero y la clava de Hércules»), y el
            soneto LXXIV de las <emph>Rimas</emph> de Lope, similitud que consiste en contraponer
            aquellos tres con otros tantos de la edad presente: «ingenio de Lope, arte de don Luis
            de Góngora y desatinos de don Juan de Jáuregui» en el <emph>Anti-Jáuregui</emph>; las
            hazañas del Emperador, el Escorial y los versos del conde de Lemos en el soneto<note
              place="bottom">Montero (en prensa).</note>.</p>
          <p>Otra coincidencia de este tipo sale a relucir entre el pasaje: «que aquí no hacen
            disculpa el <emph>Mosquito</emph> de Virgilio, el <emph>Rábano</emph> de Marción, la
              <emph>Mosca</emph> de Luciano y la <emph>Pulga</emph> de don Diego de Mendoza» y el
            similar listado de obras del subgénero conocido como encomio paradójico de <emph>La
              Gatomaquia</emph>, silva V, vv. 43-69<note place="bottom">Vega (1983:
              1485-1486).</note>, filtrado, eso sí, por la manida <emph>Officina</emph> de Ravisio
              Textor<note place="bottom">Ravisio Textor (1560: II, 455).</note>.</p>
          <p>Podríamos cerrar estos argumentos con un repaso a las fuentes comunes que afloran tanto
            en el <emph>Anti-Jáuregui</emph> como en otros lugares de la producción de Lope,
            resultado, tal como lo ve Montero (en prensa), del trasvase de ideas y materiales que
            manejaba el autor, pero de ellas daremos debida cuenta en el apartado 5. Lo que hasta
            aquí se ha recogido sirve de botón de muestra de la amalgama de pruebas —biográficas,
            contextuales, expresivas, eruditas— que señalan una y otra vez al Fénix de los ingenios
            como autor legítimo del <emph>Anti-Jáuregui</emph>, sin perjuicio de remitir al lector a
            las notas que acompañan al texto para otros detalles complementarios.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>3. Cronología [Entre finales de 1624 y el verano de 1625]</head>
          <p>El opúsculo fue compuesto probablemente hacia finales de 1624 o principios de 1625<note
              place="bottom">Millé y Giménez (1928: 245).</note>, pues en él se advierten las
            referencias al <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui (verano de 1624) y a su rápida réplica, un
            segundo <emph>Orfeo en lengua castellana</emph> de Pérez de Montalbán (1624). En efecto,
            el poema del sevillano había propiciado en los meses siguientes a su aparición un
            rebrote de la polémica, en el que se incluyen otros ataques que exponen posturas
            próximas al <emph>Anti-Jáuregui</emph>; por ejemplo, <emph>Contra el Antídoto de
              Jáuregui y en favor de don Luis de Góngora por un curioso</emph><note place="bottom"
              >Rico García (2016).</note>, o unas desconocidas <emph>Anotaciones</emph> de María de
            Zayas, entre otros papeles hoy no conservados. Aunque no podamos asegurar que el
              <emph>Anti-Jáuregui</emph> circulara antes de 1625, como sí se podría decir de
              <emph>Contra el Antídoto</emph>, lo cierto es que el <emph>terminus ante quem</emph>
            no podría ir más allá del verano de 1625. La razón de tal linde la ofrece Montero<note
              place="bottom">Montero (2008: 176).</note> argumentando que la aprobación que Jáuregui
            concede a los <emph>Triunfos divinos</emph> de Lope el 27 de julio de 1625 sería claro
            indicio de una tregua entre ambos contrincantes. Es decir, que para entonces las pullas
            del licenciado Luis de la Carrera debían de estar más que difundidas y (relativamente)
            superadas. La mediación conciliadora de Paravicino en este duelo es asunto que queda en
            el aire, pero todo apunta a que en aquel verano se había puesto fin a la trifulca, como
            también se deduce de las <emph>Obras de Francisco de Figueroa</emph> (Lisboa, 1625), en
            cuyos preliminares se dan cita Jáuregui y Lope. En definitiva, y a pesar de que Lope lee
            la carta bastante tarde —«cuyo papel llegó a mis manos tarde»—, es razonable datar el
              <emph>Anti-Jáuregui</emph> pocas semanas después de la difusión de la <emph>Carta del
              licenciado Claros de la Plaza</emph>, sea en los últimos meses de 1624 o en los
            primeros de 1625.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>4. Estructura [Al hilo, pero sin olvidar los cánones]</head>
          <p>A primera vista, el <emph>Anti-Jáuregui</emph> presenta una estructura algo caótica y
            ofrece la impresión de que Lope va rebatiendo los ataques y defendiéndose en un continuo
            vaivén sin rumbo aparente, ya sea siguiendo el orden de las invectivas de la <emph>Carta
              de Claros de la Plaza</emph> o bien posibles anotaciones personales sobre las obras de
            su oponente. En realidad, Lope contraataca sin perder de vista los cánones de la
              <emph>oratio</emph> retórica y diseña su papel sobre una clásica estructura
            cuatripartita con <emph>exordium, narratio, argumentatio</emph> y
            <emph>peroratio</emph>. Un diseño que había ensayado ya, <emph>mutatis mutandi</emph>,
            en las epístolas <emph>A un señor de estos reinos</emph> de <emph>La Filomena</emph> y
              <emph>La Circe</emph><note place="bottom">Vega (2015<emph>a</emph> y
              <emph>b</emph>).</note>.</p>
          <p>a) <emph>Exordium</emph> (119 palabras): Para fijar el interés del lector y el tono
            socarrón con que piensa devolver el golpe, Lope bromea con la actitud censora
            —reformadora— de Jáuregui: ataca sus ínfulas cortesanas al mismo tiempo que ridiculiza
            su papel de autoproclamado <emph>arbiter elegantiae</emph> en cuestiones de poesía. La
            comparación con Argote de Molina y sus cuadrilleros de mangas verdes<note place="bottom"
              >Argote de Molina (1866: VIII).</note> pinta al sevillano en una pose de bufón
            envidioso en su etapa madrileña y desenmascara, por ende, al autor de la «veneranda
            carta» contra Lope.</p>
          <p>b) <emph>Narratio</emph> (652 palabras): Lope hace una primera presentación general del
            asunto. A su modo de ver, Jáuregui la ha emprendido primero contra Góngora, por medio de
            su <emph>Antídoto</emph>, y luego contra él mismo con su carta<note place="bottom"
              >Recuérdese, complementariamente, que ya en la década de los treinta Jáuregui también
              entraría en polémica con Quevedo (Matas Caballero 2007).</note>. La afrenta requiere,
            por tanto, de una respuesta que él denomina <emph>antipófora</emph>, en el sentido de
            «cuando nos preguntamos y respondemos lo que el otro había de responder». A esto sigue
            luego un autoelogio que lo lleva a emparejarse con Góngora o con el mismísimo Homero,
            rematado finalmente por el recordatorio de diferentes encomios expresados por autores
            contemporáneos, desde la conocida referencia a la frase <emph>Es de Lope</emph> en las
              <emph>Grandezas de Madrid</emph> (1623), hasta los ditirámbicos dísticos latinos de
            Tribaldos de Toledo en la <emph>Expostulatio Spongiae</emph>, pasando por la loa que le
            dedica Manuel Severim de Faria en la vida de Camões que insertó en sus <emph>Discursos
              varios políticos</emph> (1624).</p>
          <p>En una segunda presentación del estado de la cuestión, Lope se acerca al antecedente
            más inmediato de su texto y explica que todo el enfado de Jáuregui viene de la prefación
            que aquel había escrito para el <emph>Orfeo</emph> de Montalbán. A continuación,
            identifica a Jáuregui como el autor de la carta difundida bajo el seudónimo de Claros de
            la Plaza y se burla de la intencionalidad expresa en su título, que no es otra que la de
            satirizar al Fénix como paladín del estilo <emph>caste-llano</emph>. Informado el lector
            de los hechos y para rematar la <emph>narratio</emph>, Lope alude al paso del tiempo y
            prosigue sin más a rebatir una a una las acusaciones del adversario.</p>
          <p>c) <emph>Argumentatio</emph> (4314 palabras): Lope comienza dando la réplica a cuatro
            puntos de la introducción de la carta en el mismo orden en que los expuso Jáuregui: los
            bramidos del maestro Lisarte de la Llana en el tiempo de la polémica, reveladores de su
            disgusto con el rumbo de la poesía castellana; los azotes o palos que el discípulo
            pretendía dar al maestro en forma de buenos versos; el <emph>Castilla me fecit</emph>
            como límite infranqueable del latín al que aspiraba el tal Claros de la Plaza; y, por
            último, su alusión vejatoria a la avanzada edad de Lope. Tras lo cual afirma el Fénix su
            intención de no rebatir todos los reproches que le hace su fingido discípulo, sino
            refutar tan solo varios que sirvan de muestra del despropósito de la carta. Y para ello
            empieza por una serie de términos cultos que Jáuregui le recrimina, desde «mane» hasta
            «bacas», saltando de uno a otro según la huella o resquemor que le dejaran y siempre al
            hilo de sus chanzas, que no son pocas.</p>
          <p>Toda la <emph>argumentatio</emph> va a tomar una dinámica pendular de defensa y
            contraataque. Lope comienza vindicando la riqueza léxica de su <emph>Jerusalén</emph>
            como medio de alcanzar la <emph>varietas</emph> propia<hi rend="color_FF0000"> </hi>de
            un buen estilo, frente a la miserable reiteración de voces que, a su juicio, lastra el
              <emph>Orfeo</emph> de su rival. Al hilo de esto, menciona Lope la existencia de unas
              <emph>Anotaciones</emph> de María de Zayas que presumiblemente le enmendaron la plana
            al sevillano, aunque tal escrito no ha llegado hasta nosotros<note place="bottom">Como
              se dirá más abajo, no es este el único testimonio literario desconocido que aduce Lope
              como prueba del general descrédito de su rival. </note>. Lope prosigue su argumento
            defendiendo los neologismos y términos inusitados que él introduce en la
              <emph>Jerusalén</emph> y ataca algunos del <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui («palude»,
            «morbo», «Dite», «Pluto»), que el sevillano debió de emplear, según Lope, forzado por el
            consonante. Por un lado, justifica el uso de «mane», «esqueleto», «penícoma», «nadir» o
            «teristro»; por otro, critica términos como «piltrafa», «gatafa», «dizque», «quizque» y
            «morro» que su adversario recogió en las <emph>Rimas</emph> de 1618. Y si se excusa la
            voz «gormáticos» como yerro de impresión en la <emph>Jerusalén</emph>, es para señalar a
            continuación los errores de lectura y la ignorancia de Jáuregui. A esa altura del texto
            y más adelante, casi al cierre, Lope deja caer un par de citas de versos sacados de
            poemas contra el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui; así le refriega, atribuyéndoselo a
            Góngora, el verso «tan santo le haga Dios como es Letrán», sacado del soneto «Es el
              <emph>Orfeo</emph> del señor don Juan»; o le aguijoneará después con aquello de «Poeta
            con albardas y acicates, / que a ti te matas y a los otros picas», del soneto anónimo
            contra el <emph>Discurso poético</emph> que empieza «Tú que del triunvirato de penates».
            Por ahí, el texto se alarga hacia las ineludibles alusiones <emph>ad hominem</emph>, que
            en algún caso demuestran el conocimiento personal que Lope tenía de su contrincante.</p>
          <p>De todas las razones con que Lope se escuda o aguijonea a su rival, nos parecen
            especialmente interesantes dos: el paralelismo que establece con la polémica de la
              <emph>Accademia della Crusca</emph> en torno al poema épico y el recurso machacón a la
            autoridad de los antiguos. Mediante el primero ensaya una relación analógica entre los
            ataques de Jáuregui contra él y los de los académicos de la Crusca contra T. Tasso. El
            parangón victimista forma parte en realidad de la vieja pretensión lopesca de emular y
            superar la obra del italiano, lo que ya le valió duras críticas en la
              <emph>Spongia</emph><note place="bottom"> Tubau (2007: 112).</note>. Así que verse
            envuelto en un episodio similar al que sufrió el autor de la <emph>Gerusalemme</emph>
            confirma subrepticiamente la altura poética a la que ha llegado el español. Dice así el
            texto:</p>
          <quote>
            <p>Pero, ¿quiere que le diga un secreto? Esto para que no lo sepa nadie: las apologías
              de Italia le han echado a perder. Todo su <emph>Discurso poético</emph> es traducción
              de la Academia de la Crusca de Florencia contra el Tasso, menos sus boberías, y la
              manera de calumniar a Lope con versos así sueltos porque parezcan feos, pues con la
              misma traza se los van sacando al Tasso los florentines, que versos que no concluyen
              la sentencia, claro está que han de parecer mal. Y así, al Tasso le sacaron de su
                <emph>Jerusalén</emph> muchos como vuesa merced a la de Lope –no tengo para qué
              referírselos, pues los tiene tan vistos– y de aquella manera parecen tan bajos.</p>
          </quote>
          <p>En cuanto a lo segundo, Lope recurre a un nutrido arsenal de referencias, sacadas unas
            veces de los rétores latinos, con Quintiliano a la cabeza, junto con Cicerón o la
              <emph>Rhetorica ad Herennium</emph>, y otras de autores ineludibles como Virgilio,
            Ovidio, Horacio, Séneca... Fuentes todas ellas que desglosaremos con más detenimiento en
            su correspondiente apartado. El engarce de citas y el cada vez mayor acaloramiento
            derivan en un Lope que se ensaña en ridiculizar los defectos de lengua y estilo en las
              <emph>Rimas</emph> de Jáuregui: la falta de decoro, el mal latín, los pleonasmos y no
            pocos versos malsonantes que proliferan en ese poemario, especialmente en la sección
            devota, desde el romance «Al Santísimo Sacramento» al epigrama «A la invención de la
            Cruz», sin olvidar los ladillos de la impresión y varios enigmas, como «Un cierto
            alcagüete soy» o «Este cielo, ¡oh vulgo loco!».</p>
          <p>d) <emph>Peroratio</emph> (339 palabras): Los dislates —«vinorradas», en boca de Lope—
            de las <emph>Rimas</emph> concluyen con un último y breve segmento en el que Luis de la
            Carrera insta a su sedicente discípulo a leer con mejor tino la <emph>Jerusalén</emph> y
            a sacar provecho de ella. Aquí el Fénix menciona ediciones de la obra en Aragón,
            Cataluña, Portugal y Amberes, así como una traducción aparecida en Inglaterra. La
            trayectoria editorial que desvela no cuadra bien con lo que conocemos de la
              <emph>Jerusalén</emph>, por lo que o bien Lope entrevera aquí ediciones de <emph>El
              peregrino en su patria</emph>, o bien se refiere exclusivamente a <emph>El
              peregrino</emph> y atestigua un par de lugares de impresión —Aragón y Portugal— con
            los que no se relaciona esta obra hasta la fecha<note place="bottom">Vega
            (2016).</note>. Es, desde luego, un ínfimo detalle que a nuestro juicio muestra la
            habilidad de Lope para inflar su currículo, si bien la (mala) memoria o la pérdida de
            ejemplares pueden variar esta interpretación. Por último, tras defender a Montalbán como
            autor del segundo <emph>Orfeo</emph> y poeta dotado de ingenio, Lope advierte a su rival
            de que su actitud censora solo podrá acarrearle odio y desprecio.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>5. Fuentes [Repertorio funcional de antiguos y modernos]</head>
          <p>Aquí nos ocuparemos de los autores ajenos aludidos, mencionados o citados en el
              <emph>Anti-Jáuregui</emph>, pero descartando tanto los títulos del propio Lope
              —<emph>Jerusalén conquistada</emph> y<emph> La Filomena</emph>— como los de su
            interlocutor directo traídos al hilo del debate —<emph>Antídoto, Rimas, Discurso
              poético, Orfeo</emph> y la<emph> Carta del licenciado Claros de la Plaza</emph>—. En
            cuanto a las fuentes con las que se pertrecha Lope, estas tienen básicamente cinco
            funciones: hacer un breve estado de la cuestión, reforzar el encomio propio, justificar
            sus elecciones estilísticas, fundamentar su visión poética y burlarse de Jáuregui. La
            nómina de autores antiguos y modernos que se citan a tal fin roza la cincuentena, por lo
            que abordaremos unos y otros por separado para facilitar la claridad expositiva y
            nuestro examen.</p>
          <div subtype="level3">
            <head>1. Antiguos</head>
            <p>Como cabía esperar, en el <emph>Anti-Jáuregui</emph>, las fuentes antiguas son
              primordialmente latinas, con una excepción a medias: un par de citas de Sófocles, en
              la versión latina con notas de Camerarius (<emph>Sophokleous ai epta tragõdiae</emph>
              / <emph>Sophoclis tragoediae septem … quibus accesserunt Joachimi Camerarii necnon
                Henrici Stephani annotationes</emph>, 1603), motivo por el que nos ocuparemos de
              esta obra en el apartado de modernos<note place="bottom">Al hilo de Sófocles, hay en
                el texto una presunta referencia a Luciano que, en realidad, parece derivar de un
                error cultural por parte de Lope, como se explica en la n. 68. Posteriormente,
                también se nombra a Luciano como autor del <emph>Muscae encomium</emph>. </note>. De
              manera que el autor antiguo con mayor peso en el escrito es Quintiliano, quien, desde
                <emph>La Filomena</emph> (1621) y la polémica con Colmenares, era la autoridad
              clásica preferida por Lope a la hora de zanjar cuestiones retóricas, especialmente los
              libros VI-IX de la <emph>Institutio oratoria</emph>. En consecuencia, el
                <emph>Anti-Jáuregui</emph> trae hasta seis pasajes de este tratado para abordar
              varios puntos del debate: la agnominación o paranomasia, a la que era tan propenso el
              humor caústico de Jáuregui; el necesario equilibrio entre el <emph>decorum</emph> y la
                <emph>varietas</emph> en la elección léxica o la preeminencia del natural en el
              debate <emph>Ars vs. Natura</emph>, tan caro a Lope. En el marco de tales citas,
              descontextualizadas a veces, se colaban de manera indirecta otros autores que
              reforzaban la polifonía textual con que se quería avasallar al oponente, como las
              citas de Virgilio y Horacio a propósito de la adjetivación que aplican a la palabra
                <emph>mus</emph> en las <emph>Geórgicas</emph> y en el <emph>Arte poética.</emph>
              Salta a la vista que Lope no cambió su práctica argumentativa por mucho que Colmenares
              le criticara el uso de preceptos de oratoria para discurrir en poesía<note
                place="bottom">Vega (2015<emph>b</emph>).</note>. Quintiliano había sido piedra
              angular en la educación recibida por Lope entre los jesuitas, era caladero frecuente
              en el manejo de autoridades por parte de sus contemporáneos<note place="bottom"
                >Soriano Sancha (2013).</note> y seguía siendo figura imprescindible para Lope a la
              hora de ilustrar su ideal elocutivo. Junto a la preceptiva de la
                <emph>Institutio</emph> destaca el papel de la <emph>Rhetorica ad Herennium</emph>,
              atribuida entonces a Cicerón, que Lope cita para recordarle a Jáuregui los tres
              estilos de la elocución viciosa: el hinchado, el fluctuante y el seco. El manual
              también había sido esgrimido anteriormente en <emph>La Filomena</emph> para calificar
              el conocimiento de las anfibologías de «<emph>potius maximo impedimento</emph>», y en
                <emph>La Circe</emph> a propósito de la prosopopeya.</p>
            <p>Los poetas e historiadores romanos, en cambio, sirven a Lope para entresacar una
              sentencia en contra de la actitud maliciosa del rival —como la virgiliana «<emph>Furor
                arma ministrat</emph>»— o para advertirle de la dificultad de ejercer la crítica,
              blandiendo lo de «<emph>Vivorum ut magna admiratio, ita censura difficilis est</emph>»
              de Cayo Veleyo<note place="bottom">Hacia el final del escrito se introduce una defensa
                del estilo de la <emph>Jerusalén</emph> mediante una cita que se adjudica a un
                comentador de Petronio, pero que en realidad es del propio texto del
                  <emph>Satyricon</emph> (véase n. 314).</note>. E igualmente le sirven para
              ejemplificar una determinada opción estilística. Así, un verso de la
                <emph>Eneida</emph> puede valer para explicar los presuntos pleonasmos de la
                <emph>Jerusalén</emph>, mientras que otros tomados de Virgilio, Ovidio, Horacio o
              Marcial pueden ilustrar un tropo como el canto del gallo para significar la alborada o
              ilustrar el correcto empleo del epíteto <emph>tenaz</emph>.</p>
            <p>Las breves citas que espiga de tales autores proceden generalmente de los
                <emph>Epitheta</emph> de Ravisio Textor o del <emph>Parnassus poeticus biceps</emph>
              de Nicolas Nomexy, práctica que explica que lleguen a veces deturpadas, mal leídas y
              muy lejos de su contexto original<note place="bottom">Conde Parrado (2017 y 2021). Un
                caso particular es el de la sentencia «<emph>Opinio semel concepta vix
                  deponitur</emph>», que el escrito atribuye erróneamente a Séneca, pero cuyo origen
                es desconocido; véase al respecto la n. 23.</note>. No podemos precisar siempre de
              qué compilación exacta toma Lope la cita, pues son obras que se copian y asemejan
              entre sí. En ocasiones ni siquiera somos capaces de identificar la posible transmisión
              intermedia que deturpa el texto citado, como ocurre con la sentencia
                «<emph>Praesumptio spiritus audaciam et superbiam significat</emph>» del <emph>De
                sermone Domini in monte</emph> de san Agustín, autor de gran resonancia en la lírica
              sacra lopesca<note place="bottom">Lezcano Tosca (2009) y Navascués Benlloch
                (2020).</note>. Otro tanto pasa con la <emph>Historia naturalis</emph> de Plinio,
              ampliamente consultada en el Siglo de Oro<note place="bottom">Moure Casas
                (2008).</note>, o el <emph>De divinatione</emph> de Cicerón, referencia muy presente
              en los paratextos teatrales del Fénix<note place="bottom">Tropé (2015) y Pabón de
                Acuña (2022).</note>. Sobre ambas fuentes se apoya Lope para demostrar que sus
              cultismos están autorizados por ilustres autores, como ocurre con el término
                <emph>baca</emph>, referido a los frutos de los laureles e incluso de todo género de
              árboles, según se lee en las dos <emph>auctoritates</emph> mencionadas. Pues bien, la
              cita ciceroniana del <emph>De divinatione</emph> que proponemos en nota, si bien de
              idéntico sentido, no concuerda con la que da nuestro poeta, que tampoco hemos sido
              capaces de localizar. Como apuntábamos, puede que «<emph xml:lang="fr">baccae arborum
                terraeque fruges</emph>» proceda de una lectura corrupta transmitida en polianteas o
              un lexicón latino como el <emph>Lexicon latinum</emph> del jesuita Franz Wagner, que
              trae punto por punto esta del <emph>Anti-Jáuregui</emph><note place="bottom">Wagner
                (1878: 85, <emph>s.v. Bacca</emph>).</note>.</p>
          </div>
          <div subtype="level3">
            <head>2. Modernos</head>
            <p>Dado que el <emph>Anti-Jáuregui</emph> está escrito sobre el trasfondo de las guerras
              literarias del momento, nada tiene de sorprendente que, junto al propio Jáuregui,
              tengan presencia destacada en el escrito autores que, como Góngora o Pérez de
              Montalbán, estaban en el centro de la polémica, sin olvidarnos de T. Tasso y su
                <emph>Gerusalemme</emph>, objeto de controversia en Italia. Sí resulta singular, en
              cambio, el conocimiento que tiene el licenciado Carrera de los detalles menudos de las
              polémicas de su tiempo, como lo demuestra la mención de esos cuatro escritos ya
              citados de cuya existencia solo hay noticia por el <emph>Anti-Jáuregui</emph>. Uno de
              ellos es el papel que escribió un tal alférez Estrada «en defensa de don Luis de
              Góngora». Robert Jammes<note place="bottom">Jammes (1994: 657).</note> y Antonio
                Carreira<note place="bottom">Carreira (2012: 94).</note> lo fechan hacia 1618, tras
              la publicación de las <emph>Rimas</emph> de Jáuregui, sin proporcionar mayor detalle
              sobre el personaje en cuestión. Para Jammes</p>
            <quote>
              <p>[e]ste papel hubo de ser poco conocido entre los amigos de Góngora, ya que no lo
                menciona ninguno de sus comentaristas, y no aparece en la lista de <emph>Autores...
                  que han comentado, apoyado, loado y citado las poesías de D. Luis de
                  Góngora</emph>, publicada por Ryan (LX)<note place="bottom">Jammes (1994:
                  657-658).</note>.</p>
            </quote>
            <p>Los otros tres son ataques contra el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui, atribuidos
              respectivamente a María de Zayas, a Tomás Tamayo de Vargas y a Juan de Quiroga
                Fajardo<note place="bottom">Remitimos para más detalles a las notas
                correspondientes. La misma buena información refleja la cita en el escrito de versos
                sacados de poemas contra el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui: el «tan santo le haga
                Dios como es Letrán», de Góngora; o los dos del soneto anónimo «Tú que del
                triunvirato de penates».</note>. El escrito pone especial énfasis en el primero de
              ellos, por la condición femenina de su autora. A este respecto, cabe recordar que el
              Fénix no incorporaba a Zayas en sus listados o parnasos personales previos a la
              polémica generada en 1624. Pero la novelista participa en los preliminares del
                <emph>Orfeo en lengua castellana</emph> con un elogio a Montalbán y puede que este
              apoyo que le brinda la dama a Lope y Montalbán contra el sevillano tenga mucho que ver
              en su inclusión, ya por 1630, entre las cabezas coronadas del <emph>Laurel de
                Apol</emph>o<note place="bottom">Bonilla Cerezo (2022).</note>.</p>
            <p>La voluntad de autoelogio que domina en los compases iniciales del
                <emph>Anti-Jáuregui</emph> se explaya en citas extraídas de obras como la
                <emph>Expostulatio Spongiae</emph>, el <emph>Teatro de las grandezas de la villa de
                Madrid</emph>, de González Dávila, y los <emph>Discursos varios políticos</emph>, de
              Manuel Severim de Faria. Con el mismo propósito, pero a medio camino entro lo antiguo
              y lo moderno, comparece inicialmente la ya mencionada edición bilingüe de las
              tragedias de Sófocles con los comentarios de Camerarius,<space/>que Lope refirió para
              alabar su fecunda vejez y obra, pero acaso leyéndola tan apresuradamente como para
              confundir <emph>Macrobioi</emph>, una obra atribuida a Luciano, con
                <emph>Macrobio</emph>. Parecida estratagema tenemos con la <emph>Historia
                Romana</emph> de Cayo Veleyo –otro antiguo que traemos aquí a partir de la edición
              de Lipsio–, de cuyas alabanzas a la figura de Homero se apropia el licenciado de la
              Carrera en favor de Lope. Al cierre del escrito, la edición del erudito flamenco
              resurgirá una última vez al calor del ejercicio de la crítica. Es bien palpable el
              entusiasmo con que Lope leyó a Lipsio, la manera progresiva y personal en que adoptó
              su neo-estoicismo y la severidad con que criticaba su estilo lacónico, o más bien el
              de sus imitadores. No sorprende, por ello, que sus comentarios en las <emph
                xml:lang="fr">Animadversiones in tragoedias quae Lucio Annaeo Senecae
                tribuuntur</emph> se aprovechen también para poner en solfa el estilo de Jáuregui,
              declarándolo oscuro, vano e irrisorio.</p>
            <p>Al igual que ocurriera con los autores clásicos, los modernos también emergen para
              vindicar los presuntos descuidos en la elección léxica denunciados por el
              «reformador». Así, las obras de Gerard Cremer, Wolfgang Lanz, Kedrenos y Johannes
              Cuspinianus, todas ellas centradas en hechos de los turcos, sirven para avalar un
              antropónimo inusitado como Trangolipico. Por otro lado, la <emph>Agricultura de
                jardines</emph> de Gregorio de los Ríos ofrece a Lope un tesauro válido de flores y
              plantas, como también sucediera probablemente en su comedia <emph>Los Ponces de
                Barcelona</emph> (<emph>ca.</emph> 1610-1612), «donde se aducen treinta y tres
              nombres de hierbas y verduras en apenas veintiún versos» (Zugasti 2001: 90). Y cuando
              la acomodación del término no se ha producido, el Fénix no tiene inconvenientes en
              aceptar el extranjerismo conforme a algún diccionario latino. Ejemplo palpable de esta
              coyuntura se da con la voz <emph>teristro</emph> (un tipo de velo), que el autor toma
              y define a partir del <emph>Lexicon ecclesiasticum latino-hispanicum</emph> de Diego
              Jiménez Arias, referencia que también se documenta en algunos ladillos de la
                <emph>Jerusalén</emph>.</p>
            <p>Las fuentes modernas con las que Lope cimenta su teoría literaria son igualmente
              variadas. El <emph>Compendium totius philosophiae, tam naturalis quam moralis</emph>
              de Girolamo Savonarola afloraba en la «Epístola séptima» de <emph>La Circe</emph> para
              apuntalar, entre otras cosas, la importancia del «uso» en una conceptualización de la
              poesía. En esta ocasión, el <emph>Apologeticus</emph>, o libro tercero del compendio
              de Savonarola, se esgrime de nuevo para tratar los fundamentos del arte en tanto que
              medio por el que llegar a una determinada práctica. Independientemente de la trabazón
              entre poesía y filosofía racional, salta a la vista que el «uso» de <emph>La
                Circe</emph> y «los actos» del <emph>Anti-Jáuregui</emph> manifiestan una misma
              postura hacia el ejercicio público de la escritura como prueba legitimadora del poeta
              –así lo recuerda el soneto «Silvio, si conocer poetas quieres, / a las obras impresas
              te remite», en <emph>La Circe</emph>–<note place="bottom">Cabe preguntarse, a ese
                respecto, si el seudónimo <emph>de la Carrera</emph> no estaba ya enfatizando la
                trayectoria profesionalizante del Fénix frente a la de sus rivales.</note>. Este
              manejo interesado y peculiar de la obra del predicador dominico con el objetivo de
              respaldar un fértil estro poético es una de las pruebas más rotundas de que la pluma
              de Lope se esconde detrás del <emph>Anti-Jáuregui</emph>.</p>
            <p>Todas estas fuentes cultas van salpicadas de juegos verbales, letrillas y versos
              sueltos que evocan un universo lírico popular o popularizado con el que Lope juega
              para cargar de efecto sus burlas y desarmar a su adversario. Un chiste de Antonio
              Hurtado de Mendoza en la comedia <emph>Cada loco con su tema</emph>, un par de versos
              de la oración tradicional conocida como <emph>Las cuatro esquinas</emph>, dos de una
              letrilla atribuida a Liñán, otro sacado del romance de Arbolán (obra, por cierto, de
              Juan de Salinas, emparentado con Jáuregui), los estribillos de la zarabanda o los dos
              versos de un cantarcillo, sin olvidar la mención de personajes proverbiales como Juan
              del Carpio, Pero Hernández o Vinorre, se enjaretan aquí y allá, compensando la
              erudición exhibida e intentando llevar la trifulca a un terreno más cercano y
              humorístico. En la misma línea hay que situar, finalmente, el parangón que establece
              el texto entre Jáuregui y dos autores, <emph>Arceo</emph> (Francisco de Arce) y Miguel
              Venegas de Granada, cuya impericia y futilidad contrastan con el renombre de eruditos
              extranjeros con los que se equipara Lope (Peter Schrijver o Martín Antonio del Río,
              por caso).</p>
            <p>De este repaso a las fuentes se desprende, por un lado, que las autoridades aludidas
              por don Luis de la Carrera habían sido manejadas por Lope en uno u otro momento de su
              carrera, lo que refuerza nuestra atribución autorial; y por otro, que el destinatario
              ideal del <emph>Anti-Jáuregui</emph> debía poseer una cultura esmerada, pero sin
              renunciar por ello al disfrute del acervo popular en sentido amplio. Un perfil que
              cuadra con el del propio Lope como <emph>vir doctus et facetus</emph> y con los
              espacios de socialización académica en los que se movía habitualmente.</p>
          </div>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>6. Conceptos debatidos [Una ensalada de vieja receta]</head>
          <p>El argumentario a favor del estilo propio y en contra del de su rival pone negro sobre
            blanco buena parte de los conceptos discutidos desde los inicios de la polémica
              gongorina<note place="bottom">Daza Somoano (2010).</note>.<space/>El grueso del debate
            transcurre en torno a la licitud de las voces cultas cuando se acomodan con propósito y
            cuentan con cierta tradición literaria, sin por ello caer en un tono pedante o
            contradecir un estilo "llano". Es decir, en intentar salvar la <emph>Jerusalén</emph> y
            su propia visión poética de discordancias que se dan por inexistentes, dado que Lope se
            autodefine como «perpetuo estudiante que ha igualado la naturaleza al arte». Por el
            contrario, su rival carece de ambas cualidades, de manera que un natural «tan cuitado»
            solo puede dar de sí ignorancia en el conocimiento de los preceptos y confusión a la
            hora de aplicarlos, sea en la poesía o en la pintura<note place="bottom">Pero cf. Matas
              Caballero (2020).</note>. De ahí vicios como la imitación servil, la falta de decoro,
            el pleonasmo o la ignorancia de las fuentes clásicas. Todo ello regado con los
            inexcusables ataques <emph>ad hominem</emph> mediante los cuales Lope nos retrata a un
            contrincante maldiciente, entrometido, seco de carnes y falto de virilidad.</p>
          <p>Puesto que los conceptos debatidos ya se han mencionado con mayor o menor detenimiento
            en los epígrafes anteriores, aquí solo los expondremos de manera esquemática y con
            alguna que otra cita que los ilustre:</p>
          <p>a) <emph>Variatio</emph>. La cantidad de versos de la <emph>Jerusalén</emph> fuerza a
            Lope a no repetir voces y a escoger otras «con hermosura». El <emph>Orfeo</emph> de
            Jáuregui, en cambio, cae en redundancias que ya fueron reprobadas por María de
            Zayas:</p>
          <quote>
            <p>El <title>Jerusalén</title> tiene tres mil y tantas estancias, donde verá cualquiera
              que tenga entendimiento que en tanta copia de versos era forzoso duplicar los términos
              –cosa enojosa a cualquiera buen juicio–, y así fue forzoso variarlos con
              hermosura.</p>
          </quote>
          <p>b) <emph>Decorum</emph>. La extensión y variedad de la <emph>Jerusalén</emph> le
            permiten a Lope justificar tanto la presencia tanto de cultismos y voces inusitadas como
            de otras más cercanas a lo común y prosaico. Aquellas pueden excusarse siempre y cuando
            ya hayan sido aceptadas y contribuyan al estilo sublime:</p>
          <quote>
            <p>Dijo <name type="polemista">Lope</name> en la prefación del <title>Orfeo</title> del
              licenciado <name type="authority">Juan Pérez</name>, que tan flaco trae a vuesa merced
              y tan cuitado, esta máxima, hablando del título: «<quote>con cuyo advertimiento se
                abstrae de toda voz y locución peregrina, menos las recibidas y que blandamente
                sirven de ornamento al estilo grande»</quote>. Dígame vuesa merced si esta excepción
              podrá salvar las voces de la <title>Jerusalén.</title></p>
          </quote>
          <p>En cuanto a las segundas, se justifican en tanto que derivan de la imitación de fuentes
            autorizadas, como las Sagradas Escrituras:</p>
          <quote>
            <p>Con esto me excusaré de otras cosas en que vuesa merced se halla tan ignorante, como
              en los lugares de la <title>Escritura</title>, hablando en las víctimas de Salomón:
                  «<quote><emph>boum viginti duo millia, et ovium centum viginti
                millia</emph>»</quote>. De esta carne se cansó vuesa merced, pues en verdad que no
              lo dijo <name type="polemista">Lope de Vega</name>, sino el tercero <title>libro de
                los Reyes.</title></p>
          </quote>
          <p>El mismo argumento sirve para defender en otro pasaje una voz peregrina
              (<emph>cálatos</emph> ‘cestos’), frente a los términos vulgares de su oponente:</p>
          <quote>
            <p>Pues <emph>cálatos</emph> es del lugar del profeta, y aquí bien pienso yo que vuesa
              merced dijera <emph>banastos</emph> o <emph>cestos</emph>, cosa tan ordinaria como en
              sus <title>Rimas</title> «<quote>piltrafa, gatafa, dizque, guizque y
              morro».</quote></p>
          </quote>
          <p>c) <emph>Peritia</emph>. El término «blandamente» exige, para Lope, que las voces
            peregrinas se acomoden con elegancia para contribuir al <emph>ornatus</emph> y no
            forzadas como consecuencia de la impericia del versificador:</p>
          <quote>
            <p>Y en lo de <emph>morbo</emph>, porque no use vuesa merced otra vez esta voz para
              consonante de <emph>estorbo</emph> y <emph>corvo</emph>, le quiero advertir que es
              nombre y verbo <emph>sorbo</emph>, y que hay <emph>torvo</emph> y
                <emph>Pancorbo</emph>; y para <emph>indica, tica</emph> y <emph>mica</emph>, y si
              vuesa merced se hallase en grande aprieto, no se le dé nada de poner
                <emph>borrica</emph>, no le tiente el diablo de poner alguna cosa mala [...].</p>
          </quote>
          <p>d) <emph>Auctoritas</emph>. Una crítica habitual contra los cultos era su
            desconocimiento real del latín, que les llevaba a cometer errores y a ridiculizarse con
            el contraste entre pretensiones de recóndita erudición e ignorancia de los rudimentos.
            Lo mismo le pasa a Jáuregui:</p>
          <quote>
            <p>[...] una negra palabrita que se atrevió a decir en su <emph>Discurso poético</emph>,
              que si fuera de otro le llamara vuesa merced frenético, no fue menos que «<emph>verbum
                fortem</emph>».</p>
            <p>Mire si se le ajusta el lugar (que si supiera latín como sabe griego, yo sé que me le
              agradeciera) [...].</p>
          </quote>
          <p>e) <emph>Imitatio.</emph> La imitación servil de estilos o tácticas retóricas ajenas
            evidencia la falta de ingenio innato o natural, y desemboca en defectos como la
              <emph>obscuritas</emph> basado en rarezas e impropiedades del léxico y no como la de
            Góngora en la pericia sintáctica y la alusividad ingeniosa (<emph>verba singula</emph>)
            o el mimetismo irreflexivo:</p>
          <quote>
            <p>El primer examen que vuesa merced hizo fue en las <emph>Soledades</emph> de don Luis
              de Góngora, a quien reformó tan mal, que se quedó con imitarle, no en la grandeza,
              hermosura y erudición, sino en la peregrinidad [...].</p>
            <p>Todo <name type="authority">su</name>
              <title>Discurso poético</title> es traducción de la <name type="authority">Academia de
                la Crusca</name> de Florencia contra el <name type="authority">Tasso</name>, menos
              sus boberías, y la manera de calumniar a <name type="polemista">Lope</name> con versos
              así sueltos porque parezcan feos, pues con la misma traza se los van sacando al <name
                type="authority">Tasso</name> los florentines, que versos que no concluyen la
              sentencia, claro está que han de parecer mal.</p>
          </quote>
          <p>f) <emph>Defectos de la elocutio</emph>. Aparte de recordarle la triple división de la
            elocución viciosa conforme a la <emph>Rhetorica ad Herennium</emph>, Lope denuncia dos
            vicios mayores en su rival: el pleonasmo y el cacofatón. A su vez, defiende determinadas
            construcciones suyas que, si bien pueden parecer pleonásticas, solo evitan un modo de
            aposiopesis o bien enfatizan la expresión, tal y como se recoge en numerosos autores
            latinos:</p>
          <quote>
            <p>¿Ve vuesa merced cómo dice bien que aquello dijo con la lengua y que lo demás
              acabaron los ojos, significando la fuerza que mostró en ellos? Pues en verdad que el
              lugar es de <name type="authority">Virgilio</name>, mírele qué claro, <name
                type="authority">señor reformador</name>: «<quote><emph>Talia voce refert, premit
                  altum corde dolorem</emph>» </quote>y<quote> «<emph>spem vultu
                simulat</emph>»</quote>.</p>
          </quote>
          <p>En cuanto al cacofatón, Lope le afea a Jáuregui varios versos que generan frases
            malsonantes y refleja, en consecuencia, una mayor sensibilidad prosódica que la que se
            trasluce en las quejas del sevillano:</p>
          <p rend="noindent">«<quote>Muchos, tras Él, resucitar fue visto»</quote>: si a vuesa
            merced le parece, ¿no fuera mejor<emph> trasero</emph>?</p>
          <quote>
            <p>Con estos versos bien puede competir aquel de su <title>Orfeo</title> de <name
                type="polemista">vuesa merced</name>: «<quote>en el alga tenaz hunde la
                quilla»</quote>. Porque, fuera de ser <emph>Undelaquilla</emph> dueña de honor de
              doña Lambra, mujer de Ruy Velázquez, <emph>el alga tenaz</emph> es desatino, si no
              quiere vuesa merced que se parezca a la miel y a la cera, como en <name
                type="authority">Virgilio</name><emph> y</emph>
              <name type="authority">Ovidio</name>.</p>
          </quote>
          <p>Pero, en muchos casos, las disonancias proceden de querer extender la gama tonal
            expresiva de la poesía, cuando se buscaba la sorpresa y la novedad a través de
            contrastes entre lo vulgar y lo raro con cierta cacocelia o pretenciosidad.</p>
          <p>h) Frialdad y blasfemia. Los chistes o juegos de palabras que esgrime Jáuregui como
            instrumento crítico tergiversan las lecciones originales de Lope:</p>
          <quote>
            <p>A un moro que Lope llama <emph>Candeloro</emph>, llama vuesa merced
                <emph>Candelero</emph>. ¡Bien haya la madre que le parió! Cierto que merecía, con el
              mismo, el barato de Juan del Carpio. Y para que vea que todas sus gracias son con esta
              misma frialdad, mire cómo a los <emph>azapos</emph> del Turco llamó
                <emph>gazapos</emph>; a Lope, <emph>Lopo</emph>, y aquello de las <emph>tías</emph>
              equivocó, pues los que leyeren su <emph>Discurso</emph> de vuesa merced, solo escrito
              para legos, no sabrán que <emph>tías</emph> es árbol [...]. Y están de suerte estos
              chistes vinculados en su ingeniote de vuesa merced, que temo que si responde, siendo
              mi apellido <name type="authority">Carrera</name>, me ha de llamar
                <emph>Carreta</emph>. ¡Esta sí que es buena agnominación!</p>
          </quote>
          <p>En varias ocasiones, Lope insinúa que el lenguaje irrespetuoso de Jáuregui bordea la
            blasfemia. En ese caso, cuando el humor toma como presa asuntos sagrados, el autor no
            pasa por alto una reprimenda que le sirva para recordar su condición de clérigo, su
            vínculo con el Santo Oficio o su piedad y conocimiento de las Escrituras:</p>
          <quote>
            <p>Entra vuesa merced luego diciendo que el tal maestro anda estos días lanzando
              bramidos. Aquí no digo nada —vuesa merced se entienda—, como en aquello de los azotes
              y palos, que verdaderamente causa risa el ver que vuesa merced hable a un clérigo en
              bramidos, palos y azotes.</p>
            <p>[...] así vuesa merced arrojaba contra el <title>Jerusalén</title> de <name
                type="polemista">Lope</name> todo cuanto se le ponía delante, hasta el incensario
              del rey Ozías, diciendo, con aquella ordinaria nieve, que un sacristán se le hurtó a
              un cura, siendo el lugar de las sagradas letras. ¡Pero qué mucho, si vuesa merced se
              ríe de que se nombre el Evangelio, la misa, el nombre de Jesús y de María en un poema
              sacro!</p>
          </quote>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>7. Otras cuestiones [La relación Lope-Jáuregui, con Góngora al fondo]</head>
          <p>Las diferencias entre Lope y Jáuregui vienen de antes de 1624, según nos hizo ver
              Montero<note place="bottom">Montero (2008).</note>. Bien es cierto que el momento más
            virulento de la polémica se produce tras la difusión en 1624 de los <emph>Orfeos</emph>
            y el <emph>Discurso poético</emph>, pero hay que retroceder mucho más para comprender la
            peculiar relación que se había gestado entre el madrileño y el sevillano. El punto de
            arranque esta, inevitablemente, en los años 1614-1615, cuando se difunde el
              <emph>Antídoto</emph> de Jáuregui contra las <emph>Soledades</emph> de Góngora<note
              place="bottom">Festini (2022).</note>. La reacción de Lope ante esa arremetida es
            difícil de calibrar: bien podríamos pensar que viese en Jáuregui un potencial aliado
            contra un enemigo común, o bien que Lope respaldase públicamente a Góngora y marcase
            distancias con Jáuregui, condenándolo en su soneto «Canta, cisne andaluz, que el verde
            coro», donde habría que interpretar como alusión contra el <emph>Antídoto</emph> y su
            autor versos como estos: «si, ingrato, el Betis no responde atento / al aplauso que debe
            a tu decoro» <note place="bottom">Tubau (2007: 186).</note>. El siguiente punto de
            inflexión vendría con las <emph>Rimas</emph> de Jáuregui (1618), cuyo prólogo esboza su
            ideal poético, al mismo tiempo que ataca, sin dar nombres, a todos por igual. Es
            probable que su posicionamiento no terminara de agradar al Fénix, y mucho menos cuando
            en 1619 el sevillano fija su residencia estable en la corte, dando ocasión a numerosos
            roces con sus colegas:</p>
          <quote>
            <p>Así ocurrió con motivo de las justas poéticas celebradas en Ma­drid entre 1620 y
              1622, según afirma el propio Lope en el <emph>Anti-Jáuregui</emph> aludiendo a los
              éxitos cosechados en ese tipo de certámenes por Pérez de Montalbán en competencia con
              el sevillano. Una de esas justas es proba­blemente la de la beatificación de san
              Isidro, con Lope como maestro de ceremonias, y la otra es con toda seguridad la que
              organizó el Colegio Imperial por la canonización de san Ignacio y de san Francisco
              Javier, certamen al que Jáuregui presentó un total de tres composiciones, pero en el
              que sólo alcanzó un modesto tercer premio, mientras que el joven Montalbán obtuvo un
              primero y un segundo, este último en el apartado de glosas y en concurrencia con
              Jáuregui, que no obtuvo en él ningún galardón. Lope no formaba parte del jurado [...]
              pero fue secretario de la justa y no puede descartarse que también inter­viniese en el
                fallo<note place="bottom">Montero (2008: 160).</note>.</p>
          </quote>
          <p>La rivalidad entre Lope y Jáuregui en estos años decisivos tiene que entenderse, en
            última instancia, dentro de la búsqueda de apoyos que el Fénix puso en marcha a partir
            de 1621, con un nuevo rey y sus consabidas mercedes por estrenar. De los análisis
            socio-literarios que López Lorenzo (en prensa) aplica a <emph>La Filomena</emph> y
              <emph>La Circe</emph> se desprende que el Fénix, por un lado, quiso reforzar su
            vínculo con el foco poético sevillano, años después de su estancia en la ciudad entre
            1598 y 1603. Para ello, dirige y publica en <emph>La Filomena</emph> la correspondencia
            mantenida con algunos de ellos: Diego Félix Quijada y Riquelme (epístola IV), Francisco
            de Rioja, «en Sevilla» (epístola VIII) y Juan de Arguijo, «veinticuatro de Sevilla»
            (epístola IX). Al año siguiente bendecirá desde Madrid la justa hispalense de 1622 a la
            canonización de san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, recopilada por el contador
            Juan Antonio de Ibarra y publicada en 1623 bajo el título <emph>Encomio de los ingenios
              sevillanos</emph>. En ella, Lope se erige en norte estético definitivo de las plumas
            andaluzas, en un recorrido histórico que lo emparenta con Herrera. Tal y como explica
            López Lorenzo, a partir de Montero (2020),</p>
          <quote>
            <p>[l]a idoneidad de este foco hay que entenderla dentro del polo de atracción que
              suponía Madrid para los poetas andaluces al paso que el conde-duque ganaba más y más
              peso en la política del país. Montero respalda esta idea a partir de lo que él
              denomina el «factor Olivares» [...] Es decir, que auxiliarse en este núcleo era, por
              extensión, cobijarse a la sombra de don Gaspar de Guzmán. Ese ascenso y otros factores
              coyunturales, concluye Montero, justificarían la «política poética» de Lope hacia los
              círculos sevillanos<note place="bottom">Montero (en prensa).</note>.</p>
          </quote>
          <p>Sin embargo, Jáuregui, con sus firmes ideas estéticas aireadas en las
              <emph>Rimas</emph>, y los poetas sevillanos que escribieron contra el Fénix la
            sonetada del Cartapacio de Palomo<note place="bottom">Rico García-Solís de los Santos
              (2008).</note> se resistían a caer en los brazos del estilo “llano”, lo que ponía en
            peligro el aval unánime de Lope ante la nueva corte. Está claro que Jáuregui tenía una
            buena posición bajo el amparo de Olivares y Lope tiene que contraatacar de alguna
            manera; de ahí en parte que el certamen isidril de 1622 fuese tan desfavorable al
            sevillano, y de ahí también que lo presente como bufón de los señores nada más empezar
            el <emph>Anti-Jáuregui</emph>. Es más, todo el opúsculo puede leerse aún en esa clave de
            conformación de bastiones prolopescos. Por ejemplo, las referencias a los papeles de
            Zayas, Tamayo de Vargas y Juan de Quiroga, o esas otras a la comedia de Antonio Hurtado
            de Mendoza —destinatario de la «Epístola I» de <emph>La Circe</emph>— y a la letrilla de
            Liñán —si bien ya fallecido por entonces— pueden ser estratagemas del Fénix para definir
            lindes y apoyos contemporáneos que lo amparasen en su anhelo cortesano. En este marco,
            el <emph>Anti-Jáuregui</emph> otorga a Góngora una posición estratégica, ya que le
            permite a Lope emparejarse con él en su condición común de damnificados por el
              <emph>reformador</emph> sevillano. De ahí que lo nombre con respeto y lo cite como
            autoridad (satírica, al menos), sin que ello le obligue a ir más allá de la admiración
            ambivalente que rezuman <emph>La Filomena</emph> y <emph>La Circe</emph>: don Luis posee
            un talento extraordinario y peregrino; no así sus seguidores.</p>
          <p>Este conjunto de factores hace comprensible que, cuando en 1624, Jáuregui dé a luz su
              <emph>Orfeo</emph> y su <emph>Discurso poético</emph><note place="bottom">Blanco
              (2016) profundiza en el intento de Jáuregui por definir una poesía culta diferenciada
              de la preconizada por Góngora y, lógicamente, alejada de la llaneza de Lope y los
              suyos.</note>, donde ataca por igual a <emph>cultos</emph> y a <emph>llanos</emph>,
            más la anónima y maliciosa carta contra la <emph>Jerusalén</emph>, Lope cargue contra él
            como nunca antes se había atrevido a hacerlo.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>8. Conclusiones [Licencias de un alter ego literario]</head>
          <p>En su conjunto, el <emph>Anti-Jáuregui</emph> no es un documento que arroje novedades
            de concepto en el desarrollo de la polémica gongorina. Sus argumentos y posturas se han
            manifestado anteriormente en libelos y comentos de otros defensores del estilo
              <emph>llano</emph> o en proclamas poéticas del mismo Lope de Vega. En sus detalles y
            guiños, no obstante, tiene más valor del que podamos reconocerle a simple vista. Por
            ejemplo, gracias a él conocemos otras censuras implicadas en la contienda a raíz del
              <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui, además de pormenores ecdóticos de la
              <emph>Jerusalén</emph> y su caudal de fuentes consultadas. Justamente en esa ojeada a
            las autoridades citadas, al estilo elocutivo, a la información biográfica y contextual
            es donde la pluma enconada de Lope de Vega aflora de manera inconfundible, salva la
            autoridad de Jammes y sus reparos. La pose neo-estoica y los lemas latinos alusivos a la
              <emph>mediocritas</emph> con que el Fénix construye su máscara autorial estos años
            —recuérdese la guinda del «<emph>Nec timui nec volui</emph>» en la portada de <emph>La
              Filomena</emph>— no evitan que el poeta pudiera explayarse a gusto bajo heterónimos
            burlones, desdobles tras los cuales poder mirarse a sí mismo del modo en que le gustaría
            que lo hicieran sus adláteres. Los argumentos en favor de esa atribución de Montero<note
              place="bottom">Montero (en prensa).</note> y sobre los que ahora insistimos tocan
            tantísimos flancos y con tanta intensidad que no cabe más que pensar en un Fénix
            haciendo de las suyas: pregonar la identidad del rival y emborronar sus propias huellas.
            La estructura del escrito revela, además, que se tomó muy a pecho las incongruencias que
            le echaba en cara Jáuregui y, si bien decidió no abandonar el esquema cuatripartito de
            la oratoria clásica, fue bastante concienzudo en defender una a una las (primeras, al
            menos) voces de la <emph>Jerusalén</emph> que según el sevillano pecaban en faltar al
            decoro y al mismísimo ideal estético de su creador. Hemos visto cómo léxicos latinos,
            las Sagradas Escrituras o aun compendios de agricultura sirvieron al autor para
            justificar los cultismos con los que ornó la obra de 1609. A la frecuente consulta de
            enciclopedias se suma el peso de los antiguos —Sófocles, Quintiliano, Virgilio, Cicerón,
            Séneca (supuestamente), Horacio, Petronio, Veleyo— y el crédito de los modernos
            —Savonarola, Camerarius, Lipsio—, junto con el usual filtro de Ravisio Textor o Nomexy.
            Suficiente armamento, en suma, para tratar cuestiones que volvían una y otra vez al
            debate generado por la 'nueva poesía': la licitud de cultismos y, ocasionalmente, voces
            comunes por mor de la <emph>variatio</emph>, el grado de conocimiento del latín y los
            clásicos, la imitación servil para encubrir la falta de ingenio natural, etc.</p>
          <p>En fin, su gran epopeya trágica le volvía a dar quebraderos de cabeza y eso que ya
            habían pasado más de quince años desde su publicación. No creemos que Lope tuviera
            necesidad a estas alturas de poner tanto empeño en replicar a Claros de la Plaza si no
            fuera porque los años veinte, con el cambio de reinado, pusieron al madrileño en una
            tesitura crucial en su intento de prestigiar su quehacer poético frente a los secuaces
            de don Luis de Góngora. Los nuevos vientos que soplaban desde la corte de Felipe IV, con
            Olivares y la Junta de Reformación a la cabeza, ofrecían una oportunidad de medro que no
            se podía desatender. Sus aspiraciones al puesto de cronista real o el modo con que
            entonces se bate contra sus adversarios —Rámila, Amaya, Colmenares— son muestras, a
            nuestro entender, de que el Fénix había decidido poner su pica en la corte al precio que
            fuera y que Jáuregui se había atravesado en su camino en el momento más inoportuno. Para
            ello, se presenta con una actitud renovada. Si el nuevo disfraz no le permitía salir a
            la palestra satírica, contaba aún con altavoces como Pérez de Montalbán o con las
            licencias de un <emph>alter ego</emph> literario. El <emph>Anti-Jáuregui</emph>, tal y
            como hemos ido presentando, es buen ejemplo de lo segundo.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>9. Establecimiento del texto</head>
          <p>Del <emph>Anti-Jáuregui</emph> solo se conoce actualmente un testimonio antiguo, la
            copia conservada en los. ff. 222r-230v del ms. L-I-15 de la Biblioteca del Escorial
            (sigla = <emph>E</emph>), que procede de la biblioteca del conde-duque de Olivares<note
              place="bottom">Se trata de un códice misceláneo con predominio de los asuntos eruditos
              y eclesiásticos. Las letras de las copias corresponden a los siglos XVI y XVII; entre
              ella se han identificado la de Antonio Agustín, la de Juan Vázquez de Mármol y la de
              Juan de Fonseca. La pieza que nos ocupa es la última del códice (Zarco Cuevas <seg
                rend="a2">1924-1929: II, 234-236). Véase ahora la ficha catalográfica más
                completa</seg>
              <ref
                target="https://rbmecat.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=972&amp;query_desc=kw%2Cwrdl%3A%20carrera%2C%20luis%20de%20la"
                >https://rbmecat.patrimonionacional.es/cgi-bin/koha/opac-detail.pl?biblionumber=972&amp;query_desc=kw%2Cwrdl%3A%20carrera%2C%20luis%20de%20la</ref><seg
                rend="a2"> ). La referencia ya figuraba en un apunte bibliográfico conservado entre
                los papeles de Pérez Pastor (1911: 227): «Carrera (Luis de la).- El Anti-Jáuregui
                (Biblioteca del Escorial, leg. 15)».</seg></note> y que sirvió de base para la
            edición del texto por parte del padre Zarco Cuevas (1925) (sigla = <emph>Za</emph>). De
            esa copia proceden los demás testimonios directos o indirectos que nos han llegado. A
            saber, un traslado hecho por Bartolomé José Gallardo (1776-1852) que se perdió en
            diciembre de 1937, durante el incendio accidental que destruyó casi por completo la rica
            biblioteca que Luis de Lezama Leguizamón y Sagarminaga (1865-1933), había reunido en su
            casa palacio de Algorta (Getxo, Vizcaya); antes de su pérdida, sirvió de base para la
            edición de Miguel Artigas en 1925 (sigla = <emph>Ar</emph>)<note place="bottom">Del
              mentado incendio da noticia Entrambasaguas (1967: II, 164). El texto de Artigas ha
              servido de modelo para el de Sliwa (2004: I, 322-336 / 2007: I, 112-124).</note>. Un
            segundo traslado del siglo XIX se ha conservado entre los manuscritos de José Amador de
            los Ríos (1818-1878) adquiridos en 1908 por la Biblioteca Nacional a su hijo Rodrigo;
            concretamente la copia se halla en los ff. 77-83v del actual BNE ms. 19166 (sigla =
              <emph>Am</emph>)<note place="bottom">La localización de esta copia se debe a Jaime
              Galbarro, a quien agradezco la ayuda prestada en su valoración. Se trata de una copia
              bastante cuidada, obra de una mano no identificada pero que en cualquier caso no es la
              del propietario. Sobre ese fondo bibliográfico, véase Martín Abad (1992).</note>. Su
            dependencia del manuscrito escurialense es fácil de demostrar, ya que el cotejo muestra,
            junto a diferencias menores, numerosas similitudes en detalles mínimos de la escritura,
            como la puntuación, el uso de las abreviaturas, los subrayados, las notas marginales,
            etc. En el caso de la copia perdida de Gallardo, la cuestión puede aclararse con
            relativa facilidad, pues de entrada contamos con un indicio significativo: es seguro que
            el ilustre bibliógrafo consultó el ms. escurialense L-I-15, ya que han quedado huellas
            de su escritura al menos en una de las piezas ahí recogidas (la primera: <emph>Los Reies
              de España: y los autores que en particular escriuieron dellos</emph>). Si nos atenemos
            a lo estrictamente textual, no hay nada que obligue a pensar que Gallardo manejase una
            fuente hoy desconocida: todas las variantes de la edición de Artigas con respecto a
              <emph>E</emph> pueden explicarse como resultado del doble proceso de copia y posterior
            edición. Y si a esto añadimos que no se conoce ningún testimonio anterior al siglo XIX
            que no sea el del Escorial, creemos que el círculo queda suficientemente cerrado.</p>
          <p>Así las cosas, la edición del texto ha de seguir el testimonio <emph>E</emph>,
            sometiéndolo a enmienda por conjetura en aquellos casos en que resulte necesario y
            posible. La utilidad de los demás testimonios se reduce a servir de ayuda en la
            transcripción del texto base, no tanto a la hora de resolver problemas paleográficos,
            que prácticamente no los hay, como los derivados de la dificultad de leer los últimos
            caracteres de algunas líneas en el margen interior del vuelto de las hojas, a causa de
            lo apretado de la encuadernación. Estos casos se indicarán en el aparato crítico, cuya
            norma básica será desechar, y por tanto no consignar, las variantes de <emph>Am,
              Ar</emph> y <emph>Za</emph> con respecto a <emph>E</emph> como meros descuidos de
            transcripción, salvo cuando pudieran constituir, expresamente o no, enmiendas de
            posibles errores de <emph>E.</emph> Tales descuidos son numerosos tanto en
              <emph>Za</emph> como, especialmente, en <emph>Ar</emph>.</p>
        </div>
        <div subtype="level2">
          <head>10. Bibliografía</head>
          <div subtype="level3">
            <head>10. 1 Obras citadas o consultadas por el polemista</head>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Agustín</hi>, San:</p>
            <bibl>—, <title>De sermone Domini in monte</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ambrosio</hi>, San:</p>
            <bibl>—, <title>Hymni</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Camerarius</hi>, Joachim: Véase SÓFOCLES.</p>
            <p rend="noindent"><emph>Compendium theologicae veritatis</emph> (atribuida a Alberto
              Magno y a Buenaventura).</p>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cicerón</hi>, Marco Tulio:</p>
            <bibl>—, <title>De Senectute</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Crinito</hi>, Pietro:</p>
            <bibl>—, <title>De honesta disciplina</title>, Lyon: Antonius Gryphius, 1585.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Crusca</hi>, Accademia della:</p>
            <bibl>—, <title>Degli Accademici della Crusca difesa dell’Orlando furioso dell’Ariosto
                contra il dialogo dell’epica poesia di Cammillo Pellegrino. Stacciata prima</title>,
              Florencia: Giorgio Marescotti, 1584.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Cuspinianus</hi>, Johannes:</p>
            <bibl> —, <title>De Turcorum origine, religione, ac immanissima eorum in Christianos
                tyrannide</title>, Antuerpiae: Ioannes Steelsius, 1541 (impresor: Ioannes.
              Grapheus).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Estrada</hi>, Alférez:</p>
            <p rend="noindent">—, [Papel en defensa de don Luis de Góngora]</p>
            <bibl><title>Expostulatio Spongiae a Petro Turriano Ramila nuper euulgatae pro Lupo a
                Vega Carpio, poetarum hispaniae principe auctore Iulio Columbario B.M.D.L.P.; item
                Oneiropaegnion, et varia illustrium virorum poemata, in laudem eiusdem Lupi a
                Vega</title>. V.C., Tricassibus: sumptibus Petri Chevillot, 1618.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Faria</hi>, Manuel Severim de:</p>
            <bibl>—, <title>Discursos varios políticos</title> […], Evora: Manoel Carvalho,
              impressor da Universidade, 1624.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Góngora</hi>, Luis de:</p>
            <bibl><title>Soledades //</title> «Tan santo le haga Dios como es Letrán // Téngoos,
              señora tela, gran mancilla // </bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">González Dávila</hi>, Gil:</p>
            <bibl> —, <title>Teatro de las grandezas de la Villa de Madrid corte de los Reyes
                Católicos de España</title>, Madrid: Tomás Iunti, 1623. </bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Horacio Flaco</hi>, Quinto:</p>
            <bibl>—, <title>Carmina</title>.</bibl>
            <bibl>—, <title>Sermones</title>.</bibl>
            <p rend="noindent">Hurtado de Mendoza, Antonio:</p>
            <bibl>—, <title>Cada loco con su tema (comedia)</title>.</bibl>
            <p rend="noindent">Hurtado de Mendoza, Diego:</p>
            <bibl>—, <title>La Pulga</title> (atribuida).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
            <bibl>—, <title>Al maestro Lisarte de la Llana el licenciado Claros de la
              Plaza</title>.</bibl>
            <bibl>—, <title>Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades</title>.</bibl>
            <bibl>—, <title>Rimas</title>, Sevilla: Francisco de Lyra Varreto, 1618.</bibl>
            <bibl>—, <title>Discurso poético</title>, Madrid: Juan González, 1624.</bibl>
            <bibl>—, <title>Orfeo</title>, Madrid: Juan González, 1624.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jiménez Arias</hi>, Diego:</p>
            <bibl>—, <title>Lexicon ecclesiasticum Latino hispanicum</title> […], Salamanca: Domingo
              de Portonariis, 1572.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Kedrenos</hi>, Georgios:</p>
            <bibl>—, <title>Annales siue Historiae ab exordio mundi ad Isacium Comnenum usque
                compendium</title>, Basilea: Ioannes Oporinus et Episcopii fratres, [1566].</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lazius</hi>, Wolfgang:</p>
            <bibl> —, <title>Rei contra Turcas gestae anno MDLVI brevis descriptio</title>,
              Basileae: Oporinus, 1557.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Liñán de Riaza</hi>, Pedro:</p>
            <bibl>—, [Letra].</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lipsio</hi>, Justo:</p>
            <bibl>—, <title>Animadversiones in tragoedias quae Lucio Annaeo Senecae
                tribuuntur</title>, Leiden: Oficina plantiniana, Francisco Raphelengio, 1588.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Lucano</hi>, Marco Anneo:</p>
            <bibl>—, <title>De bello civili</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Luciano</hi> de <hi rend="sc">Samósata</hi>:</p>
            <bibl>—, <title>Muscae encomium</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Marcial</hi>, Marco Valerio:</p>
            <bibl>—, <title>Epigrammata</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Mercator</hi>, Gerhard Kremer:</p>
            <bibl>—, <title>Atlas siue cosmographicae meditationes de fabrica mundi et fabricati
                figura</title>, Amberes: Officina Plantiniana,1606.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Monforte y Herrera</hi>, Fernando:</p>
            <bibl>—, <title>Relación de las fiestas que ha hecho el Colegio Imperial de la Compañía
                de Jesús de Madrid, en la canonización de san Ignacio de Loyola y san Francisco
                Javier, Madrid: Luis Sánchez</title>, 1622.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ovidio Nasón</hi>, Publio:</p>
            <bibl>—, <title>Amores</title>.</bibl>
            <p rend="noindent">Pérez de Montalbán, Juan:</p>
            <bibl>—, <title>Orfeo en lengua castellana</title> […], Madrid: Viuda de Alonso Martín,
              1624.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Petronio</hi> Á<hi rend="sc">rbitro</hi>, Cayo:</p>
            <bibl>—, <title>Satyricon</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Plinio Segundo</hi>, Cayo (El Viejo):</p>
            <bibl>—, <title>Naturalis Historia</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Prudencio</hi>, Aurelio:</p>
            <bibl>—, <title>Hymni quotidiani</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Quintiliano</hi>, Marco Fabio:</p>
            <bibl>—, <title>Institutiones Oratoriae</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Ríos</hi>, Gregorio de los:</p>
            <bibl>—, <title>Agricultura de jardines</title>, Madrid: Pedro Madrigal, 1592.</bibl>
            <p rend="noindent">Romance del gallardo Arbolán («A la jineta y vestido / de verde y
              flores de plata»).</p>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Savonarola</hi>, Girolamo:</p>
            <bibl>—, <title>Compendium totius philosophiae, tam naturalis quam moralis</title>,
              Venecia: Aurelio Pinzi, 1534.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Sófocles</hi>:</p>
            <bibl>—, <title>Sophokleous ai epta tragõdiae / Sophoclis Tragoediae septem […]. Quibus
                accesserunt Joachimi Camerarii necnon Henrici Stephani annotationes</title>, Lyon:
              Pau Étienne, 1603.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Tamayo de Vargas</hi>, Tomás:</p>
            <bibl>—, [Apuntes sobre el <title>Orfeo</title> de Jáuregui].</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Terencio Afro</hi>, Publio:</p>
            <bibl>—, <title>Comoediae</title>.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Vega</hi>, Lope de:</p>
            <bibl>—, <title>Jerusalen conquistada, epopeya trágica [...] a la Majestad de Felipe
                Hermenegildo primero deste nombre y tercero del primero [...]</title>, Madrid: Juan
              de la Cuesta, 1609.</bibl>
            <bibl>—, <title>Justa poética y alabanzas justas que hizo la insigne villa de Madrid al
                bienaventurado san Isidro en las fiestas de su beatificación, recopiladas
                por…</title>, Madrid: Viuda de Alonso Martín, 1620.</bibl>
            <bibl>—, <title>La Filomena con otras diversas rimas y prosas</title>, Madrid: viuda de
              Alonso Martín, 1621. </bibl>
            <bibl>—, <title>Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la
                canonización de su bienaventurado hijo y patrón san Isidro…</title>, Madrid: Viuda
              de Alonso Martín, 1622.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Veleyo Patérculo</hi>, Cayo:</p>
            <bibl>—, <title>C. Velleius Paterculus cum animadversionibus I. Lipsi</title>, Lugduni
              Batavorum: Officina Plantiniana, apud Franciscum Raphlengium, 1591, 2 vol.</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Virgilio Marón</hi>, Publio:</p>
            <bibl>—, Georgicon.</bibl>
            <bibl>—, <title>Culex</title> (atribuido).</bibl>
            <bibl>—, <title>Moretum</title> (atribuido).</bibl>
            <p rend="noindent"><hi rend="sc">Zayas</hi>, María de:</p>
            <bibl>—, [Anotaciones sobre el <title>Orfeo</title> de Jáuregui].</bibl>
          </div>
          <div subtype="level3">
            <head>10.2 Obras citadas por el editor</head>
            <div subtype="level4">
              <head>10.2.1 Manuscritos</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
              <bibl>—, <title>Al maestro Lisarte de la Llana el licenciado Claros de la
                  Plaza</title>, ms. 2006 de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, f.
                150r-160r.</bibl>
            </div>
            <div subtype="level4">
              <head>10.2.2 Impresos anteriores a 1800</head>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Buenaventura</hi>, San:</p>
              <bibl>—, <title>Opera</title>, Roma: Tipografía Vaticana [Stamperia Apostolica
                Vaticana], 1596, vol. VII.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Covarrubias Orozco</hi>, Sebastián de:</p>
              <bibl>—, <title>Tesoro de la lengua castellana, o española</title>, Madrid: Luis
                Sánchez, 1611.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">García</hi>, Marcos:</p>
              <bibl>—, <title>La flema de Pedro Hernández. Discurso moral y político</title>,
                Madrid: Gregorio Rodríguez, 1657.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Jáuregui</hi>, Juan de:</p>
              <bibl>—, <title>La Farsalia</title> […], Madrid: Lorenzo García, 1684.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Luis de Granada</hi>, Fray:</p>
              <bibl>—, <title>Ecclesiasticae rhetoricae, siue de ratione concionandi libri
                  sex</title>, Lisboa: Antonio Ribeiro, 1576.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Monforte y Herrera</hi>, Fernando:</p>
              <bibl>—, <title>Relación de las fiestas que ha hecho el Colegio Imperial de la
                  Compañía de Jesús de Madrid en la canonización de san Ignacio de Loyola, y san
                  Francisco Javier</title>, Madrid: Luis Sánchez, 1622.</bibl>
              <p rend="noindent"><hi rend="sc">Pellegrino</hi>, Camillo:</p>
              <bibl>—, <title>Primera parte de las sentencias que hasta nuestros tiempos, para
                  edificación de buenos costumbres están por diversos autores escritas</title>,
                Coímbra: João Alvares, [1555].</bibl>
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        </div>
      </div>
      <div subtype="level1">
        <head>Texto de la edición</head>
        <p rend="center">[Ms. L-I-15 de la Biblioteca del Escorial]</p>
        <p rend="center"><pb n="f. 222r"/> Anti-<name type="polemista">Jáuregui</name><note place="bottom">Sobre la conformación lingüística del título, remitimos al
            apartado 1 de la Introducción.</note></p>
        <p rend="center">Del licenciado don <name type="polemista">Luis de la Carrera</name><note
            place="bottom">Sobre el uso de este seudónimo por parte de Lope de Vega,
            remitimos al apartado 2 de la Introducción.</note> al <name type="polemista">reformador
            de los poetas castellanos</name><note place="bottom"
              ><emph>reformador</emph>: es Jáuregui, que se ha erigido por su cuenta en el encargado
            de la <emph>reformación</emph> o inspección de la poesía castellana, llevando así al
            campo de la poesía el afán de moralización de la vida pública que caracterizó el
            valimiento de su patrón, el conde-duque de Olivares (Montero 2008: 212). Mercedes Blanco
            (2016: n. 81) señala, en consecuencia, la connotación sarcástica de
              <emph>reformador</emph> en el pasaje. La visión satírica de la
              <emph>reformación</emph> se trasluce ya en unos versos de Bartolomé Leonardo de
            Argensola en los que Euterpe aconseja al poeta sobre la manera de medrar en la corte:
            «Ni tampoco yo quiero que repitas / para reformador y discursante / sobre todas las
            leyes que hay escritas» («¿Estos consejos das, Euterpe mía?», 61-63; Bartolomé L. de
            Argensola 1951: 68). Cf.: «ya que en ella [España] no hay Solón ni Platón que de Homero
            murmure y de Tucídides ni Licurgo que prohíba poetas, aunque fuera bueno un pretor que
            los reformara» (Lope, <emph>Epistolario</emph>, 2008, p. 253)</note>.</p>
        <p>Después que vuesa merced, señor <name type="polemista">don Juan</name>, vino de la
          Andalucía a ser reformador de los poetas de la corte<note place="bottom">No es excepcional
            que Lope se acoja al castellanismo (aquí, además, estratégicamente vinculado con los
            poetas de la corte) como parapeto en sus diatribas con los autores andaluces, ya se
            trate de Jáuregui o de Góngora (Sánchez Jiménez 2014 y 2019: 150-162). </note>, me han
          preguntado varias personas, viendo lo que le cuesta, si es oficio provechoso, y yo he
          respondido que, pues vuesa merced le usa con tanta fatiga de su espíritu, descomodidad de
          su persona y poca satisfacción de su entendimiento, es imposible que no lo sea;
          mayormente, introduciéndole con los señores, cosa digna de la estimación que entre ellos
          tiene <note place="bottom">Frase irónica con la que Lope posiblemente le
            echa en cara a Jáuregui –protegido de Olivares, no se olvide– que su papel de reformador
            solo le sirve para ser tratado como bufón entre los señores de título y los círculos
            cortesanos más próximos al poder. En cuanto a la expresión en sí, cf.: «Este amigo (…)
            le irá introduciendo con todos los demás señores y caballeros de la Corte» (Salas
            Barbadillo 2016: 75); «Supuesto que podrá el hombre / de más bajo nacimiento / y de más
            humilde sangre / aspirar a caballero / o introducirse en hidalgo» (<emph>El valiente
              Juan de Heredia</emph>, citado por <emph>Voc.</emph>).</note>. Y así les ha parecido
          que vuesa merced debía entrar en esta corte –pues ya la poesía se ha hecho Hermandad<note
            place="bottom">Se refiere a la Santa Hermandad, cuerpo armado que, desde
            su constitución por los Reyes Católicos en 1476, se encargaba de perseguir y castigar
            los delitos cometidos fuera de los poblados y ciudades, pero que en tiempos de Lope
            tenía una pésima fama de arbitrariedad y venalidad. La alusión viene a significar, por
            tanto, que esa misma lacra se daba en el campo de la poesía.</note>– con sus ballesteros
          y pendón verde, como entró en Sevilla su provincial Argote de Molina<note place="bottom"
           ><emph>provincial</emph>: «persona que tiene la máxima autoridad en un
            distrito o provincia dentro de una institución». El conocido erudito y escritor Gonzalo
            Argote de Molina recibió en 1578, por parte de Felipe II, el nombramiento como
            provincial de la Santa Hermandad en Sevilla y su jurisdicción. El verde era, en efecto,
            el color que identificaba a la Hermandad, tanto en sus insignias como en las mangas de
            sus cuadrilleros, que solían ir armados con ballestas. Lope vuelve a nombrar a Argote en
            una de sus cartas al duque de Sessa, de finales de julio de 1617 (2008: 358): «Mejor lo
            sintió Celestina: “Piedra movediza nunca le cubre moho”. Así lo leí, así lo escribo, que
            no es indigno su autor de ser azotado, pues tiene con menos razón tanta autoridad en los
              <emph>Consejos</emph> [<emph>sic</emph>] Argote de Molina». Ignoramos los motivos de
            Lope para referirse en términos críticos a Argote de Molina.</note>. El primer examen
          que <name type="authority">vuesa merced</name> hizo fue en las <title>Soledades</title> de
          don <name type="polemista">Luis de Góngora</name><note place="bottom">Se
            refiere, claro está, al <title>Antídoto contra la pestilente poesía de las
              Soledades</title>.</note>, a quien reformó tan mal, que se quedó con imitarle, no en
          la grandeza, hermosura y erudición, sino en la peregrinidad<note place="bottom"
           ><emph>peregrinidad</emph>: «singularidad». El razonamiento de Lope es que
            Jáuregui, queriendo ser singular, ha dado en la extravagancia, sentido que también podía
            tener <emph>peregrinidad</emph>. Cf.: «No sufren algunos la fama grande en los vivos; y
            por adquirirla ellos, se valen de tantas peregrinidades como Anaxágoras, que para
            ostentar ingenio llamó negra a la nieve, no sin risa de Cicerón» (dedicatoria de
              <emph>El Cardenal de Belén;</emph> Case 1975: 64); «Quiere Aristóteles y quiere la
            naturaleza que todas las cosas que se mueven, en llegando a su propio lugar, se quieten
            y descansen; en muchos que la ambiciosa singularidad llaman cultura no le halla nuestra
            lengua y por eso peregrina hasta llegar a bárbara […]. La extrañeza y <anchor
              xml:id="acierto0"/>peregrinidad deleitan la ignorancia, que no son convertibles nuevo
            y bueno…» (epístola de Lope al licenciado Francisco de las Cuevas, o sea, Jerónimo de
            Quintana, impresa entre los preliminares de sus <emph>Experiencia de amor y
              fortuna</emph>, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1626; Lope de Vega 2008: 498-499).
          </note>, de que salió tan mal, que por huir de quien le puede enseñar, con la aversión
          natural que a todo ingenio tiene, hizo un <title>Orficalepino</title> de tantas
            lenguas<note place="bottom"><emph>Orficalepino</emph> es una jocosa
            creación lingüística resultante de combinar el título del poema mitológico de Jáuregui
            con el apellido del autor del famoso diccionario multilingüe de la época, al que daba
            nombre por metonimia. Ya Góngora se había burlado de ese poema diciendo de su
            protagonista «que trilingüe canta» (soneto «Es el Orfeo del señor don Juan», v. 9
            [OC468]). Cf.: «Y como ni en estas ni en las demás lenguas de Calepino están escritos
            los tales soliloquios [o sea, las <emph>Soledades</emph>], y se cree que vuestra merced
            no ha participado de la gracia de Pentecostés, muchos se han persuadido de que le
            alcanzó algún ramalazo de la desdicha de Babel» (Lope de Vega 2008: 228); «que por este
            camino [de la crítica injuriosa] / se desentierra todo, / haciendo de este modo / para
            lo más oculto un Calepino» (<emph>Laurel de Apolo</emph>, silva IX, vv. 616-619; Lope de
            Vega 2007: 455).</note>, que puede servir a un sábado, pues las hay hasta de carnero y
            puerco<note place="bottom">Las lenguas de animales como los nombrados se
            admitían como parte de la dieta de los sábados, día de abstinencia atenuada en Castilla.
            Cf.: «allí se veía una pepitoria, una mano y acullá un pie; en otra parte había cosas de
            sábado: cabezas y lenguas, aunque faltaban sesos» (Francisco de Quevedo
              1993<emph>a</emph>, 217-218).</note>. El segundo fue en la <title>Jerusalén</title> de
            <name type="polemista">Lope, </name>cuyo papel llegó a mis manos tarde<note
            place="bottom">Se refiere a la <title>Carta del licenciado Claros de la
              Plaza al maestro Lisarte de la Llana</title> (en adelante, <emph>CP</emph>), escrito
            de Jáuregui contra la <emph>Jerusalén conquistada</emph> del que tratamos en la
            Introducción.</note>, donde <name type="authority">vuesa merced</name> esgrime con
            valentía<note place="bottom"><emph>valentía</emph>: «bravuconería». Cf.:
            «es [el Repolido] un Judas Macarelo en esto de la valentía» (Miguel de Cervantes 2001:
            203).</note> aquellos sus donaires de Guadarrama entre palabras imprudentes y que
          pudieran excusarse<note place="bottom"><emph>Guadarrama</emph>: más que por
            la rusticidad, la alusión se justifica por la abundancia y permanencia de la nieve en
            las cumbres de esa sierra, en referencia, por tanto, a la frialdad o falta de gracia y
            oportunidad de las pullas de Jáuregui. Es tacha que reitera Lope a lo largo de su
            escrito.</note>, como se lo tienen advertido tantos ejemplos. Y así he querido hacer una
            antipófora<note place="bottom"><emph>antipófora</emph>: «Sujeción (en
            griego antipófora) es cuando nos preguntamos y respondemos lo que el otro había de
            responder» (Bartolomé Jimenez Patón 1993: 393, de donde debió de tomarlo Lope). Pero
              <emph>el otro</emph> es el rival, mientras que el <emph>Licenciado Carrera</emph>
            quiere decir aquí que argumentará lo que, llegado el caso, argumentaría el propio Lope.
            El término reaparece en <emph>La Dorotea</emph>: «JUL. Preguntábale Virgilio a la suya
            [musa] que por qué causa había venido Eneas de Troya a Italia. Que esta figura en la
            retórica es como apóstrofe o antipófora» (Lope de Vega 2011: 294-295). Montero (en
            prensa) apunta esta coincidencia entre los indicios de la autoría de Lope.</note>, no
            defenderle<note type="app" rend="I"> defenderle <emph>E</emph> de defenderle
              <emph>Za</emph></note>, pues no necesita de favor la opinión más recibida<note
            place="bottom"><emph>opinión</emph>: «fama buen a o mala que alcanza
            alguien o algo»;<emph> recibida</emph>: «admitida». </note>
          <pb n="f. 222v"/> que han visto estos ni los pasados siglos, por quien<note place="bottom"
           ><emph>quien</emph> tiene como antecedente <emph>opinión</emph>, que a su
            vez se sobreentiende en la sentencia de Séneca que sigue.</note> no hubiera dicho <name
            type="authority">Séneca</name> que «<quote><emph>semel concepta vix
              deponitur</emph>»<note place="bottom"
                  ><emph>Opinio</emph><quote><emph>semel concepta vix deponitur</emph>. Así figura
                la sentencia como lema en uno de los emblemas de Hernando de Soto </quote>(1599,
                122r)<quote>, que la traduce: </quote>«<quote>Apenas dejar se puede / la opinión que
                se recibe</quote>», y la ilustra con Dido como ejemplo de la dificultad de desterrar
              una mala fama engañosamente adjudicada. En consecuencia, la sentencia no puede
              aplicarse a Lope, pues en su caso no hay mala fama que combatir. La atribución a
              Séneca o cualquier otro autor antiguo carece de fundamento. En la época circuló como
              de Cicerón; así consta, por ejemplo, en <seg rend="col2">Primera parte de las
                sentencias que hasta nuestros tiempos, para edificación de buenos [sic] costumbres
                están por diversos autores escritas</seg>: «<seg rend="col2">Vix deponitur opinio
                semel concepta</seg>» (182)<seg rend="col2">, traducida</seg>: «<seg rend="col2">Con
                dificultad se desarraiga la opinión concebida</seg>»<seg rend="col2"> (183). En ese
                repertorio, el autor que antecede a Cicerón es el historiador Lucio Anneo Floro.
                Quizá ahí esté el origen de la atribución de la sentencia a Lucio Anneo Séneca,
                confusión que llegó hasta Lope. Este parafrasea la sentencia en un pasaje de El
                peregrino en su patria</seg>: «Tienen ya las naciones sus epítetos recibidos en el
              mundo, cuya <anchor xml:id="acierto1"/>opinión una vez recibida es imposible perderla»
              (Lope de Vega 1973: 189). Para Montero (en prensa) es otro indicio de la autoría
              lopesca.</note>, sino que la pusiera entre <quote>el rayo de Júpiter, los versos de
              Homero y la clava de Hércules</quote>, imposibles de la Antigüedad<note place="bottom"
             >Así explica el pasaje Mercedes Blanco (2016: n. 51): «Alude Lope a un
              dicho transmitido en un famoso pasaje de Macrobio: es imposible quitar el rayo de la
              mano de Júpiter, robar versos de Homero sin que se vea que son suyos, y quitar la
              clava de la mano de Hércules (Macrobio, <emph>Saturnalia</emph>, V, 3). Como el dicho
              era muy conocido, no podemos indicar la fuente exacta, que podría ser, directa o
              indirectamente, el adagio 3095 de Erasmo (<emph>Clavam extorquere Herculi</emph>)».
              Lope había recreado el tópico en el soneto LXXIV de las <emph>Rimas</emph>, dedicado
              al Conde de Lemos (ed. 1993-1994: I, 351), aplicando además el mismo esquema de
              contraponer esos imposibles antiguos con tres contemporáneos (las hazañas de Carlos V,
              el Escorial de Felipe II y los versos del conde de Lemos, respectivamente): «La
              antigua edad juzgó por imposibles / tres cosas celebradas en el mundo, / o hallar
              jamás artífice segundo / a quien segunda vez fuesen posibles: / la clava con que
              Alcides tan horribles / mostros venció en la tierra y el profundo, / de Júpiter el
              rayo furibundo / y los versos de Homero inacesibles. / Otras tres hay en nuestra edad
              presente…». Cf., además: «La Antigüedad tres cosas proponía / por imposibles, siendo
              la primera / el rayo, con que Júpiter solía / estremecer los rayos de la esfera; / la
              clava del Tebano la segunda, / y los versos de Homero la tercera» (Lope de Vega,
                <emph>El mayor imposible</emph>, I, v. 640-645 <ref
                target="https://artelope.uv.es/biblioteca/textosAL/AL0735_ElMayorImposible.php"
                >https://artelope.uv.es/biblioteca/textosAL/AL0735_ElMayorImposible.php</ref> ).
              Este pasaje también le sirve a Montero (en prensa) para defender la autoría de
              Lope.</note> que ahora se entienden por ingenio de <name type="polemista">Lope</name>,
            arte de don <name type="polemista">Luis de Góngora</name> y desatinos de don <name
              type="polemista">Juan de Jáuregui</name><note place="bottom">Como señala Mercedes
              Blanco (2016: n. 51) el pasaje es revelador de la estrategia de Lope de hacer ahora
              frente común con Góngora contra Jáuregui, tras el doble desafío de este, en el
                <emph>Orfeo</emph> y en el <emph>Discurso poético</emph>.</note>. Y no le parezca a
            vuesa merced que me adelanto mucho<note place="bottom"><emph>me
                adelanto</emph>: «me excedo», referido al autoelogio antecedente. </note>, pues
            cuando <name type="authority">Veleyo</name> dijo «<quote>sine exemplo maximum qui
              magnitudine operum, et fulgore carminum solus apellari poeta meruit</quote><note
              place="bottom">Cayo Veleyo Patérculo, <emph>Historia Romana</emph>, I,
              5, 1-2: «<emph>Clarissimum deinde Homeri inluxit ingenium, sine exemplo maximum, qui
                magnitudine operis et fulgore carminum solus appellari poeta meruit; in quo hoc
                maximum est, quod neque ante illum quem ipse imitaretur neque post illum qui eum
                imitari posset inuentus est</emph>». En la traducción de Sánchez Manzano: ‘Desde
              entonces resplandeció el ingenio de Homero, el más grande sin parangón, que merece
              como ningún otro el nombre de poeta por la magnitud de su obra y la brillantez de sus
              poemas. A su respecto destaca sobre todo el hecho de que no se ha encontrado antes de
              él un modelo que él pudiese imitar, ni después de él alguien que le emulase’). Por lo
              que sigue, se deduce que Lope leyó el pasaje en la edición anotada por Justo Lipsio,
              formada por dos volúmenes, uno con el texto y otro con las notas, y que conoció varias
              impresiones a partir de la <emph>princeps: C. Velleius Paterculus cum
                animadversionibus I. Lipsi</emph>, Lugduni Batavorum, ex Officina Plantiniana, apud
              Franciscum Raphelengium, 1591. La cita va en la p. 5 del primer volumen.
            </note>»</quote>, y <name type="authority">Lipsio</name>, comentándole, que
              «<quote><emph>non summus sed solus</emph><note place="bottom">«<emph>Qui
                magnitudine operis et fulgore carminum solus appellari poeta meruit</emph>]
                <emph>Amo amo te Vellei, ob haec iudicia. Ille vero non summus solum poetarum, sed
                solus</emph>» (‘El cual, por la magnitud de su obra y el esplendor de sus versos
              mereció ser llamado el único poeta. Te amo, Veleyo, por estos testimonios. Pues aquel
              no solo fue el más sublime de los poetas, sino el único’). La cita consta en el
              volumen suplementario citado en la n. anterior, p. 10. Veleyo y Lipsio reaparecen
              juntos en los vv. 94-96 de la epístola a don Juan de Arguijo en <emph>La
                Filomena</emph>, en los que el poeta cuestiona el buen juicio del historiador
              romano: «Veleyo nos enseñó los desengaños, / igualando a Virgilio con Rabirio, / que
              Lipsio entre sus notas juzga extraños» (Vitali 2021: 145)</note>»</quote>, fue más
          pronóstico de <name type="polemista">Lope</name> que alabanza de <name type="authority"
            >Homero</name>. Esto le dirá a vuesa merced la excelencia a que ha llegado, pues para
          que una cosa sea buena se ha de llamar con su nombre, como refiere el coronista <name
            type="authority">Gil González de Ávila</name> en su libro de las <title>Grandezas de
            Madrid</title><note place="bottom">«Lope de Vega, Virgilio castellano,
            fénix en la poesía española, y tan delicado en ella que para decir en Castilla que una
            cosa llegó a toda su perfección, se dice, como en proverbio, <emph>Es de Lope</emph>»
            (Gil González de Ávila, <emph>Teatro de las grandezas de la Villa de Madrid, corte de
              los Reyes Católicos de España</emph>, Madrid, Tomás Iunti, 1623, 222a).</note>; sin
          tantos autores<note place="bottom"><emph>sin tantos autores</emph>: «sin
            contar el gran número de autores».</note> que le dirigen sus obras, como puede ver vuesa
          merced en un libro latino impreso en Francia cuyo título es <title>Expostulatio
            Spongiae</title><note place="bottom">En efecto, la obra se publicó con pie
            de imprenta falso en Troyes: Tricassibus: sumptibus Petri Chevillot, 1618. El libro
            tiene una sección dedicada a reunir poemas latinos en elogio de Lope y contra Torres
            Rámila por parte de diferentes autores. </note>, y entre tantas alabanzas, esta
            inscripción<note place="bottom"><emph>inscripción</emph>: «título,
            encabezamiento».</note>: «<quote><emph>Lupo a Vega Carpio Aristophanico, Virgiliano,
              Pindarico Hispanicarum Musarum theatralisque plausus, et gloriae iam pridem vindici,
              aeternum in posterum foelici magno, optimo Imperatori, etc.</emph><note place="bottom"
             >La cita concluye dando el nombre del autor del poema, que es el primero
              de la serie: «…Imperatori Carmen D.C.L.M. que, Ludouicus Tribaldus Toletus»
                (<emph>Expostulatio Spongiae</emph>, 1618, 52r; ed. 2015: 292). En la traducción de
              Conde Parrado y Tubau: ‘<seg rend="markedcontent">De Luis Tribaldos de Toledo, poema
                que dedica y ofrenda gustosa y merecidamente al aristofánico, virgiliano y pindárico
                Lope de Vega, paladín desde hace ya tiempo de las Musas hispanas y del aplauso y la
                gloria teatrales, triunfador por siempre dichoso, magno y óptimo</seg>’; ed. 2015:
              420). Como señalan los editores, el grandilocuente encabezamiento volvió a imprimirse
              en los preliminares de <emph>El laurel de Apolo</emph>. (Lope de Vega
                2007<emph>b</emph>: 127), obra que incluye un elogio del toledano (silva VIII,
              464-475; 2007<emph>b</emph>: 412). </note>»</quote>, sin otras muchas que, por no dar
          veneno a vuesa merced<note place="bottom"><emph>dar veneno</emph>: ‘amargar, martirizar’.
            Cf. [Habla Clavela con Gerardo) «¿No ves lo que dijo aquí / don Félix tan libremente, /
            y que me trae esta gente / por darme veneno a mí?» (Lope de Vega, <emph>La burgalesa de
              Lerma</emph>, vv. 1876-1879; <emph>Comedias. Parte X</emph>).</note>, no las refiero.
          Pero porque no diga que castellanos las hicieron, oiga a <name type="polemista">Manuel
            Severim de Faria</name>, chantre y canónigo de Évora, en la <title>Vida del
            Camões</title>: «<quote><emph>O grande conceito que</emph></quote><name type="polemista"
            >Lopo da Vega</name><quote><emph>, celebérrimo poeta de nossos tempos, faz</emph><note
              type="app" rend="I"> faz <emph>post correctionem E</emph> fiz <emph>ante
                correctionem E Am Ar Za</emph>
            </note><emph> do nosso</emph></quote><name type="authority">Luís de
              Camões</name><quote><emph> se ve bem</emph><note type="app" rend="I"> bem
                <emph>em.</emph> beim <emph>E</emph></note><emph> em seus escritos, dando-lhe sempre
              o epíteto de excelente</emph><note place="bottom">Esa vida forma parte
              de la sección IV («Vida de Luís de Camões, com um particular juizo sobre as partes que
              ha de ter o poema heroico e como o poeta guardou todas nos seus <emph>Lusíadas</emph>»
              de <emph>Discursos varios políticos por Manoel Severim de Faria chantre, &amp; cónego
                na santa sé de Évora</emph>. Em Evora, impressos por Manoel Carvalho, impressor da
              Universidade, 1624; la cita va en f. 123r). Lope había calificado a Camões de
                <emph>excelente</emph> en la <emph>Arcadia</emph> (2012: 639), en el prólogo del
                <emph>Isidro, poema castellano</emph>, Madrid, Luis Sanchez, 1599: ¶¶6v, o en el
              elogio de Soto de Rojas contenido en los preliminares del <emph>Desengaño de amor en
                rimas</emph>, Madrid, viuda de Alonso Martín, 1623, ¶8v; y posteriormente vuelve a
              hacerlo en el encabezamiento del soneto 103 de las Rimas de Tomé de Burguillos
                <emph>(«En esto de pedir los ricos, Fabio»; Lope de Vega 2020: 414). Sin usar el
                epíteto, también lo elogia como poeta épico en el prólogo de la</emph> Jerusalén
                conquistada<emph> (1609: ¶¶¶1r / 2003: 17).</emph>
            </note>»</quote>, y esto dice para calificarle<note place="bottom"><emph>
              calificarle</emph>: «acreditarlo, enaltecerlo». O sea, que el hecho de que Faria
            señale que Lope apreciaba a Camões contribuye a realzar la valía de este. En la
            Introducción nos hemos ocupado de las dudas que esta serie de «elogios ditirámbicos»
            despierta en Robert Jammes (1994: 657) acerca de la autoría del
              <emph>Anti-Jáuregui</emph> por Lope.</note>.</p>
        <p>Vuesa merced se enfadó de una palabra general que <name type="polemista">Lope</name>
          escribió en una prefación<note place="bottom"><emph> palabra general</emph>:
            «expresión de valor general»; la <emph>prefación</emph> aludida es la carta-prólogo que
            puso Lope al <emph>Orfeo</emph> de Montalbán, en la que se refería a los seguidores de
            Góngora en términos como estos: «todos los que escriben estas tropelías reprehenden en
            los otros lo que ellos mismos hacen, censurando por desatinos en los libros ajenos lo
            que en los suyos veneran por oráculos» (Pérez de Montalbán, 1624, ¶5v), frase sí, de
            alcance general pero que, en el contexto, apuntaba inequívocamente a Jáuregui, quien sin
            duda se dio por aludido (Daza Somoano, 2008, 250; Montero 2008, 172). En el pasaje, Lope
            se hace el ingenuo y arguye, en definitiva, que si su frase no se refería a nadie en
            concreto, Jáuregui no tenía motivos para salir a la palestra con su <emph>CP</emph>.
          </note>, midiendo mal la venganza con la ofensa, acción tan bárbara cuanto merecida de
            <name type="polemista">Lope</name>, que en tres libros impresos alaba a vuesa merced con
          mil mentiras<note place="bottom">Los tres elogios a los que alude Lope se
            encuentran respectivamente en las fiestas por la beatificación de san Isidro («Don Juan
            de Jáuregui armado / de letras humanas entra / como sevillano Horacio, / cuyas obras se
            ven llenas / de los tesoros de Italia, / de las riquezas de Grecia, / consagrando al sol
            las plumas / que por sus rayos penetran»; Lope de Vega 1620: 129r); la epístola octava
            de <emph>La Filomena</emph> (1621), dirigida a Rioja y titulada <emph>El jardín de
              Lope</emph>, v. 196-197 («aquí don Juan de Jáuregui, en la mano / de Apolo el arco y
            el pincel de Apeles»; Lope de Vega 1621: 154v); y las fiestas por la canonización de san
            Isidro («Fuentes de Helicona y Pimpla, / corred cristal, que celebro / un nuevo Horacio
            latino, / un nuevo Píndaro griego. Don Juan de Jáuregui llega, / cubrid de flores el
            suelo, / haced que se humille Dafnes, / llamareisle César vuestro»; Lope de Vega 1622:
            153v).</note>, a quien reprehendiendo <name type="polemista">yo</name>, me respondió:
          “Señor licenciado, no se pierde nada en alabar, <pb n="f. 223r"/> porque si un hombre lo
          merece es justicia, y si no, es ironía, que no está de balde entre las figuras
            retóricas<note place="bottom">Lo del elogio irónico parece lugar común. Cf. Alonso de
            Castillo Solórzano, <emph>La Garduña de Sevilla</emph>, 2012: 493: «Alabanza que sobra
            al sujeto por quien se dice, es agravio suyo y descrédito de quien lo escribe, pues el
            sujeto ponderado, juzgándose ajeno de tanto honor, atribuye el elogio a vituperio y la
            alabanza a sátira dicha por ironía».</note>”. Luego tomó vuesa merced la pluma y, guiado
          de su libertad por la oscuridad de su ignorancia<note type="app" rend="I"> por
            la oscuridad de su ignorancia [El texto figura en <emph>E</emph> añadido al margen, de
            otra mano; también lo copia al margen <emph>Am</emph>. Tanto <emph>Ar</emph> como
              <emph>Za</emph> lo incorporan al cuerpo del texto, solución que nos parece
            adecuada.</note>, introdujo al <name type="polemista">licenciado Claros de la
            Plaza</name>, con su padre Llanos de Castilla y Plaza, reprehendiendo al <name
            type="polemista">maestro Lisarte de la Llana</name><note place="bottom"
            >Son los seudónimos, respectivamente, de Jáuregui y de Lope en <emph>CP.</emph></note>,
          nombres ingeniosísimos para decir liso, llano, claro, castellano y de la plaza. Cierto,
          señor, que cuando veo este título pierdo el gusto de responder, pareciéndome que con
          repetir estos nombres he respondido. Pero ya que me resolví a gastar mal dos horas, pasaré
          adelante, no para defender, como dije, sino para que este papel también ande por los
          bufetes de los señores ­–pues quiere vuesa merced que lo seamos<hi
            rend="color_545454 note">­<note>Lope juega aquí con la dilogía de <emph>bufete</emph>
              como ‘mesa de escritorio’ y, en sentido jocoso, como ‘bufón o truhan’ (cf.
                <emph>Diccionario de autoridades, s. v. bufete</emph>). El chiste reaparece en unas
              décimas del <emph>Burguillos</emph>: «El estudio contenía / en aquel curioso espacio /
              dos bufetes, que en Palacio / claro está que los habría» («Ayer vi la librería, / don
              Juan, de su Majestad», v. 90-94; Lope de Vega 2020: 686). La coincidencia en el uso
              léxico le sirve a Montero (en prensa) como argumento a favor de la autoría de Lope.
            </note></hi>–, y que ellos se entretengan en ver cómo se arañan y desgreñan las musas
          andaluzas con las castellanas<note type="app" rend="I">f. «Otros [poetas] hay
            que de todos diferencian, / obscenos más que puercos en zahúrdas, / musas que se
            desgreñan y pendencian» (<emph>Epístola al contador Gaspar de Barrionuevo</emph>, v.
            139-141; Lope de Vega 1998: 494). La frase sobre las musas andaluzas y castellanas la
            cita Pablo García Baena, con este apunte sobre Lope: «aunque él no fuera tan inocente
            cordero como fingía» (1995, 117-118). </note>.</p>
        <p>Entra vuesa merced luego diciendo que <name type="polemista">el tal maestro</name> anda
          estos días lanzando bramidos<note place="bottom"><emph>luego</emph>: «sin
            dilación, al instante». En efecto, la primera frase de <emph>CP</emph> es: «No cumpliría
            Vm., señor maestro, con lo que debe a las leyes todas del furor poético, si no anduviera
            estos días, como le vemos sus discípulos, lanzando bramidos y espumas» (Juan de
            Jáuregui, 1902: 279). La frase alude a la furia que habría causado en Lope el ver que la
            poesía española no estaba siguiendo la senda por él marcada.</note>. Aquí no digo nada
          <hi rend="color_545454 note">_<note type="app" rend="I"> entienda <emph>em.</emph> entiende <emph>E</emph>
              [Entendemos que la frase constituye una recomendación al rival.</note></hi>vuesa
          merced se entienda­_, como en aquello de los azotes y palos<note place="bottom"
           >Remite a: «¿Qué mayor ofensa para un poeta como Vm., ni qué azote o palo
            más crudo que herir sus orejas con buenos versos?» (Juan de Jáuregui, 1902:
            279-280).</note>, que verdaderamente causa risa el ver que vuesa merced hable a un
          clérigo en bramidos, palos y azotes<note type="app" rend="I">omo Claros de la
            Plaza se declara discípulo del maestro Lisarte, es alusión a la frecuente condición del
            clérigo (y Lope lo era por entonces) como pedagogo y al uso de la disciplina en ese
            ejercicio. La <emph>risa</emph> deriva, por tanto, de que Jáuregui se ha puesto a sí
            mismo en la posición del alumno díscolo al que hay que castigar. Argumento parecido
            maneja Lope en una carta al de Sessa remitiéndole un papel en que se atacaba al Fénix
            (2008: 481; fechada en Madrid, ¿1621-1622?): «Envío a vuestra excelencia el papel, que
            no me ha puesto codicia de copiarle, porque no sé si es docto, y es poco prudente,
            tratando a un sacerdote, y de tan grande opinión, fuera de todos los límites de cortesía
            y modestia, pero el dueño ¿a quién respeta, a quién teme, a quién perdona?» </note>.
          Digamos solo a vuesa merced lo que dijo en un soneto don <name type="polemista">Luis de
            Góngora</name> a la tela de Madrid: «<quote>esas palabras no son de doncella<note
              place="bottom">Es el último verso del soneto de Góngora «Téngoos, señora
              Tela, gran mancilla» [OC70], que Lope parafrasea o cita: «y esas no son palabras de
              doncella». La cita es homenaje al ingenio de Góngora y a la popularidad de sus
              conceptos, especialmente burlescos.</note>»</quote>. Pues ojalá tuviera vuesa merced
          tan virgen la envidia como la espada<note place="bottom">Lope afea a
            Jáuregui no haber manejado nunca la espada ni haber sido soldado (mientras que el Fénix
            sí lo fue), pese a su calidad de caballero. El sevillano solo recurre al arma de los
            envidiosos, la mala lengua, que ha empleado en escritos satíricos como el
              <emph>Antídoto</emph>. Lo de la virginidad de la espada era lugar común: «Yten más,
            que no me obligue / que iera, mate ni asombre, / mientras hubiere en el mundo / horca,
            galera y azotes, / fuera de que voté a Venus, / antes de entrar en catorze, / de hazer
            virgen mi espada / por no serlo del estoque» (romance “Triste estoy, señoras damas”,
            atribuido a Góngora: 1998: IV, 327); «Otra cuadrilla, virgen por la espada, / y adúltera
            de lengua…» (<emph>Viaje del Parnaso</emph>, VII, v. 343-344; Miguel de Cervantes 2016:
            113); «Murmure el cortesano entretenido / con su espada dorada virtuosa, / pues que tan
            virgen en la vaina ha sido, / que darle este atributo es justa cosa» (<emph>La
              Dragontea</emph>, II, 16, 1-4; Lope de Vega 2007<emph>a</emph>: 217).</note>, y
          advierta vuesa merced que «<quote><emph>acerbitas</emph><note type="app" rend="I">
               acerbitas <emph>em.</emph> accerbitas <emph>E</emph> [La enmienda ya está en
                <emph>Za</emph></note><emph> animi tui</emph></quote> _como dijo Electra a
          Clitemnestra en <name type="authority">Sófocles</name>_ <quote><emph>et tua
              facinora</emph></quote></p>
        <quote rend="i">
          <l>mihi per vim istas voces exprimunt:</l>
          <l>a turpibus enim turpia discuntur<note place="bottom">‘La acritud de tu
              ánimo y tus fechorías me arrancan con violencia estas palabras: de las infamias, pues,
              se aprenden infamias’. <emph>Sophokleous ai epta tragõdiae Sophoclis tragoediae septem
                … quibus accesserunt Joachimi Camerarii necnon Henrici Stephani annotationes</emph>.
              Lugduni: Paulus Stephanus, 1603, p. 190 (<emph>Electra</emph>, v. 622-624). Que Lope
              usa esta edición queda confirmado más abajo, cuando se menciona expresamente a su
              comentarista, Camerarius.</note>».</l>
        </quote>

        <p>Dice luego <name type="authority">vuesa merced</name> que no piensa saber más latín que
              «<quote><emph>Castilla me fecit</emph><note place="bottom">«Brava cosa
              es, señor, que quieran en poemas de nuestra lengua introducir cinco voces, y aun seis,
              tan ajenas, que ni se usan en las conversaciones, ni las trae por nuestras Lebrija.
              ¡Temeraria osadía contra Vm.! Y aunque haya quien las acomode con la industria y
              ardides que mandare para que se entiendan, sin obscurecer ni cansar, con todo, no me
              doy por contento, ni pienso saber más latín que <emph>Castilla me fecit</emph>» (Juan
              de Jáuregui, 1902: 280).</note>»</quote>, y dice muy bien vuesa merced y lo ha probado
          con ejemplos, pues una negra palabrita<note place="bottom">Cf.: «<emph>Ex omni
              parte.</emph> Palabrita de latín es esta, perdonen, que los Teatros y los pedantes
            tenemos licencia de encajar un latinito para conservar el crédito, aunque nos
            descuidemos de saber romance» (Lope de Vega, «El teatro a los lectores»;
              2015<emph>a</emph>: 75)</note> que se atrevió a decir en su <title>Discurso
            poético</title>, que si fuera de otro le llamara <name type="authority">vuesa
            merced</name> frenético<note place="bottom"><emph>frenético</emph>
            –término del campo semántico de la locura, por entonces– no es voz usada por Jáuregui,
            salvo en su adaptación de la <emph>Farsalia</emph> (sí la usa, en cambio, Lope).
          </note>, no fue menos que «<quote><emph>verbum fortem</emph><note place="bottom">[Al
              margen, de otra mano: «Nota el latin que sabe este cauallero».</note><note
              place="bottom">«A esta suma se reduce el estilo de nuestros
                <emph>cacocelos</emph>, en nada inferiores a aquel antiguo. No procuran ni saben
              valerse de grandes argumentos y vivas sentencias para aventajarse en esa parte
              esencial a otros buenos escritores; sino, destituidos de esta mayor virtud y ya
              desesperados de alcanzarla, ocurren a la extrañeza sola del lenguaje, por si con ella
              pueden compensar el defecto; emplean su solicitud explorando dicciones prodigiosas y
              entre sí diciendo: <emph>verbum fortem quis inveniet</emph>?» (Juan de Jáuregui,
                <emph>Discurso poético</emph>, ff. 27-27v). Mercedes Blanco (2016, n. 332) relaciona
              el pasaje con <emph>Proverbia Salomonis</emph> 31, 20: «<emph>Mulierem fortem quis
                inveniet? procul et de ultimis finibus pretium eius</emph>» (‘¿Quien hallará mujer
              fuerte? Tan gran tesoro hay que irlo a buscar lejos y traerlo de los remotos confines
              del mundo’) y apunta: «A este mismo famoso texto del Antiguo Testamento hará alusión
              J. más adelante jugando con las palabras y atribuyendo a los escritores contra quienes
              dirige su censura la frase: ‘<emph>Verbum forte quis inveniet</emph>?’, queriendo
              decir que buscan afanosamente una palabra terrible para golpear los oídos de los
              incautos, como si fuera un gran tesoro». </note>»</quote>. Dios se lo pague, que tanto
          nos alegró a todos, que, a ser las de vuesa merced, se nos hubieran caído las
            quijadas<note place="bottom">Dice sobre el pasaje Mercedes Blanco (2016:
            n. 338): «Esto último es alusión a la delgadez descarnada de Jáuregui que, como una
            calavera, debe tener cuidado de que no se le caiga la quijada al reírse. Lope tiene la
            satisfacción de coger a su adversario, tan presumido de docto, en flagrante delito de
            «mal latín» como se lee en un apunte marginal. En efecto «<emph>verbum fortem</emph>» ya
            sea descuido de J. o error de copia, presenta un fallo de concordancia:
              ‘<emph>verbum</emph>’, palabra neutra, aquí en acusativo, exige la forma neutra del
            adjetivo (‘<emph>forte</emph>’) y no la masculina-femenina (‘<emph>fortem</emph>’)».
            Lope se regodea en el descuido del rival, como prueba que el escrito concluye,
            precisamente, con una nueva y maliciosa referencia a esa errónea expresión
            latina.</note>. Con esto, en prosecución de sus gracias, trae la <pb n="f. 223v"/> edad
          de <name type="polemista">Lope</name> como en afrenta<note place="bottom"
            >«Como esta obra [<emph>Jerusalén conquistada</emph>], en efecto, habrá de encerrar los
            talentos de ese ingeniazo y lo granjeado con ellos en sesenta años…» (Juan de Jáuregui,
            1902: 281). Realmente, Lope no llegaba ni a los cincuenta años cuando publicó esa
            obra.</note>, juzgada de muchos por bien empleada en tantos estudios de letras divinas y
          humanas, en la inmensidad de sus escritos perpetuo estudiante<note place="bottom">Cf.:
            «CÉSAR. Estremado ingenio tiene Julio. Él y su amo son perpetuos estudiantes» (Lope de
            Vega 2011: 296). </note> que ha igualado la naturaleza al arte, de quien dijo el
          toledano <name type="authority">Francisco Gutiérrez</name>: «<quote><emph>semper
              inexhausto</emph><note type="app" rend="I"> inexhausto <emph>em</emph>.
              inexausto <emph>E</emph> [Nuestra enmienda recupera el texto de <emph>JC</emph>,
              mientras que la lectura de <emph>E</emph> coincide con la de la <emph>Expostulatio
                Spongiae</emph>.</note><emph> prodigus ingenio</emph><note place="bottom"
             >‘Siempre pródigo en su inagotable ingenio’. Es el antepenúltimo verso
              del epigrama que este presbítero toledano le dedica a Lope en los preliminares de
                <emph>JC</emph>, [ ]4v; también está reproducido, con algunas variantes, en la
                <emph>Expostulatio Spongiae</emph>, fol. 14 v (ed. 2015: 203); González Barrera
              2011: 434 menciona varios elogios de Lope y su entorno dirigidos a
            Gutiérrez.</note>»</quote>. Pues a fe que no le faltan a vuesa merced para cincuenta
          muchos, que en Sevilla conocí yo a vuesa merced buen mamantón ahora cuarenta años<note
            place="bottom"><emph>buen mamantón</emph>: «grandecito, pero que todavía
            mamaba». Parece que la afirmación busca más ridiculizar al sevillano que ofrecer una
            referencia cronológica precisa. Con todo, teniendo en cuenta que Jáuregui había nacido
            el 24 de noviembre de 1583, nos aventuramos a conjeturar que su contrincante estaría
            esgrimiendo una hipotética estancia en Sevilla allá por 1586-1588, estancia de la que
            los biógrafos de Lope no tienen constancia plena (Sánchez Jiménez 2008; Rico García
            2014).</note>, mas cierto que nadie trataría a vuesa merced o leería sus obras que no le
          juzgue por de catorce o quince. Pero lea vuesa merced lo que de la tragedia
            <title>Edipo</title> del griego <name type="authority">Sófocles</name> escribe <name
            type="authority">Tulio</name> en lo <title>De senectute</title> y refiere <name
            type="authority">Joachim Camerario</name><note type="app" rend="I">icerón
            cuenta de Sófocles, en <emph>Sobre la vejez</emph>, VII, 22, que siguió escribiendo
            tragedias hasta siendo muy anciano y que, denunciado por sus hijos de incapacidad para
            atender su hacienda, presentó ante el jurado como prueba de lo contrario la obra que
            estaba terminando, <emph>Edipo en Colono</emph>, tras lo cual fue absuelto del cargo. La
            anécdota la trae, abreviada, Camerarius en la primera nota (<emph>Argumentum</emph>) de
            su comentario a la tragedia (<emph>Sophokleous ai epta tragõdiae Sophoclis tragoediae
              septem</emph>, p. 145; el comentario tiene paginación propia), remitiendo a
            Cicerón.</note>, que, por advertimiento de <name type="authority">Luciano</name> en
            <title>Macrobio</title><note type="app" rend="I"> Macrobio [Es referencia
            errónea por <emph>Macrobios</emph>; véase la NDE correspondiente. Como puede tratarse de
            un error cultural por parte de Lope, lo conservamos.</note><note place="bottom"
              ><emph>advertimiento</emph>: ‘advertencia, observación’. El pasaje resulta confuso.
            Quizá quiere decir que Macrobio habría transmitido en alguna de sus obras, sea las
              <emph>Saturnales</emph> o el <emph>Comentario al «Sueño de Escipión» de
            Cicerón</emph>, un apunte de Luciano sobre la gran estima de los griegos por la
            mencionada tragedia sofoclea. De ser así, Lope estaría incurriendo en un malentendido,
            como se explica en la nota siguiente.</note>, los griegos llamaron estupenda<note
            place="bottom">Parece que Lope leyó apresuradamente el pasaje de
            Camerarius. Lo que este dice es: «<emph>Lucianus in Macrobiis nomen fuisse filii
              accusatoris Iophon, et absoluto patre illum iudices comdemnasse, ῥητορευόμενος addit.
              Huius fabulae maxime admirantur dispositionem Graeci et stupendam videri
            volunt</emph>» (‘Luciano, en <emph>Longevos</emph>, añade en su condición de rétor que
            el nombre del hijo acusador fue Yofonte, y que, absuelto el padre, los jueces lo
            condenaron. De esta tragedia [<emph>Edipo en Colono</emph>] los griegos admiran
            extraordinariamente su estructura compositiva, y quieren que parezca estupenda’). Como
            se ve, el pasaje remite en realidad a un pasaje de <emph>Los longevos</emph>
              (<emph>Makrobioi, Macrobii</emph>), una de las obras atribuidas al samosatense, en
            cuyo párrafo §24 se menciona la muerte de Sófocles a los noventa y cinco años y se
            resume la anécdota judicial. </note>. Sabrá<note type="app" rend="I"> Sabrá
              [<emph>Za</emph> propone enmendar <emph>y sabrá</emph>, que nos parece
            innecesario.</note> de paso lo que le pasó al viejo con sus hijos.</p>
        <p>Aquí <name type="authority">vuesa merced</name> comienza a traer los versos en que hay
          palabras que no son castellanas, y verdaderamente quisiera responder por todas, pero, por
          huir de ser prolijo, pienso que he de quedar corto, pues por las unas se entenderán las
            otras<note place="bottom">En efecto, Jáuregui recoge en <emph>CP</emph> un
            listado de voces presuntamente no patrimoniales, con esta irónica presentación: «Primero
            oigamos la puridad castellana de la <emph>Jerusalén</emph>» (1902: 282).</note>. El
            <title>Jerusalén</title><note place="bottom">Lope alterna el artículo
            masculino y femenino al referirse a la obra. En el primer caso, como aquí, hay que
            sobreentender <emph>poema</emph>.</note> tiene tres mil y tantas estancias<note
            place="bottom"><emph>estancias</emph>: «octavas reales». En cuanto al
            número, son efectivamente 3.071 las estrofas del poema.</note>, donde verá cualquiera
          que tenga entendimiento que en tanta copia de versos era forzoso duplicar los
            términos<note place="bottom"><emph>copia</emph>: «abundancia»;
              <emph>duplicar</emph>: «repetir».</note> –cosa enojosa a cualquiera buen juicio–, y
          así fue forzoso variarlos con hermosura. No como <name type="authority">vuesa
            merced</name>, que en las miserables estancias<note place="bottom"
              ><emph>miserables</emph>: en el doble sentido de «pocas» y «ruines». La fábula consta
            de 186 octavas repartidas en cinco cantos.</note> de su <title>Orfeo</title> dice mil
          veces una cosa misma, afectando disimulos<note place="bottom">Pero solo hay
            una ocurrencia de este sintagma en el <emph>Orfeo</emph>: «que afecta disimulos contra
            el llanto» (Juan de Járegui 1624: 16r).</note> y muchos<note type="app" rend="I">
            muchos <emph>em.</emph> machos <emph>E</emph> [Aunque el pasaje es
            difícil, adoptamos la enmienda porque entendemos que Lope quiere decir que Jáuregui
            combina el verbo <emph>afectar</emph> con <emph>disimulos</emph> y otros muchos
            sustantivos. La afirmación es exagerada, pero lo cierto es que encontramos en el
              <emph>Orfeo</emph> «afectando terror», «más ambición afecta y diligencia», «sutileza
            afectando» (Juan de Járegui 1624: 8r, 24v y 26r respectivamente).</note>, y
            cediendo<note type="app" rend="I"> cediendo <emph>em.</emph> ce diento
              <emph>E</emph> sediento <emph>Am</emph> cediento? <emph>Ar Za</emph> [Adoptamos la
            enmienda a partir de este lugar del <emph>Orfeo</emph>: «afectos cede» (Juan de Jáuregui
            1624: 1r). Dada la dificultad del pasaje, apuntamos aquí otros términos que aparecen en
            la fábula y que podrían encajar en el contexto: <emph>aliento</emph> (ocho casos, más
            cuatro en plural), <emph>concento</emph> (tres más uno) <emph>acento</emph> (trece más
            cuatro), o incluso <emph>diente</emph> (dos apariciones).</note> afectos y defectos<note
            place="bottom">La secuencia pretende hacer un listado de voces reiteradas
            en el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui, pero el resultado no acaba de ser satisfactorio, y
            no solo por la mala transmisión del texto. En un par de casos, la ocurrencia es mínima:
              <emph>afectar disimulos</emph> solo consta una vez (véase n. 75), al igual que
              <emph>ceder afectos</emph> (véase n. 77). En cuanto a <emph>afecto</emph> o
              <emph>afectos</emph>, son siete las ocurrencias. No hay ninguna, en cambio, de
              <emph>defectos</emph>, por lo que hay que entender que es variación humorística
            introducida por Lope a partir de <emph>afectos</emph>.</note>; como se ve en las
            <title>Anotaciones</title> de <name type="authority">doña María de Zayas</name><note
            place="bottom">Esta es la única noticia de unas desconocidas notas de María de Zayas
            sobre el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui. A partir de esta simple mención es imposible
            saber si la novelista involucraba a Lope en su escrito, pero lo que sí queda claro por
            el contexto es que le echaba en cara al sevillano haber errado en su intento de
            presentarse como un poeta verdaderamente docto (frente a los denostados cultos, conforme
            al análisis de M. Blanco, 2016: “Las vicisitudes de un poeta y crítico”). Recuérdese,
            por lo demás, que la escritora colaboró con unos versos en los preliminares del
              <emph>Orfeo en lengua castellana</emph> y que en repetidas ocasiones manifestó su
            admiración por Lope. Sobre esto y, en general, la participación de Zayas en la vida
            literaria de la corte, _incluidas verosímilmente academias como las de Medrano y Mendoza
            en los años veinte­­_, véase Özmen (2018) y Bonilla Cerezo (2022). </note>, que si bien
          ilustre ingenio, es poco honor de vuesa merced que una mujer le haya reprehendido<note
            place="bottom">Era lugar común. Así, tratando de la reprehensión de la esposa al esposo
            en el matrimonio: «ha de mirar la mujer el lugar, que no sea delante de nadie, porque si
            el marido es cuerdo de ninguna cosa le pesa tanto como de que su mujer lo reprehenda en
            público, porque no parezca que ella lo manda a él» (Pedro Luján 1990: 116).</note>. Y
          todo esto se pudiera excusar con traer las palabras <pb n="f. 224r"/> mismas de la
            prefación<note place="bottom">Como aclara un poco más abajo, se refiere aquí Lope a la
            carta-prólogo que escribió para el <emph>Orfeo</emph> de Pérez de Montalbán, y más en
            concreto a las que cita líneas más abajo sobre las excepciones aceptables en el uso de
            voces no patrimoniales. </note>, pero quien quiere sin letras ser sofístico, claro está
          que ha de huir el rostro a la proposición<note place="bottom"><emph>proposición</emph>:
            «Entre los dialécticos es una oración breve en que se asienta alguna cosa verdadera o
            falsa» (<emph>Aut.</emph>). Cf.: «El discreto filósofo considera el sentido de la
            proposición para prevenir lo que ha de responder, conceder o negar» (Lope de Vega 2011:
            225). <emph> huir el rostro</emph>: «volver la cara, ignorar». Es expresión frecuente en
            Lope. Por ejemplo: «huir el rostro al claro desengaño» (soneto «Desmayarse, atreverse,
            estar furioso», v. 9; Lope de Vega 1993-1994: I, 461); «que tú sola no has de ser / tan
            soberbia, que tu rostro / huyas al señor que tienes» (<emph>Fuente Ovejuna</emph>, I,
            795-797; Lope de Vega 1993: 81); «Fuerte linaje de mal / es huir el rostro al bien»
            (Lope de Vega 1968; 132).</note>, porque discurriendo desde su principio se viene a la
          conclusión. Y porque el arte imita a la naturaleza, como<note type="app" rend="I"
            > como [<emph>Za</emph> propone enmendar <emph>y como</emph>, que nos parece
            innecesario.</note> ella procede de las causas a los efectos, así la ciencia
            racional<note place="bottom"><emph>ciencia racional</emph>: «dícese
            racional ciencia la lógica, en que se contiene la razón del entender» (Alfonso de
            Palencia 1992: 411v). Es traducción del tecnicismo escolástico <emph>scientia
              rationalis</emph>.</note> procede de las proposiciones a la conclusión de quien son
            causa<note place="bottom">El antecedente de <emph>quien</emph> es
              <emph>conclusión</emph>. Cf.: «Consta, pues, un discurso de razón que llaman silogismo
            de dos proposiciones y una conclusión que de ellas se colige» (Aristóteles, <emph>Ética
              a Nicómaco</emph>, trad. Pedro Simón Abril, 2002: II, 44).</note>, que así las llaman
          los lógicos. Dijo <name type="polemista">Lope</name> en la prefación del
            <title>Orfeo</title> del licenciado <name type="authority">Juan Pérez</name>, que tan
          flaco trae a vuesa merced y tan cuitado<note place="bottom"><emph>flaco</emph>: débil,
            apocado; Cf.: «Estos pensamientos y temores la traían algo flaca y algo pensativa»
            (Miguel de Cervantes 1993: 671). Lope vuelve a identificar el origen del enfado de
            Jáuregui en el pasaje de su carta-prólogo al Orfeo de Montalbán que hemos citado en la
            n. 48.</note>, esta máxima, hablando del título<note place="bottom"
            >Recuérdese que el título es <emph>Orfeo en lengua castellana</emph>. </note>:
            «<quote>con cuyo advertimiento se abstrae<note place="bottom"><emph>se
                abstrae</emph>: «se abstiene».</note> de toda voz y locución peregrina, menos las
              recibidas<note place="bottom"><emph>recibidas</emph>:
              «aceptadas».</note> y que blandamente sirven de ornamento al estilo grande<note
              place="bottom">Juan de Jáuregui, <emph>Orfeo en lengua
              castellana</emph>, ¶5r. La cita se refiere al estilo elevado o
          sublime</note>»</quote>. Dígame vuesa merced si esta excepción podrá salvar<note
            type="app" rend="I"> [En <emph>E</emph> es lectura marginal, de otra mano. En
            el cuerpo del texto quizá ponía originalmente <emph>callar</emph>, cuya <emph>c</emph>-
            fue luego tachada. <emph>Am supra lineam</emph> lee <emph>salvar</emph> tras haber
            tachado <emph>fallar</emph>.</note> las voces de la <title>Jerusalén</title>. Mas, ¿cómo
          podrá negarlo? Y si dice <emph>blandamente</emph>, ¿cómo librará las suyas,
              <quote><emph>palude, morbo, Dite, Pluto</emph></quote> (que otros leen
            <emph>puto</emph><note place="bottom"><emph>puto</emph>: «sodomita». Lope
            paga a Jáuregui con la misma moneda, pues el sevillano había escrito: «Candeloro (que
            otros leen Candelero)» (Juan de Jáuregui 1902: 282). Cf.: «Mendoza, que otros leen
            Mendacio» (Quevedo 2020: 480). </note>, chiste<note type="app" rend="I">
            chiste <emph>em.</emph> chistes <emph>E</emph> [El plural no se justifica en el contexto
            (véase la nota correspondiente al pasaje) y tiene que ser fruto de un error de
            transmisión.</note> de <name type="authority">vuesa merced</name> en su <title>maestro
            Lisarte)</title><note place="bottom">Lope parece referirse aquí a un
            pasaje de <emph>CP</emph>, en que tras citar este verso de la <emph>Jerusalén</emph>
            («[o] el Lopo, donde braman los demonios», XIV, 106, 8), apunta Jáuregui: «Aquí
            enmiendan los doctos una sola letra, y leen así: “el Lope, donde braman los demonios”.
            Aplícanlo al tiempo presente, diciendo que fue un vaticinio en que Vm., como poeta, dijo
            en profecía lo que hoy le sucede» (1902: 293). Ahora Lope le devuelve la gracia
            tachándolo a él de sodomita (<emph>puto</emph>).</note>? De <emph>palude</emph><note
            place="bottom">Jáuregui usa <emph>palude</emph> una sola vez en el
              <emph>Orfeo</emph>, 6v.: «Nunca por yerro de accidente en esta / palude o risco…». Ya
            había reparado en esa voz Góngora, cuyo soneto «Es el Orfeo del señor don Juan» termina
            justamente así: «cisne gentil de la infernal palude» [OC468]. Como también lo hizo
            Salcedo Coronel, quien, al comentar ese soneto, se refiere al <emph>Orfeo</emph> como
            «poema digno de todo aplauso y estimación por la disposición y el número, pero en él
            introdujo [Jáuregui], contra sus mismos preceptos, algunas voces muy extrañas a nuestra
            lengua, de las cuales una fue <emph>palude</emph>» (Salcedo, <emph>Obras de don Luis de
              Góngora comentadas. Segundo tomo</emph>, Madrid: Diego Díaz de la Carrera, 1645, p.
            620; lo señala Mercedes Blanco 2016, n. 106). Véase, asimismo, la n. 107 sobre la
            etimología y la escasa difusión de <emph>palude</emph> entre los autores españoles de la
            época.</note> tuvo dicha vuesa merced que fuere muerto el presidente Laguna, que no
          sufriera que vuesa merced llamara <emph>paludes</emph> a los de este linaje de Laguna<note
            place="bottom">El personaje aludido es Pablo de Laguna, consejero de
            Felipe II y Felipe III que ejerció como presidente de los Consejos de Hacienda
            (1592-1595, con título de Gobernador) y de las Indias (1595-1603), dejando fama de
            riguroso en el ejercicio de sus cargos. Había fallecido en julio de 1606 siendo obispo
            de Córdoba, en cuya mezquita-catedral está enterrado. </note>. Y en lo de
            <emph>morbo</emph>, porque no use vuesa merced otra vez esta voz para consonante de
            <emph>estorbo</emph> y <emph>corvo</emph><note place="bottom">Esas tres
            voces forman, en efecto, la rima B en la octava que empieza “Ya enmudece su canto, y la
            rudeza” (Juan de Jáuregui 1624: 7v). <emph>Morbo</emph> lo utiliza ocasionalmente Lope
            de Vega, como documenta <emph>Voc. s.v.</emph>
          </note>, le quiero advertir que es nombre y verbo <emph>sorbo</emph>, y que hay
            <emph>torvo</emph> y <emph>Pancorbo</emph>; y para <emph>indica, tica</emph> y
            <emph>mica</emph>,<note type="app" rend="I"> y para indica <emph>em.</emph> y
            para dica y indica <emph>E</emph> [La enmienda se basa en dos razones. Una, eliminar una
            voz (<emph>dica</emph>) no documentada en la época; y otra, aplicar al pasaje la pauta
            lógico-gramatical que domina el periodo: señalar una palabra que aparece en el
              <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui en posición de rima y apuntar unas voces que hagan
            consonancia con ella. Con todo no puede descartarse que Lope hubiese escrito: <emph>y
              para indica, Dica, tica y Mica</emph>; para <emph>Dica</emph>, voz no usada por
            Jáuregui, cf.: «Y así sería muy justo que así el comer como la curiosidad de los
            cocineros se reformase y que se volviesen a usar las leyes antiguas Fania, Arquia y
            Dica, que los moderaban y corregían» (Juan de Arce de Otárola 1995: I, 399).</note><note
            place="bottom"><emph>indica</emph> aparece una vez en el
              <emph>Orfeo</emph> (f. 2r) en posición de rima, como segunda consonancia entre
              <emph>implica</emph> y <emph>esplica.</emph> En cuanto a <emph>tica</emph>, es voz
            rara, pero de la que hay algún testimonio escrito en la época; cf.: «Si fuere invierno,
            no los despojen de una vez de todos los vestidos interiores, déjenle por tres o cuatro
            días su tica o jubón porque no les acometa de una vez y de golpe el frío» (San Juan
            Bautista de la Concepción 1999: III, 721). En el caso de <emph>mica</emph>, si se trata
            del femenino de <emph>mico</emph>, podría ser una invención humorística de Lope, dado
            que no hemos encontrado documentación escrita en la época. Otra opción es que se trate
            de una forma dialectal aragonesa por ‘migaja’.</note>, y si vuesa merced se hallase en
          grande aprieto, no se le dé nada de poner <emph>borrica</emph>, no le tiente el diablo de
          poner alguna cosa mala<note place="bottom">Se refiere, sin decirlo, a
              <emph>crica</emph>: «<emph>cunnus</emph>» (cf. <emph>Poesía erótica del Siglo de
              Oro</emph>, 95 y 112). La asociación en rima entre <emph>borrica</emph> y
              <emph>crica</emph> se documenta ya en un decir obsceno de Alfonso Álvarez de
            Villasandino: «Señora fermosa e rica, / yo querría recalcar / en ese vuestro albañar /
            mi pija, quier grande o chica. / Como el asno a la borrica / vos querría enamorar; / non
            vos ver, mas apalpar / yo deseo vuestra crica» (<emph>Cancionero de Baena</emph> 1993:
            131).</note>; que para <emph>Dite</emph><note place="bottom"><emph>
              Dite</emph>: «Plutón». Consta dos veces en el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui, ambas en
            posición de rima, la primera con <emph>compite</emph> y <emph>admite</emph> (f. 10r), la
            segunda con <emph>permite</emph> (16v).</note> no faltará <emph>chite</emph><note
            place="bottom"><emph> chite</emph>: «¡chitón!»; como documenta
              <emph>Voc.</emph>, Lope usa tanto <emph>chite</emph> como<emph> chito</emph> y
              <emph>chitón</emph>.</note>, <emph>escondite</emph> y el Conde de
            <emph>Belchite</emph><note type="app" rend="I">ondado fundado por los Reyes
            Católicos en 1496, que desde 1621 ostentaba Antonio Fernández de Híjar y Sancho
            (1535-1629), X conde de Belchite. Lope menciona a un antepasado suyo (Juan Cristóbal
            Fernández de Híjar, IV duque de Híjar y V conde de Belchite, m. 1614) bajo disfraz
            campesino en el <emph>Romance a las venturosas bodas que se celebraron en la insigne
              ciudad de Valencia</emph>, vv. 217-220, sobre las bodas dobles de Felipe III e Isabel
            Clara Eugenia en abril de 1599: «Melchior de Híjar y Belchite, / con su Francisca
            encubierta, / que por honra de Aragón / trujo un carro de oro y seda» (Lope de Vega
            2004: 207).</note>; que <emph>Pluto</emph><note place="bottom"><emph>
              Pluto</emph> aparece una vez en el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui, rimando con<emph>
              luto</emph> (f. 5 v.); en cambio: «que violó de Plutón el gran preceto» (f.
            17v).</note>
          <note place="bottom"/>ahí se tiene <emph>oste puto</emph><note place="bottom"
           >«Ox, oxete, oxte, oste, oiste denotan huir algo dañoso: ox que pica, ox
            que quema, <anchor xml:id="acierto28"/>oste puto, guarda afuera, y se truecan unas por
            otras» (Gonzalo Correas 1954: 355). </note>, <emph>langaruto</emph><note place="bottom"
           ><emph> langaruto</emph>: «larguirucho»; lo recoge Covarrubias en su
              <emph>Tesoro</emph> (ed. 1611: 514v) con la anotación: «Es vocablo bárbaro»; cf. «Oh
            mundo corrupto, si no fueras redondo, fueras <emph>langaruto</emph>»<emph> (Pedro
              Espinosa 1991: 158).</emph></note> y <emph>zambacañuto</emph><note place="bottom"
           ><emph>zambacañuto</emph>: algo así como «zopenco, botarate», según se
            desprende de un pasaje como este, en el que una moza ceceosa despide a un galán
            impertinente: «…y zi quiere divertirze baile la çarabanda, que ez un çambacañuto, y no
            mereze maz rezpuesta çu atrevimiento» (Marcos García, <emph>La flema de Pedro
              Hernandez</emph>, Madrid: Gregorio Rodriguez, 1657, p. 79; conservamos
            excepcionalmente la peculiar grafía del pasaje); cf.: «Hueco estoy como cañuto, / y me
            hincha mi pasión / de tanto zambacañuto, / que en mi corto corazón / no cabe amor
            longoruto» ([Félix Persio, <emph>Bertiso</emph>], <emph>Entremés famoso de la infanta
              Palancona en forma de comedia</emph>, s.l., s.n., s.a., p. 2).</note>. Las de <name
            type="polemista">Lope</name> son dulces, sonoras, graves y hermosas, y no fuera de su
          lugar y propósito, «<quote><emph>nam ea sunt idem genere, quae sunt sub eodem
              genere</emph><note place="bottom">(‘pues son lo mismo en el género las
              cosas que están bajo el mismo género’). La sentencia consta en Girolamo Savonarola,
                <emph>Compendium logices</emph>, que es el último de los cuatro libros recogidos,
              con paginación propia, en <emph>Compendium totius philosophiae, tam naturalis quam
                moralis</emph>, Venecia: [Aurelio Pinzi], 1534, f. 57r; la nota marginal del pasaje
              («7 to. per totum») remite al libro VII de los <emph>Topica</emph> de Aristóteles. El
              manejo de esa fuente es un indicio importante para apoyar la autoría lopesca del
                <emph>Anti-Jaúregui</emph> (Montero: en prensa). Sobre Lope y Savonarola, véase más
              abajo la n. 187.</note>»</quote>. Mas esto es hablar a vuesa merced en tudesco.
            <emph>Mane</emph><note type="app" rend="I"> Mane <emph>em.</emph> Manes
              <emph>E</emph> [Tanto en <emph>JC</emph> como en <emph>CP</emph> se lee
              <emph>Mane</emph>, lo que hace improbable que Lope haya escrito aquí
              <emph>Manes.</emph> Véase la nota correspondiente.</note> y <emph>esquéleto</emph>,
            <pb n="f. 224v"/> de quien vuesa merced hace tanta fiesta, están recibidos, y así entran
          en la excepción<note place="bottom">Se refiere, claro, a la excepción
            anunciada en el prefacio del <emph>Orfeo</emph> de Montalbán. Los dos términos citados
            aparecen en el mismo verso de la <emph>Jerusalén</emph>: «Al Mane, cuyo esquéleto yacía,
            / miraba el persa despegar del paño» (I, 21, 1; 1609; 5v, con erudita apostilla
            marginal). Con el primer endecasílabo de esos dos inicia Jáuregui un listado de versos
            con voces censurables, que Lope va defendiendo, aunque no lo hace ni en el mismo orden
            ni con todas. <emph>Mane</emph> en el sentido de ‘espíritu de un difunto’ y en singular
            no parece voz tan recibida como afirma Lope (no la recog <emph>Aut.</emph>, por
            ejemplo). Lope usa otras veces de <emph>esquéleto</emph>: «Salí de la cabaña, y de la
            astuta / vieja vi el flaco esquéleto arrugado» (Égloga <emph>Farmaceutria</emph>,
            55-56); «Un árbol, cuyo fruto / desatados corales imitaba, / volvió la pompa en luto, /
            vengándose un jazmín que le envidiaba, / así le deja esquéleto, y le priva / del alma
            natural vegetativa» (<emph>Huerto deshecho</emph>, 121-126; Lope de Vega 1998: 416 y
            741, respectivamente). </note>. <emph>Penícoma</emph> es ilustre para ornamento<note
            place="bottom"><emph>Penícoma</emph>: «de plumada cabellera». Lope había
            escrito, describiendo las armas defensivas de un caballero cristiano: «La celada
            penícoma que al viento / ramos de azahar y claveles vierte» (I, 64, 1; 1609: 12v); en el
            ladillo marginal cita a Mantuano (o sea, Battista Spagnoli): <emph>Pennicomas tollunt
              galeas</emph> (‘levantan las celadas penícomas’), que es <emph>iunctura</emph>
            mencionada por Ravisio Textor en sus <emph>Epitheta s.v. Galea</emph> (Conde Parrado
            2017: 397). Probablemente se trate de un hápax en lengua española.</note>;
            <emph>nadir</emph> es propio vocablo opuesto a <emph>zenit</emph>, que no tiene
            otro<note place="bottom">Jáuregui (1902: 282) había listado el verso de
              <emph>JC</emph> «cuyo nadir los ínfimos jueces» (I, 33, 6; 1609: 7v); Lope vuelve a
            usar <emph>nadir</emph> en <emph>JC</emph>, XIX, 59, 2, y en la apostilla a XIII, 19, 2.
            Y también en otros lugares, como atestigua <emph>Voc.</emph></note>; pues a los
            <emph>antropofagos</emph><note place="bottom">Jáuregui (1902: 282) había
            registrado este verso de <emph>JC</emph>: «que si fuera voraz antropofago» (I, 40, 8;
            1609: 8v). El <emph>Voc.</emph> registra al menos otro uso de la voz por Lope, esta vez
            aplicada a los indios del Brasil. </note>, ¿qué quería vuesa merced, que los llamase
          toledanos? <emph>Teristro</emph> no le hay en nuestra lengua<note place="bottom"
           >Jáuregui (1902: 285) había anotado este verso de <emph>JC</emph>: «bella
            Tamar que en el teristro fía» (VII, 134, 5; 1609: 172r); en la apostilla marginal:
            «Teristro, velo o paño de manos labrado». Lope lo usó otras veces, siempre en verso; por
            ejemplo, aplicado a Tamar, en <emph>Pastores de Belén</emph>: «cubierto el rostro de un
            sutil teristro» (1991: 309); o hablando de una romana: «de un teristro o cendal cubrió
            la cara» (<emph>Descripción de la Tapada</emph>, 428; 1983: 717).</note>, porque es
              «<quote><emph>velum aestivale, peplum et amictum lineum</emph><note place="bottom"
             >(‘velo estival, manto y amito de lino’). La definición que da Lope
              procede de este diccionario: Diego Jiménez Arias,<emph> Lexicon Ecclesiasticum latino
                hispanicum…</emph>, Salmanticae: in aedibus Dominici a Portonarijs ..., 1572,
                225<emph>b, s.v. Theristrum</emph> «<emph>Id est velum aestivale</emph>. La dicción
              hebrea. Gen. 38, sig<emph>. peplum amictumque lineum</emph>. Que era como almalafa o
              manto de mujer de lino delgadísimo o toalla y paño de manos labrado con que Tamar
              cubrió su rostro. En Isaías <emph>Theristra</emph> sig. ropas para verano delgadas».
              La referencia a Tamar remite a Génesis, 38, 13. Tras la <emph>princeps</emph>, la obra
              tuvo frecuentes ediciones, por lo que es difícil precisar cuál pudo utilizar
              Lope.</note>»</quote>. Pues <emph>cálatos</emph> es del lugar del profeta<note
            place="bottom">Jáuregui (1902: 282) había puesto en su lista este verso de
            Lope: «los cálatos de fruta, ni los días» (I, 149, 7; 1609: 26v), siendo
              <emph>cálato</emph>: «cesto de mimbre o de juncos entrelazado»). Lope remite ahora a
            lo ya dicho en la apostilla marginal: «<emph>Ecce duo calathi pleni ficis</emph>» (Jer.,
            I, 24:1).</note>, y aquí bien pienso yo que vuesa merced dijera <emph>banastos</emph> o
            <emph>cestos</emph>, cosa tan ordinaria como en sus <title>Rimas</title>
            «<quote>piltrafa, gatafa, dizque<note type="app" rend="I"> dizque, guizque [La
              voz <emph>dizque</emph> o <emph>diz que</emph> no se documenta en las
                <emph>Rimas</emph> de Jáuregui, por lo que su mención no resulta aquí pertinente.
              Podría tratarse de una inserción más o menos intencionada por parte de Lope o de un
              descuido del copista, acaso a partir de alguna anotación marginal en su modelo. En la
              duda, mantenemos el texto de <emph>E</emph>.</note>, guizque y morro<note
              place="bottom">Lope arracima aquí unas voces sacadas de la sátira «Bien
              pensarás, oh Lidia engañadora», menos una, <emph>dizque</emph>, no usada por Jáuregui
              en las <emph>Rimas: piltrafa</emph>: «prostituta» («que ha inventado guillota ni
              piltrafa»); <emph>gatafa</emph>: «¿treta para desplumar a alguien?» («ya que con él me
              armaste de gatafa»); <emph>guizque</emph>: «gancho» («que no la ofende un guizque ni
              guijarro»); «si se trastorna el cielo, bajo el morro»; referencias en Jáuregui,
                <emph>Rimas</emph> 1618: 200 y 202. También Lope usa <emph>morro</emph>, como
              documenta <emph>Voc.</emph></note>»</quote>, sin los que remito al papel del <name
            type="polemista">Alférez Estrada</name><title> en defensa de don Luis de
            Góngora</title><note place="bottom">De esta respuesta, hoy en día
            desconocida, al <emph>Antídoto</emph> de Jáuregui nos ocupamos en la Introducción,
            5.2.</note><emph>. Gormáticos</emph> es yerro de la impresión, que fue en su
            ausencia<note place="bottom">Así lo indica Baltasar Elisio de Medinilla en
            un breve aviso preliminar «a los aficionados a los escritos de Lope de Vega», en el que
            justifica la inclusión en el libro de un elogio de Lope por Francisco Pacheco, «sin
            consentimiento suyo [de Lope], habiendo quedado a corregir la impresión de su
              <emph>Jerusalén</emph> en ausencia suya» (1609: ¶1r). Sobre <emph>gormáticos</emph>
            como supuesto derivado de <emph>gormar</emph> ‘vomitar’, había apuntado Jáuregui:
            «“gormáticos redobles.” No fuera tan bueno <emph>cromáticos</emph> como
              <emph>gormáticos</emph>, porque aquel es griego, y este de Vm. significa claramente
              <emph>gormar</emph>» (1902: 282). En <emph>JC</emph>, el término aparece en este
            contexto: «Ya comenzaban a trinar las aves, / quiebras, falsos, gormáticos redobles»
              (<emph>JC</emph>, I, 15, 1-2; 1609: 4v). </note>; pruébase con el fin del segundo
          canto de la <title>Filomena</title>, donde dice <emph>cromáticos</emph><note
            place="bottom">Incitando a Filomena a que cante, escribe Lope: «mezcla con
            suavidad, clarín sagrado, / sin que puedas temer pájaros viles, / al género cromático y
            diatónico, / con intervalo dulce el enharmónico» (1621: 58v). Sobre este uso del
            adjetivo, cf. Lope de Vega 2011: 236, n. 580.</note>. <emph>Dulimán</emph> es nombre que
          bárbaramente llama el vulgo <emph>turbante</emph><note place="bottom"
            >Jáuregui había registrado: «Bañado [pero <emph>bañando en JC</emph>] en sangre el
            dulimán y estrado» (1902: 282; <emph>JC</emph>, I, 19, 7; 1609: 5r). Pero, contra lo que
            ahora dice Lope, no se trata del turbante sino de una vestidura talar propia de los
            turcos (DRAE). Este es el sentido que toma la voz en la acotación marginal a
              <emph>JC</emph>, IV, 96, 5: unos arqueros de los turcos «traen un dulimán hasta la
            rodilla» (1609: 89r). <space/>En <emph>La doncella Teodor</emph>, II, 1756-1757, en
            cambio, usa <emph>dulipán</emph> para referirse al turbante: «Ponte un gran dulipán en
            la cabeza, / ciñe un dorado alfanje damasquino» (<emph>Voc., s.v.</emph>).
              <emph>Dulimán</emph> llama Lope al padre del protagonista en su comedia <emph>El negro
              del mejor amo, Antiobo de Cerdeña.</emph></note>. De los nombres historiales no hallo
          más defensa que su poca literatura de vuesa merced<note place="bottom"
            >Jáuregui había insertado, en medio de su listado de versos de Lope, este irónico
            comentario: «Quiero advertir a todos, señor Lisarte, que ningún nombre de los que alego
            es propio de persona, provincia, monte ni río, o cosa tal, como otros de la misma
            epopeya: <emph>Tomorabel</emph> [pero Lope: <emph>Tomorobel</emph>]<emph>, Baldraca,
              Trangolopico, Pimampiro, Candeloro</emph> (que otros leen <emph>Candelero</emph>),
            porque estos, aunque sean suaves y tiernos, dirán que no hay que agradecer a Vm., por
            ser propios como se hallan» (1902: 282-283).</note>, y si Trangolipico<note
              type="app" rend="I"> Trangolipico <emph>em.</emph> Trangolépico <emph>E</emph>
            [La lectura de <emph>Ar</emph> en este caso es <emph>Tranjoliptico</emph>, que
            atribuimos a la intervención de alguno de los copistas intermediarios.</note> fue soldán
            turco<note place="bottom"><emph>soldán</emph>: «sultán». Lope había
            escrito: «Nunca desde el feroz Trangolipico / y el capitán famoso Muralecio», y en la
            apostilla marginal se lee: «Estos capitanes turcos y escitas ganaron la Persia y de
            ellos descienden los califas» (<emph>JC</emph>, XVII, 96, 1-2; 1609: 438r). Cf.: «Pero
            en este tiempo le sucedió a Pisasiro cómo pagase sus malos tratos y tiranías, porque
            habiendo muerto a los turcos moradores del monte Cáucaso y robádolos, enviaron los
            turcos a Trangolipico Moncadeto con un buen golpe de ejército (…), y bajando a los
            confines de Persia y otros reinos convecinos, mataron gente sin número y a los mismos
            califas, y de esta vez quedaron señores, entre otras provincias, los turcos de Persia, y
            Trangolipico se llamó grande Soldán, y le sucedieron sus sobrinos» (Juan de Persia 1946:
            101-102). Los hechos y el personaje aludido remiten a <emph>circa</emph> 870. Más
            detalles aporta el franciscano Juan de Pineda, <emph>Tercera parte de la monarquía
              eclesiástica o historia universal del mundo</emph>, Barcelona, Jaime Cendrat, 1594:
            170r (lib. 19, cap. 3), con referencias similares a las que da Lope a continuación.
          </note>, como refieren <name type="authority">Gerardo Mercator</name>, <name
            type="authority">Volfango Lacio</name>, <name type="authority">Cedreno</name> y <name
            type="authority">Cuspiniano</name> en su <title>Origen</title><note place="bottom"
           >Lope menciona un abigarrado cuarteto de autores que se ocuparon de los
            hechos de los turcos. El cartógrafo flamenco Gerard de Cremer o Kremer los recogió en la
            cronología universal que constituye la primera sección de su <emph>Atlas</emph> (1569).
            El húngaro Wolfgang Laz (Lazius) es autor de <emph>Rei contra Turcas gestae, anno 1556,
              brevis descriptio</emph>… (1557). El griego bizantino Georgios Kedrenos redactó en el
            siglo XI una sinopsis histórica que circuló impresa en el s. XVI con el título de
              <emph>Compendium historiarum</emph>. Por último, el austríaco Johannes Cuspinianus
            escribió <emph>De Turcorum origine, religione, ac immanissima eorum in Christianos
              tyrannide</emph>, impresa por vez primera en 1541.</note>, ¿quería vuesa merced que le
          llamase Pero Hernández<note place="bottom">La elección de este nombre corriente es del
            todo intencionada, pues corresponde a un personaje proverbial conocido por su
            impertinencia y falta de gracia: «La flema de Pero Hernández. Fue un personaxe de
            entremés tan flemátiko ke de puro frío era grazioso, i se tomó su flema por rrefrán»
            (Gonzalo Correas 1967:p. 224). <seg rend="machineaecrirehtml">De hecho, se conocen dos
              entremeses anónimos de Pedro Hernández y el Corregidor, en los que</seg> «el personaje
            del flemático sirviente homónimo se transforma inopinadamente en un expeditivo
            corregidor que dicta sorprendentes resoluciones» (Héctor Brioso Santos 2017:
            165).</note> o <name type="authority">Lisarte de la Llana</name> porque le parece áspero
          a vuesa merced? Que no sé si es más dulce <name type="polemista">Jáuregui</name>, pues
          cuando vuesa merced fuera tan santo como deseó<note type="app" rend="I"> deseó
              <emph>E</emph> [deseo] <emph>Am Ar</emph> desea <emph>Za</emph>
          </note> don <name type="polemista">Luis de Góngora</name> cuando dijo: «<quote>tan santo
            le haga Dios como es Letrán<note place="bottom">Es el v. 8 del soneto «Es
              el Orfeo del señor don Juan» [OC468].</note>»</quote>, pienso que por la aspereza de
          su nombre solo le invocaran a vuesa merced los del valle de Jauja<note place="bottom"
           >El nombre deriva de la existencia de la comunidad indígena de los xauxa.
            En Jauja estableció Pizarro la primera capital del Perú. Actualmente, es la capital de
            la provincia del mismo nombre en el departamento de Junín (Montiel 2007: 81 ss.). Ese
            valle tenía fama de tierra fértil, de lo que el propio Lope se hace eco alguna vez:
            «críe el valle de Jauja y la vecina / tierra de Chinca y Andagaila el trigo» (Epístola
              <emph>Al Doctor Matías de</emph> Porras, 224-225; 1983: 1242). Pero esto propició su
            pronta conversión en motivo burlesco, como actualización de la tradicional tierra de
            Cucaña, así en el <emph>paso</emph> de Lope de Rueda <emph>La tierra de Jauja</emph>;
            cf.: «Viendo esto he creído la patraña / que cuentan los burlescos escritores / de la
            tierra de Jauja y de Cucaña» (Juan de la Cueva 1988: 74). Aquí Lope se acuerda del
            topónimo por la similitud fonética con Jáuregui.</note>. La ciudad que pintó <name
            type="authority">san Juan</name> en el <title>Apocalipsi</title>, capítulo 21, tiene por
          la décima piedra al <emph>crisopaso</emph><note place="bottom">Jáuregui
            había apuntado: «Con crisopasos de diversas listas» (1902: 284; <emph>JC</emph>, IV, 2,
            6; 1609: 73r, que trae <emph>crisoprasos</emph>, con variación en la nota marginal:
            «Crisopaso: una piedra preciosa verde»). En efecto, el <emph>crisopraso,
              crisopaso</emph> o <emph>crisoprasa</emph> (como trae el DRAE), es la ágata de color
            verde claro. El término que aparece en <emph>Apo.</emph> 21, 20 es
              <emph>chrysoprasus</emph>. Cf.: «El primero fundamento era de jaspe (…), el décimo de
              <anchor xml:id="acierto10"/>crisopaso…» (Juan de Pineda 1964: V, 432). Lope también la
            denomina <emph>crisopo</emph> (<emph>Voc.</emph>).</note><emph>. Braza, briol</emph> y
            <emph>chafaldete</emph> son nombres propios de las jarcias de las naves<note
            place="bottom">Los tres términos aparecen en un verso («que la braza, el
            briol y el chafaldete») registrado por Jáuregui (1902: 282; <emph>JC</emph>, I, 138, 3;
            ed. 1609: f. 25r). </note>, <pb n="f. 225r"/> y no los habiendo de otra suerte, muestra
          vuesa merced muy bien que ignora la mar como la tierra y que solo anda en el aire, lleno
          de presunción, fantasía y atrevimiento<note place="bottom"
              ><emph>fantasía</emph>: «arrogancia». <emph>Andar por el aire</emph> se asociaba, en
            efecto, con la presunción y arrogancia desmedidas e inútiles. Cf.: «¡Oh, cuántos
            teólogos andan a caza de sutilezas volando por el aire» (Fray Luis de Granada 1998: 30);
            «Mi hermano, como buen latino y gentil estudiante, anduvo por los aires derivando el
            suyo» (Mateo Alemán 1987: II, 213); «No soy de las que anticipan / la voluntad a los
            hombres: / miro después que me miran, / hablo después que me hablan, / quiero después de
            querida, / que no soy como mi ama, / que de la primera vista de Carlos / anda en los
            aires» (Lope de Vega, <emph>Porfiando vence amor</emph>, I, vv. 162-166; <emph>La Vega
              del Parnaso</emph>, II, p. 205). Lope ya había apuntado la presunción de Jáuregui años
            atrás (1620: 265rº): «(...) don Juan de Xáuregui, hidalgo sevillano de más presunción en
            la poesía que <lb/>acierto, pero de buenas letras y bastante erudición y extremadísimo
            pintor (...)».</note>. Así declaró <name type="authority">san Agustín</name> el lugar
          del <name type="authority">sabio</name>: «<quote><emph>Praesumptio spiritus audaciam et
              superbiam significat</emph><note place="bottom">(‘La presunción es señal
              de atrevimiento y soberbia de espíritu’). La cita de Agustín se localiza en <emph>De
                sermone Domini in monte</emph> (<emph>Sobre el sermón de la montaña</emph>), I, 3,
              56-57 (cf. Mateo 5, 3): «<emph>beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum
                caelorum. Legimus scriptum de appetitione rerum temporalium: omnia uanitas et
                praesumptio spiritus; praesumptio autem spiritus audaciam et superbiam
                significat</emph>» (‘Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el
              reino de los cielos. Leemos escrito sobre el apetito de los bienes temporales: todo es
              vanidad y presunción del espíritu, pues la presunción es señal de atrevimiento y
              soberbia de espíritu’). Ahora bien, la frase «<emph>omnia uanitas et praesumptio
                spiritus</emph>» procede de una versión no-Vulgata de Eclesiastés 1, 14, por eso
              puede decir Lope que san Agustín está declarando un lugar del Sabio, o sea, Salomón, a
              quien se consideró tradicionalmente autor de ese libro sapiencial. Lope vuelve a citar
              la obra de san Agustín en la dedicatoria de <emph>La inocente sangre</emph> (Case
              1975: 220).</note>»</quote>.</p>
        <p>Ni querría cansar ni cansarme<note place="bottom">Era fórmula común: «estoy cansado de
            cansar y de cansarme» (Luis de Góngora, carta a don Francisco de Corral, 1 de setiembre
            de 1620, [OC52]); «que no quiero cansar ni cansarme en reducir a términos tan cortos lo
            que los tuvo tan grandes» (Fernando Monforte y Herrera, <emph>Relación de las fiestas
              que ha hecho el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid en la canonización
              de san Ignacio de Loyola, y san Francisco Javier</emph>, Madrid, Luis Sánchez, 1622,
            50v)</note>, mayormente viendo que vuesa merced cubre su ignorancia con donaires tan
          viles, que tengo vergüenza de tomarlos en la boca. A un moro que <name type="polemista"
            >Lope</name> llama <emph>Candeloro</emph>, llama vuesa merced
            <emph>Candelero</emph><note place="bottom">Jáuregui había escrito:
              «<emph>Candeloro</emph> (que otros leen <emph>Candelero</emph>)» (1902: 282). El
            personaje, uno de los capitanes de los infieles, es nombrado por vez primera en
              <emph>JC</emph>, I, 93, 8 (1609: 17v).</note>. ¡Bien haya la madre que le parió!
          Cierto que merecía, con el mismo, el barato de Juan del Carpio<note place="bottom"
           >O sea, que le den un candelerazo como <emph>barato</emph> o propina por su
            servicio; <emph>mismo</emph> se refiere, por tanto, a <emph>Candelero</emph>. Cf.:
              «<emph>Candelerazo</emph>, golpe que se da con el candelero. Esto acontece muy de
            ordinario a los que juegan de noche, y se desavienen arrojándose unos a otros lo que más
            tienen a mano, que suelen ser los candeleros. En esta moneda llevó su barato Juan del
            Carpio, quebrándole los cascos, y quedó un proverbio: <emph>El barato de Juan del
              Carpio</emph>, después de haberse desvelado, dándoles velas y despabilándolas»
            (Sebastián de Covarrubias, <emph>Tesoro de la lengua castellana o española</emph>, s.v.
              <emph>candelero</emph>; ed. 1611, 187r)</note>. Y para que vea que todas sus gracias
          son con esta misma frialdad, mire cómo a los <emph>azapos</emph> del Turco llamó
            <emph>gazapos</emph><note place="bottom"><emph>azapos</emph>: «arqueros de
            los turcos». A propósito del verso de <emph>JC</emph> «Dos mil azapos con sus flechas
            persas»(XX, 154, 1; 1609: 534v), había apuntado Jáuregui: «Desto<emph>azapos</emph>
            gasta Vm. infinitos. Algunos leen <emph>gazapos</emph>. Todo es bueno» (1902: 287). El
            verso citado es el último de una serie de ocho que traen la misma voz: IV, 96, 5; IX,
            82, 1; IX, 129, 7; X, 4, 7; X, 28, 1; XVIII, 20, 6; y XX, 63, 5. Los dos primeros tienen
            una acotación marginal definiendo el término. Jáuregui también incluye IV, 96, 5, IX,
            129, 7 y XX, 63, 5 en su listado de versos dignos de condena (1902: 284 y 287). Lope usa
            otras veces de la voz (<emph>Voc.</emph>, s.v.).</note>, a <name type="polemista"
            >Lope</name>, <emph>Lopo</emph><note place="bottom">Véase más arriba la n.
            94.</note>. Y aquello de las <emph>tías</emph> equivocó, pues los que leyeren su
            <title>Discurso</title> de <name type="polemista">vuesa merced</name>, solo escrito para
          legos, no sabrán que <emph>tías</emph> es árbol<note place="bottom">Jáuregui
            había registrado, en orden inverso, los dos lugares de <emph>JC</emph> en que aparece la
            voz: «Margaritas preciosas, tías suaves» (III, 48, 7; 1609: 59r) «mirras, tías y
            bálsamos fragantes» (III, 55, 6; 1609: 60r, con lectura <emph>fragrantes</emph>),
            añadiendo este comentario jocoso: «Estos árboles que Vm. llama <emph>suaves tías</emph>
            hacen docta alusión al gran apotegma de Sócrates: “tías, hermanas y agüelas, para mí que
            no tengo muelas”» (1902: 283). La <emph>tía</emph> está identificada como árbol en la
            anotación a <emph>JC</emph> III, 48, 7, que remite a Diego Jiménez Arias <seg
              rend="coverlist">1572: 226b-227a, s.v. Tinus</seg>: «<seg rend="coverlist">Cosa del
              árbol llamado thya, de madera olorosísima y muy aromática, que abunda en África y de
              que el templo de Salomón se edificó</seg>».</note>. Con más gracia lo dijo don <name
            type="authority">Antonio de Mendoza</name> en su comedia, enfadado de una tía, que
          estaba bien con Matatías<note place="bottom"><emph>Matatías</emph>, sacerdote del templo
            de Jerusalén que en el año 167 a.C. se rebeló contra la helenización impuesta por el
            soberano seléucida Antíoco IV, revuelta que fue continuada hasta la victoria por su hijo
            Judas Macabeo, sobrenombre que pasó a designar a todos sus descendientes. Lope se
            refiere a un pasaje de la comedia <emph>Cada loco con su tema</emph> de Antonio Hurtado
            de Mendoza (III, 2591-2596; 2012: 249): «<emph>Bern.</emph> Soy muy devoto del padre /
            de los santos Macabeos. / <emph>Tía.</emph> ¿Hay tales bellaquerías? /
              <emph>Luis.</emph> Eso no lo entiendo yo, / ¿por qué? <emph>Bern.</emph> Porque se
            llamó / no menos que Matatías». Recuérdese que Antonio Hurtado de Mendoza difundió una
            carta contra las <emph>Rimas</emph> de Jáuregui al poco de publicarse (López Estrada
            1955) y que Lope le dirige la epístola I de <emph>La Circe</emph>, libro que cuenta,
            además, con una aprobación del secretario de Felipe IV.</note>. Y están de suerte estos
          chistes vinculados en su ingeniote de vuesa merced<note place="bottom"
            >Jáuregui había aludido antes al <emph>ingeniazo</emph> de Lope (1902: 281). El cambio
            en la derivación tiene resonancias satírico-burlescas: <emph>hugonote,
            Quijote…</emph></note>, que temo que si responde, siendo mi apellido <name
            type="authority">Carrera</name>, me ha de llamar <emph>Carreta</emph>. ¡Esta sí que es
          buena agnominación! Oya a <name type="authority">Fabio Quintiliano</name>:
              «<quote><emph>Et haec</emph><note type="app" rend="I"> Et haec
                <emph>em.</emph> Ethȩc <emph>E</emph> [La enmienda ya consta al margen, de otra
              mano, y la aplicaron <emph>Am, Ar</emph> y <emph>Za</emph>.</note><emph> tam frigida
              quam est nominum fictio adiectis, detractis, mutatis literis</emph></quote>, como
              <quote><emph>Acisculum Pacisculum, Placidum Acidum, Tullium Tollium</emph><note
              place="bottom">Quintiliano, <emph>Sobre la formación del orador</emph>,
              VI, 3, 53, tratando de la metalepsis: «<emph>haec tam frigida, quam est nominum fictio
                adiectis, detractis, mutatis litteris, ut Acisculum, quia esset pactus,
                'Pacisculum’, et Placidum nomine, quod is acerbus natura esset, 'Acidum’, et
                Tullium, cum fur esset, 'Tollium’ dictos invenio</emph>». En la traducción de Ortega
              Carmona: ‘Esto es tan insulso y deja tan frío como la formación de nombres por el
              procedimiento de añadir, quitar o cambiar letras, como encuentro yo que
                <emph>Acísculo</emph> es un <emph>Pacísculo</emph>, porque ha hecho la paz, y un
              hombre por nombre<emph> Plácido</emph>, ya que antes había sido de un modo de ser
              agrio, <emph>Ácido</emph>, y un <emph>Tulio</emph> (<emph>Tullius</emph>) un
                <emph>Tolio</emph> (<emph>Tollius</emph>), porque había sido un ladrón
                (<emph>tollere</emph>, quitar, mandar ir)’.</note>»</quote>. Mire si se le ajusta el
          lugar (que si supiera latín como sabe griego<note place="bottom">La frase
            puede interpretarse, al menos, de dos modos. En primera instancia Lope acusa a Jáuregui
            de presuntuoso por pretender que sabe lo que ignora. Y al mismo tiempo le echa en cara
            un reproche habitual contra los cultos: que no escribe en castellano, sino en griego,
            con el agravante de que lo hace sin tan siquiera saber latín. Cf. «Amores hay honestos
            que se causan naturalmente por no sé qué sinfonía o simpatonía, que dicen estos que
            saben poco <anchor xml:id="acierto4"/>latín y mucho griego» (Lope de Vega 2011: 72);
            «Con la ciencia de lo tinto / en casa de un tabernero, / infinitos hablarán, / ya que no
            en latín, en griego» (Jacinto Alonso Maluenda 1951: 117); «Las puertas le cerró de la
            Latina / quien duerme en español y sueña en griego» (Góngora, son. «Con poca luz y menos
            disciplina», 5-6; [OC446]).</note>, yo sé que me le agradeciera), y si peca en enigma,
          como la metalepsis de Fabio Máximo contra Augusto<note place="bottom"
            >Metalepsis –término de significación variada– se refiere aquí a un tipo ingenioso de
            juego verbal consistente en crear una palabra sobre otra preexistente, casi siempre con
            un sentido cómico. Así, para acusar a Augusto de tacañería a la hora de repartir dádivas
              (<emph>congiaria</emph>) entre sus amigos, su colaborador Paulo Fabio Máximo las llamó
              <emph>heminaria</emph>, por derivación de <emph>hemina</emph>, medida antigua para
            líquidos que equivalía a medio sextario, que a su vez era la sexta parte de un
              <emph>congius</emph>, equivalente este a unos tres litros. Lo trae Quintiliano,
              <emph>Sobre la formación del orador</emph>, VI, 3, 52. Se entiende que la dificultad
            de percibir ese juego verbal explica la alusión al <emph>enigma</emph> que hace Lope,
            pero con el fin de enfatizar irónicamente que no lo hay para nada en la acusación de
            frialdad que le lanza a Jáuregui mediante la cita de Quintiliano. </note>, y así las
          reprehende <name type="authority">el mismo</name><note place="bottom">O sea,
            Quintiliano.</note> por truhanescas hasta en el mismo <name type="authority"
            >Cicerón</name>, alabándole las sentenciosas, como la que respondió a la muerte de
            Clodio<note place="bottom">El pasaje es resumen de Quintiliano,
              <emph>Sobre la formación del orador</emph>, VI, 3, 48-49.</note>. Pero en razón de
          mudar las letras, ningún lugar <pb n="f. 225v"/> en el mundo como en <name
            type="authority">Pedro Crinito</name>, <title>De honesta disciplina</title>:
              «<quote><emph>quem per ignominiam etiam per e literam appellabant</emph><note
                type="app" rend="I"> appellabant <emph>em.</emph> apelabant <emph>E</emph>
            </note><emph> Chrestum per Christum</emph><note place="bottom">El simple
              cambio de letra negaba a Cristo su condición de ‘rey ungido’, al ser
                <emph>Chrestus</emph> o Crestus un nombre de persona sin más. Lactancio
              (Instituciones divinas, IV.7.1) atribuye dicho cambio a simple ignorancia, pero con el
              tiempo se interpretó que la forma alterada se usaba en la antigüedad de manera
              despectiva para referirse a Cristo y también, mediante derivación, a los cristianos.
              El pasaje de Crinito (o sea, Pietro Riccio, 1465-1505) se inserta en un breve
              comentario de Cornelio Tácito, <emph>Historias</emph>, V, 3, 2, con este título:
                «<emph>Taciti verba explicata in Iudaeorum historiam, et quo pacto Christiani etiam
                sunt Asinarii appellati, quaque ignominia Christi effigies ab antiquis depicta
                fuerit, in quo insolentiam pariter atque odium contra Christianam religionem
                ostenderunt</emph>» (‘Las palabras de Tácito se explican en relación con la historia
              de los judíos, y de esta manera los cristianos también son llamados ‘burros’, y bajo
              esta afrenta la efigie de Cristo llegó a ser pintada por los antiguos, en lo cual
              mostraron la insolencia e igualmente el odio contra la religión cristina’), para
              concluir: «<emph>Unde idem Tacitus ut mendaciorum loquacissimus a nostris merito
                incessitur. Romani autem veteres pari causa et Christianos aeque ac Iudaeos
                asinarios vocarunt, obstinato videlicet in Christi nomen odio, quem per ignominiam
                etiam Chrestum per e litteram appellabant</emph>» (‘Por eso el mismo Tácito es
              atacado con razón por los nuestros como el más lenguaraz de los embusteros, desde
              luego por su empecinado odio contra el nombre de Cristo, al que por pura afrenta
              también llamaban Cresto con la letra e’) (<emph>De honesta disciplina</emph>, Lugduni:
              Antonium Gryphium, 1585, p. 85). El tema dio más tarde para un tratadito: Michael
              Rossal, <emph>Observatio de Christo per errorem in chrestum commutato</emph>…
              Groningae: Officina Velseniana, 1717. En el ms. <emph>E</emph>, el pasaje lleva esta
              nota marginal, de otra mano: «Aduerte [<emph>sic</emph>] Chrestum lo mismo que Lope y
              Lopo, seruata seruandis».</note>»</quote>.</p>
        <p>Y porque todas las demás objeciones son como el primer ejemplo, no quiero defenderlas, ni
          llegar adonde vuesa merced se cansa de los nombres de las flores y de los animales<note
            place="bottom">Lope se refiere aquí a dos comentarios insertos en el
            listado de versos con voces censurables a ojos de Jáuregui. Primero: «En esta hoja 170
            añade Vm. voces conocidísimas que nadie las puede ignorar, como <emph>pajariles, treos,
              amantillo, triza, troza</emph>; y después en la hoja 207, aquellos animalejos, de la
            misma suerte notorios en toda Castilla: cheneris, <emph>sipedones, neumones, modites,
              porfiros, salpingas, anfesibenas, dipsas, echidnos, matrices</emph> [<emph>sic</emph>,
            por natrices ]<emph>, angos, faras, yaculos, esquinos, chelidros, enidros</emph>,
            nombres todos legítimos castellanos, como también <emph>hemorroidas</emph>, que es mil
            veces más claro que almorranas» (1902: 284-285). Y luego, tras citar varios versos de la
              <emph>JC</emph> con nombres de flores, añade: «A estos nombres acompañan otros en la
            misma hoja 428, tan claros como ellos y más: <emph>roquetas, serpilos, timos,
              balsaminas, punteras, anocastos, cavidas, mitagolos</emph> [<emph>sic</emph>, por
              <emph>mitogalos</emph>]<emph>, coloquíntida, lúpulo, elala</emph>. En llegando a ser
            clara la voz, no hay pedirle más» (1902: 286). El primer pasaje remite a las estrofas
            VII, 120-121 de <emph>JC</emph> (1609: 170r), con diversos términos marineros, y IX,
            11-14(1609: 206v-207r), en las que Lope enumera las diferentes clases de serpientes que
            el mago Mafadal ordena recoger para detener con ellas el avance de Ricardo y su armada;
            el segundo, a la descripción de un jardín en XVII, 37-41 (1609: 428r-v).</note>, siendo
          sus nombres propios, ellas en <name type="authority">Gregorio de los Ríos</name><note
            place="bottom">Alude a la <emph>Agricultura de jardines…</emph>, Madrid,
            Pedro Madrigal, 1592, el primer tratado sobre la materia en lengua castellana. Ríos tuvo
            a su cargo la Casa de Campo de Madrid desde 1589. Lope cita su tratado en la acotación a
              <emph>JC</emph>, VIII, 165.</note> y ellos en <name type="authority">Marcial</name>,
            <name type="authority">Plinio</name> y <name type="authority">Lucano</name>,
          particularmente de la hemorrois, libro 9: <quote><emph>squamiferos</emph><note
            type="app" rend="I"> squamiferos <emph>em.</emph> squamifeus
            <emph>E</emph></note><emph> ingens haemorrhois</emph><note type="app" rend="I"> haemorrhois <emph>em.</emph> haemorroys<emph>
              E</emph><space/></note><emph> explicat orbes</emph><note place="bottom"
              >Lucano, <emph>Farsalia</emph>, IX, 708. En la traducción de Holgado Redondo:
              ‘despliega sus escamosos anillos el enorme hemórroo’. Cf.: «En este género llaman al
              macho hemorro y a la hembra <anchor xml:id="acierto15"/>hemorrois, y diéronlos este
              nombre por el efeto que se sigue de su mordedura, que es morir el hombre vertiendo
              sangre, no solamente por las narices y boca, sino por todas las partes del cuerpo por
              donde suele naturaleza arrojar algún excremento» (Huerta 1599: 186r).</note>, que
            vuesa merced tan agudamente aplica a las almorranas, para cuya enfermedad no hay remedio
            más eficaz que ponerse en ellas hojas de su <title>Orfeo</title> de <name
              type="authority">vuesa merced</name><note place="bottom">Aplicar el
              polvo de las hojas machacadas de ciertas plantas era remedio comúnmente aconsejado
              contra la comezón de las hemorroides. Se entiende que las del <emph>Orfeo</emph>
              producirán un efecto similar, a causa de su frialdad o falta de gracia poética; de
              paso, Lope le está recordando a su rival un tópico de la sátira literaria: que sus
              versos servirán para limpiarse con ellos el trasero.</note>. Pero, como en las
            pendencias súbitas no mira un hombre lo que toma, porque <quote><emph>furor arma
                ministrat</emph></quote><note place="bottom">Virgilio,
                <emph>Eneida</emph>, I, 148-150: «<emph>ac veluti magno in populo cum saepe coorta
                est</emph> /<emph> seditio, saevitque animis ignobile volgus</emph>, /<emph> iam que
                faces et saxa volant</emph>, <seg rend="high">furor</seg>
              <emph>arma ministrat</emph>» (En la traducción de Echave-Sustaeta: ‘Igual que cuando
              en medio de una gran multitud estalla a menudo un tumulto / y brama enardecido el
              populacho, vuelan teas y piedras / -su furia improvisa armas- […]’). La frase se
              convirtió en sentencia memorable, hermanada con otras como <emph>Telum ira
                facit</emph> (<emph>Eneida</emph>, VII, 508: ‘La ira crea el arma’). Cf.: «Son las
              tres cosas que trae el poeta las que causan furor en el seso más honesto del mundo. Y
              aunque es verdad que la ira enfurece, “furor arma ministrat”, tómase por borrachera,
              pues emborracha la cólera…» (Francisco de Quevedo 1981: IV, 285).</note>, así vuesa
            merced arrojaba contra el <title>Jerusalén</title> de <name type="polemista">Lope</name>
            todo cuanto se le ponía delante, hasta el incensario del rey Ozías, diciendo, con
            aquella ordinaria nieve<note place="bottom"><emph>nieve</emph>: «frialdad,
              sosería»; era achaque común en las sátiras literarias.</note>, que un sacristán se le
            hurtó a un cura, siendo el lugar de las sagradas letras<note place="bottom"
             >Aquí empieza Lope a responder a otro apartado de <emph>CP</emph>, en el
              que Jáuregui ofrece un listado de versos de <emph>JC</emph> que atentan contra el
              estilo sublime propio de la epopeya. El sevillano había registrado el verso de
                <emph>JC</emph> «Si he tomado, Señor, el incensario» (VII, 123, 1; 1609: 170v), sin
              citar el que le sigue: «del sacerdocio indigno como Ozías»; y añadió este comentario:
              «Así se disculpaba al cura un sacristán porque le imputaba este hurto» (1902:
              290-291). Como aclara la nota marginal en <emph>JC</emph>, el pasaje de Lope remite a
                <emph>Paralipómenos</emph>, 2, 26, 16-21.</note>. ¡Pero qué mucho<note
              place="bottom"><emph>qué mucho</emph>: «de qué me extraño».</note>, si
            vuesa merced se ríe de que se nombre el Evangelio, la misa, el nombre de Jesús y de
            María en un poema sacro<note place="bottom">Jáuregui había incluido en su
              lista (1902: 289) el verso de <emph>JC</emph> «Después del Evangelio de la misa» (II,
              59, 7; 1609: 37v), y luego estos dos: «“Jesús”, dice Guevara, y Brandalino [1609:
              Bradalino]», y «“Jesús” –dice una y otra vez– “María”» (VI, 119, 1 y VIII, 160, 1;
              1609: 145v y 202v), seguidos de este comentario: «Atrévase alguno a hablar mal de
              estos versos» (1902: 291).</note>! Esto, ello se está defendido, pero no le asombre a
            vuesa merced haber dicho <name type="polemista">Lope,</name> para significar la mañana,
            que cantó el gallo, pues fuera de haberse<note type="app" rend="I"> haberse
                <emph>Am Ar</emph> haberlo <emph>Za</emph> [El pronombre enclítico no llega a verse
              del todo en <emph>E</emph> a causa de la encuadernación.</note> aplicado al ejemplo
            del Apóstol, como se ve en la estancia<note place="bottom">Jáuregui había
              escrito: «Habiendo descrito mil poetas la estación de la media noche por tantos y tan
              ilustres modos, fue un milagro hallar Vm. novedad para lo mismo, y tan superior como
              esto, cuando entró en Jerusalén el Conde Remón: “Entró por la ciudad cantando el
              gallo”» (1902: 289; <emph>JC</emph>, I, 76, 5; 1609: 14v). Efectivamente, la estancia
              compara la traición del conde con la de Pedro al negar a Jesús, y la acotación
              marginal apunta: «De mirar Cristo a san Pedro nacieron sus lágrimas y
              arrepentimiento».</note>, <name type="authority">Virgilio</name> no se despreció de
            haberlo dicho: «<quote><emph>excubitorque diem cantu praedixerat
              ales</emph></quote><note place="bottom">Pseudo-Virgilio, <emph>El
                almodrote</emph>, 1-2: «<emph>Iam nox hibernas bis quinque peregerat horas</emph> /
                <emph>excubitorque diem cantu praedixerat ales</emph>». En la traducción de Recio
              García y Soler Ruiz para el <emph>Apéndice virgiliano</emph>: ‘…el gallo centinela con
              su canto había anunciado el día’. </note>»</quote>, ni <name type="authority"
            >Ovidio</name>:</p>
        <quote rend="i">
          <l>Iamque pruinosus<note type="app" rend="I"> pruinosus <emph>em.</emph>
              pruinosos <emph>E</emph></note>molitur <note type="app" rend="I"> molitur
                <emph>em.</emph> mollitur<emph> E</emph></note>Lucifer axes <note type="app" rend="I"> [Hay corrección en <emph>E</emph>, de la que resulta una lectura
              dudosa entre <emph>axes</emph> y <emph>axis</emph>; los demás testimonios varían: axes
                <emph>Am</emph> axis <emph>Ar Za</emph></note>
          </l>
          <l>inque suum miseros excitat ales opus<note place="bottom">Ovidio,
                <emph>Amores</emph>, I, 6, 65-66. En la traducción de Cristóbal López: ‘Ya Lucifer
              pone en movimiento los ejes de su carro cubiertos de escarcha, y el gallo llama a los
              pobres a su trabajo’. </note>;</l>
        </quote>
        <p rend="left noindent"><pb n="f. 226r"/> ni <name type="authority">Horacio</name>:
              «<quote><emph>sub galli cantum consultor ubi ostia</emph><note place="bottom">ostia
                <emph>em.</emph> hostia <emph>E</emph></note><emph> pulsat</emph><note
              place="bottom">Horacio, <emph>Sátiras</emph>, I, 1, 9-10:
                «<emph>agricolam laudat iuris legumque peritus</emph>, / <emph>sub galli cantum
                consultor ubi ostia pulsat</emph>». En la traducción de Moralejo: ‘Al labrador alaba
              el experto en derecho y en leyes cuando un cliente aporrea su puerta al canto del
              gallo’.</note>»</quote>; ni <name type="authority">Marcial</name>:
              «<quote><emph>nondum cristati</emph><note type="app" rend="I"> cristati
                <emph>em.</emph> christati <emph>E</emph> [<emph>Ar</emph> ya edita
                <emph>cristati</emph></note><emph> rupere</emph><note type="app" rend="I">
              rupere <emph>em.</emph> rumpere <emph>E</emph></note><emph>silentia galli</emph><note
              place="bottom">Marcial, <emph>Epigramas</emph>, IX, 68, 3. En la
              traducción de Ramírez de Verger: ‘Los gallos crestados no han roto aún el
              silencio’.</note>»</quote>, y también en el último epigrama<note place="bottom"
           >Marcial, <emph>Epigramas</emph>, XIV, 223, 1-2: «<emph>Surgite: iam vendit
              pueris ientacula pistor</emph> / <emph>cristataeque sonant undique lucis aves</emph>».
            En la traducción de Ramírez de Verger: ‘Levantaos: el panadero ya les está vendiendo el
            desayuno a los niños y las crestadas aves del amanecer resuenan por doquier’.</note>. Ni
          se les olvidó a los poetas sagrados, en los cuatro himnos de la mañana<note place="bottom"
            >No identificamos con precisión a qué práctica litúrgica ni a qué himnos se refiere aquí
            Lope, dentro del nutrido corpus de los <emph>matutini</emph> o que anuncian la llegada
            del nuevo día. Quizá la explicación resida en la tradicional división de la noche en
            cuatro vigilias de tres horas como ocasión propicia para la interpretación de uno de
            esos himnos en el marco de los maitines.</note>: «<quote><emph>Praeco diei iam
              sonat</emph>;<emph> gallus iacentes excitat</emph>;<emph> gallo canente spes
              reddit</emph><note type="app" rend="I"> reddit <emph xml:lang="en"
                >em.</emph> redit <emph xml:lang="en">E</emph></note>;<emph> ales diei
              nuncius</emph><note place="bottom">La referencia incluye, primero, tres
              versos del himno ambrosiano <emph>Aeterne rerum conditor</emph> (Daniel 1841: I,
              15-16), que se cantaba en las laudes durante ciertas épocas del año; concretamente son
              los versos 5 (‘Ya suena el pregonero del día’), 18 (‘El gallo despierta a los que
              duermen’) y 21 (‘Al cantar el gallo la esperanza vuelve’). Y luego añade el primer
              verso de Prudencio, <emph>Himnos cotidianos</emph>, I, 1 (<emph>Ales diei
                nuntius</emph> /<emph> lucem propinquam praecinit</emph>: ‘El ave heraldo del día
              anticipa en su canto la luz cercana’, en la traducción de Rivero García).
            </note>»</quote>.</p>
        <p>Con esto me excusaré de otras cosas en que vuesa merced se halla tan ignorante, como en
          los lugares de la <title>Escritura</title>, hablando en las víctimas de Salomón:
              «<quote><emph>boum viginti duo millia, et ovium centum viginti millia</emph><note
              place="bottom">(‘veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas’) 1
              Reyes, 8, 63. Pero poco más abajo el texto remite al «tercero libro de los Reyes»,
              según la vieja división de la <emph>Vulgata</emph>.</note>»</quote>. De esta carne se
          cansó vuesa merced<note place="bottom">Jaúregui había citado estos dos
            versos de <emph>JC</emph>: «veintidós mil y más fueron los bueyes», «y ciento y veinte
            mil de los corderos» (III, 38, 5 y 7; 1609: 57r), añadiendo este comentario: «Gastando
            usted [<emph>sic</emph>] tanta carne, no es mucho que parezca este papel libro de
            cuentas de despensa» (1902: 289; hay variante en BUSal 1323, 156r: «Gastando V. md.
            tanta carne no es mucho que parezca este mi papel libro de despensa»). Como se ve líneas
            más abajo, Lope leyó este párrafo en una versión que coincide con la del ms.
            salmantino.</note>, pues en verdad que no lo dijo <name type="polemista">Lope de
            Vega</name>, sino el tercero <title>libro de los Reyes</title>. Extraño odio tiene vuesa
          merced con la carne, pues aun no la trae sobre sí mismo. Deje vuesa merced a Salomón que
          mate lo que quisiere, y pues Dios se agradó de este número, no se desagrade vuesa merced.
          Y este «<quote>libro de despensa<note place="bottom">Es el libro donde se
              anotaban los gastos de una casa o institución en provisiones. </note>»</quote>, como
            <name type="authority">vuesa merced</name> dice, no sea en la del embajador de
          Inglaterra, que le veo malintencionado con los mártires<note place="bottom"
            >Se refiere a los católicos martirizados por los anglicanos. La enemistad entre
            españoles e ingleses dio pie a chistes macabros sobre la casa del embajador de
            Inglaterra en la corte y los alimentos que allí se elaboraban. Uno debía ser la empanada
            inglesa, cuyo aderezo con carnes de diverso tipo o pescado explican recetarios de la
            época, como el <emph>Arte de cocina</emph> de Francisco Rodríguez Motillo (Madrid, Luis
            Sánchez, 1611); cf. «Dije: “Isabelilla, toma. Ve en casa del embajador de Inglaterra y
            trae una empanada de lo que hallares y vino, que estoy muerto de hambre…”» (Alonso de
            Contreras 1988, 178). Pero la malicia llevó a pensar que esas empanadas podían contener
            carne de los mártires católicos, como se desprende de un pasaje como este de Camargo y
            Zárate: «Huyendo salió de Londres, / y es justo, porque no hicieran / los herejes con su
            pan / alguna empanada inglesa» (citado por Carabias Orgaz 2021: 169). Recuérdese,
            similarmente, lo que le dice el tío verdugo a Pablos sobre el destino del cadáver
            descuartizado de su padre: «Pero yo entiendo que los pasteleros desta tierra nos
            consolarán, acomodándole en los de a cuatro» (Quevedo 1993<emph>a</emph>:
          103).</note>.</p>
        <p>Pero, ¿quiere que le diga un secreto? Esto para que no lo sepa nadie: las apologías de
          Italia le han echado a perder<note place="bottom"><emph>apologías</emph>: «censuras»; cf.:
            «...este tratadillo [las <emph>Observaciones</emph> de Prete Jacopín] podría llegar a
            manos de otros, que no conociendo mi ánimo, unos le llamasen apología, otros sátira,
            otros invectiva, otros jaculatoria...» (Juan Montero 1987: 107); «Las obras que escribió
            [Herrera] son las <emph>Anotaciones</emph> sobre Garcilaso, contra ellas salió una
            apología, ajena de la candidez de su ánimo, a que respondió doctamente» (Francisco
            Pacheco 1985: 178); en fin, Góngora: «Por la estafeta he sabido / que me han
            apologizado» (OC453). Recuérdese, en fin, que Jáuregui, en la segunda versión del
              <emph>Antídoto</emph> (2002: 82), criticaba el presunto mal uso de
              <emph>apologizar</emph> en esa décima, ganándose así la réplica del Abad de Rute, que
            lo defendió en el sentido de «notar con afrentosas palabras, acusar, repudiar, desechar,
            echar por ahí» (Francisco Fernández de Córdoba, <emph>Una apología del señor don
              Francisco por una décima del autor de las</emph> Soledades, citado por Gates 1960:
            147). Véase al respecto López Bueno 2013.</note>. Todo <name type="authority">su</name>
          <title>Discurso poético</title> es traducción de la <name type="authority">Academia de la
            Crusca</name> de Florencia contra el <name type="authority">Tasso</name><note
            place="bottom">Constituida en 1583, la Academia se empeñó desde sus
            orígenes en defender el modelo lingüístico-literario de la tradición florentina,
            idealmente representada por los grandes autores del Trecento, en la línea ya emprendida
            por Pietro Bembo en sus <emph>Prose della volgar lingua</emph> (1525). Este
            planteamiento llevó a los académicos a intervenir en el debate sobre la épica generado
            tras la publicación en 1581 de la <emph>Gerusalemme liberata</emph> de Tasso. Si Camillo
            Pellegrino (Il Carrafa, o vero della epica poesia. Dialogo, Florencia, Smartelli, 1584)
            defendió la superioridad de de la <emph>Gerusalemme</emph> sobre el <emph>Orlando
              furioso</emph>, Lionardo Salviati replicó, en nombre de la Crusca, en <emph>Degli
              Accademici della Crusca Difesa dell’Orlando furioso dell’Ariosto contra il dialogo
              dell’epica poesia di Cammillo Pellegrino. Stacciata prima</emph> (Florencia, [Giorgio
            Marescotti], 1584), que es la obra a la que se refiere Lope. Como se sabe, a la
            controversia se sumaron inmediatamente otros autores hasta alcanzar dimensiones
            nacionales (Weinberg 1974: I, 954-1073), con ecos fuera de Italia, como bien se ve en
            algunos de los participantes de la polémica gongorina, caso del Abad de Rute. Lope
            vuelve a mencionar a la Crusca en términos similares unas páginas más abajo.</note>,
          menos sus boberías, y la manera de calumniar a <name type="polemista">Lope</name> con
          versos así sueltos porque parezcan feos, pues con la misma traza se los van sacando al
            <name type="authority">Tasso</name> los florentines, que versos que no concluyen la
          sentencia, claro está que han de parecer mal<note place="bottom">Un par de
            listados condenatorios de versos del Tasso se despliegan, efectivamente, en <emph>Degli
              Accademici della Crusca</emph>, 7-7v y 37v-38v. Usando términos más generales, algo
            parecido vino a decir el Abad de Rute: «Del Ariosto mil modos de hablar bajísimos
            podríamos notar a cada paso: algunos le nota el Tasso lib. IV. en sus <emph>Discursos
              del poema heroico</emph>. Tampoco al mismo Torcuato le dejó con ese pecado la Academia
            de la Crusca, que muchas palabras y muchos modos de hablar le reprehendió» (Fernández de
            Córdoba 2019 <ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1617_examen"
              >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1617_examen</ref> ). Comentario
            que se justifica porque Jáuregui ya había hecho algo con similar en el
              <emph>Antídoto</emph> con versos sacados de las <emph>Soledades</emph>. </note>. Y
          así, al <name type="authority">Tasso</name> le sacaron de su <title>Jerusalén</title>
          muchos como <name type="authority">vuesa merced</name> a la de <name type="polemista"
            >Lope</name> –no tengo para qué referírselos, pues los tiene tan vistos– y de aquella
          manera parecen tan bajos. Pero quiero disculparlos a entrambos, con la autoridad de <name
            type="authority">Quintiliano</name>, <pb n="f. 226v"/> en lo que a <name
            type="authority">vuesa merced</name> y a <name type="authority">la Crusca</name> les
          parece que desmayaron<note place="bottom"><emph>desmayaron</emph>: «flaquearon, se
            vinieron abajo» (en cuanto al estilo, se entiende).</note>: «<quote><emph>Non augenda
              semper oratio sed submitenda nonnumquam est</emph>»</quote>, y trae por ejemplo en
            <name type="authority">Virgilio</name>, <title>Geórgica</title> primera<note
              type="app" rend="I"> primera <emph>em.</emph> cuarta <emph>E</emph>
            [Entendemos que no es error cultural de Lope, sino de copista, probablemente a partir de
            un modelo que traía <emph>1ª</emph>, lo que dio pie a la lectura errónea.</note>,
              «<quote><emph>exiguus mus</emph>»</quote>, como en <name type="authority"
            >Horacio</name> «<quote><emph>ridiculus</emph><note place="bottom"
              >Quintiliano, <emph>Sobre la formación del orador</emph>, VIII, 3, 19-21: «<emph>in
                quibusdam ratio manifesta est. Risimus, et merito, nuper poetam, qui dixerat
                “praetextam in cista mures rosere camilli”. At Vergilii miramur illud “saepe exiguus
                mus”. Nam epitheton ‘exiguus’ aptum proprium effecit, ne plus expectaremus, et casus
                singularis magis decuit, et clausula ipsa unius syllabae non usitata addidit
                gratiam. Imitatus est itaque utrumque Horatius: “nascetur ridiculus mus”. Nec
                augenda semper oratio, sed submittenda nonnumquam est. Vim rebus aliquando verborum
                ipsa humilitas adfert</emph>». En la traducción de Ortega Carmona: ‘En ciertos
              pasajes es el patente razonamiento cuestión de gusto. Poco ha nos hemos reído, y con
              toda razón, de un poeta que había dicho: “los ratones cachorritos en la cesta / la
              toga de púrpura royeron” […]. Por el contrario, admiramos aquel lugar en Virgilio:
              “con frecuencia un diminuto ratón” (Geórg. I, 181). Porque el epíteto
                <emph>exiguus</emph> –diminuto– introdujo una adecuada significación propia, para
              que aquí no esperásemos más, también el caso en singular tuvo mayor eficacia, y
              precisamente el insólito monosílabo final del verso le añadió su primor. Así imitó
              Horacio uno y otro detalle: “nacerá un ridículo ratón” (Arte Poét., 139). Y no siempre
              se debe elevar el tono del discurso, sino a veces hay que rebajarlo. Este mismo tono
              bajo de las palabras alguna vez comunica fuerza al pensamiento’. </note>»</quote>. Y
          esto es muy ajustado a la verdad, porque «<quote><emph>alibi magnificum, alibi
              tumidum</emph><note place="bottom">Quintiliano, <emph>Sobre la formación
                del orador</emph>, VIII, 3, 18: «<emph>clara illa atque sublimia plerumque materiae
                modo discernenda sunt: quod</emph>
              <seg rend="high">alibi magnificum</seg>, <emph>tumidum</emph>
              <seg rend="high">alibi</seg>, <emph>et quae humilia circa res magnas, apta circa
                minores videntur</emph>». En la traducción de Ortega Carmona: ‘Se debe decidir la
              elección de aquellas palabras claras y elevadas generalmente de acuerdo con la materia
              del discurso: porque una palabra, que aquí suena magnífica, será hinchazón en otro
              contexto, y palabras que parecen bajas, cuando se trata de asuntos importantes, tienen
              adecuado efecto en temas de menor relevancia’.</note>»</quote>. Ni es otra cosa el
          arte «<quote><emph>quam quaedam rationis ordinatio</emph>»</quote>, con la cual por sus
          debidos medios se llega al fin en que se prueban los actos<note place="bottom"
           >La cita procede de<space/><emph>Apologeticus de ratione poeticae
              artis</emph>, que es el tercero de los cuatro títulos que incluye el ya citado
              <emph>Compendium totius philosophiae</emph>, de Girolamo Savonarola, en este contexto:
              «<emph>Nihil enim esse aliud videtur ars quam quaedam rationis ordinatio per quam homo
              per debita media ad finem intentum perducitur</emph>» (‘Ninguna otra cosa parece ser
            el arte que cierta ordenación del entendimiento por la cual el hombre es conducido a
            través de los debidos medios hasta el fin que se pretende’; f. 4v, con paginación
            propia). Aunque Lope la aplica a la Poética, la frase se refiere a la Lógica
            («Rationalis autemscientia», f. 4r). Su fuente última es Tomás de Aquino, <emph>In
              Aristotelis libros Posteriorum Analyticorum</emph>, liber: 1, lectio: 1, numerus: 1,
            lín. 11: «<emph>Nihil enim aliud ars esse videtur, quam</emph>
            <seg rend="high">certa ordinatio rationis</seg>
            <emph>quomodo per determinata media ad debitum finem actus humani perveniant</emph>».
            (‘Ninguna otra cosa parece ser el arte que cierta ordenación del entendimiento en modo
            que los actos humanos por determinados medios lleguen al fin debido’). Lope se remite a
            la autoridad del «doctísimo Savonarola» en los compases iniciales de la Epístola «A un
            señor de estos reinos», de <emph>La Circe</emph> (ed. Conde Parrado 2015<emph>b</emph>),
            como también lo hace en el prólogo <emph>Al teatro</emph> que puso a <emph>La
              Dorotea</emph> (1632), bajo el nombre de su amigo Francisco López de Aguilar. En la
            Epístola de <emph>La Circe</emph>, Lope se vale en ese escrito de diversos pasajes del
              <emph>Apologeticus</emph>, obra que «representaba la original combinación de
            diferentes tradiciones en la consideración de la poesía como parte de la lógica o
            filosofía racional y distinguida del resto de disciplinas por el uso del ejemplo» (Tubau
            2007, p. 140). Sobre la peculiar acomodación a sus intereses que hace Lope de este
            tratado, tan alejado en el fondo de su concepción y práctica poética, tratan el propio
            Tubau, (2007: 139-144; y 2008: 358-362) y Conde Parrado 2015<emph>b</emph>. El uso
            directo de esta inusual fuente es un dato de gran relevancia en orden a establecer la
            autoría de Lope para el <emph>Anti-Jáuregui</emph> (Montero en prensa), como nos
            confirma Conde Parrado tras revisar esta edición.</note>. No como en el
            <title>Orfeo</title> de <name type="authority">vuesa merced</name>, de quien no traigo
          ejemplos por haber escrito don <name type="polemista">Tomás Tamayo</name><note
            place="bottom">Los ataques de Tomás Tamayo de Vargas contra el <emph>Orfeo</emph> de
            Jáuregui, hoy desconocidos, se encontraban en una segunda versión de su comentario a
            Garcilaso que tenía preparada para imprimirla a mediados de 1625, pero de la que hoy no
            se conoce ningún ejemplar, lo que hace sospechar que no llegó a las prensas. La noticia
            la transmite el Abad de Rute en carta del 30 de junio de 1625 a Díaz de Rivas: «También
            hace segunda impresión don Tomás de sus Notas a Garcilaso, con muchos lugares añadidos,
            y le pega de medio a medio a don Juan de Jáuregui» (citado por Elvira 2019: 220). Esto
            resulta tanto más llamativo cuanto que, en sus notas a Garcilaso de 1622, Tamayo
            elogiaba a Jáuregui, si bien es verdad que lo hacía más bien en su faceta de erudito en
            cuestiones de poética (Tamayo de Vargas, <emph>Garcilaso de la Vega, natural de Toledo,
              príncipe de los poetas castellanos</emph>, Madrid, Luis Sánchez, 1622, f. 24v, 34v,
            50v). Recuérdese, por otro lado, que el de Tamayo abre la serie de elogios a Lope por
            parte de diferentes ingenios en la <emph>Expostulatio spongiae</emph>, f. 9v (ed. 2015:
            195), admiración que no le impidió a don Tomás mostrarse partidario de Góngora en
            diferentes ocasiones. Para otros ecos de la amistad entre Tamayo y Lope, véase la nota
            al elogio del primero en el <emph>Laurel de Apolo</emph>, VII, 378-399 (Lope de Vega
              2007<emph>b</emph>: 398-399). </note> y don <name type="authority">Juan de
            Quiroga»</name> tan doctamente<note place="bottom">. Este Quiroga tiene
            que ser, como comunicó Jaime Galbarro a Mercedes Blanco (2016: n. 48), el murciano don
            Juan de Quiroga Faxardo (1591-1660), autor de un breve <emph>Asunto académico. Tratado
              de las voces nuevas y el uso dellas</emph> (Madrid, Bernardino Guzmán, 1624), en el
            que se ataca el uso y abuso de los neologismos por parte de los cultos. Entre los
            autores que cita como ejemplos del buen manejo de la lengua está Lope de Vega: «¡Qué
            exornación, qué dulzura, qué pensamiento no ha explicado el fecundísimo natural de
            nuestro castellano Lope de Vega, Príncipe de los cómicos, en tan inmenso número de
            diversos escritos!» (1624, 7v), del que elogia luego la introducción del neologismo
              <emph>desuelos</emph>, «voz gallarda y bien recibida» (1624, 11r). Pero no hay en el
            escrito ataques directos contra el <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui ni acaso podía
            haberlos en razón de la propia cronología de los impresos: la fecha más concreta que
            consta en el tratadito de Quiroga es la del 15 de junio, en la dedicatoria a Juan
            Alfonso Pimentel, Conde de Luna y Mayorga, mientras que la fábula del sevillano está
            tasada a 12 de agosto. Lo más verosímil es, por tanto, que Lope se esté refiriendo a un
            papel hoy día desconocido. Sobre Quiroga Faxardo –del que hay un soneto («Alta piadosa
            máquina eminente»), en la <emph>Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid
              hizo en la canonización de (…) san Isidro</emph>, f. ¶¶¶2v–, véase García Jiménez
            2006.</note>; pero diré con <name type="authority">Lipsio</name>, en sus
            <title>Animadversiones a Séneca trágico</title>: «<quote><emph>fracta, minuta quaedam
              dicta, obscura aut vana: quae aspectu blandiantur</emph><note type="app" rend="I"> blandiantur <emph>E Am Za</emph> blandiuntur <emph>Ar</emph>
            </note><emph>, excussa</emph><note type="app" rend="I"> excussa
                <emph>em.</emph> excusa <emph>E</emph></note><emph> moveant risum</emph><note
              place="bottom">«<emph>Iam sententia probae, acutae, interdum ad
                miraculum. sed none saepe et sententiolae? id est, fracta, minuta quaedam dicta,
                obscura aut vana: quae aspectu blandiantur, excussa moveant risum</emph>» (Justo
              Lipsio, <emph>Animadversiones in tragoedias quae Lucio Annaeo Senecae
                tribuuntur</emph>, Lugduni Batavorum, ex oficina plantiniana, apud Franciscum
              Raphelengium, 1588, p. 8). ‘Ya sus sentencias son excelentes, agudas, a veces hasta el
              asombro; pero, a menudo, ¿no son también frasecillas? Es decir, rotas, declaradas con
              cierto empobrecimiento, oscuras y hueras, que adulan en su aspecto, pero si se las
              examina mueven a risa’. Recuérdese, con todo, que Lope parangonaba el daño que el
              estilo lacónico de Lipsio había causado en la prosa latina con el que había hecho
              Góngora en el de la poesía, aunque apuntando habitualmente más a sus seguidores que a
              ellos mismos (Conde Parrado 2015<emph>a</emph>: Introducción y n.
          64)</note>».</quote></p>
        <p>Y qué mayor que hacerla de aquel verso<note place="bottom">Tanto
              <emph>mayor</emph> como <emph>la</emph> tienen como referente implícito a
              <emph>risa</emph>, a partir de <emph>risum</emph></note>, «<quote>la obencadura le
            cortó a la Rosa»</quote>, siendo <emph>Rosa</emph> el nombre de una nave y
            <emph>obencadura</emph> la jarcia del árbol mayor, dando a entender <name
            type="authority">vuesa merced</name>, como ignorante a los que lo son, que la rosa
          estaba en algún jardín y que la obencadura era la rama de quien se corta<note
            place="bottom">Jáuregui (1902: 284) se había limitado a registrar el verso
            de <emph>JC</emph> que ahora cita Lope (VII, 116, 5; 1609: 169r). Lope vuelve a usar
              <emph>obencadura</emph> en otros lugares (<emph>Voc.</emph>, s.v.).</note>. Y porque
          se vea más clara la malicia de lo que voy tratando, pondré un verso de <name
            type="polemista">Lope</name> donde <name type="authority">vuesa merced</name> hace gran
          chacota: «<quote>¿esto merezco?, dijo con la lengua»</quote>, y añade vuesa merced que
          fuera mucho decirlo con la nariz<note place="bottom">Tras citar el verso de
              <emph>JC</emph> (XV, 16, 3; 1609: 371v), Jáuregui había comentado: «Fue mucho no
            decirlo con la nariz» (1902: 294).</note>. Pues oiga lo que la estancia dice:</p>
        <quote>
          <l>Airado Garcerán, viendo que amengua</l>
          <l>el Rey su honor con públicos enojos,</l>
          <l>¿esto merezco?, dijo con la lengua,</l>
          <l>porque acabaron<note type="app" rend="I"> acabaron <emph>em.</emph> acabaran
                <emph>E</emph> [<emph>acabaron</emph> es la lectura de <emph>JC</emph> (VII, 116, 5;
              1609: 169r); pero lo decisivo es que también lo es del comentario que sigue en el
              texto a los versos aquí citados.</note> lo demás los ojos.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">¿Ve vuesa merced cómo dice bien que aquello dijo con la lengua y que lo
          demás acabaron los ojos, significando la fuerza que mostró en ellos? Pues en verdad <pb
            n="f. 227r"/> que el lugar es de <name type="authority">Virgilio</name>, mírele qué
          claro, <name type="authority">señor reformador</name>: «<quote><emph>Talia voce refert,
              premit altum corde dolorem</emph>» </quote>y<quote> «<emph>spem vultu</emph><note
                type="app" rend="I"> vultu <emph xml:lang="en">post correctionem E Za</emph>
              vultus <emph xml:lang="en">Am Ar</emph></note><emph> simulat</emph><note
              place="bottom"><emph>Eneida</emph>, I, 208-209: «<emph>Talia voce refert
                curis que ingentibus aeger / spem voltu simulat, premit altum corde dolorem</emph>»
              (En la traducción de Echave-Sustaeta: ‘Eso dicen sus labios; / en su inmensa congoja
              finge el rostro esperanza, / pero le angustia el alma una honda cuita’). La cita de
              Lope desordena el texto virgiliano, seguramente porque cita de memoria o a partir de
              una fuente indirecta.</note>»</quote>. Pues mire si en <name type="authority"
            >Terencio</name> «<quote><emph>hisce oculis egomet vidi</emph>» </quote>será gran yerro,
          que claro está que no había de ver con la boca<note place="bottom"><emph>Los
              hermanos</emph>, III, 329 (En la traducción de Fontana Elboj: ‘con estos ojos lo he
            visto yo mismo’).</note>. O aquello de «<quote><emph>ore locuta est</emph><note
              place="bottom">‘Habló por su boca’. La frase se documenta por dos veces
              en la <emph>Eneida</emph>, I, 614 y IX, 5. Sobre el primer verso anota Servio,
                <emph>Commentarius in Vergilii Aeneidos libros</emph>: «<emph>Et sic</emph>
              <seg rend="high">ore locvta est</seg>: <emph>pleonasmos</emph>». El segundo de los
              versos virgilianos (lo menciona Colmenares, <emph>Respuesta a la censura
                antecedente</emph> para negar que sea pleonasmo (Conde Parrado 2015<emph>b</emph>,
              n. 77).</note>»</quote>, ¡pues no había de hablar con la nariz! Ahora esto pase por
          ignorancia, que cierto que si fuera otro, que lo habíamos de llamar tacañería<note
            place="bottom"><emph>tacañería</emph>: «ruindad», en este caso a la hora
            de reconocer el mérito ajeno. </note>, pues crea vuesa merced que si a todos los versos
          se siguiera la sentencia, sucediera lo mismo, pero quien miente, miente a uso del
            duelo<note place="bottom">La frase resulta oscura. Quizá aluda a la
            práctica de quienes retaban fingidamente a duelo; o sea, que Jáuregui lanza su pulla y
            luego no da la cara. Cf.: «Estaba el Bofetón avergonzado / con el Mentís colérico
            leyendo / las leyes en el duelo y, afrentado, / palos, armas, y noches previniendo, / y
            por toda la margen el Cuidado / anotaciones trágicas haciendo / con una pluma que cortó
            de caña, / por no se remitir à la campaña» (<emph>JC</emph>, XIV, 22; 2003: 556). «Tan
            presto como lo dijo, se traspuso, de modo que cuando me quise descargar, a uso del duelo
            picaral, no tuve con quien hablar, sino con su sombra y las pisadas del cuartago» (López
            de Úbeda 2012: 567).</note>. Y cuando no fuera aposiopesis, ¿no pudiera ser
            pleonasmos?<note type="app" rend="I"> [Esta última frase parece descolocada en
            el texto, ya que, en buena lógica discursiva, encajaría mejor tras <emph>hablar con la
              nariz</emph>. Pero no puede descartarse que la anómala ubicación tenga que ver con una
            escritura apresurada por parte de Lope.</note><note place="bottom">El uso
            en castellano de <emph>aposiopesis</emph> para designar la figura de reticencia se
            documenta ya en Herrera o Jiménez Patón. El primero utiliza <emph>pleonasmós</emph> como
            forma del singular, aunque Lope no parece seguir la misma acentuación; cf.: «que si un
            culto le viera, / es cierto que dijera / por únicos retóricos pleonasmos: / “Pestañeando
            asombros, guiñó pasmos”» (<emph>La Gatomaquia</emph>, V, 136-139; ed. 2022: 214). Lope
            oscila en su valoración de la figura: «Y los epítetos, ¿por qué han de ser pleonasmos?»
            (prólogo de las <emph>Rimas</emph> a don Juan de Arguijo; Vega 1993-1994: 137); «Los
            tropos y figuras se hicieron para hermosura de la oración; estas mismas Aftonio, Sánchez
            Brocense y los demás las hallan viciosas, como los pleonasmos y anfibologías»
              (<emph>Discurso sobre la nueva poesía</emph>, ed. Conde Parrado 2015<emph>a</emph>: f.
            194v).</note></p>
        <p>Si bien <name type="authority">Cicerón</name>, como refiere <name type="authority"
            >Fabio</name>, aprobó muchas figuras que reprobó después<note place="bottom"
           >Alude Lope a <emph>Sobre la formación del orador</emph>, IX, 3, 90:
              «<emph>Ut fateor autem verborum quoque figuras posse pluris reperiri a quibusdam, ita
              iis, quae ab auctoribus claris traduntur, meliores non adsentior. Nam in primis M.
              Tullius multas in tertio de Oratore libro posuit, quas in Oratore postea scripto
              transeundo videtur ipse damnasse</emph>». En la traducción de Ortega Carmona: ‘Como
            yo, por una parte, gustosamente concedo que también algunos podrán encontrar aún muchas
            más <emph>figuras de</emph> palabras, así no puedo aceptar que sean mejores que las que
            son transmitidas por ilustres autores. Pues Cicerón, sobre todo, en su libro tercero
              <emph>Sobre el Orador</emph> estableció muchas, que en la obra posteriormente escrita,
            titulada <emph>El Orador</emph>, parece haber rechazado, ya que las pasa por
            alto’.</note>; pero <name type="authority">vuesa merced</name>, que por instantes<note
            place="bottom"><emph> por instantes</emph>: «a cada momento»; cf.: «El
            amor que la tengo, respondió Lucela, y la ternura con que la traigo por instantes a mi
            memoria…» (Lope de Vega 1991: 508); y véase <emph>Voc.</emph>, s.v.</note> da en la mala
          elocución, ¿cómo no se mira, cómo no se oye, cómo no escucha lo que dicen en tantas
          sátiras poetas mayores y menores, que a todos los tiene cansados y ofendidos<note
            place="bottom">Para el caso del <emph>Orfeo</emph> y del <emph>Discurso poético</emph>
            puede verse la información que recopila Montero 2008: 162-163, n. 48, con mención de
            poemas atribuidos a Lope y Góngora. </note>? Si no sabe –que claro está que no sabe–, en
          qué partes se divide<note type="app" rend="I"> se divide [<emph>Za</emph>
            propone enmendar <emph>se divide la elocución</emph>, que no resulta ni adecuado ni
            imprescindible, dado que <emph>mala elocución</emph> consta unas líneas más arriba en el
            texto.</note>, sepa que en tres: hinchada, fluctuante y seca<note place="bottom"
           >Triple división de la elocución viciosa en la que el estilo
              <emph>hinchado</emph> resulta de la mala ejecución del elevado, el
              <emph>fluctuante</emph> del mediocre, y el <emph>seco</emph> del humilde. La fuente
            última está en la <emph>Retórica a Herenio</emph>, IV, 10, 15-16. En España, la había
            asumido y difundido, por ejemplo, Fray Luis de Granada, <emph>Ecclesiasticae rhetoricae,
              siue de ratione concionandi libri sex</emph>, Olysippone: excudebat Antonius
            Riberius : expensis Ioannis Hispani bibliopolae, 1576 (1575), pp. 281-282. </note>. En
          la hinchada se incurre cuando «<quote><emph>aut novis, aut priscis verbis, aut duriter,
              aliunde translatis aut gravioribus, quam res postulat, aliquid dicimus</emph><note
                type="app" rend="I"> dicimus <emph>em.</emph> dicemus<emph>
              E</emph></note><note place="bottom"><emph>Retórica a Herenio</emph>, IV,
              10, 15: «<emph>Nam ita ut corporis bonam habitudinem tumos imitatur saepe, item grauis
                oratio saepe inperitis uidetur ea, quae turget et inflata est, cum aut nouis aut
                priscis uerbis aut duriter aliunde translatis aut grauioribus, quam res postulat,
                aliquid dicitur</emph>». En la traducción de S. Núñez: ‘Pues de la misma manera que
              la gordura a menudo da la apariencia de buena salud, así los ignorantes suelen tomar
              por elevado un discurso enfático e hinchado en el que se utilizan palabras nuevas o
              arcaicas, metáforas forzadas o un tono más grave de lo que exige el
            tema’.</note>»</quote>. ¿Pues qué le diré yo de la fluctuante? ¿Pues qué de la seca? No
          ha hecho Dios natural tan cuitado como el de vuesa merced<note place="bottom"
              ><emph>Natural</emph>: así lo define Jáuregui en el prólogo a las <emph>Rimas</emph>
            (1618: [2v]): «En todas tres partes luce con ingenio el gallardo natural, esto es el
            ingenio propiamente poético, sin cuyo principio no hay para qué intentar los
            versos».</note>. ¿Para qué anda con los preceptos matándose a sí y picando a los otros,
          como dice el verso del soneto:</p>
        <quote>
          <l>poeta con albarda y acicates,</l>
          <l>que a ti te matas y a los otros picas<note place="bottom">Son los versos
              5-6 del soneto anónimo contra el <emph>Discurso poético</emph> de Jáuregui que
              principia «Tú que del triunvirato de penates», conservado en el ms. 152 de la
              Biblioteca Menéndez Pelayo (Santander). Lo editó por vez primera Jordán de Urríes
              1899: 39.</note>?</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Pues sepa, rey mío<note place="bottom"><emph> Rey
              mío</emph> es apelativo afectuoso que Lope utiliza aquí de manera irónica y quizá con
            un matiz de infantilización del destinatario. Por otra parte, la expresión es frecuente
            en el epistolario de Lope al duque de Sessa (por ejemplo, Vega 2008: 321, 366, 402, 443,
            etc.), lo que constituye otro indicio de la autoría lopesca del escrito (Montero: en
            prensa).</note>, que «<quote><emph>illud autem in primis</emph><note type="app" rend="I"> in primis <emph>em.</emph> imprimis <emph>E</emph></note><emph>
              testandum est, nihil praecepta atque artes valere nisi adiuvante natura</emph><note
              place="bottom"><emph>Sobre la formación del orador</emph>, I, proem.,
              26: «<emph>illud tamen in primis testandum est, nihil praecepta atque artes valere
                nisi adiuvante natura</emph>». En la traducción de Ortega Carmona: «Con todo, una
              cosa debo destacar al principio: de nada sirven los preceptos y normas de manuales sin
              la ayuda de la naturaleza»</note>»</quote>. Pues créalo de <name type="authority"
            >Fabio</name> en su primer libro de las <title>Instituciones oratorias</title>.</p>
        <p>¡Qué de cosas ensarta, <pb n="f. 227v"/> todas fuera de su lugar porque parezcan viles!
          ¡Qué bien dijo <name type="authority">Sófocles</name> en su <title>Áyace</title>:</p>
        <quote>
          <l>Mihi turpissimum est audire</l>
          <l>hominem stolidum inania verba effutientem<note type="app" rend="I">
              effutientem <emph>em.</emph> effudientem <emph>E</emph></note>!<note place="bottom"
             ><emph>Áyax</emph>, v. 1161-1162. La cita latina de Lope remite a
                <emph>Sophoclis Tragoediae septem</emph>, Lugduni, Paulus Stephanus, 1603, pp.
              114-115: ‘Me resulta de lo más vergonzoso escuchar a un hombre estúpido desparramar
              palabrería huera’.</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Como en aquel verso, que reprehende «<quote>iluminada teofanía»</quote>,
          que no sabiendo lo que es, lo hace chacota con <emph>sistema</emph><note place="bottom"
           ><emph>lo hace chacota</emph>: «se lo toma a guasa»; cf.: «Solenizaron el
            agudo dicho (…). Mas el embajador de España, con su mucha prudencia, tomó la mano en
            meter el bastón, haciéndolo, con su discreción, chacota» (Mateo Alemán 1987: II, 87).
            Jáuregui había escrito, por su parte: «Vm. es el verdadero sistema, como dice, de las
            voces ilustres castellanas; no hay más sistema que Vm., y si alguno aspirare a segundo
            sistema, se perderá, porque es dificultosísimo, sin grandes fundamentos, arribar los
            hombres a consumados sistemas; y si Vm. usa esta palabra [<emph>teofanía</emph>], no
            siendo tan perfecta castellana como otras, es porque la tiene ya traducida en una
            Canción a san Isidro, en cuyo cartel escribió por ley inviolable: “Quien no escribiere
            en lengua puramente castellana, no se admite”. Pues como el que establece la ley debe
            ser el primero a guardarla, vemos que luego al quinto verso de su canción dijo: “en cuya
            iluminada teofanía”. Esto sí me digan que es hablar un discípulo con textos expresos y
            convencer con evidencias palpables…» (1902: 295). El verso citado es el quinto de la
            canción «Luces que de la luz vistes la esencia», que abre el primer certamen de la justa
            en la <emph>Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la
              canonización de su bienaventurado hijo y patrón san Isidro…</emph>, Madrid, Viuda de
            Alonso Martín, 1622, f. 50r. La prescripción sobre la lengua <emph>puramente
              castellana</emph> es, en efecto, el último artículo de las leyes de la justa (f. 39v),
            en la que Jáuregui consiguió el primer premio en el certamen de glosas (f. 156r). Lo de
            burlarse de la voz <emph>sistema</emph> remite, en cambio, a lo que había escrito Lope
            en la silva «Canta, segundo Orfeo», en los preliminares del <emph>Orfeo en lengua
              castellana</emph>: «Canta, pues ya conoces / el sistema divino de las voces» (Juan
            Pérez de Montalbán 1624: ¶6r).</note>, frigidísimamente<note place="bottom"
           >Lope usa una vez al menos de <emph>frigidísimo</emph> aplicado a
              <emph>invierno</emph> (<emph>Vocabulario completo</emph>, s.v.).</note>. Pues mire
          cuán bien dijo <emph>iluminada teofanía</emph>. Hay un cierto conocimiento angélico en que
          los mayores enseñan a los menores por divinas teofanías: «<quote><emph>Theophania vero est
              ostensio alicuius cognoscibilis de Deo per illuminationem de Deo venientem</emph>», lo
            cual puede ser en símbolos o «<emph>facie ad faciem</emph><note place="bottom"
             >Todo el pasaje proviene del cap. XV del <emph>Compendium theologicae
                veritatis</emph>, de autoría incierta, habiendo sido atribuido tanto a Alberto Magno
              como a Buenaventura: «<emph>Est et alia cognitio angelica, videlicet, prout maiores
                indicant minoribus ea quae per divinas theophanias perceperunt. Theophania vero est
                ostensio alicuius cognoscibilis de Deo per illuminationem de Deo venientem, et hoc
                potest esse vel in symbolis, vel facie ad faciem</emph>» (‘Hay también otro
              conocimiento angélico, o sea, en la medida que los mayores instruyen a los menores en
              cosas que percibieron gracias a divinas teofanías. Teofanía es la exposición de algo
              cognoscible acerca de Dios por medio de la iluminación que viene de Dios, y esto puede
              ser bien por símbolos o bien cara a cara’; san Buenaventura, <emph>Opera</emph>, Roma,
              Typographia Vaticana, 1596, vol. VII, p. 754a).</note>»</quote>. Pero es lástima
          hablar con vuesa merced en seso<note place="bottom"><emph> en seso</emph>:
            «en serio».</note>, porque quien ignoró que <emph>baca</emph> era aquella fruta de los
          laureles por cuya insignia los graduados del nombre de vuesa merced se llaman
            <emph>bacalauros</emph><note type="app" rend="I"> bacalauros <emph>em.</emph>
            baca lauros <emph>E</emph> [La enmienda ya consta en <emph>Ar</emph></note><note
            place="bottom">Lope está llamando a Jáuregui <emph>bachiller</emph>, voz
            que, aparte de su sentido propio como el primero de los grados universitarios, también
            tenía el peyorativo de «sabelotodo». La explicación etimológica que da Lope coincide con
            la que trae Covarrrubias, <emph>Tesoro</emph>, s.v. <emph>Bachiller</emph>. Jáuregui,
            tras registrar en su lista el verso de <emph>JC</emph> «las bacas de oro y piedras
            rutilantes» (II, 98, 2; 1609: 44r), había apuntado irónicamente: «Si dijera bacas por el
            animal, fuera voz muy oscura; pero diciéndolo por la fruta del laurel, como alega al
            margen, es voz clarísima» (1902: 283). La acotación marginal decía, en efecto: «Bacas es
            la fruta del laurel».</note>, ¿qué respuesta merece?<note place="bottom">Cf.: Lope,
            epístola <emph>A un señor destos reinos</emph>, ed. Conde Parrado 2015<emph>b</emph>:
            «Pero quien siente que [la poesía] no tiene fundamento en la retórica, ¿qué respuesta
            merece? Montero (en prensa) lo señala como otro indicio a favor de la autoría de
            Lope.</note> Pero mire el lugar de <name type="authority">Plinio</name> hablando del
          laurel, libro 15, capítulo 3: «<quote><emph>maximis baccis</emph><note type="app" rend="I"> baccis [Lo correcto es <emph>bacis</emph>, pero <emph>baccis</emph> se
              usaba en el latín de la época. Lo mismo vale para <emph>baccae</emph> en la línea
              siguiente.</note><emph> atque e viridi rubentibus</emph><note place="bottom"
             >Plinio, <emph>Historia natural</emph>, XV, 30 (39), hablando de las
              clases del laurel: «<emph>duo eius genera tradidit Cato, Delphicam et Cypriam</emph>
                […]<emph>. Delphicam aequali colore viridiorem, maximis bacis atque e viridi
                rubentibus ac victores Delphis coronare ut triumphantes Romae</emph>». En la
              traducción de Moure Casas <emph>et al.</emph>: ‘Dos clases de laurel dijo Catón que
              eran los cultivados: el délfico y el chipriota […], que el délfico era de un solo
              color, pero algo más verdoso, de bayas muy grandes que pasaban del verde al rojo, y
              que con él se coronaban en Delfos los vencedores igual que en Roma los que recibían el
              triunfo’.</note>»</quote>. Aunque <name type="authority">Cicerón</name> las tiene por
          comunes a todos los árboles: «<quote><emph>baccae</emph><note place="bottom"
              >baccae <emph>em.</emph> bacca <emph>E</emph> [La frase exige el plural.</note><emph>
              arborum terraeque fruges</emph><note place="bottom">‘productos de los
              árboles y frutos de la tierra’. La frase remite a Cicerón, <emph>Sobre la
                adivinación</emph>, 51, 116: «<emph>fruges terrae, bacaeque arborum</emph>». La cita
              de Lope podría proceder, por tanto, de un léxico o poliantea no identificado.
            </note>»</quote>. Y fue notable grosería quejarse de <emph>sarcófago</emph><note
            place="bottom">Jáuregui (1902: 283) había puesto en su lista negra el
            verso de <emph>JC</emph> «del sarcófago santo alegre vino» (II, 101, 2; 1609: 44v). La
            nota marginal aclara: «Sarcófago es un género de piedra que consume los cuerpos en 40
            días, de donde se tomó por el sepulcro comúnmente. San Agus., lib.18, <emph>De civitate
              Dei</emph>». Lope le tenía particular apego a esta voz: «a Caria, aquel sarcófago
            amoroso» (son. «Faltaron con el tiempo riguroso, v. 5; Lope 1993-1994: 617); «sarcófagos
            tan altos» (canc. «Humillen a tu nombre soberano, v. 57: Lope 1983: 477); «mausoleos,
            sarcófagos y piras» (epíst. «Pastor, que por los montes andaluces», v. 56; Lope 1983:
            506); «Este, si bien sarcófago, no duro» (<emph>Rimas de Tomé de Burguillos</emph>, son.
            49, v. 1; Lope 2020: 294). En <emph>La culta latiniparla</emph>, la voz aparece
            catalogada como propia del dialecto de los cultos: «En los pésames ha de encadenarse la
            palabra <emph>singultos</emph> por <emph>sollozos, atros</emph> por <emph>lutos,
              sarcófago</emph> por <emph>sepultura</emph>» (Francisco de Quevedo 1993<emph>b</emph>:
            457). <space> </space></note>, habiendo de nombrar en aquel poema tantas veces
            <emph>sepulcro</emph>, variándole ya <emph>túmulo</emph>, ya <emph>pirámides</emph>, ya
          con otras diversas especies de este género<note place="bottom">En la <emph>JC</emph>, Lope
            usa <emph>túmulo</emph> dieciocho veces, sin contar las acotaciones marginales, y diez
            veces <emph>pirámide</emph> como nombre masculino, tres en plural y siete en singular.
            Ambas voces se usan, por ejemplo, para nombrar el Santo Sepulcro. Además, Lope también
            se vale de <emph>sepultura</emph> (nueve veces), <emph>tumba</emph> (cuatro),
              <emph>urna</emph> (tres), <emph>mausoleo</emph> (una).</note>. Y lea, si sabe, a <name
            type="authority">Plinio</name>, «<quote><emph>De lapidibus qui cito absumunt corpora in
              eis condita</emph><note place="bottom">‘De las piedras que consumen
              rápidamente los cuerpos que en ellas están enterrados’ (<emph>Historia natural</emph>,
              XXXVI, 17, tít.). Plinio usa ahí la voz como adjetivo: «sarcophagus lapis» (XXXVI, 17,
              27).</note>»</quote>, de donde comúnmente se vino a llamar <emph>sarcófago</emph> al
          sepulcro.</p>
        <p>Yo no sé qué lugares tópicos siguió vuesa merced en este papel, ni de la definición, ni
          del género, ni de la especie, ni de las demás partes<note place="bottom">Se
            refiere a los argumentos que permiten el desarrollo de la <emph>quaestio</emph> o
            controversia retórica mediante los <emph>loci topici.</emph> Cf.: «Pertenece también a
            la amplificación cualquier lugar tópico amplificado [,] que considerado en cuanto lugar
            de quien se saca el argumento es dialéctica, y en cuanto amplificado es retórica»
            (Bartolomé Jiménez Patón 1993: 418). Lope emplea la expresión en la dedicatoria de
              <emph>Lo cierto por lo dudoso</emph>: «poco ornato de la oración poética sería llamar
            naturalmente a los ojos, <emph>el sentido con que vemos</emph>; pero en el figurado
            basta llamar a Aristóteles <emph>lumen Greciae</emph>, a la juventud, <emph>flos
              aetatis, manus</emph> a la potestad, y <emph>caput</emph> al principio, con otros
            lugares tópicos donde hay diferencias y tropos» (citado por Case 1995: 244). </note>;
          solo fue trasladando a su propósito los versos, a la traza que<note place="bottom"
           ><emph>a la traza que</emph>: «de la manera que». Es expresión recurrente
            en Lope de Vega. El CORDE trae cinco casos, desde <emph>El peregrino en su patria</emph>
            hasta el <emph>Burguillos</emph>. De la variante <emph>a la traza de</emph> hay tres
            ejemplos en <emph>Voc.</emph>, s.v. <emph>traza</emph>.</note> en <name type="authority"
            >la Crusca</name> contra el <name type="authority">Tasso</name>, con su frialdad, de
          diez en diez como paternostres<note type="app" rend="I">f.: «y luego dijo [don
            Quijote] sobre la alcuza más de ochenta <anchor xml:id="acierto8"/>paternostres y otras
            tantas avemarías, salves y credos» (<emph>Quijote</emph>, I, 17; Cervantes 1998: 180).
            El <emph>Voc.</emph> solo recoge casos de la forma<emph> paternóster</emph>. Recuérdese,
            por otra parte, que, en el rezo del rosario, cada diez avemarías se reza un
            padrenuestro, lo que puede explicar la expresión <emph>de diez en diez</emph>.</note>.
          Cierto que vuesa merced <pb n="f. 228r"/> es hombre de poca o ninguna memoria, pues
            defendiendo<note place="bottom">defendiendo: «vedando». </note> las voces
          peregrinas con tanta cólera, se olvida de estos versillos <name type="polemista"
            >suyos</name> en un romance impreso en las <title>Rimas</title> que <name
            type="polemista">vuesa merced</name> llama <quote>alegórico</quote>, que es notable
          título para un romance:</p>
        <quote>
          <l>Lenguaje de Dios al fin,</l>
          <l>no del tosco estilo nuestro:</l>
          <l>pan por pan, vino por vino,</l>
          <l>mar de profundo misterio<note place="bottom">Son los versos 31-34 del
              romance <emph>Al Santísimo Sacramento</emph> que comienza «Mientras militaba Cristo»
              (Juan de Jáuregui 1618: 243; en el verso 34 trae <emph>mas</emph> por
              <emph>mar</emph>, que los editores modernos consideran errata). Lope también tituló
              «Glosa alegórica por imposibles del maestro Burguillos» una composición en la justa
              por la beatificación de san Isidro (1620: 89r).</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Y para que vea<note type="app" rend="I"> vea [<emph>Za</emph>
            propone enmendar <emph>se vea</emph>, que nos parece innecesario.</note> el latín que
          sabe, pone al margen «<quote><emph>In fine</emph><note type="app" rend="I"> fine
                <emph>em.</emph> finem <emph>E</emph> [La lectura de <emph>E</emph> es la correcta
              gramaticalmente, pero es en realidad una corrección de lo que, por errata en la
              impresión, se lee en las <emph>Rimas</emph> del sevillano. En este caso, conviene
              conservar la errata, ya que eso es lo que da sentido al pasaje de Lope, que se está
              burlando del mal latín de Jáuregui.</note><emph> dilexit</emph><note place="bottom"
             >Remite a Juan, 13:1: «<emph>in finem dilexit eos</emph>» (‘los amó hasta
              el fin’), en referencia a Jesús y sus discípulos.</note>»</quote>, cosa indigna de un
          varón tan sabio y maestro, por sus impresores, de las ceremonias poéticas<note
            place="bottom">La inserción de <emph>por sus impresores</emph> vuelve algo oscura una
            frase que no debería serlo como irónica denuncia de la ignorancia de Jáuregui. En ese
            marco de ironía, quizá se refiera a que la imprenta no ha servido para consagrar al
            sevillano como autor sino para hacer más notoria su ignorancia. Por otra parte, la
            enfática denominación de <emph>maestro</emph> trae a la memoria otro pasaje del mismo
            relato evangélico: «Vos vocatis me: “Magister” et: “Domine”, et bene dicitis; sum
            etenim» (‘Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy’;
            Juan 13:13); la asociación evidenciaría el desmesurado aprecio de sí mismo por parte de
            Jáuregui.</note>. De suerte, señor <name type="polemista">don Juan</name> mío, que el
          lenguaje de Dios es <emph>pan</emph> por pan, <emph>vino</emph> por vino, y el de vuesa
          merced <emph>palude</emph> por laguna y <emph>morbo</emph> por enfermedad. ¡Y a fe que es
          gentil teólogo! Yo a lo menos no calificaría la proposición, aunque lo soy del Santo
            Oficio<note place="bottom"><emph>calificar</emph>: «Dar por buena o mala una cosa según
            sus calidades, como una persona, un libro, una proposicion» (<emph>Aut., s.v.</emph>).
            Que se sepa, Lope no fue nunca calificador del Santo Oficio, sino meramente
              <emph>familiar</emph>, al menos desde 1612. Sin embargo, el <emph>Fénix</emph> se
            denominó a sí mismo más de una vez con otros términos que sugerían una vinculación más
            intensa con la Inquisición. Así en la <emph>Carta echadiza</emph> a Góngora: «el cual
            [Lope] no sé cuándo o cómo se haya entendido con herejes, si no lo dice vuestra merced
            por ser ministro del Santo Oficio y sobrino de don Miguel de Carpio, hombre por quien
            hoy dicen en Sevilla, cuando una cosa está caliente, “quema como Carpio”» (Lope 2008:
            310); o en la solicitud del cargo de cronista real a primeros de junio de 1620: «Lope de
            Vega Carpio, comisario del Santo Oficio y fiscal de la Cámara Apostólica» (Lope 2008:
            461).</note>, porque el pan, con licencia de vuesa merced, no es pan, ni el vino es
          vino, que en el instante de la prolación última de las palabras es Dios<note
            place="bottom"><emph>prolación</emph>: «pronunciación». Lope vuelve a usar la voz en el
            v. 131 («la prolación de un sacerdote pobre») de la canción «Piedra fundamental, arco
            divino», dedicada al cardenal-infante e impresa en <emph>La Vega del Parnaso</emph>
            (Lope de Vega 2015: I, 379).</note>, y no <quote>pan por pan</quote> y <quote>vino por
            vino</quote>. Pero mire qué versitos:</p>
        <quote>
            <l>No le basta
            <note type="app" rend="I"> basta <emph>em.</emph> bastan <emph>E</emph></note>que sus obras</l>
            <l>cuenten Marcos y Mateo
            <note place="bottom">Son los v. 41-42 del mismo romance (Juan de Jáuregui
              1618: 244).</note></l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Aquí por vida mía que entraba bien lo de</p>
        <quote>
            <l>Cuatro pilares hay en el cielo,</l>
          <l>Lucas y Marcos y Juan y Mateo<note place="bottom">Se trata
              de la versión más antigua documentada en castellano de la oración tradicional conocida
              como <emph>Las cuatro esquinas</emph> (Frenk 2003: nº 1390); estudia su origen y
            pervivencia hasta hoy Pedrosa 1995.</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Pues mire este otro: «<quote>escritas <emph>de verbo ad
              verbum</emph><note place="bottom">O sea, sin que falte palabra. Es el v.
              48 del mismo romance (Juan de Jáuregui 1618: 244). Pero el texto de las
                <emph>Rimas</emph> trae <emph>escrita</emph>, no
            <emph>escritas.</emph></note>»</quote>. Mire qué lindo latín para en un romance. Pues
          cierto que no lo busqué, que lo mismo hallara por cualquiera parte que le abriera, y más
          por estas márgenes de que vuesa merced está tan olvidado<note place="bottom"
            >Se refiere, claro, a las glosas marginales que acompañan el texto de las
              <emph>Rimas</emph> y que en su gran mayoría se concentran en la sección devota del
            libro.</note>; pero pondrele algunos versos para confusión suya<note place="bottom"
           ><emph> confusión</emph>: «desconcierto», y a la vez «afrenta,
            abatimiento». Por el contexto en que aquí aparece la voz, interesa señalar que era
            expresión corriente, aunque no exclusiva, de la fraseología religiosa.</note>, si bien
          se parecen todos unos a otros, como su ingenio y su cara, y ya le advierto que no los he
          buscado. «<quote>Si en ella Cristo se recuesta y mora<note place="bottom">Es
              el verso 3 del epigrama <emph>A la invención de la Cruz</emph> (Juan de Jáuregui 1618:
              245).</note>»</quote>: mire qué <emph>recuesta</emph>
          <pb n="f. 228v"/> este y qué «<quote>mora que enamora y mata<note place="bottom"
             >Es el verso 12 del romance de Arbolán que empieza «A la jineta y vestido
              / de verde y flores de plata», obra de Juan de Salinas (1987: 74): «Busca el gallardo
              Arbolán / su bella mora Guahala, / mora que en su pecho mora, / mora que enamora y
              mata». El poema ya circulaba desde 1589 en la <emph>Flor de varios romances</emph> de
              Pedro de Moncayo, de donde pasó al <emph>Romancero general</emph> (Durán 1849-1851: nº
              161). El mismo verso se repite en el romance que empieza «Bravonel de Zaragoza / y
              este moro de Villalba», también recogido en el <emph>Romancero General</emph> (Durán
              1849-1851: nº 212). No sabemos si Lope era consciente de que citaba un verso de
              Salinas y de que este era pariente de Jáuregui _concretamente, primo hermano de Miguel
              Martínez de Jáuregui, su padre_, y que ambos mantuvieron siempre estrecha relación en
              los asuntos familiares. </note>»</quote>, y mejor que el Rey Josías<note
                type="app" rend="I"> Josías [Al margen en <emph>E</emph>, de la misma mano,
            tras tachadura de lo previamente escrito, que podría ser <emph>Jonas</emph>. En
            cualquier caso, se trata de una referencia errónea por <emph>Amasías</emph>, que
            mantenemos como descuido del propio Lope. Véase la nota correspondiente al
            pasaje.</note> de que vuesa merced se burla<note place="bottom">Jáuregui
            había incluido en su lista este verso y medio de <emph>JC</emph>: «Rey de Jerusalén era
            Amasías, / santo y bueno» (IX, 98, 1-2; 1609: 221r), con este comentario: «Tal sea mi
            vida y salud» (1902: 291). Seguramente el sevillano se burlaba de esa expresión como
            mostrenca o trillada, por lo que Lope trata de zafarse argumentando con el sentido de
              <emph>bueno</emph> como «hábil para algo», en este caso el gobierno. </note>, como si
          ser santo un rey fuese lo mismo que bueno, pues santo y bueno no son convertibles<note
            place="bottom"><emph>convertibles</emph>: «equivalentes, intercambiables». Cf.: «ser
            poeta y ser filósofo son convertibles» (elogio de Lope a Soto de Rojas en
              <emph>Desengaño de amor en rimas</emph>, Madrid: viuda de Alonso Martín, 1623, ¶7v);
            «La extrañeza y peregrinidad deleitan la ignorancia, que no son convertibles nuevo y
            bueno» (Lope de Vega 2008: 499; es la carta laudatoria que escribió Lope para <emph>Las
              experiencias de amor y fortuna</emph> de Jerónimo de Quintana, 1626); y en <emph>La
              Dorotea</emph>, Laurencio exclama «¡Estremados convertibles!» tras escuchar a don Bela
            afirmar «que todo lo hermoso es bueno, y lo que es bueno, digno es de ser amado» (Lope
            de Vega 2011: 187). Para Montero (en prensa) es otro indicio de la autoría
            lopesca.</note>, que puede ser santo un príncipe y no bueno para el gobierno, y bueno
          para el gobierno y no ser santo, de que hay tantos ejemplos.</p>
        <p>Pero volvamos a los versos: «<quote>hoy a la cruz Elena busca y halla<note place="bottom"
             >Es el v. 8 del epigrama <emph>A la invención de la cruz</emph>, que
              empieza «Siempre del Redentor crucificado» (Juan de Jáuregui 1618: 245). Según la
              leyenda, Elena, madre del emperador Constantino el Grande, se desplazó hasta Jerusalén
              el año 326 en búsqueda del Santo Sepulcro y de la Cruz de Cristo, que finalmente
              encontró tras una excavación en el monte Gólgota. Luego no fue cosa de un día, como
              dice el verso de Jáuregui.</note>»</quote>; pues no dicen que la halló tan presto.
            «<quote>Ella a Majencio rompe y avasalla<note place="bottom">Es el v. 12
              del mismo poema, alusivo a la victoria de Constantino sobre el emperador Marco Aurelio
              Majencio en la batalla del Puente Milvio (año 312), a la que el primero acudió con el
              estandarte de la cruz, tras una visión profética que le anunciaba la victoria si así
              lo hacía. <emph>Ella</emph>, por tanto, es la cruz.</note>»</quote>: maje despacio
          vuesa merced<note place="bottom">El verbo <emph>majar</emph> –aquí traído a
            colación a partir de <emph>Majencio</emph>–, se empleaba habitualmente en asociación con
            sustantivos como <emph>esparto, hierro</emph> etc. para aludir a una tarea servil y
            penosa. Lope viene a decir que a Jáuregui, por su falta de <emph>natural</emph>, le
            ocurre lo mismo cuando se pone a hacer versos y le advierte que los haga despacio si no
            quiere que le salgan tan malos como el previamente citado, por su infeliz
            prosodia.</note>. «<quote>Muchos, tras Él, resucitar fue visto<note place="bottom"
             >Verso 13 del mismo poema. Lope detecta en él un caso de
              cacofatón.</note>»</quote>: si a vuesa merced le parece, ¿no fuera mejor<emph>
            trasero</emph>? «<quote>Él vence y huella la región precita<note place="bottom"
             >Verso 11 del mismo poema. Cristo vence y pisotea al
            infierno.</note>»</quote>: débelo de estar sin duda quien hizo tales versos<note
            place="bottom">Estar condenado a las penas infernales (<emph>precito</emph>), se
            entiende. Cf. lo que dice Antonio Hurtado de Mendoza, en su carta a Francisco de
            Calatayud, sobre el prólogo de Jáuregui a las <emph>Rimas</emph> (1618): «admira que un
            prólogo tan fantástico y religioso y poblado de <hi rend="b">precitos</hi> criase una
            vida tan licenciosa y humilde» (citado por Jáuregui 1973: I, XXIX)</note>. «<quote>Mas
            como, dividido en partes ciento<note place="bottom">Verso 17 del mismo
              poema. Lope introduce una errata al citar: <emph>mas</emph> en lugar de
                <emph>pues</emph>, que es lo que escribió Jáuregui.</note>»</quote>: este es verso
          boticario, <emph>uncias duas</emph><note place="bottom">O sea, ‘dos onzas’.
            Lope adopta la fraseología de la botica. Cf.: «BOTICARIO. Allá va azúcar rosado. /
            NERÓN. ¿Cuántas uncias? BOTICARIO. Cuatro son» (Lope de Vega,<emph> Roma
            abrasada</emph>, 1373-1374; <emph>Comedias. Parte</emph> XX); «El gato, con paciencia, /
            respeto de su dueño, / tomó dos onzas y rindiose al sueño» (<emph>La Gatomaquia</emph>,
            IV, 391-393; Lope 2022: 206). Recuérdese que el Abad de Rute empieza su <emph>Examen del
              Antídoto</emph> diciendo, en alusión al <emph>Antídoto</emph>: «Luego que vi rotulada
            con nombre de botica su censura de vuestra merced…» <ref
              target="http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/16317_examen"
              >(http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/16317_examen)</ref>.</note>.
          Pues mire <title>traduciendo al Tasso</title>: «<quote>esme forzoso andar huyendo de
              ella<note place="bottom">Es el v. 14 del Prólogo del <emph>Aminta</emph>
              (Juan de Jáuregui 1618: 1); habla el Amor refiriéndose a Venus (<emph>ella</emph>).
              Aquí, como en el ejemplo siguiente, Lope acusa a Jáuregui de incurrir en cacófaton.
              Pero cf.: «Duque. Esme el partir / forzoso» (Lope de Vega, <emph>Los terceros de san
                Francisco</emph>, I, v. 526-527). <ref
                target="https://artelope.uv.es/biblioteca/textosAL/AL2006_LosTercerosDeSanFrancisco.php"
                >https://artelope.uv.es/biblioteca/textosAL/AL2006_LosTercerosDeSanFrancisco.php</ref>
            </note>»</quote>. Mire qué <emph>esme</emph> y qué <emph>huyendo de ella.</emph> Pues
          este lo enmienda: «<quote>por ser puestas en uso uvas y trigo<note place="bottom"
             ><emph> Aminta</emph>, I, v. 27 (Juan de Jáuregui 1618: 7). El contexto
              es una comparación entre los alimentos de la Edad de Oro y los del presente: «ya
              bellotas y agua / es manjar y bebida de animales, / por ser puestas en uso uvas y
              trigo». Se entiende que Lope denuncia la mala sintaxis y prosodia del verso en la
              expresión «puestas en uso uvas». </note>»</quote>. Y en materia de ganado, mire estos
          dos versitos:</p>
        <quote>
            <l>corderos y novillos</l>          
          <l>y errantes cabritillos<note place="bottom">Son los v. 36-37 de la canció
                <emph>A la redención humana</emph>, que empieza: «La profética voz del labio puro»
              (Juan de Jáuregui 1618: 247).</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Aquí no le enfadó a vuesa merced la carne: debía de ser después de la
          Cuaresma. «<quote>Ya del dragón en la caverna o nido<note place="bottom">Es el v. 66 del
              mismo poema (Juan de Jáuregui 1618: 249).</note>»</quote>: si caverna, ¿para qué nido
          Y si nido, ¿para qué caverna? Parécese<note type="app" rend="I"> Parécese [En
              <emph>E</emph> es lectura al margen, de la misma mano, tras tachadura de lo
            previamente escrito. <emph>Za</emph> edita <emph>Sí; parécese</emph>, pero
              <emph>Am</emph> transcribe <emph>parecese</emph>. El adverbio no resulta visible en
              <emph>E</emph> a causa de la encuadernación.</note> a la letra de <name
            type="authority">Liñán</name>:</p>
        <quote>
            <l>Si aparador, ¿para qué candil? </l>
            <l>Si candil, ¿para qué aparador<note place="bottom">El dístico nos ha
                llegado como frase proverbial que recoge Gonzalo Correas: «Si aparador, ¿para qué
                candil? Si candil, ¿para qué aparador? Contra los que tienen poco y quieren los
                ornamentos como si tuvieran mucho» (Correas 1967: 343). Ignoramos con qué fundamento
                lo atribuye Lope a su amigo Pedro Liñán de Riaza. En otros escritos suyos también
                aparece Liñán como autor al que atribuir algún dicho ingenioso: «como dijo Liñán a
                un caballero que le persuadía que se fuese a holgar a Navarra: “¿Cuándo ha oído
                vuestra señoría decir que algún hombre se ha ido jamás a holgar a Navarra?”» (Lope
                de Vega 2008, 466; carta fechada en Madrid, ¿1620-1621?); «este género de
                impertinentes que Liñán llama <emph>impecables</emph>» (Case 1975: 69; dedicatoria
                de <emph>Santiago el Verde</emph>). Otra cita de Liñán en la dedicatoria de
                  <emph>Pedro Carbonero</emph> (Case 1975: 101).</note>?</l>
                  </quote>
        <p rend="noindent">Pues ¿qué diré del soneto de la Virgen?</p>
        <quote>
            <l>Sois orbe cuya bella compostura</l>
            <l>nunca nocivas apariencias hace,</l>
          <l>ni con lo adverso lo feliz alterna<note place="bottom">Son
              los v. 9-11 del soneto <emph>A la coronación de Nuestra Señora</emph>, que empieza
              «Sois nueva esfera, ¡oh, Virgen!, que la mente» (Juan de Jáuregui 1618: 250). La
              edición príncipe trae <emph>aparencias</emph> por
            <emph>apariencias</emph>.</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Dígame, señor don Juan, ¿qué hipérbole es decir a la Virgen que no hizo
          mal a nadie y que no mudó con las adversidades la felicidad? A la fe que fuera mejor que
          vuesa merced escribiera sus <pb n="f. 229r"/> disparates<note place="bottom">El término
              <emph>disparates</emph> puede tener aquí un sentido general o referirse concretamente
            a los <emph>enigmas</emph> que luego se mencionan. En cualquier caso, todo el pasaje
            viene a decir que Jáuregui debería dejar de escribir sobre materia religiosa por su
            ignorancia en ese terreno.</note>, que no que se pusiera con su ignorancia en cosas que,
          de vergüenza de su afrenta y aun de lástima, las dejo. ¿Pues estos dos versos
          paralelos:</p>
        <quote>
            <l>romperé sus cadenas y sus grillos</l>
          <l>cual mimbres delicados y sencillos<note place="bottom"
              >Juan de Jáuregui 1618: 253. Son los v. 61-62 de la canción <emph>A la Purísima
                Concepción de Nuestra Señora, en el día de san Pedro ad Vincula</emph>, que empieza
              «Cuando prostrado en míseras prisiones». Con lo de <emph>versos paralelos</emph> Lope
              parece decir que riman entre sí formando un pareado, a tenor de un pasaje como este:
              «LUD. Hame hecho Julio reír y acordar de una comedia de san Cristóbal, donde
              describiendo una procesión el poeta, hizo uno de los gigantes al santo y la tarasca al
              demonio, cuyos dos versos, paralelos de una estancia, decían: “Y con estos aceros /
              Tragaré querubines por sombreros”» (Lope de Vega 2011: 301). </note>?</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Con estos versos bien puede competir aquel de su <title>Orfeo</title> de
            <name type="polemista">vuesa merced</name>: «<quote>en el alga tenaz hunde la
              quilla<note place="bottom">Juan de Jáuregui 1624: 9r. Es el v. 372, en
              el canto II. La edición príncipe trae:<emph> y en</emph>.</note>»</quote>. Porque,
          fuera de ser Undelaquilla dueña de honor de doña Lambra, mujer de Ruy Velázquez<note
            place="bottom">Para ridiculizar el verso de Jáuregui, Lope se saca de él
            una imaginaria dueña de nombre tan arcaizante que habría servido a la mismísima doña
            Lambra, la rencorosa protagonista de la leyenda de los Siete Infantes de Lara. El mismo
            nombre, ahora como masculino, aparece en una décima satírica contra el
              <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui («En aqueste mausoleo / yace el buen Undelaquilla; /
            fue Claramonte en Sevilla / y en la corte murió Arceo»; la dio a conocer Jordán de
            Urríes 1989: 107, que la encontró en las papeletas de Gallardo. Según Cossío (1952:
            413), la coincidencia con el <emph>Antijáuregui</emph> sería motivo para atribuir la
            décima a Lope, hipótesis que convence a Ferrer Alba 1973: I, xxxvii; véase también
            Montero 2008: 162-163, n. 48. Como se recordará, Lope trató la leyenda de los Siete
            Infantes de Lara o de Salas en <emph>El bastardo Mudarra</emph> (1612). La habilidad de
            Lope para inventarse nombres cómicos queda atestiguada, por ejemplo, en la serie de
            poetas imaginarios que va nombrando en <emph>La Dorotea</emph>, acto IV, esc. 3.</note>,
            <emph>el alga tenaz</emph> es desatino, si no quiere vuesa merced que se parezca a la
          miel y a la cera, como en <name type="authority">Virgilio</name> y <name type="authority"
            >Ovidio</name><note place="bottom">En efecto, Virgilio escribió
              «<emph>hinc arte recentis</emph> / <emph>excudunt ceras et mella tenacia
              fingunt</emph>» (<emph>Geórgicas</emph>, IV, 56-57). En la traducción de Recio García
            y Soler Ruiz: ‘desde entonces elaboran con arte la cera nueva y amasan la consistente
            miel’). Y también «<emph>deinde tenaces suspendunt ceras</emph>»
            (<emph>Geórgicas</emph>, IV, 161-162); en la misma traducción: ‘después cuelgan de ella
            una cera tenaz’. Los dos casos figuran en Ravisio Textor, <emph>Epitheta</emph>, ed.
            1593: 296r y 88r, respectivamente. En cuanto a Ovidio, el verso que mejor cuadra al
            pasaje es <emph>Amores</emph> 2, 15, 16: <emph>neve tenax ceram siccaque gemma
              trahat</emph> (‘y de que mi piedra seca y adherente no se lleve consigo la cera’, en
            la traducción de Vicente Cristóbal López), pero es obvio que ahí no forman sintagma
              <emph>tenax</emph> y <emph>ceram</emph>; así que o Lope se lo inventó o incurrió en
            una lectura errónea de ese verso. Tal vez lo tuviera mal apuntado en alguno de sus
            “cuadernos de notas”. </note>. Pero mejor que entrambos lo dijo <name type="authority"
            >Horacio</name> de la grama, con excelente propiedad, en la vida rústica del
            <title>Epodon</title>: «<quote><emph>modo in tenaci gramine</emph><note place="bottom"
             >Es el conocido Epodo, 2, 23-24 («<emph>Beatus ille …</emph>»): «Libet
              iacere modo sub antiqua ilice, / modo in tenaci gramine». En la traducción de
              Moralejo: (‘Ora le place tenderse bajo una añosa encina, ora sobre el césped bien
              tupido’); también se localiza en <emph>Epitheta</emph>, 211r. Lope emplea <emph>grama
                tenaz</emph> en en el v. 5 de la «Isagoge a los Reales Estudios de la Compañía de
              Je­sús» y en los vv. 45-46 de la «Pira sacra en la muerte de don Gonzalo Fernández de
              Córdoba», ambos impresos en <emph>La vega del Parnaso</emph> (Lope de Vega, 2015: III,
              194 y 567). Conde Parrado (2017: 384) apunta como posible que Lope emplease a Ravisio
              Textor como fuente para la <emph>iunctura</emph>.</note>»</quote>. Pero era <name
            type="authority">Horacio</name>, aunque no tan leído como vuesa merced en las cosas del
          otro mundo<note place="bottom">Lo dice por haber escrito Jáuregui el
              <emph>Orfeo</emph>, protagonista de un descenso al inframundo.</note>. ¿Pero qué puede
          igualar a decir a la hostia: «<quote>el corte y la rotura<note place="bottom"
             >Juan de Jáuregui 1618: 227. Es el v. 117 de la canción en liras <emph>En
                la festividad del Corpus</emph>, que empieza «Oh tú, Sión dichosa»: «Allí la esencia
              pura / de Cristo no se rompe; solo toca / el corte y la rotura / a las
              especies…».</note>»</quote>? Allí sí que entraba:</p>
        <quote>
            <l>Para mi ventura,</l>
          
          <l>Zarabanda y dura<note place="bottom">La
                <emph>zarabanda</emph> era una danza de moda que se solía ejecutar con
              acompañamiento de guitarra y castañuelas; los moralistas la censuraban por lasciva
              (Devoto 1960<emph>a</emph> y <emph>b</emph>). Lope se hace eco de una letra que, con
              diversas variantes, circuló a lo largo de los Siglos de Oro (Alín y Barrio Alonso
              1997: nº 9, que señalan su presencia en la comedia de Lope <emph>El mesón de la
                corte</emph>, v. 1992). «Desde mediados del siglo XVI corrían textos de la Zarabanda              que incluían el verso “Çarabanda, ven y dura” y a veces la palabra “ventura”» (Frenk
              2003, nº 1542). Recuerda la estudiosa que Lope evoca el mote en el romance «Cuando yo
              peno de veras», 23-24 (<emph>Colección de las obras sueltas, tomo XVII</emph>, Madrid,              Sancha, 1778, 430), y en la comedia <emph>La buena guarda</emph>, vv. 241-246;
              259-264; 273-284 (<emph>Comedias. Parte XV</emph>).</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Esto sí, que no los cernícalos del tejado, verdadera historia de la teja
          que mató al Rey<note place="bottom">En uno de sus últimos reproches (1902:
            294), había citado Jáuregui parcialmente la estrofa XIX, 153, de la <emph>JC</emph>
            (1609: 507v), relativa a la muerte accidental de Enrique I el 6 de junio de 1217,
            cumpliéndose así el anuncio de una muerte violenta que, tiempo atrás, había hecho un
            ángel al rey Alfonso VIII: «mas cumpliose en Enrique, su heredero, / pues esperando que
            un doncel subido / en un tejado, como más ligero, / le alcanzase de pájaros un nido, /
            cayó una teja, y de su golpe fiero / el niño rey en la cabeza herido / murió en Tariego,
            cuyo justo llanto / templó a Castilla el rey Fernando el Santo»; la estrofa llevaba esta
            glosa: «Trece años tenía Enrique y había tres que reinaba cuando murió, porque Alfonso
            su padre le dejó de diez. Doncel era entonces lo que ahora menino». Lope se hacía eco
            ahí de una noticia que circulaba desde antiguo; cf. «nin será memoria de la malandança /
            del primero Enrique, que en adoloçençia / la teja, o Fortuna, mató en Palencia, / e
            sobre todo [<emph>sic</emph>] divina ordenança» (<emph>Laberinto de fortuna</emph>, 280,
            v. 5-8; Juan de Mena 1989: 298). Jáuregui, por su parte, tras citar los vv 3-5 y la
            primera mitad del 7 de la estrofa antes citada, había añadido este comentario: «Por eso
            se dijo, señor maestro Lisarte de la Llana: “Y al cabo vine a alcanzar / cernícalos de
            un tejado. / ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!”», versos que hasta ahora no se han podido identificar ni
            documentar en otras fuentes. </note>. ¿No fuera mejor haber dicho
          <emph>fragmento</emph>, señor culto<note place="bottom">El argumento de Lope está claro:
            Jáuregui ni es <emph>culto</emph> -en el sentido de seguidor de Góngora- ni deja de
            serlo, ya que quiere, pero no puede. </note>? Pues a la Hostia no se dice
            <emph>romper</emph>, por decencia, sino<emph> frangir</emph><note place="bottom"
           >Así lo hizo el propio Lope: «Al frangir la partícula, con tanto / furor
            llegaron [unos moros] que Marcelo al pecho / traslada el pan, y bebe el cáliz santo»
              (<emph>JC</emph>, I, 60, 1-3; 1609: 24v). </note>. Y vuesa merced, que se cansó de
          aquel verso de <name type="polemista">Lope</name>, «<quote>unas veces Jesús y otras
              María<note place="bottom">Parece que Lope se equivoca al citar de
              memoria un verso de <emph>JC</emph>, en la muerte de Tirso: «“Jesús” –dice una vez– y
              otra “María”» (VIII, 160, 1; 1609: 202v), que Jáuregui había puesto en su lista junto
              con otros similares, seguido de este comentario: «Atrévase alguno a hablar mal de
              estos versos» (1902: 291).</note>»</quote>, ¿cómo dijo: «<quote>Mas, ¡oh Jesús
              precioso!<note place="bottom">Juan de Jáuregui 1618: 228. Es el v. 133
              del poema <emph>en la festividad del Corpus</emph>, ya citado.</note>»</quote>? Esto a
          fe que lo aprendió vuesa merced en el Ajarafe de Sevilla<note place="bottom"
            >El <emph>Ajarafe</emph> o <emph>Aljarafe</emph> es una comarca situada en una elevación
            de terreno (que es lo que significa la palabra) próxima a Sevilla, al otro lado del río
            Guadalquivir. Lope se vale del término para connotar de rústico el verso de
            Jáuregui.</note>. ¡La Virgen con su Hijo precioso!</p>
        <p>Pero dejando las cosas divinas, diga, por su vida, qué quiso decir en aquella
            sátira<title> A una dama flaca</title>, que yo pensé que vuesa merced hablaba de <name
            type="polemista">sí mismo</name>, que es lo uno y lo otro: «<quote>mas la vejez en ti ya
            es cosa añeja<note place="bottom">Juan de Jáuregui 1618: 205. Es el v. 24
              de la citada sátira. El texto de la <emph>princeps</emph> trae <emph>anieja</emph> por
                <emph>añeja</emph>.</note>»</quote>. Mire qué adjunto este y qué <emph>añeja</emph>,
          tomado del poeta Queso<note place="bottom"><emph>Queso</emph> entra aquí en
            juego con el adjetivo <emph>añej(o)</emph>. Lo de inventar poetas con nombres
            humorísticos también lo hace Lope en otros lugares, por ejemplo, en <emph>La
              Dorotea</emph>, IV, 2.<anchor xml:id="acierto7"/>
          </note>. <pb n="f. 229v"/> Y más adelante:</p>
        <quote>
            <l>que agora yo deslindo,</l>
          
          <l>presume Satanás de hermoso y lindo<note place="bottom"
              >Juan de Jáuregui 1618: 205. Son los v. 29-30 del mismo poema: «porque, después que
              mira tus fealdades, / que agora yo deslindo, / presume Satanás de airoso y lindo».
              Como se ve, Lope ha alterado el último verso.</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent"><emph>¿</emph>Qué labrador hubiera dicho <emph>deslindo</emph><note
            place="bottom">Es posible que la frase surja de la asociación entre <emph>linde</emph> y
              <emph>labrador</emph>. Pero Lope usa varias veces de ese verbo, y no necesariamente en
            lenguaje rústico (<emph>Voc.</emph>, s.v.). </note>? Aquí sí que anda Satanás mejor que
          en el<note type="app" rend="I"> en el [En <emph>E</emph> se lee con dificultad
            por desgaste del papel, por eso <emph>Za</emph> lo pone entre corchetes y seguido de
            signo de interrogación.</note> desierto Lopo<note place="bottom">Lope se
            está acordando de un verso de <emph>JC</emph>: «o el Lopo, donde braman los demonios»
            (XIV, 106, 8; 1609: f. 357v), cuya nota marginal aclara: «Lopo, estupendo desierto en
            Bactriana, donde los demonios atemorizan y matan los que le pasan». Como ya se ha dicho
            (n. 94), Jáuregui aprovechó el paso para <emph>endemoniar</emph> al Fénix con un chiste
            entre <emph>Lopo</emph> y <emph>Lope</emph>.</note>. ¡Oh ingenio fertilísimo!, ¡oh
          asombro de las naciones extrañas!, ¡oh gloria de la nuestra, como encarece <title>aquella
            veneranda carta</title><note place="bottom">Son frases irónicas de Lope
            sobre Jáuregui, sin correspondencia directa en el texto de <emph>CP.</emph> Seguramente
            quiere decir que Jáuregui se las da exageradamente (<emph>encarece</emph>) de todo lo
            que ahí dice Lope</note>! Pues este concepto, «<quote>creyendo haber diez horas que
              moriste<note place="bottom">Juan de Jáuregui 1618: 205. Es el v. 36 de
              la misma sátira: «mil años ha que hubiera, / según tu edad, llevádote la muerte; /
              mas, cuando armada y fiera / a ti se acerca y tu figura advierte, / no llega ni te
              embiste, / creyendo haber diez horas que moriste».</note>»</quote>: mire qué
          puntualidad esta y qué <emph>moriste</emph>. Pero hombre que dijo: «<quote>y las esferas,
            que sus vuelcos rigen<note place="bottom">Juan de Jáuregui 1618: 128. Es
              el v. 300 de la elegía <emph>A don Pedro de Castro…</emph>, que comienza «Partió la
              noche de su albergue oculto».</note>»</quote>, ¿había de osar hablar en el mundo? Pues
          el otro verso, «<quote>Vese<note type="app" rend="I"> Vese [Al margen en
                <emph>E</emph>, de la misma mano, tras tachadura de lo previamente escrito, que era
                <emph>viose</emph>.</note> en Arjona el duque, en aciago<note place="bottom"
             >Juan de Jáuregui 1618: 125. Es el v. 217 del mismo poema: «Vese de
              Arjona el duque, en aciago / siglo nacido…». Como se ve, Lope le paga a Jáuregui en la
              misma moneda, cortando el verso sin acabar el sentido. Por otra parte, es difícil
              decidir si <emph>en Arjona</emph> es descuido de Lope o del copista.</note>»</quote>:
          aciago fue el día que vuesa merced tomó la pluma y los pinceles, tan aborrecido de los
          poetas como chacoteado de los pintores<note place="bottom">Pero no se ha
            conservado ningún testimonio de esas supuestas burlas o chacoteo de los pintores contra
            Jáuregui. Véase Matas Caballero 2020, que solo menciona un irónico verso de Góngora
            «pluma valiente, si pincel facundo», en su soneto contra el <emph>Orfeo</emph> [OC468],
            como ataque contra esta faceta del sevillano.</note>. Pues en las quesquesicosas que
          llama <emph>enigmas</emph>
          <note place="bottom">Lope emplea aquí una forma inhabitual de la voz
              <emph>quesicosa</emph> o <emph>quisicosa</emph>, con la que se nombraban los acertijos
            o enigmas, como derivación de la pregunta («¿Qué es cosa y cosa…?») que servía de
            fórmula de entrada en tales entretenimientos ingeniosos. El <emph>Fénix</emph> usa tanto
            la forma habitual (por ejemplo, en <emph>Los locos de Valencia</emph>, vv. 1743-1744:
            «¿Qué es quisicosa, marido, / tres esposas y una esposa?»; <emph>Comedias. Parte
              XIII</emph>), como también la rara, al menos en una de sus comedias: «No se espante /
            que estábamos sin juicio / en ciertas quesquesicosas» (<emph>El príncipe
            inocente</emph>, I, vv. 377-379), y «Dexemos cosas curiosas, / que en estas
            quesquesicosas / quiero con todos holgarme» (I, vv. 395-397 <ref
              target="https://artelope.uv.es/biblioteca/textosAL/AL0828_ElPrincipeInocente.php"
              >https://artelope.uv.es/biblioteca/textosAL/AL0828_ElPrincipeInocente.php</ref>),
            coincidencia que puede apuntalar la autoría lopesaca del escrito (Montero en prensa).
            Jáuregui no utiliza la fórmula en ninguno de los cuatro enigmas que reúne casi al final
            de la sección profana de las <emph>Rimas</emph>, pero sí la empleó (2002: 59-60) para
            atacar la oscuridad equívoca de algunos versos de las <emph>Soledades.</emph> Una
            síntesis histórico-crítica del subgénero poético del enigma ofrece Alatorre 1995:
            39-45.</note>, oiga este verso: «<quote>Mil embustes y falacias<note place="bottom"
             >Juan de Jáuregui 1618: 206. Es el v. 17 del <emph>Enigma</emph> «Un
              cierto alcagüete soy», que sigue luego: «Mil embustes y falacias / oigo…».
            </note>»</quote>. Deo gracias, señor <name type="polemista">don Juan</name>, que viene
          aquí famosamente<note place="bottom"><emph>famosamente</emph>: «a la
            perfección, de perlas». Porque el escrito de Jáuregui está lleno, viene a decir Lope, de
            embustes y falacias. </note>, pues vuesa merced dice que es el torno de las monjas<note
            place="bottom">Efectivamente, eso es lo que pone al final del
              <emph>Enigma</emph>. Se entiende que <emph>Deo gracias</emph> era forma de saludo
            habitual entre quienes se acercaban a hablar en un torno conventual.</note>. Luego
          prosigue: «<quote>es arrebatado, y ellas<note place="bottom">Juan de
              Jáuregui 1618: 207 Es el v. 12 del <emph>Enigma</emph> «Este cielo, ¡oh vulgo loco!»,
              que sigue al anterior. El verso se inserta en esta redondilla, referida al techo
              adornado de un coche: «Los rayos de sus estrellas / miden con su giro el suelo, / y de
              ajena fuerza el cielo / es arrebatado, y ellas».</note>»</quote>. Estas voces con
            <emph>arre</emph>, señor <name type="polemista">don Juan</name>, son peligrosas<note
            place="bottom">Por la asociación de esa voz con el asno o la bestia de carga. Pero no es
            descartable que haya un segundo sentido menos evidente.</note>; pero ya vuesa merced,
          por no hacernos penar, dice que es el coche<note place="bottom"
            >Literalmente: «Es el coche y su cielo» (Juan de Jáuregui 1618: 208).</note>. Dijéronme
          que era de vuesa merced aquella letra:</p>
        <quote>
            <l>Jesucristo nació esta noche.</l>
          
          <l>¡Coche, coche, coche<note place="bottom">Letra no
              documentada en los repertorios. Si no es un villancico navideño, podría tratarse, bien
              de una oración paródica, de las muchas que había, bien de un mimologismo o fórmula
              puesta en boca de animales (información que agradezco a José Manuel Pedrosa). Ambas
              cosas tienen sentido, ya que la voz <emph>coche</emph> servía para llamar a los
              cerdos. Cf.: «Ninguna culterana de todos cuatro vocablos ha de llamar al coche
              “coche”, porque no la respondan los regüeldos o los cochinos. Debe decir: “auriga, pon
              el pasacalles”» (Francisco de Quevedo 1993<emph>b</emph>: 78). ).</note>!,</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">y no lo había creído hasta que vi este enigma. Pues oiga este:
            «<quote>tales porrazos me dieron»; «flaco, enjuto y boquiseco<note place="bottom"
             >Lope pasa ahora al siguiente <emph>Enigma</emph>, «Aunque me veis tan
              trocado», del que cita los v. 16 y 40, que es el último (Juan de Jáuregui 1618: 209 y
              210). Es obvio, aquí como en otros casos, que Lope juega con el equívoco de que tales
              frases se refieren, no al objeto del enigma, sino al propio Jáuregui.</note>»</quote>;
          y en acabando: «<quote>Es el cañón de la escopeta»</quote>. ¡Cierto que lo quise decir!
          Pero rematemos estas vinorradas<note place="bottom"><emph>vinorradas</emph>:
            «borracherías, majaderías», sustantivo creado por derivación de Vinorre. Así se solía
            llamar, con diversas variantes, a un famoso loco que vivió a principios del siglo XVII,
            frecuentemente mencionado en textos satíricos de la época. Entre los rasgos que se le
            atribuyen está el de poeta. Cf.: «más pobre de dinero que Mantuano de juicio, de quien
            hay opiniones que hurtó el libro de los borradores de Vinorre» (carta al duque de Sessa,
            primero de agosto de 1618; Lope de Vega 2008: 414).</note> con el que vuesa merced llama
            <title>Enigma extraordinario</title>:</p>
        <quote><l>No presumo de discreta</l>
            <l>ni soy de las muy letradas,</l>
            <l>mas tengo letras sobradas</l>
          <l>para ser grande poeta<note place="bottom">Juan de Jáuregui 1618: 210. Es
              la segunda redondilla del <emph>Enigma extraordinario sobre esta palabra, maroma, y
                sus letras</emph> («Si en las jarcias de la nave»). Según la glosa marginal, la
              estrofa se refiere a Virgilio (<emph>Maro</emph>).</note>.</l>
        </quote>
        <p rend="noindent">Y por la margen pone <name type="polemista">vuesa merced</name>:
            <quote>aroma, Maro, mar</quote>, y <pb n="f. 230r"/>
          <quote>Roma</quote><note place="bottom">Pero la secuencia está incompleta,
            ya que falta la segunda glosa de la cuarta copla: «maroma, amor».</note>. ¡Toma,
          capitán, toma aquello<note type="app" rend="I"> [Es posible que <emph>toma
              aquello</emph> sea error por <emph>toma del cuello</emph> o <emph>toma de
              aquello</emph>. Véase la nota explicativa al pasaje. En la duda, mantenemos la lección
            de <emph>E</emph>.</note> de la redoma<note place="bottom">Acaso Lope está
            citando un texto, posiblemente un cantarcillo, reconocible para los lectores, lo que
            explicaría que llame a Jáuregui con un término (<emph>capitán</emph>) que, aun tomándolo
            irónicamente, se sale del registro de las pullas que viene utilizando contra él. Frenk
            (2003: nº 1714) recoge una letra que guarda evidente similitud con la frase: «Toma el
            licor, niña, toma, / <lb/>del cuello de mi redoma», documentado en Luis de Briceño,
              <emph>Método muy facilísimo para aprender a tañer la guitarra a lo español</emph>.
            París, Pedro Ballard, 1626, que se cantaba y bailaba al son de la zarabanda (Devoto
              1960<emph>b</emph>: 153). Por cierto, que la copla que glosaba el estribillo concluía
            con la rima <emph>Roma</emph>: «Tómalo [por?] vida mía, / con presteza y alegría, / que
            es la mejor malvasía / que jamás se bebió en Roma».</note>! Cosa es esta que, si no la
          vieran mis ojos impresa con su nombre de <name type="polemista">vuesa merced</name>, era
          imposible creerla, con tenerle en la opinión que le tengo, porque no se ha dicho ni
          imaginado tal disparate de <name type="authority">Arceo</name><note place="bottom"
           >Para parangonarlos con Jáuregui, Lope cita ahora dos poetas que juzga
            malos de solemnidad. El primero es Francisco de Arce, escribano de su Majestad y poeta
              <emph>oficial</emph>, del que se conservan hasta seis opúsculos impresos, de cuyo
            tenor dan idea títulos como estos: <emph>Fiestas reales de Lisboa, desde que el Rey
              Nuestro Señor entró hasta que salió (…); con una Loa al Príncipe Nuestro Señor que
              toca a la jornada</emph>, Lisboa, Jorge Rodríguez, 1619; y <emph>La perla en el nuevo
              mapamundi hispánico, al mediodía de Sevilla y costas (…). Jornada Real (…)</emph>,
            Madrid, Juan González, 1624, este firmado como Francisco de León y Arce. En los poemas
            preliminares de uno y otro, sus amigos y colegas se dirigen a él como <emph>Arceo</emph>
            y otro tanto hace el propio autor al nombrarse a sí mismo en el texto. Recuérdese que su
            nombre también sale a relucir en la ya citada décima satírica contra el
              <emph>Orfeo</emph> de Jáuregui «En aqueste mausoleo / yace el buen Undelaquilla; / fue
            Claramonte en Sevilla / y en la corte murió Arceo». De este autor se ocupa por extenso
            Fernando Plata 2016. </note> ni de <name type="authority">don Miguel Venegas</name><note
            place="bottom">El segundo de esos malos poetas es Miguel Vanegas o Venegas
            de Granada, miembro de una familia de musulmanes conversos que se hizo pasar por
            descendiente del rey Zagal de Granada, y que se instaló en Madrid hacia 1620, alcanzando
            el cargo de gentilhombre de la Casa de Su Majestad, hasta que en 1623 fue descubierto
            como falsario; su padre era en realidad Francisco Rodríguez, pagador de la Real
            Chancillería y tesorero de la Capilla real de Granada, cargos que seguramente le
            permitieron eludir la expulsión (Soria Mesa 2014: 142-147). Participó con un romance
            («En las aras de la Fama, / con inmortal gloria y culto») en la justa madrileña por la
            beatificación de san Isidro (Lope de Vega 1620: 101v), y con unas décimas («La mañana
            celestial / de paraninfo arrebol»), por las cuales recibió en premio un laurel, en la de
            la canonización (Lope de Vega 1622: 86v y 156v). También es autor de una relación de la
            fiesta de toros y cañas celebrada en Madrid el 21 de agosto de 1623 en honor del
            Príncipe de Gales, con dedicatoria a Olivares (Venegas de Granada 1623). Y asimismo de
            este pliego: <emph>Romance y soneto hecho al desengaño del mundo, que sirve de atalaya
              de la vida humana, muy contemplativo y conceptuoso, digno de todo cristiano</emph>.
            Compuesto por don Miguel Venegas, hijo del Pagador que fue por el Rey nuestro señor de
            la Chancillería de Granada, y Tesorero general de la Capilla Real (...), Madrid,
            Dionisio Hidalgo, 1666 (Gallardo 1863-1889: IV, col. 1018, nº. 4266). Inédito quedó un
            poemario titulado <emph>Los granos de la granada</emph>, compuesto probablemente entre
            1621 y 1622 y también dedicado a Olivares, del que se han conservado un elogio en prosa
            y dos sonetos encomiásticos dirigidos al conde de Salinas (Dadson 1985: 79-83). A
            Venegas o a Ruiz de Alarcón podría referirse este pasaje de <emph>La desdicha por la
              honra</emph>, en<emph> La Circe</emph>: «Aquí, señora Marcia, ni aun los hipérboles de
            los versos serían bastantes, cuanto más la llaneza de la prosa, que ni es historial ni
            poética, aunque la escribiera el autor de las relaciones de los toros, quejoso de su
            fortuna adversa; y tiene muy justa causa, pues le están en tanta obligación los de
            Zamora, de quien no se acordara este lugar después que se dejaron de cantar los romances
            del rey don Sancho, la traición de Bellido de Olfos y las tristezas de doña Urraca
            (...)» (Lope de Vega 1968: 96). </note>, que aquí no hacen disculpa el
            <title>Mosquito</title> de <name type="authority">Virgilio</name>, el
            <title>Rábano</title> de <name type="authority">Marción</name>, la <title>Mosca</title>
          de <name type="authority">Luciano</name> y la <title>Pulga</title> de <name
            type="authority">don Diego de Mendoza</name><note place="bottom">Son nombres habituales
            en los listados de autores y de escritos en elogio de cosas vituperables o
            insignificantes. El <emph>Culex</emph> o <emph>Mosquito</emph>, una de las piezas
            recogidas en el <emph>Apéndice virgiliano</emph>, remata con el elogio fúnebre del
            insecto por parte del pastor que lo mató por haberlo despertado, sin reparar en que, de
            ese modo, el animal le había salvado de morir a manos de una serpiente. Marción (o
            Mosquión, que es como lo llama Plinio, <emph>Naturalis Historia</emph>, 19, 87) es autor
            de un tratado médico-botánico sobre el rábano, hoy perdido, que entró erróneamente a
            formar parte de catálogos como este de Lope; así lo recoge Ravisio Textor (1560: II,
            455) en el epígrafe «Qui de modicis rebus opera scripserunt»: «Marchion Graecus de
            Raphano». <emph>El elogio de la mosca</emph> es una de las obras más celebradas de
            Luciano de Samósata y pieza modélica del género. <emph>La pulga</emph>, en fin, aunque
            con frecuencia atribuida a Diego Hurtado de Mendoza hasta hoy, puede ser obra en
            realidad de Gutierre de Cetina, que se inspiró particularmente en el <emph>Capitolo del
              pulice</emph> de Ludovico Dolce (1508-1568). Más amplia es la nómina que ofrece Lope
            de Vega en <emph>La Gatomaquia</emph>, V, 43-69: «Mira si de Virgilio fueron [los
            versos] tersos, / cuya princesa pluma fue divina, / cuando escribió el
              <emph>Moreto</emph>, que en la lengua / de Castilla decimos almodrote, / sin que por
            él le resultase mengua, / ni por pintar el picador <emph>Mosquito</emph>. / Y ¿quién
            habrá que note, / aunque fuese satírico Aristarco, / de Ulises el dïálogo a Plutarco? /
            La calva en versos alabó Sinesio […]. / Y también escribió del transparente / camaleón
            Demócrito, / y las cabañas rústicas Teócrito, / y tanta filosófica fatiga / Dïocles puso
            en alabar el nabo, / materia apenas para un vil esclavo; / el rábano Marción, Fanias la
            ortiga, / y la pulga don Diego de Mendoza, / que tanta fama justamente goza. / Y si el
            divino Homero / cantó con plectro a nadie lisonjero / la <emph>Batracomiomaquia</emph>,
            / ¿por qué no cantaré la <emph>Gatomaquia</emph>?» (<emph>La Gatomaquia</emph>, silva V,
            43-69; Lope de Vega 2022: 209-211; y véase Montero: en prensa, sobre la mención de
            Marción como indicio de la autoría lopesca del <emph>Anti-Jáuregui</emph>). Para el
            estudio de la tradición del encomio paradójico en el mundo antiguo y su desarrollo en el
            Renacimiento, véase la síntesis y bibliografía de<space/>Núñez Rivera, 2010; y también
            Gallego Montero, 2010, pp. 227-287. Sobre el tema en Lope, Vosters, II, pp. 181-266 que
            se centra especialmente en los elogios de la pulga y que ya reparó en este pasaje del
              <emph>Anti-Jáuregui</emph> (p. 191-192); Brito Díaz 2010.</note>.</p>
        <p>Ahora, señor, vuesa merced, pues ha leído el <title>Jerusalén</title>, se enmiende de
          aquí adelante y sepa aprovechar en buen hora lo que ha leído, aprendiendo de aquel estilo
          así el artificio como la hermosura de los versos, porque «<quote><emph>grandis et pudica
              oratio</emph></quote>, como dijo <name type="authority">el comentador de
            Petronio</name>, <quote><emph>non est maculosa, nec turgida, sed naturali pulchritudine
              exurgit</emph><note place="bottom">Aunque Lope atribuye la cita al
                <emph>comentador</emph>, es en realidad del propio Petronio, <emph>El
                Satiricón</emph>, 2, 6, dentro de un fragmento en el que Encolpio, protagonista de
              la obra, lamenta la decadencia de la oratoria: «<emph>Grandis et, ut ita dicam, pudica
                oratio non est maculosa nec turgida, sed naturali pulchritudine exsurgit</emph>». En
              la traducción de Rubio Fernández: ‘La noble y –permítaseme la expresión– púdica
              elocuencia no admite aderezos ni redundancias, pero se yergue esbelta en su natural
              belleza’. Petronio es uno de los autores a los que Jáuregui recurre como autoridad en
              el <emph>Discurso poético</emph>, siendo así que con frecuencia habían echado mano de
              él los defensores de Góngora (Blanco 2016).</note>»</quote>, que es lo que se alaba en
            <name type="polemista">Lope</name>. Y aprenda a hablar con respeto de libro que han
          impreso, por su dulzura y erudición, Aragón, Cataluña, Portugal y Amberes, y que anda en
          Inglaterra traducido<note place="bottom">Tras la <emph>princeps</emph>
            (Madrid, Juan de la Cuesta, 1609), se conocen actualmente las siguientes ediciones de la
              <emph>JC</emph> hasta 1625: Barcelona, Gabriel Graells y Giraldo Dotil, 1609; y
            Lisboa, Vicente Álvarez, 1611; para los diferentes estados y emisiones de la madrileña y
            de la barcelonesa (incluyendo la emisión rejuvenecedora de la segunda: Barcelona,
            Esteban Liberós, 1619), remitimos a Profeti 2002: 166-184. No se conoce, en cambio,
            ninguna impresión aragonesa o antuerpiense de la obra, como tampoco inglesa. Cabe
            interpretar, entonces, que tales ediciones existieron, pero no nos ha llegado ningún
            ejemplar de ellas, o que Lope esté hinchando el éxito editorial de la obra. Pudiera ser,
            por ejemplo, que el final de la frase se refiera en realidad a la reciente publicación,
            por dos veces, de una versión inglesa de <emph>El peregrino en su patria</emph>
              (<emph>The pilgrime of Casteele</emph>, Londres 1621 y 1623); véase al respecto
            Profeti 2002: 268. Cf. la información que da Sansón Carrasco a don Quijote sobre la
            difusión de su historia impresa: «que el día de hoy están impresos más de doce mil
            libros de la tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han
            impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes» (<emph>Quijote</emph>, II,
            3; Miguel de Cervantes 1998: 647).</note>; y advierta que <name type="polemista"
            >Lope</name> tiene impresos cuarenta libros<note place="bottom">Vincular la condición de
            gran poeta al número de obras impresas es argumento que Lope repite en el soneto «Si vas
            a conocer un gran poeta», vv. 12-14, en <emph>La Circe</emph>: «Silvio, si conocer
            poetas quieres, / a las obras impresas te remite, / que aquellas son las verdaderas
            señas» (Lope de Vega 1983: 1293).</note> y que con ellos no entra lo del <name
            type="authority">poeta satírico</name>, porque estos son todos persios y el suyo es
            marsio<note place="bottom">Lope parte de un pasaje de Marcial,
              <emph>Epigramas</emph>, IV, 29, 7-8: «<emph>Saepius in libro numeratur Persius uno /
              quam levis in tota Marsus Amazonide</emph>». En la traducción de Ramírez de Verger:
            ‘Más veces se tiene en cuenta a Persio con un solo libro / que al ligero Marso con toda
            su Amazónide’. Y sobre eso, afirma el Fénix que sus libros son todos como el de Persio,
            mientras que el de Jáuregui (probablemente en alusión al <emph>Orfeo</emph>) es como el
            de Marso. Con todo, cabe preguntarse si en realidad Lope está pensando tambien en
            Marsias, el flautista que retó a Apolo, como figura del poeta envanecido que pretende
            ser superior a los mejores; sobre la presencia de este mito en <emph>La Filomena</emph>
            como instrumento al servicio de los intereses polémicos de Lope, véase López Lorenzo (en
            prensa). Cf.: “Ganó tanta fama Persio, no habiendo escrito más que aquel pequeño libro
            de sus sátiras…” (Case 1995, 69; dedicatoria de <emph>Santiago el
          Verde</emph>).</note>.</p>
        <p>Finalmente, quiero preguntarle que cómo acaba su papel diciendo que <name
            type="polemista">Lope</name> le debe honras y beneficios<note place="bottom"
           >Lope se refiere a estas líneas de Jáuregui, en la conclusión de
              <emph>CP</emph>: «Y lo que más afea su malicia es que, sin fundamento alguno de ofensa
            ni queja, antes deudor a beneficios y honras, se arroja a licencias bestiales, firmadas
            e impresas, y a quien le hubiese clavado el alma con sátiras fieras se le rendiría como
            a Apolo» (1902: 296). El pasaje contiene, primero, una alusión a la censura –que
            Jáuregui llama <emph>licencia</emph>– con la que Lope aprobó el <emph>Orfeo</emph> de
            Pérez de Montalbán, fechada en Madrid a 21 de agosto de 1624, en cuya parte final deja
            caer un velado ataque al de Jáuregui cuando alude al general afán de singularizarse
            escribiendo –siempre según Lope– en una lengua distinta a la común española, como hacían
            los <emph>cultos</emph>: «porque lo son [pocos] los que con natural escriben, aunque
            muchos los engañados de su presunción, que, por desvanecerse a singulares, han hecho
            nuestra lengua como los trajes, que cada día son diferentes» (Juan Pérez de Montalbán
            1624: ¶3r). Y luego parece que hay una alusión al modo elogioso con que Lope se refiere
            en diferentes ocasiones a Góngora, pese a los ataques que este le dirigió. Ignoramos a
            qué «beneficios y honras» a favor de Lope alude Jáuregui.</note>, porque es sin duda
            testimonio<note place="bottom"><emph>testimonio</emph>: «falsa
            acusación».</note>, como otros que se le antojan, atribuyéndole el <title>Orfeo</title>
          del licenciado <name type="authority">Juan Pérez de Montalbán</name><note place="bottom"
           >En realidad, Jáuregui no dice explícitamente en su <emph>CP</emph> que
            Lope sea el autor del <emph>Orfeo</emph> publicado a nombre de Montalbán. Pero cabe
            preguntarse si el Fénix pudo tener noticia de que el sevillano hubiese publicado dicha
            especie en algún círculo cortesano o literario. Sobre la controvertida cuestión de esa
            autoría, véase Pedraza Jiménez 1991 y Laplana Gil 1996: 87-101. </note>, en agravio de
          los estudios, ingenio y opinión de este mancebo, tan conocida y acreditada, y con premios
          que ha ganado a <name type="polemista">vuesa merced</name> en dos certámenes<note
            place="bottom">Como señaló Iglesias Feijoo (1993: 265-268), una de esas
            justas es proba­blemente la de la beatificación de san Isidro, con Lope como maestro de
            ceremonias, y la otra es con toda seguridad la que organizó el Colegio Imperial por la
            canonización de san Ignacio y de san Francisco Javier (Monforte y Herrera 1622).
            Jáuregui presentó a este certamen un total de tres composiciones, pero sólo alcanzó un
            modesto tercer premio, mientras que el joven Montalbán obtuvo un primero y un segundo,
            este último en el apartado de glosas y en concurrencia con el sevillano, que no obtuvo
            en él ningún galardón. Lope no formaba parte del jurado (que estaba integrado por el
            marqués de Velada, el príncipe de Esquilache y el marqués de Cerralbo), pero fue
            secretario de la justa y no puede descartarse que también inter­viniese en el
            fallo.</note>, aunque en esto hizo poco. Pero ¿de qué me admiro?, pues andan <pb
            n="f. 230v"/> libros impresos con el título de alguna persona grave cuyos autores dicen
          que se los vendieron<note place="bottom">La frase resulta algo oscura a
            causa del anacoluto: hay libros de los que se dice que sus verdaderos autores los
            vendieron a una persona docta para que los publicase con su nombre. No queda claro si
            Lope se refiere al <emph>Orfeo</emph> de Montalbán o si tiene en mente otro
          caso.</note>, y de esta opinión no hay sacar a toda España, y aun en Francia se lo
          murmuran, testigos <name type="authority">Escriverio</name>, <name type="authority">Del
            Río</name> y otros<note place="bottom">Lope pone ahora como testigos de la
            verdad de lo que está diciendo al humanista neerlandés Peter Schrijver or Schryver (1576
            – 1660), también conocido como Petrus Scriverius, y al jesuita flamenco Martín Antonio
            del Río (1551-1608), que llegó a ocupar la cátedra de Sagrada Escritura en la
            Universidad de Salamanca entre 1602 y 1608 y que alcanzó fama duradera, particularmente
            con una de sus obras, las <emph>Disquisiciones mágicas</emph> (<emph>Disquisitionum
              magicarum libri VI</emph>, Lovaina, Gerardus Rivius, 1599-1600). Se entiende, por
            tanto, que ellos fueron algunos de los doctos a los que se acusó de publicar bajo su
            nombre libros ajenos, alusión que no podemos descartar o confirmar. En cualquier caso,
            todo el pasaje resulta algo confuso, seguramente por la precipitación con la que lo
            redactó Lope.</note>. Vuesa merced hable y escriba cuerdamente, que si no, le prometo
          que le esperan grandes trabajos, fuera de que «<quote><emph>maledictis provocatus
              te</emph><note type="app" rend="I"> te [El texto de <emph>E</emph> no llega
              a verse del todo a causa de la encuadernación y de una mancha en el papel.
                <emph>Am</emph> transcribe <emph>re</emph>. Tanto <emph>Ar</emph> como
                <emph>Za</emph> editan <emph>vi</emph></note><emph> maledicit</emph>»</quote>, por
          consejo de Ulises a Teucro en el <name type="authority">griego trágico</name><note
            place="bottom">Sófocles, <emph>Ájax</emph>, 1322-1323; 1603: 128:
              «<emph>Quales. Nam ego quidem illi ignosco, / Qui maledictis provocatus te
              maledicit</emph>» (‘Cuales. Pues yo ciertamente perdono a aquel que, provocado por
            maldiciones, te maldice’). Pero Lope se confunde, ya el consejo no lo da Ulises a
            Teucro, sino a Agamenón.</note>. Y cuando censure las obras, excuse las palabras<note
            place="bottom"><emph>excuse</emph>: «evite», en el sentido de que no se
            alargue al censurar, o mejor aún, guarde silencio.</note>, que fuera de que
              «<quote><emph>vivorum ut magna admiratio, ita censura difficilis</emph><note
                type="app" rend="I"> difficilis <emph>em.</emph> dificilis <emph>E</emph>
              [La enmienda ya consta en <emph>Ar</emph>
            </note><emph> est</emph><note type="app" rend="I">ayo Veleyo Patérculo,
                <emph>Historia de Roma</emph>, II, 36; 1591: 61. En la traducción de Sánchez
              Manzano: ‘como es grande la admiración por los vivos, en esa medida es difícil la
              crítica’. Recuérdese que Lope ya citó a Veleyo en los primeros compases de su
              escrito.</note>»</quote>, mientras más ocasiones diere, tendrá más pesadumbres, que
            <name type="polemista">Lope</name> no teme gozques<note place="bottom"
              ><emph>gozques</emph>: «perro pequeño y ladrador». La frase _que vale prácticamente
            como una firma de Lope (Montero 2008: 175)­_ cobra relevancia a la luz de otros pasajes
            similares en Lope, como ha mostrado Sánchez Jiménez (2016: 162-168), asunto del que nos
            hemos ocupado en la Introducción. Para reconstruir el posible contexto de la alusión hay
            que partir de la existencia de un cuadro, hoy perdido, que Lope tuvo que encargar hacia
            1621-1622 en el que «estaba retratado cuando era mozo, sentado en una silla y
            escribiendo sobre una mesa que cercaban perros, monstros, trasgos, monos y otros
            animales, que los unos le hacían gestos y los otros le ladraban y él escribía sin hacer
            caso dellos» (Pérez de Montalbán 2001: 23-24). El cuadro y el significado que Lope le
            daba como representación de su indiferencia ante las censuras que le dirigían los
            envidiosos tuvo que ser conocido por el círculo de sus allegados. Por las mismas fechas,
            otro contradictor de Jáuregui usa el mismo símil para referirse al autor del
              <emph>Antídoto</emph> y sus críticas a Góngora: «Y, a mi ver, ha sido a la manera de
            unos perrillos o gozquejos que hay ladradores, que, sin haberles hecho nada, sino
            llevados de su instinto y natural perruno, en viendo un hombre honrado de capa negra,
            bien ataviado y compuesto, y más si pasa por donde le oigan, luego salen a él a
            ladrarle; pero si volviese la cara a ellos o se detuviese, huyen, y aun se corrigen de
            su ladrido» <ref
              target="https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso"
              >https://obvil.sorbonne-universite.fr/corpus/gongora/1624_opusculo-curioso</ref>.</note>.
          Y avergüéncese de traer tan fuera de propósito «<quote><emph>ante Portam
              Latinam</emph><note place="bottom">Lope alude a las palabras con que
              Jáuregui terminaba su ataque a la <emph>JC</emph>: «Vm. apellide
                <emph>¡Castilla</emph>! a todos sones, que aquí le ayudaremos a encastillarse, y
              cuando padezca cercado a manos de poesía que le oprima, será su martirio clarísimo,
              arrastrando hierros castellanos, ya que no <emph>ante Portam Latinam</emph>». La frase
              latina remite al legendario y milagrosamente frustrado martirio del apóstol san Juan,
              ya anciano, en esa puerta de las murallas aurelianas de Roma. Con ella, Jáuregui
              pretendía presentar a Lope como ignorante del latín, de ahí la expeditiva respuesta
              del <emph>Fénix</emph>. </note>»</quote>, que le podrán<note type="app" rend="I"> podrán <emph>em.</emph> pondrán <emph>E</emph></note> decir que es
              «<quote><emph>verbum</emph><note type="app" rend="I"> verbum <emph>Za</emph>
              verba <emph>Am</emph> verbis <emph>Ar</emph> [La lectura de <emph>E</emph> resulta
              paleográficamente dudosa; podría ser <emph>verba</emph>, como transcribe
                <emph>Am</emph>.</note><emph> fortem</emph><note place="bottom">Sobre
              el solecismo <emph>verbum fortem</emph>, documentado en el <emph>Discurso</emph>
              poético de Jáuregui, véase la nota 59.</note>»</quote>.</p>
      </div>
    </body>
  </text>
</TEI>
